“Los diarios de Emilio Renzi: un día en la vida” de Ricardo Piglia

72e3fc35c0b34f5fce7bfad8ea45613d23a480b9Se me hizo costumbre en años recientes leer el nuevo volumen de Los diarios de Emilio Renzi en el avión de vuelta a casa tras las fiestas. Este es el último año que empiezo leyendo novedades de Piglia. Los diarios de Emilio Renzi llegan a su fin con el tercer tomo, llamado Un día en la vida. Libro póstumo, aunque planeado sabiamente por su autor, quien no alcanzó a verlo publicado este año que acaba de pasar (falleció en enero de 2017). Los diarios son la mejor despedida de Piglia de la literatura, su canto de cisne, compuesto y ordenado cuando la extraña enfermedad que le aquejaba lo iba consumiendo y mermando sus habilidades.

Un día en la vida está organizado en tres partes. La primera cubre el periodo 1976-1982, el de la dictadura militar argentina, y nos presenta a un Renzi ya totalmente insertado en el mundo cultural bonaerense, decidido a quedarse en el país (con incursiones periódicas a Estados Unidos). Su vida de escritor, por la que tanto había trabajado según deja testimonio en los volúmenes anteriores, se encuentra totalmente consolidada ahora: se gana la vida leyendo (para dar clases o para editar textos ajenos) y vive para escribir. Estos seis años de dictadura generan los “diarios de la peste”, lo que vuelve la escritura en un acto de exorcismo o incluso expiación. Junto a notas de lectura y reflexiones sagaces, en estos textos se evidencia la posición de Piglia respecto de la crítica de su tiempo: toma distancia del marcado sesgo sociológico que imperaba por entonces (hay que ver sus reservas frente a Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano), a la vez que conoce y discute las teorías de moda (daba seminarios sobre Deleuze y Lacan, entre otros). Con la crisis de la mediana edad, Piglia incluso desarrolla el motivo de la tentación del fracaso, entendido como la vida burguesa que tiene al alcance de la mano a estas alturas de su carrera:

Yo podría ganarme “decentemente” la vida, hacer traducciones, mejorar mi trabajo en la editorial, hacerme ver más seguido, dar más cursos, escribir de cuando en cuando notas en los periódicos (pero no en esta época). No imaginar nada para mí. Leer, esperar el futuro; podría entonces, quizá, estar más tranquilo. Curiosamente, eso es el fracaso –o sería el fracaso para mí- que desde los veinte años he buscado, hacerme la vida más difícil, como si eso fuera la condición del arte… (p. 70)

En estos mismos años, según se puede leer entre líneas, Piglia acariciaba la idea del suicidio (no el suicidio propiamente dicho), ya que la ansiedad por alcanzar una escritura notable lo carcome: “Desde siempre, nunca he deseado otra cosa que ser un gran escritor y la gloria inmortal, pero ya se ve y se entiende a lo que han quedado reducidas las ilusiones”, escribe en 1979, cerca de los cuarenta años. Entonces aparece el proyecto de Respiración artificial, del que se expone su evolución (empezó llamándose La prolijidad de lo real) y proceso de escritura. La culmina en 1980, pero, pese a su buena recepción, Piglia no se da por satisfecho. En febrero de 1982 aún escribe: “El suicidio sería el cierre lógico de esa vida [del diario]. Porque nunca he vivido nada con tanta intensidad como la certeza del fracaso. Todo ha sido precario (adentro), más allá de lo que se vea en la superficie”.

Una nota aparte se merecen las reflexiones de Piglia sobre las mezquindades de la vida literaria, inevitables en todas partes (lo que cuenta no es muy diferente a lo que se puede escuchar que ocurre en España o en Perú). El final de la dictadura le suscita la convicción de que el panorama literario ha cambiado y le resulta algo ajeno: ya no existe la posibilidad de escribir desde la contracultura (abrazar la figura de Arlt como él se propuso era un ejemplo de ello):

Pero ahora todos éramos figuritas de un escenario empobrecido y debíamos jugar el juego que dominaba el mundo […] Por eso había pensado que esa temporada de su vida había terminado y que los veinticinco años dedicados a convertirse en un escritor estaban concluidos. Y lo que venía después era previsible y mundano y no formaba parte de la historia de la formación de su espíritu personal. (p. 160).

Esto explica que las siguientes partes de este volumen carezcan de fechas precisas y las entradas sean cada vez más ralas. Ser profuso en su vida literaria posterior a 1982 pasaría quizás por los diarios de un escritor exitoso (que ya lo era) y podría interpretarse como una exhibición del ego y mera chismografía (gesto típico de otros escritores, mas no de Piglia). Tras los “diarios de la peste”, Piglia inserta la joya que es “un día en la vida”: un texto entre la ficción y el ensayo (el campo en el que se siente más cómodo y su pluma alcanza las cumbres más altas) que es el más bello ejemplo de “literatura no empírica”, con la figura de Renzi, que nos ha ofrecido el autor de La ciudad ausente.

La tercera parte de Los diarios de Emilio Renzi son los “días sin fecha”, que cubren su larga estancia en Princeton, su retiro con mudanza de vuelta a Argentina y los inicios de su penosa enfermedad final. Mermado en sus movimientos y por ende en el empleo de las manos (sin las cuales ya no puede escribir), el autor se aferra a este proyecto de recopilar los Diarios que constituyen un ejercicio de memoria personal y a la vez un resumen de su obra: todo lo que era esencial de su oficio se encuentra allí (temas, estilo, preocupaciones, dudas, metodología, etc.), unificado por los avatares del escritor que busca salir adelante, cierto, mas también por sus notas de lectura, que postulan modelos de interpretación y de creación. Por ello, tras su muerte, quedó claro para todos que Ricardo Piglia fue el último lector con el mejor ojo crítico y creativo de la literatura hispanoamericana.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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