“El hombre en el castillo” de Philip K. Dick

9788445001844En las memorables clases sobre Jorge Luis Borges que ofreció Ricardo Piglia en la televisión pública argentina, aparecían muchas ideas, comentarios y sugerencias alrededor de la obra del autor de El Aleph. Entre los muchos valores que Piglia reconocía en Borges se encontraba su influencia, que se ponía de manifiesto en modelos narrativos que, en la literatura hispánica, llamamos literatura fantástica, pero que en otras lenguas han merecido otro tratamiento. Una novela como El hombre en el castillo, decía Piglia, no puede explicarse sin un relato como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Borges: la posibilidad de mundos paralelos, los juegos con el tiempo y el azar, los escenarios históricos alternativos y la mirada caleidoscópica se encuentran con creces en este libro de Philip K Dick. Hasta hace poco, el norteamericano era más famoso por ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, texto que provocó la adaptación cinematográfica, bastante libre, Blade Runner (1982) de Ridley Scott, película ahora mítica.

Solo en años recientes el nombre de Dick ha vuelto a los grandes titulares (aunque siempre ha tenido un público fiel) gracias a la serie The Man in the High Castle, que ya va por su tercera temporada y también es una adaptación con muchas licencias y líneas narrativas nuevas que únicamente ha recogido la situación contrahistórica que la novela original plantea: la victoria del Eje en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo sería el mundo de haber ocurrido la derrota de los aliados? El ejercicio de la ucronía ofrece muchas posibilidades narrativas. Estados Unidos se parece a la Alemania que fue realmente derrotada en 1945, pues se ha dividido en dos zonas, la del oeste bajo el control de Japón y la del este en manos de los nazis. Entre las dos áreas de ocupación, hay un territorio intermedio en el que se encuentran los Estados Unidos libres. La población del África fue exterminada. Inglaterra es el único país que resiste.

En este mundo de The Man in the High Castle, los norteamericanos son cautivos de los japoneses. San Francisco es una ciudad colonial en la que existe un sutil apartheid que sufren los blancos. Sin embargo, a colonizadores y colonizados les une la práctica del I Ching, el juego adivinatorio también conocido como Juego de los cambios. Todas las dudas, ansiedades y decisiones vitales se resuelven echando los palillos e interpretando los hexagramas, cuyas respuestas a veces pueden ser más crípticas que las que ofrece el Tarot. El I Ching es también una filosofía, un lenguaje y hasta un método de acercamiento a la realidad. Las iluminaciones las ofrece el I Ching. De allí que, en un mundo de opresión, en el que se ha perdido toda fe tras los desastres de la guerra, las personas se refugien en él.

Al I Ching también había apelado el autor de La langosta se ha posado, el misterioso Abendsen, de quien se dice que vive en un castillo en la zona liberada que son las montañas de Colorado. El título de El hombre en el castillo se refiere a la figura de aquel escritor cuya novela, aunque está prohibida, pasa de mano en mano, porque en ella se cuenta lo que es ucronía dentro de aquel universo narrativo diseñado por Philip K. Dick: un orden mundial en el que los aliados triunfaron. ¿Cuál de esos mundos (el de la libertad o la colonia, el de La langosta se ha posado o el que viven los personajes cuyos dramas leemos) es el real? ¿Coexisten acaso? Eso parece revelar la experiencia del señor Tagomi, quien al observar intrigado el triángulo metálico que le entregó Childan, sufre un arrebato que le muestra un espacio y tiempo totalmente alternativos. Aquel objeto, mágico, misterioso y ordinario a la vez, opera como un aleph, ya que es un punto en el espacio que abre el resquicio hacia un vasto universo:

¿Quién eres? preguntó el señor Tagomi al triángulo de plata. ¿El oscuro yin muerto o el brillante yang vivo? El triángulo de plata le bailó en la palma, encegueciéndolo. Tagomi entornó los ojos y miró el movimiento de las llamas.
Cuerpo de yin, alma de yang, metal y fuego unidos, lo interior y lo exterior; el microcosmos en la palma de la mano.

El miedo, el horror, a la locura hace que el señor Tagomi prosiga su vida, tal como el sufrido Borges del cuento El Aleph preferiría abandonar el ático de Carlos Argentino Daneri. Evidentemente Philip K. Dick leyó al autor de Ficciones. La referida experiencia de Tagomi es solo uno de los mejores pasajes de El hombre en el castillo, libro de lectura muy recomendable. Se puede encontrar actualmente en la remozada colección Minotauro (la magnífica editorial argentina que difundió tanto la ciencia ficción en los años setenta), adquirida hace unos años por Planeta.

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