A propósito de “Imperiofobia y leyenda negra”

9788416854233_L38_04_xComo muchas personas, leí Imperiofobia y leyenda negra como parte de mi recolección de novedades editoriales. El libro ha sido un best seller impresionante para ser un libro de historia y la autora ha pasado a convertirse en una pequeña celebridad. Por ende, se ha convertido en formadora de opinión. Últimamente, por ejemplo, hizo comentarios sobre la serie La peste, que provocaron más opiniones, tanto a favor como en contra. No sé si a Roca Barea le agrada estar, por unas horas, en el centro de las noticias y de la atención de las redes sociales. No la envidio por ello.

De todo lo que puede decirse en torno a su libro, creo que hay cierto consenso en que el grueso de información que maneja no es novedoso para los especialistas en los temas que aborda, a saber: que la leyenda negra no es más que eso, una leyenda. En ese sentido, Imperiofobia y leyenda negra buscaba, me imagino, proyectarse a lectores curiosos o intelectuales que requieren argumentos históricos para defender o atacar ciertas posturas. Se percibe en Roca Barea un afán didáctico ciertamente encomiable, considerando que las humanidades están de capa caída, que la gente lee cada vez menos y no le apetece pensar en el pasado. El problema de Imperiofobia y leyenda negra no es, entonces, tanto su precisión o imprecisión histórica, que debe discutirse en los foros adecuados (es decir los académicos), sino su empleo como arma política. En eso, la autora (más que su texto) ha dado mucho que hablar, a través de entrevistas y columnas en prensa, en las que es posible que salgan a luz afirmaciones en las que, por afán de síntesis o hablando fuera de contexto, se acaba por decir digo cuando se dijo diego.

Roca Barea se ha comido el pleito de los media con valentía y esgrime su libro como si fuera un alegato frente al pensamiento políticamente correcto, más que nada del grupo que se considera generalmente el de los progres y, por extensión, cierta intelectualidad universitaria, a la que le interesaría mantener viva todo lo que se pueda la leyenda negra y la fobia hacia el imperio español. La autora ha cosechado lo sembrado y algunas refutaciones ya circulan por redes, azuzadas, repito, más que nada por su manejo de la prensa que por el libro propiamente dicho, que se sigue leyendo y difundiendo. Es ciertamente complicado asumir que un libro sea una “biblia”, en el sentido de “verdad irrefutable”, sobre un tema, mucho menos cuando se aborda tantos como hace Roca Barea. A su pesar, me imagino, Imperiofobia y leyenda negra podría convertirse en la biblia del conservador que, apoyándose en el texto, quiera defender el magnífico funcionamiento de las colonias americanas o la labor civilizadora de España. No creo que ningún autor o autora desee que su obra sea apropiada como arma arrojadiza por ninguna ideología (ni de derecha ni de izquierda). Los libros-manifiesto (pienso en Las venas abiertas de América Latina) envejecen pronto, envenenan el debate y llevan a tristes actos de mea culpa a sus autores en una edad tardía, lo cual los hace más lamentables. Temo que Imperiofobia corra la suerte de Las venas… en la casa del vecino de enfrente, pero lo veo venir.

Leí Imperiofobia y leyenda negra intentando dejar de lado prejuicios. En lo que concierne al periodo del Siglo de Oro, por ejemplo, creo que el punto que intenta defender la autora con toda su retahíla de información, argumentación y bibliografía es que España no fue ni más ni menos violenta o intolerante que sus pares europeos. El problema es que, con tanto entusiasmo puesto en desmontar la leyenda negra, se inclina a ratos, quizás inconscientemente, a insinuar una leyenda rosa: los españoles pasan, así, de salvajes saqueadores a modélicos civilizadores, y probablemente no fueron ni lo uno ni lo otro.

Quizás por un escepticismo de raíz onettiana o ribeyriana, o simplemente por los golpes en la vida (tan fuertes yo no sé), no descalifico por completo a Roca Barea ni tampoco denuesto a ciegas a sus detractores. En España hubo severa inquisición, cierto; que mató gente, cierto; que no fue tan violenta como ya sostuvieron antes de Roca Barea otros autores, cierto; que su impacto en la vida de la gente no fue tan superficial como quisiera Roca Barea, cierto. En torno a la pérfida Albión y otros territorios protestantes: que sus métodos de persecución religiosa no se quedaban muy atrás de los de la Inquisición, cierto. Que la Inquisición, por contraste, ha recibido históricamente más mala prensa, cierto. Y también es cierto que mucho boquiflojo achaca cualquier mal del pasado o del presente a la Inquisición, sin haber leído una línea sobre ella, simplemente llevado por el pensamiento común o lo que todo el mundo sabe, porque lo vio en Monty Python o porque tal o cual respetable lo afirmaba. Con decir que en el museo de la inquisición de Lima aún hay guías que te hablan de los indígenas que fueron torturados allí…

Más complicado resulta aceptar, sin matices, el tema de la tranquilidad en los territorios americanos. Es cierto que Roca Barea minimiza los alzamientos y los considera casos aislados. Miguel Martínez ha recordado los principales que la autora ha pasado por alto, sea por ignorancia o por no querer admitir su importancia. Me animo a pensar que aquí la discrepancia se encuentra en la percepción del acontecimiento en relación con su pervivencia a largo plazo, eso que en historia llaman, desde Braudel, la larga duración. Para reducir la mirada a la región andina, por ejemplo, considérese que, después de la muerte de Gonzalo Pizarro (1548), entre los siglos XVI y XVII hubo, naturalmente, alzamientos en diversas áreas y tiempos, pero ninguno, visto en el extenso arco de trescientos años, representó un peligro real de desmembramiento de la colonia. En otras palabras, si queremos ver el vaso medio lleno, podemos enumerar todos los alzamientos y decir que son evidencia patente de un fenómeno estructural; si queremos verlo medio vacío, podemos preguntarnos cuántos de esos alzamientos pusieron al virreinato al borde del abismo como para ser la manifestación de una constante relevante para el análisis de larga duración o son simplemente eventos coyunturales.

Habrá que esperar a la rebelión de Túpac Amaru a fines del XVIII para ver algo parecido a un miedo de colapso del orden colonial en el área andina. Con todo, este miedo, como lo ha estudiado Charles Walker, estaba basado en la extrema violencia cometida por ambos bandos (los realistas y los rebeldes que se achacaban por igual el tú empezaste primero), así como en la inminencia de un encuentro que nunca ocurrió: el de los rebeldes de Túpac Catari con los de Túpac Amaru, los cuales nunca llegaron a ponerse de acuerdo básicamente por discrepancias de liderazgo.

La rebelión de Túpac Amaru es un episodio fascinante de la historia colonial, sin duda, pero tampoco debe generar fantasías. Se trata de la historia de un fracaso, que tuvo, no obstante, al virreinato peruano en vilo por poco más de un año (o casi dos, que suena a más). Detenerse en su estudio también permite entender no solo la resistencia indígena (como ya se ha resaltado bastante), sino un hecho real que favoreció su derrota: la fidelidad a la autoridad del rey de buen número de los caciques, muchos de los cuales veían a Túpac Amaru como un pretencioso que aspiraba a ser reconocido como inca sin poseer el abolengo necesario. A su vez, los herederos políticos de Túpac Amaru no veían con buenos ojos a los líderes cataristas, por considerarlos inferiores en sangre (porque entre indígenas también había discriminación nobiliaria). Como se ve, la rebelión de Túpac Amaru es un fenómeno complejo que daría argumentos tanto a favor de una postura a lo Roca Barea como a la postura contraria, de tipo indigenista, que impregnó su estudio sobre todo en la década de 1970.

Hacer crítica desde la izquierda o desde la derecha puede tergiversar por igual el debate. “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”, decían los peripatéticos. El problema es que los amigos de Platón tenderán a gritarte ¡p… aristotélico! Y estos últimos te verán con sospecha cuando cuestiones su idea del ser. Por ello, es más cómodo definirse como aristotélico o platónico, a secas: siempre tendrás followers que te apoyen frente a tus haters.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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