“Miau” de Benito Pérez Galdós

9788420673639Miau es una novela en la que se respira una mezcla de fracaso y vana ilusión en cada página. Hace algunas décadas, Julio Ramón Ribeyro se ganó el apelativo de “mejor escritor peruano del siglo XIX” de parte de Wolfgang Luchting, crítico alemán que seguramente pensaba en narraciones realistas como esta de Benito Pérez Galdós, en algún cuento de Flaubert o Maupassant cuando se le ocurrió tan feliz aserto.

El mundo de Miau proviene de uno de los proyectos más ambiciosos de Pérez Galdós después de los Episodios nacionales: Fortunata y Jacinta. Aquel Villaamil que aparece, como un personaje desgraciado más, entre las decenas que aparecen en la vasta novela del infame Delfín, tiene el protagonismo absoluto en Miau, junto a su familia que sufre con él los reveses de la pobreza vergonzante. El viejo Villaamil, que perdió el trabajo a poco de poder jubilarse, no hace más que escribir cartas a amigos y colegas con el ruego de ser colocado, es decir reincorporado como funcionario en alguna oficina estatal. Su sueño no es solo de comodidad económica, ya que Villaamil cree que puede contribuir efectivamente a la regeneración de España con ideas que urge implementar, entre ellas el income tax anglosajón. Frente a esos planes magníficos de reforma, el entorno al que aspira volver le parece que se ha vuelto mediocre, lleno de funcionarios conformistas que solo buscan el trabajo fijo sin contribuir al país. Villaamil es tragicómico, porque resulta difícil comprender para los demás la mezcla de idealismo, que lo lleva a defender con tanto ahínco sus ideas y su retorno al empleo público, y fatalismo, que también lo hace pensar, lleno de frustración, que no se merece volver precisamente porque nadie lo valora. La identidad de Villaamil es la del anhelante, el que nunca consigue porque si lo hiciera perdería el sentido de su existencia. Así, se la pasa abrazado a eso que el narrador de la novela llama “el sistema de esperar desesperando”.

Villaamil no está solo, sino que en su desgracia lo acompañan su esposa, Pura, con quien la pena de la convivencia lo ha vuelto infeliz por décadas; Milagros, su cuñada, que no llegó al estrellato operístico; su hija, la pobre Abelarda, a la que ya se le está pasando la vida y no tiene cuándo casarse; y su nieto, Luisito Cadalso, la alegría de la casa, que no obstante sufre viendo la derrota anticipada de su abuelo, en quien se cifran todas las esperanzas de recuperar la bonanza del pasado. A esa prole se suma, avanzada la novela, el yerno, Luis Cadalso, el padre de Luisito, otro pretendiente a ser colocado, quien vuelve a la casa de Villaamil recurriendo a sus vínculos de familia política y la memoria de su esposa fallecida, hija del anciano. Luis Cadalso es otro que navega las aguas agitadas de la burocracia y entra en la competencia con su antiguo suegro, que lo ve como un pícaro hábil para colocarse más rápido no por sus méritos sino por su astucia. A Luis Cadalso, es cierto, no le faltan armas para encandilar y lograr lo que se proponga, mucho más cuando vea a su cuñada Abelarda tan cándida y dispuesta a enamorarse…

En medio de tanta miseria en cooperativa, el niño Cadalso o Cadalsito provee de luz la narración, con sus sueños en los que Cristo le habla, orienta y permite entender la naturaleza de la vida de su familia ruinosa. Recordemos que es Cadalsito quien orienta a su abuelo a decidirse a dar el paso definitivo en las últimas páginas de la novela. La vida a la que aspira no es más que un infierno, con olor de tabaco, impaciencia y lentitud frente a una resolución de un trámite que parece no llegará nunca:

Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y carraspeo de los empleados que van a ocupar sus mesas colgando capa y hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de agua, de paletadas de carbón, a la atmósfera tabacosa, a las órdenes dadas de pupitre a pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin de esas colmenas donde se labra el panel amargo de la Administración.

El mundo madrileño de Pérez Galdós es delicioso cuando se lo frecuenta. Allí está la tristeza de la oficina pública, las cuestas que el pequeño burgués sube y baja barajando sus pensamientos, los bodegones en los que un cocido puede hacerte sentir feliz, los cafés en los que se discute de política, el cuarto de pensión en que se cometen infidelidades, o las iglesias en que hombres y mujeres van a buscar el perdón. Definitivamente, hay que volver a Galdós.

Nota bene: me reservo explicar, o siquiera comentar, el significado del título de la novela, pues tiene mucha miga. Sus muchas connotaciones (entre ellas el característico mote de gatos para los madrileños) se las dejo a la discreta lectora.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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