“La peste”, un thriller del Siglo de Oro

Hace un tiempo vi los seis capítulos de la serie La peste y la recomiendo sin reservas. Me parece un bien logrado thriller que se ambienta en una Sevilla tan espléndida y miserable como la que nos ha dejado testimonio la literatura del Siglo de Oro. Su director, Alberto Rodríguez, ya había mostrado sus credenciales en el género con su también laureada La isla mínima. Entre sus méritos, identifico un guion que mantiene el ritmo narrativo del suspenso, así como un diseño de personajes eficiente. La recreación histórica y su tratamiento de la fotografía son igualmente notables.

Ahora bien, La peste es un thriller y como tal bebe de influencias y arquetipos que consolidan su mensaje y visión del mundo. El gran referente es, a no dudarlo, El nombre de la rosa de Umberto Eco. No sé hasta qué punto el director de la serie conoce la obra de Luis García Jambrina, pues sus dos novelas El manuscrito de piedra y El manuscrito de nieve ya habían plasmado, con éxito, esa estilo detectivesco y oscuro que es legado de la novela de Eco en la España de la temprana modernidad. Un thriller requiere un detective maltratado por la vida, insomne, algo escéptico y que empieza la aventura sin verdaderas ganas. En las novelas de García Jambrina, tenemos a Fernando de Rojas, inteligente y perseguido por su origen converso, que tiene que resolver un crimen para conseguir el favor de las autoridades. Su equivalente de Adso de Melk era ese huérfano criado suyo que es Lázaro de Tormes. En La peste tenemos a un sujeto también heterodoxo, cual Guillermo de Baskerville, que necesita hallar al culpable para salvarse él de un castigo. Su Adso será un muchacho también huérfano, aunque intuitivo y muy fiel.

El final de la trama, con su vuelta de tuerca, también nos evoca al gran villano de ese tipo de historia, desde El nombre de la rosa hasta El código Da Vinci, pasando por El capitán Alatriste. Me refiero a la figura rígida, inflexible y maquiavélica del religioso: Jorge de Burgos, monseñor Aringarosa o el fray Emilio Bocanegra, respectivamente. En La peste es el inquisidor Celso de Guevara. Es fácil identificar este lugar común del thriller ambientado en un contexto religioso (tanto antiguo como moderno), pues proviene de la figura del malvado cardenal Richelieu de Los tres mosqueteros. Con estas referencias mínimas a una tradición narrativa me interesa llamar la atención sobre la esmerada factura de La peste, pero también advertir al discreto espectador lo más obvio, que no obstante en estos tiempos de postverdad se nos escurre: se trata de una ficción histórica y, por ende, de una recreación que ejerce una selección artística de materiales sobre los cuales apoyarse para crear una trama inquietante y lograr ciertos efectos, como puede serlo el de crear un fresco. Lo digo porque La peste ha generado reacciones, tanto positivas como negativas, que se basan (erróneamente a mi parecer) en su presunta condición de representación veraz o falaz de la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Roca Barea ha planteado todos sus reparos que no son más que cuestionamientos de exactitud histórica que no vienen al caso. Lo mismo podríamos afirmar de Ben Hur (esos ropajes romanos), de la saga británica de Elizabeth (la tan mentada tolerancia religiosa frente al oscurantismo católico) o del inolvidable Sandokan (con su enorme contribución al orientalismo).

Así como discrepo de quienes cuestionan La peste “porque España no era tan mala” (resumido toscamente), tampoco me adhiero a quienes la alaban “porque España era tal cual, violenta, arbitraria y salvaje” (resumido ídem). Es tan ingenuo como ver la primera temporada de True Detective y asumir que Louisiana es exactamente así de infernal o ver The Wire y creer que Baltimore es una ciudad totalmente consumida por las drogas y el crimen. Quizás sí lo son o no lo son tanto, pero eso es lo de menos. Considerando su condición ficcional, La peste puede ser tan representativa de la España de la temprana modernidad como Carlos, Rey Emperador o Isabel. Las ficciones históricas no son historia, sino que la manipulan para producir tramas interesantes para el público. Regocijarse con la atmósfera de persecución religiosa y represión que se plasma en La peste no tiene más gracia o ética que la de quien se regocija de los éxitos de los reyes católicos para dominar a la nobleza castellana de su época. Son visiones complementarias de una realidad de hace siglos a la que estamos asomando, gozosamente, de manera mediatizada. De hecho, series como La peste o Isabel son más pertinentes para entender nuestra memoria del pasado antes que el pasado mismo.

Ocurre que los críticos a veces olvidamos que el espectador se guía no por ideologías sino por lo que le engancha (así como en el Siglo de Oro el aficionado a la poesía épica también podía leer la novela picaresca). En una época, participé en el foro de El Ministerio del Tiempo, experiencia tan didáctica como agotadora. Pues bien, una vez se introdujo un crítico muy comprometido y serio que, en aras de reivindicar el valor cultural de El Ministerio del Tiempo, denostó una serie tan popular y exitosa (al margen de gustos personales) como La que se avecina. Al rato, varios ministéricos lo refutaron admitiendo que disfrutaban las dos series y que no encontraban contradicción alguna en verlas como ficciones entretenidas, cada una dentro de sus propios mecanismos y estética. La peste es un thriller fascinante, valorémosla por sus méritos artísticos y apartemos disquisiciones ideológicas que no vienen al caso.

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