“Deseo de noche” de Alonso Cueto

deseo de noche cuetoTras ganar el Premio Wiracocha de novela en 1985 con El tigre blanco, Alonso Cueto afianzó su carrera literaria con la colección de cuentos Los vestidos de una dama, que vio la luz en 1987. Seis años después, publicó la novela corta Deseo de noche. Mientras las dos obras anteriores guardaban evidentes semejanzas y provenían de la prolongación de su primer volumen de cuentos La batalla del pasado (1983), Deseo de noche supuso una renovación notable en su narrativa. Considerando las novelas que gozaron de aclamación a mediados de la década del 2000 y supusieron su consagración internacional, se entiende mejor el lugar de Deseo de noche en su obra, en tanto libro bisagra de dos etapas bien marcadas. Mientras la primera es de influencia jamesiana, con atmósferas melancólicas y personajes burgueses, fundidos en niebla, que viven en alguna clase de exilio (personal, real o incluso social), como en El tigre blanco y los mejores cuentos de La batalla del pasado o Los vestidos de una dama; la segunda es lo más cercano a una literatura comprometida, al menos en el sentido de explorar las desigualdades sociales y étnicas de la sociedad peruana a través de tramas en torno a la violencia y la política, con Grandes miradas y La hora azul como piezas emblemáticas. Deseo de noche puede entenderse como una transición que establece vasos comunicantes entre ambas.

La anécdota que genera la intriga es, de hecho, una recreación de la que ya aparece en “La distancia”, cuento que forma parte de Los vestidos de una dama. En este relato breve, un profesor de secundaria, igualmente tímido y solitario, ayuda a una ex alumna suya, de quien había estado enamorado, a deshacerse del cadáver del hombre al que ella acaba de matar. En “La distancia” ya se encuentra el abismo entre el profesor y la dama, la mujer de clase media alta a la que ayuda casi a ciegas, y ciertos tintes realistas que ya asomaban en la narrativa de Cueto a través de barrios como Miraflores (reducto burgués por antonomasia), Lince (zona eminentemente proletaria) y Magdalena (el barrio venido a menos donde puede abandonarse un cadáver). El enamoramiento de José, profesor de la joven Doris (a quien deseaba secretamente cuando ella era adolescente), saca a relucir problemas irresueltos de clase y raza que son temas tópicos de la narrativa peruana.

En Deseo de noche contamos con una esmerada reescritura y ampliación que merecería una investigación mayor, como lo sería una tesis (invoco a pioneros cuetistas a recoger ese guante). Su protagonista, Julián, es un modesto profesor de literatura, tímido y sensible, que tiene ese encuentro inesperado con la misteriosa dama, Laura. Ella tiene todo el porte de una mujer fatal: atrae miradas, genera atracción erótica y promete peligros (es una Doris más desenvuelta y solvente). La innovación formal más patente entre el cuento y la novela corta es un tratamiento del lenguaje que adopta rasgos realistas a través de los diálogos. A diferencia de textos previos de Cueto, en que los personajes hablaban un español estandarizado y se evitan coloquialismos o peruanismos recusados, en Deseo de noche se busca transmitir una vivacidad local que era nueva en el autor. El otro cambio estilístico es que la prosa se ha vuelto más concisa, con imágenes plásticas que intentan adoptar una visualidad cinematográfica. El estilo moroso, típico de su narrativa previa (como en El tigre blanco) se ha dejado de lado por completo. Se trata de un acierto, ya que la intriga policial exige un ritmo narrativo más ágil.

Otro aspecto nuevo se observa en la recreación del espacio urbano, ya que ahora se habla de El Rímac, como distrito populoso al que los amantes van a explorar estímulos festivos. Nuevamente, Lince asoma como el distrito típico de clase media baja, que se contrasta con Miraflores, el paradigma de la burguesía. Como en “La distancia” se presenta la insinuación del problema del racismo. En algún punto de la novela, Julián teme que la hermana de Laura lo discrimine por su color de piel y que, por ende, no lo vea como un buen partido para ella. Con todo, este detalle no acaba de cuajar: económicamente, la familia de Julián no parece ser muy inferior a la de Laura y hasta vive en Miraflores (distrito fetiche, santo y seña de la clase media desde la Generación del 50). Lo que sí es evidente es que Julián tiene un sueldo modesto y que las expectativas en torno a una pareja son inferiores a lo que supone Laura, que es algo así como un mujerón (más alta que él, de físico llamativo y con dinero) para un humilde mestizo que la vería con un complejo de inferioridad inoculado por el orden social limeño.

Eso es lo que se insinúa en la novela, pero no se llega a desarrollar a cabalidad, porque irrumpe el personaje de la hermana, aparentemente la culpable del crimen inicial, y Laura debe desaparecer, como buena femme fatale. El protagonista vuelve a enterrarse en su rutina de resignado profesor hasta que logra juntar dinero para buscarla en una Barcelona de ensueño. Aquí vuelve el Cueto de las mejores atmósferas neblinosas de una década antes. El final es lo mejor de la novela, aunque el transcurso del relato es desigual. Sin embargo, este desarrollo narrativo es el que luego dará aliento a sus empeños más recientes, a los que el autor ha añadido un filón más social y político hasta gestar, prácticamente, literatura de tesis sobre el Perú de finales de los años 90. La evolución de la obra de Alonso Cueto podría mostrar el impacto de los reveses históricos nacionales y los intentos de responder ideológicamente a ellos.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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