“El manuscrito de fuego” de Luis García Jambrina

9788467051087Todo siglodorista conoce a Francesillo de Zúñiga y su singular Crónica burlesca del emperador Carlos V, uno de los primeros jest-books compuestos en España. El personaje y su texto dejaron de ser materia erudita sobre todo a partir de las ediciones de Diane Pamp y José Antonio Sánchez Pazos, aparecidas en la década de 1980. En años siguientes, aparecieron nuevos estudios, como los de Francisco Márquez Villanueva, Fernando Bouza y Victoriano Roncero, que enriquecieron el panorama de la llamada literatura bufonesca o del loco. Parte de la leyenda del bufón imperial, Francesillo o don Francés, es su misterioso asesinato con la famosa frase, en respuesta a la pregunta de su esposa (“¿Qué ha pasado?”), que se volvió proverbial: “No es nada, señora, sino que han muerto a vuestro marido”. ¿Quién mató al bufón que acababa de caer en desgracia? La pregunta en torno al asesino y sus motivaciones persiste después de casi cinco siglos. Su indagación es la que ha azuzado la creatividad novelesca de Luis García Jambrina para plasmar la tercera entrega (las dos previas son El manuscrito de piedra y El manuscrito de nieve) de las aventuras del detective Fernando de Rojas bajo el nombre de El manuscrito de fuego.

Nos hallamos ante el fin de la saga, con Rojas ya sexagenario, con achaques y deseoso de retirarse, tras una vida sosegada, lejos de las pretensiones vanas del mundo cortesano, pero también habiendo vivido con el estigma de ser converso y tenido que llevar a cabo misiones encomendadas por quienes detentan el poder. Como buen detective de novela, Rojas es un escéptico, no persigue ni dinero ni prestigio, sino solo sigue su pasión por descubrir la verdad del caso asignado. Como en las novelas anteriores, pese a sus años, Rojas sigue siendo obstinado y perspicaz hasta poner en riesgo su vida. En esta nueva aventura, la última, encuentra a un nuevo asistente, un estudiante zamorano huérfano que conoce en Salamanca, Alonso Jambrina. El apellido es, como se puede imaginar, un guiño al autor de la saga, quien, al cierre de la novela, explica el origen de su propia escritura y despide, de esa forma lúdica, a su personaje (aunque los lectores nos quedemos al final con la intriga de conocer la aventura que encierra El manuscrito de aire).

Como en las novelas anteriores, el caso de don Francés, según nos lo va relevando la pesquisa de Rojas, muestra al lector las entretelas de la España del Siglo de Oro con sus sombras de persecución inquisitorial, intrigas políticas y tensiones sociales. En esta entrega, se nos introduce en el conflicto que provocó la revuelta de los comuneros en Castilla y en el debate en torno a la independencia de la universidad o su subordinación a los intereses del emperador. Como en El nombre de la rosa, el gran modelo de García Jambrina para la composición de la saga, los mecanismos represivos de la Iglesia y el poder humano deben ser enfrentados por el solitario Rojas con las armas de su inteligencia y temple justiciero. En El manuscrito de fuego, en particular, la crisis viene de la mano de los entresijos del oficio bufonesco, en los que la novela nos sumerge hasta poder comprender la compleja naturaleza del personaje de don Francés, que va más de la visión superficial de su humor. Como nos lo recuerda la intriga novelesca de García Jambrina, la risa en tiempos pasados era cosa seria, materia de tratados filosóficos y de debate teológico inclusive. La muerte de don Francés destapa, ante el lector, toda una parcela de la cultura del siglo XVI que mantiene atractivo y profundidad.

Finalmente, El manuscrito de fuego, junto a los otros volúmenes de esta trilogía del detective Fernando de Rojas, constituye un magnífico homenaje a la Salamanca del Siglo de Oro, como centro de la “literatura universitaria” de la época, con La Celestina como piedra fundamental, pero también el Lazarillo de Tormes (cuyo protagonista aparecía en El manuscrito de nieve) y figuras familiares para el lector aficionado a las letras áureas como Fray Antonio de Guevara o Hernán Núñez, el célebre Comendador Griego.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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