Memorias de gris: el hombre de los pañuelos al cuello

66223-z5Vq2Av6Le4Rm5GHace unos días me enteré del fallecimiento de Abelardo Oquendo. Su recuerdo me lleva a escribir esta nota, que espero pueda honrar, en breve espacio, su figura en el entorno universitario y cultural limeño. Cuando empecé mi carrera en la Universidad Católica, a fines de la década de 1990, Oquendo ya era una leyenda. Cualquier joven lector más o menos informado había leído las recientes, para entonces, memorias de Mario Vargas Llosa tituladas El pez en el agua (1993) y conocía de aquel tridente que habían formado cuarenta años antes Luis Loayza (fallecido también hace poco), Oquendo y el autor de Conversación en La Catedral. Si además se había leído esta última novela, aquella gran amistad de los años de formación quedaba estampada en la dedicatoria, tan sentida, al “borgiano de Petit Thouars” y “El Delfín”. En estos últimos días, se especula en torno a aquel apodo juvenil y de todo lo dicho me decanto por aquella que lo identifica con el nombre que recibía el príncipe heredero francés. Así lo evoca mi memoria hace más de veinte años: sus movimientos, su vestimenta (llevaba pañuelo al cuello, nunca corbata), su lenguaje y su porte lo delataban como un noble de otra época en un mundo ruidoso, de agitación y de torpeza juvenil, característico de las aulas enormes del edificio de Estudios Generales Letras.

El plan curricular de entonces exigía tomar el curso de Literatura 1, un introductorio a la teoría literaria y la apreciación de textos canónicos. Había muchos horarios y profesores que lo enseñaban y dependía de uno asumir el riesgo de la aventura. Junto con Óscar Mavila, Oquendo tenía la reputación de ser el profesor más exigente y difícil de la materia. Otros profesores eran recomendados como rigurosos, pero más accesibles o motivadores (por su edad, por su método, su personalidad o por las lecturas que proponían). Y había uno o dos que gozaban del infame prestigio de ser tan fáciles que hasta su nombre se deformaba para revelar el “relajo” (palabra de origen escolar que significaba ‘vagancia’) que suponía su clase. Por entonces yo estaba enfermo de literatosis, como decía Onetti, dada mi juventud, asombro por los libros y por todo lo que estudiar humanidades me podía brindar. Así como los compañeros interesados en la sociología peleaban en la matrícula por llevar Realidad Social Peruana con Henry Pease, los apasionados por la literatura ansiábamos tomar Literatura 1 con Oquendo. Debo reconocer que no era tan complejo ingresar a la clase, ya que los fanáticos no éramos tantos y además creo recordar que la clase era temprano en la mañana. Esto también explica que hubiera en aquel curso algún que otro estudiante irrespetuoso, por descuidado o ignorante, nunca se sabe, al que Oquendo tuviera que retirar del aula (aunque era raro, eso pasaba).

Todavía recuerdo algo de la primera clase de Literatura 1, porque cargaba con la ansiedad de conocer a alguien que encarnaba el mundo literario que uno admiraba de lejos y casi como un niño. Supongo que es la misma emoción que sentiría el aspirante a futbolista al que va a entrenar su ídolo de infancia, aquel que antes solo había visto en la televisión o en las revistas. Oquendo llegó puntual, con un aplomo que era nuevo para mí (los profesores universitarios que había conocido hasta entonces eran o venerables y señeros, imponentes, o juveniles que intentaban hablarte “en tu idioma”), peroraba con pasión serena sobre la literatura y nos invitaba a saborearla a su lado: se sentó sobre el escritorio y leyó pasajes de tres libros muy diferentes. Uno de ellos, el que aún recuerdo, era un fragmento de Raúl Porras Barrenechea y nos preguntaba si eso podía ser considerado literatura. Ese tipo de introducción le permitiría, ahora lo entiendo, proponernos la complejidad del asunto, pero sin abrumarnos, sino más bien para motivarnos a leer guiados por el placer que podía producir hacerlo. Él lo sentía así y aspiraba a que nosotros desarrolláramos esa vocación.

Si bien en aquella clase tuvimos que cubrir lecturas teóricas que, aún como adolescentes, nos podían resultar un tanto áridas, como la bibliografía esencial de Teoría Literaria que se usaba aún entonces (René Welleck, Aguiar e Silva, Jacobson, Genette, etc.), quedaba claro que para Oquendo lo importante era la lectura como goce estético. Él fue el primero al que le escuché el comentario estilístico de Dámaso Alonso en torno a las vocales del verso infame turba de nocturnas aves o compartir la admiración de Borges por los adjetivos del virgiliano ibant obscuri sola sub nocte per umbram. Naturalmente, la literatura era más que efectos o juegos con el lenguaje, pero a Oquendo le interesaba que aprendiéramos a leer microscópicamente, con esa diligencia que debe tener todo filólogo que se precie de serlo.

Dos años más tarde, ya en la facultad, lo volví a tener como profesor y solo entonces comprendí mejor su filosofía de enseñanza de la literatura. Solía recomendar leer los textos primarios a profundidad y solo después sumergirse en la crítica generada alrededor de ellos. Recuerdo que los trabajos que pedía en su curso de lírica peruana contemporánea encerraban el desafío, precisamente, de prescindir de bibliografía secundaria. Ese método de evaluación, en pleno año 2000, era totalmente contracultural, pues en la facultad habían desfilado, desde los años ochenta, todas las tendencias críticas posibles traídas por profesores formados en el extranjero: la semántica daba coletazos, el estructuralismo estaba fuertemente enraizado y las corrientes postmodernas de todo pelaje iban ingresando poco a poco. En ese contexto la lección de Oquendo era valiosa, pues nos remitía a lo esencial del ejercicio crítico: la lectura misma como meta. No sé cómo habrá lidiado (ni me apetece saberlo) en los años posteriores, es decir los más recientes, cuando la efervescencia de los debates ideológicos ha sustituido el conocimiento del fenómeno literario y esos gestos de lectura estética podrían caer en el mar de la más absoluta incomprensión. Por mi parte, hace un par de años cometí la imprudencia de hablar de close reading y un colega de última generación me miró con la condescendencia con la que se escucha a los niños hablar del trabajo de sus padres. Imagino que Oquendo habrá pasado de todo ello con una sonrisa resignada y sin enfadarse, porque francamente no vale la pena.

Había otra faceta del profesor Oquendo que era, en su caso, indesligable de su persona, y por la que seguramente será más recordado: la de lector crítico e impulsor de creadores jóvenes que se le acercaban, confiados en su buen juicio y su apoyo a través de Hueso Húmero, la revista que constituye lo mejor de su contribución a la literatura, y a la cultura por extensión. Lo digo porque, lamentablemente, Oquendo escribió poco, aunque editó a muchísimos. Una reunión de su obra crítica (desperdigada en su mayoría en prólogos, columnas y otros géneros menores) demostraría su prosa burilada y ejemplar en su brevedad, en la senda de la prosa sintética de Borges y la gracia de Alfonso Reyes.

En efecto, sus esfuerzos más grandes se enfocaron en leer, seleccionar, sugerir, motivar, corregir y publicar textos ajenos. Tal es quizás la tarea más humilde, a la vez que la más necesaria e imprescindible, en la literatura. Como a muchos, Oquendo me leyó balbuceos líricos apenas aceptables que juzgó con acierto (“ya dijo todo lo que se puede decir tocando esa cuerda, ahora cambie de registro”, creo recordar que me dijo y entonces descubrí que yo no tenía otra cuerda), formó parte de un jurado de concurso literario que me dio una mención honrosa por un cuento bienintencionado que prometía algo y no concluía nada (otra muestra de juvenalia de 1997), y publicó mi primer trabajo de tema aurisecular. En 2003, Rosa Navarro había lanzado su Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes y yo estaba escribiendo una reseña crítica con el ímpetu y el tesón de quien hace sus primeras armas en el oficio. Oquendo se enteró por un amigo de que estaba empeñado en eso y tuvo a bien publicar mi texto en la sección de crítica de libros de Hueso Húmero al año siguiente, cuando ya me había marchado de Perú. En la página final, en la que se hablaba de los colaboradores de aquel número, junto a mi nombre se decía que me había ido a España “a hacer un doctorado en la Universidad de Navarra, donde trabaja el tema de la novela picaresca”. Releo esas líneas, tal vez escritas por él mismo, y me conmueve el paso del tiempo, la nostalgia por el estudiante que fui y la sensación de verme publicado por primera vez en aquella revista que era un faro luminoso en un medio oscuro donde las letras se aprecian poco y mal. Le agradecí por correo electrónico el envío del ejemplar de cortesía, que recibí a través de Julio Ortega. Nunca volví a ver o a buscar a Abelardo Oquendo, pero aún le mantengo gratitud y lo recordaré siempre por su generosidad, que era de príncipe. He leído que murió en paz y guarda sentido: un bel morir tutta una vita onora.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a Memorias de gris: el hombre de los pañuelos al cuello

  1. Bella y conmovedora crónica autobiográfica

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