Memorias de gris: la enciclopedia visual de Sven Lidman

IMG_5155Fantástica Suecia. No solo es la tierra de ABBA, cuya música me alumbró, sino que también le debo uno de mis mejores recuerdos de niño: una enciclopedia. Sven Lidman fue un lexicógrafo sueco (1921-2011) que desarrolló un nuevo concepto de ilustración en los años 60: imágenes que no solo reflejaran lo que decía el texto, sino que transmitieran más información por sí mismas, hasta ser “imágenes parlantes”. Hasta Lidman, las enciclopedias tenían ilustraciones con valor decorativo o accesorio (el rostro de un personaje, el esqueleto de un animal, el mapa de un país). Su primer intento fue la enciclopedia Focus (1958-1960) en cinco volúmenes, la cual abraza un principio universalista para las ilustraciones: estas podrían adaptarse a otras lenguas con ligeras modificaciones, ya que buena parte de la carga semántica estaría en la imagen. El siguiente proyecto de Lidman fue su mayor logro: la enciclopedia Combi Visuell, la cual, en palabras de Wikipedia en español, “es un extraño monumento a la visualización del boom de los mismos años que vieron la llegada del hombre a la Luna”. Creo que lo de “monumento a la visualización”, dicho sin sorna, recoge muy bien el sentido del trabajo de Lidman en su enciclopedia, cuya traducción al español a cargo de la editorial barcelonesa Dánae gozó de popularidad entre los 70 y 80. Yo manejo la edición de 1973 en cinco tomos de la Enciclopedia Combi Visual, una especie de linterna mágica de mi niñez allá por 1988. Era un libro, pero para mí era más bien un juguete.

IMG_5156Hace cuarenta años, los padres invertían en enciclopedias que eran exhibidas en las estanterías del salón principal. Los nombres eran significativos entonces y seguramente dicen poco ahora: Espasa-Calpe, Sopena, Larousse, Británica (la más encopetada), Océano… Generalmente, su comparsa era un diccionario complementario, de sinónimos y antónimos, o un atlas geográfico. Eran obras caras y se pagaban en mensualidades. Periódicos y revistas también ofrecían fascículos por suscripción, que podían tomar entre uno y dos años, y constituían un incipiente patrimonio familiar. Invertir en una enciclopedia era como invertir en un sofá o en el juego de tacitas de porcelana. La enciclopedia era para toda la vida y formaba parte del ajuar de la casa. Los vendedores de puerta en puerta las ofrecían también por su utilidad educativa, ya que eran material de consulta obligada para los deberes de la escuela. En mi casa, en particular, tenían una función adicional: eran la herramienta imprescindible para desarrollar los crucigramas gigantes que publicaba el diario El Comercio cada fin de mes.

IMG_5160Jorge Luis Borges era un entusiasta de las enciclopedias, a las que llegó a considerar “el más deleitable de los géneros literarios”. Varios relatos suyos, como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El Aleph” o “El idioma analítico de John Wilkins”, se apoyan en la visión enciclopédica del universo: un texto donde se condensa todo el conocimiento sobre la realidad, hasta el punto de que esta última puede ser reemplazada por el texto mismo, o ser solo una creación del discurso. Como con el espejo, la enciclopedia, con su afán de exactitud y vastedad, nos interroga, como lenguaje, en torno a quién representa a quién. Con todo, Borges habría despreciado la enciclopedia sueca que me ocupa, ya que su interés estaba centrado en la enciclopedia químicamente pura, la decimonónica. Por ello hablaba con nostalgia de la Encyclopaedia Britannica anterior a 1911, frente a “los arduos e insípidos resúmenes con los que se nos aflige ahora”. Borges era exquisito: sabía que la de 1911 era la más popular y citada del siglo XX (29 volúmenes, índice incluido), por lo que no quería caer en el lugar común. Esto lo decía en 1979, en su prólogo a la reedición de enciclopedia de Diderot que había reeditado Franco Maria Ricci, más afín a sus gustos.

IMG_5163La enciclopedia de Sven Lidman está orientada a todas las edades, pero esencialmente a los jóvenes. En absoluto insípida, es un prodigio de condensación a través de lo visual. Además, sus textos son introductorios, pero siempre claros, curiosos y amenos en sus datos y enfoque. La Combi Visuell, como toda enciclopedia, tiene una dimensión lúdica que su particular colorido y distribución gráfica azuzan. Así la consultaba y disfrutaba yo en la década de 1980. Treinta años después, la rescaté de una estantería donde descansaba el sueño de la muerte de un libro (no ser leído) y ahora, alguna tarde en que el sol me da tregua, abro una entrada, casi al azar, y me deleito con la exposición llana y las ilustraciones. Consultarla es también un viaje al mundo de 1970: se habla con cierto temor, bien fundado, de los peligros de una guerra nuclear, se habla aún de “Tercer Mundo” y toda la tecnología que es ahora prehistórica se cuenta con la pasión que genera el asombro. En esa enciclopedia encontré la primera exposición de las campañas de Napoleón; un resumen elemental de la Odisea; la evolución del alfabeto occidental; y muchas cosas menudas que se me quedaron en la mente (“el gallo es símbolo del amanecer”, “El jinete precisa convertirse en un buen amigo de su caballo”, El conde de Montecristo es una novela de aventuras”), datos sueltos, es cierto, pero que despertaron mi curiosidad para seguir explorando y definiendo mis intereses conforme crecía. Junto a las canciones que mi madre me enseñó, la enciclopedia visual sueca hizo mis días de infancia, vistos a la distancia, serenos y felices.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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