La risa y la burla en la novela picaresca (y II): Lazarillo de Tormes

9788437606606Para nuestro comentario sobre la risa y la burla en el Lazarillo de Tormes, nos centraremos en el tratado I, el del ciego. Este tratado es el que presenta de forma más recusada la tradición medieval: la pareja cómica del niño que guía al invidente mendigo aparece en el folclor y en las viñetas (Bataillon, Novedad 29-32). Es mérito del autor anónimo haber dotado a una serie de cuentecillos de un hilo narrativo que refleja un proceso de aprendizaje: el que experimenta un niño, al inicio ingenuo, que “despierta”, aprende invalorables lecciones de ingenio picaresco de parte de un cruel maestro y acaba por superarlo.

La risa intratextual aparece desde las primeras páginas del tratado. El primero que se ríe en el Lazarillo es el moro Zaide, aquel padrastro del protagonista, frente a la necedad de su hijo, quien se asusta al verlo, porque no reconoce su color de piel (“Madre, coco”, exclama, sin darse cuenta que él también es moreno). Nos hallamos frente al humor de disparate, propio del niño ignorante. La segunda muestra de alguien riéndose ocurre cuando el ciego “rió mucho la burla” (23) al golpear la cabeza de Lázaro contra el toro de piedra a la salida de Salamanca y comprobar lo fácil que fue hacerle creer que acercándose al monumento escucharía un gran ruido. En ambos casos, se trata de la risa de los adultos que se divierten gracias a la ingenuidad de los niños.

El episodio del toro de Salamanca nos da la pauta de cómo se desarrollará la relación entre el amo ciego y su criado: una serie de “golpes” (reales y figurados) para que el niño aprenda y, poco a poco, vaya compitiendo en ingenio con su amo. La violencia prosigue con el episodio del jarrazo, por el cual Lázaro se rompe los dientes. Dicho episodio establece también la pauta del relato de las “hazañas” del joven pícaro a cargo del ciego, ya que este, como parte de su rutina de rezador y consejero, cuenta sus travesuras y el público que le escucha se ríe. La aparición del público como receptor de un relato cómico nos ofrece una tercera mirada, fuera de la relación binaria de amo y criado. ¿De qué se ríe la gente? Las personas que escuchan “reían mucho el artificio” (34), esto es el ingenio, elemento eminentemente picaresco, que exhibió Lázaro para hurtarle el vino al astuto ciego.

Más adelante, el episodio de las uvas es la única ocasión en que Lázaro se ríe del ciego, reconociendo su astucia para darse cuenta (siendo invidente) de que le estuvo robando: “Reíme entre mí y, aunque mochacho, noté mucho la discreta consideración del ciego” (37). ¿Cómo interpretar este pasaje? ¿Se ríe de haberse salido con la suya, de estar a la altura del maestro y no recibir castigo físico? A diferencia de episodios anteriores, de este sale Lázaro indemne. No recibe reprimenda alguna, acaso porque el ciego ya reconoce la que su criado muestra una habilidad que amenaza con estar a su propia altura.

En este punto de la narración, Lázaro hace un comentario narrativo, en el que sigue el concepto retórico de la abbreviatio: “Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este primer amo me acaescieron” (37). En estas breves líneas, Lázaro expone una poética narrativa de burlas y veras para su relato, hecho de cosas “graciosas” (las burlas, de entretenimiento) y otras “de notar” (las veras, con finalidad didáctica), o sea que deben llamar especialmente la atención del lector por su valor intrínseco. ¿Qué cosas “graciosas” ocurridas con este primer amo hemos visto hasta ahora? Son manifestaciones de un humor basado en el engaño (el toro de Salamanca), en el robo ingenioso (el del vino con la pajilla, el de las uvas), frente a un adversario que también intenta engañarlo siempre. Así se desarrolla una tirante relación entre maestro y discípulo, cuya culminación es el episodio del nabo y la longaniza.

Precisamente este episodio es el más interesante, no tanto por el artificio picaresco que encierra o su efecto cómico, sino porque la anécdota se vuelve materia narrativa para el ciego, quien aplica, al contarla, todas sus dotes de narrador oral. Observemos con atención este pasaje, en que se condensa un rico ejemplo de risa intratextual del Lazarillo de Tormes:

Contaba el ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres [los episodios pasados], y dábales cuenta una y otra vez así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente [el nabo y la longaniza]. Era la risa de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba maltratado y llorando, me parescía que hacía sinjusticia en no se las reír. (41)

El ciego cuenta los “desastres”, o sea todas las malandanzas y golpizas de Lázaro, varias veces, como recreándolas agregando nuevos detalles o con diferente énfasis cada vez. Son situaciones tan cómicas que pueden repetirse y provocar risas cada vez mayores, hasta el punto de que la gente que pasa por allí se detiene y entra a escucharlo. El ambiente del mesón, en medio de la narración del ciego, se denomina “fiesta”, por lo ruidosa y alegre. Lázaro llega a admitir que el ciego narrador posee tales “gracia y donaire” que a él, lloroso y adolorido por los malos tratos, no le queda más que reírse.

Este último detalle de Lázaro escuchando al ciego vuelve la escena más compleja de lo que parece. El joven pícaro se contempla a sí mismo, a través de la voz de su amo, como protagonista del relato. Aunque llora, Lázaro se ríe de sus propias desgracias. En otras palabras, el Lázaro persona (dentro de la realidad del mesón) se ríe del Lázaro personaje en boca del ciego. ¿De qué se ríe la gente del mesón? Se ríe de la “hazaña” o “burla”, pero también, según lo resalta Lázaro, de la forma en que se cuenta, dado que el ciego ofrece un espectáculo frente a su público. De hecho, puede interpretarse este pasaje como un espejo de la narración misma que estamos leyendo. Nos hallamos frente al nacimiento del narrador picaresco: un narrador que cuenta una burla o “hazaña” con tal “donaire” sucesivas veces que hace que la gente rompa a reír hasta convertir el espacio en una “fiesta”.

Algunas conclusiones en torno a la risa en el tratado I del Lazarillo de Tormes: contamos, en primer lugar, con la risa de los adultos frente a los niños, por la ingenuidad de estos. A continuación, se desarrolla la formación “picaresca” de un niño, a manos de un cruel maestro, el ciego. El proceso evidencia, precisamente, cómo pasa de ser inocente, y por tanto víctima recurrente, a ser un ingenioso pícaro, con venganza cruel como despedida, ya que abandona al ciego tras engañarlo para que golpee su cabeza contra un poste. Al principio, el ciego se ríe de Lázaro, por sus intentos, fracasados, de burlarlo (como en episodio del jarrazo). Luego, Lázaro se ríe del ciego, por la astucia que este tiene, ya que aún no puede superarlo. En este punto, nuestro protagonista es consciente de que está contando “cosas graciosas y de notar”, por eso abrevia. ¿A qué cosas graciosas se refiere? A burlas ingeniosas, algunas con más éxito que otras, según hemos visto aquí. Por último, el público se ríe de las “hazañas” de Lázaro contadas por el ciego.

Obsérvese que la narración ha ido progresando, desde lo más denotativo y literal (la burla narrada directamente por Lázaro) a lo más connotativo (narrando cómo narra el ciego la burla): la narración del ciego es un reflejo de la narración que ejecuta Lázaro en el texto que nosotros mismos estamos leyendo. Podemos considerar aquella escena del ciego que cuenta la burla a la gente con aire festivo como el hallazgo de la voz narrativa típica del pícaro: marcada por la oralidad y la constante apelación a un público al que debe agradar mezclando burlas y veras: tal paradigma es el que expresa la risa del propio Lázaro en medio de su llanto. La risa se identifica con la comicidad (las burlas) y su llanto con el propósito didáctico (las veras), que en este caso es la censura moral de los actos del ciego.

Bibliografía

Bataillon, Marcel. Novedad y fecundidad del Lazarillo de Tormes. Salamanca: Anaya, 1968.

Lazarillo de Tormes. Ed. Francisco Rico. Madrid: Cátedra, 2000.

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