La risa y la burla en la novela picaresca (y III): Guzmán de Alfarache

800px-Grabado_Guzmán_AlfarachePuede entenderse el Guzmán de Alfarache como una ampliación del Lazarillo al recoger sus hallazgos narrativos y llevarlos a sus últimas consecuencias: la forma autobiográfica, el esmerado desarrollo del punto de vista y el moralismo a través de su protagonista. Como ocurría con Lázaro, quien experimentaba el “despertar” violento a un mundo hostil, el joven Guzmán de Alfarache sufre la primera burla de su vida cuando, fugado de casa, llega a una venta. Este episodio, de origen italiano, es uno de los más célebres de la novela, el de los “huevos empollados”, con los que estafan al joven inexperto. Se encuentra en la parte I, libro I, capítulos III y IV del Guzmán de 1599. En la extensa novela, este episodio es el equivalente al del toro de Salamanca: el pícaro se da cuenta de que está solo ante la adversidad y no debe dejarse burlar en el futuro. La venta a la que llega Guzmán es un lugar que, narrativamente, funciona como el mesón en el que el ciego del Lazarillo narraba las “hazañas” de su criado. Es un espacio público de tránsito (como la plaza), donde convergen personajes de toda laya, idóneo para las estafas, engaños y burlas. Se trata del escenario picaresco por definición.

El episodio está contado en dos capítulos proponiendo quizás la dualidad de burlas y veras. En el cap. III contamos con el personaje del pícaro joven, con ganas de ver el mundo, aunque cargando también con una temprana nostalgia por lo que deja atrás: la vida de niño mimado de su madre en una gran ciudad. Como tal, apenas cruzó la puerta, admite que el rostro “quedó todo de lágrimas bañado” (78). Con este sentimiento de tristeza, el joven, todavía con ropa fina que delata su origen, entra a la venta sin saber que está expuesto a los mayores peligros. La ventera se da cuenta de inmediato de que es un niño consentido, a quien puede darle unos huevos que quedaron a medio empollar en una tortilla: “¿Y adónde va el bobito?” (82), le pregunta al acercársele para atenderlo. La ingenuidad de Guzmán, unida a su hambre, lo hace comer, con algo de disgusto, aquella tortilla, sin ganas de protestar. Al final del capítulo, toma consciencia del engaño y le otorga una trascendencia (como decepción inicial que marca su vida) que se prolonga al momento en que escribe: “Y aún el día de hoy me parece que siento los pobreticos pollos piándome acá dentro” (86). Así, todo el capítulo está marcado por un sentimiento de orfandad, anticipo del mundo hostil que le espera.

El siguiente capítulo, el IV, desarrolla la comicidad a contrapelo del tono amargo del previo. Guzmán abandona la venta, todavía disgustado por la estafa, y se encuentra con el arriero, un personaje de los caminos, astuto, quien se ríe desaforadamente cuando se encuentra con Guzmán y este le cuenta su desdicha. La risa del arriero es descontrolada, hasta impedirle hablar sin tropiezos. Al inicio, parece que nos hallamos frente a la risa que el ciego dirigía a su criado en el episodio equivalente del Lazarillo: el adulto forjado en tretas se ríe del ingenuo “bobito”. Pero luego, cuando el arriero puede hablar, se aclara que su risa no va dirigida al joven Guzmán. No se ríe de la burla hacia la joven víctima, sino de lo que le ocurrió a la ventera después. En otras palabras: la burla no quedó completa con el engaño al “bobito”, sino que se cerró cuando la burladora recibió su merecido.

Tenemos ya la escena completa, bastante comprensible en el espacio lúdico que es la venta en la literatura de la época. El narrador Guzmán ha preparado muy bien el ambiente para llegar a este punto: nos hace copartícipes de su impaciencia ante la risa desmedida del arriero, cuyo origen nos sigue intrigando, porque tarda en contar la burla a la ventera: “Era todavía tanta la risa del bueno del hombre, que apenas podía proseguir su cuento, porque soltaba el chorro tras de cada palabra, como casas de por vida, con cada quinientos un par de gallinas, tres veces más lo reído que lo hablado” (90). El narrador suspende nuestra propia risa y hasta introduce un comentario sobre los tipos de risa, censurando la risa desatada o “descompuesta”, como la del arriero:

Si yo fuera considerado, no debiera esperar ni presumir cosa buena de quien con tanta pujanza se reía. Porque aun la [risa] moderada en cierto modo acusa facilidad; la mucha, imprudencia, poco entendimiento y vanidad; y la descompuesta es de locos de todo punto rematados, aunque el caso la pida. (90)

Esta preceptiva sobre la risa guarda sentido dentro de la narración picaresca, ya que en ella el humor es ingrediente clave y a través de este comentario el narrador da forma y orienta la recepción del material cómico que hilvana en su texto. Se instruye al lector a cómo ha de reírse; se le ofrece una especie de “etiqueta” para la risa que debe provocar la burla que se va a relatar. A este propósito, Victoriano Roncero analiza este pasaje como teoría de la risa, expone sus fuentes clásicas y su aplicación a la praxis del texto de Mateo Alemán como todo orgánico (100-101).

Coincidentemente, el narrador ha expuesto su material de forma progresiva: empezó con aquel tono melancólico, de abandono y engaño en la venta, luego pasó a una risa exagerada (“imprudente” la llamaría él), censurable, y solo ahora, tras exponer los dos polos de la experiencia, se ofrece la burla propiamente dicha. ¿Qué ocurrió? Que la ventera quiso hacer la misma estafa de los huevos empollados con una pareja de soldados. Estos, como duchos en los caminos, descubren el engaño de inmediato, le piden cocinar un pescado y urden su venganza:

Hízolo [el pescado] ruedas, asoles dos, con que comieron; metieron en una servilleta de la mesa lo restante y, después de hartos y malcontentos, en lugar de hacer cuenta con pago, hicieron el pago sin la cuenta; que el un mozuelo, tomando la tortilla de los huevos en la mano derecha, se fue donde la vejezuela estaba deshaciendo un vientre de oveja mortecina, y con terrible fuerza le dio en la cara con ella, fregándosela por ambos ojos. Dejóselos tan ciegos y dolorosos, que, sin osarlos abrir, daba gritos como loca. Y el otro compañero, haciendo como que le reprendía la bellaquería, le esparció por el rostro un puño de ceniza caliente. Y así se salieron por la puerta, diciendo: “Vieja bellaca, quien tal hace, que tal pague”. Ella era desdentada, boquisumida, hundidos los ojos, desgreñada y puerca. Quedó toda enharinada, como barbo para frito, con un gestillo tan gracioso de fiero, que no podía sufrir la risa cuando de ello y de él se acordaba. Con esto acabó su cuento, diciendo que tenía de qué reírse para todos los días de su vida. (91-92)

De forma que la risa definitiva del arriero es provocada por lo que hacen los soldados con la ventera. ¿Cómo queda ella? La descripción resalta la fealdad de la ventera, sumada a la violencia y al caos que se generan alrededor de toda la escena. Para empezar, la ventera estaba urdiendo una nueva estafa (la “oveja mortecina” es la muerta por causas naturales), por lo que la cogen con las manos en la masa. Los soldados la dejan ciega, gritando y con la cara llena de polvo de cenizas. La frase que exclama uno de ellos sintetiza el sentido aleccionador de la burla, cuya víctima –según los victimarios- se merece un final así.

Este un ejemplo de la risa frente a lo descompuesto o deforme, no solo por el estado en que dejan a la víctima, sino más que nada porque se trata de una vieja, personaje que, para los lectores de la época, sintetiza –en su deterioro físico- toda la fealdad posible de hallar. Se trata de un grado superlativo de fealdad, que debe producir una risa proporcional: la falta de dientes produce el efecto de ser “boquisumida” (ya que los labios de los ancianos se contraen y arrugan), además su falta de higiene se refleja en los cabellos maltratados y el calificativo de “puerca”. El personaje de la vieja es uno de los favoritos de la literatura satírica, ya que “concentra en extremo todos los defectos de la mujer. El escarnio por el físico repelente es constante, a veces contrapuesto vengativamente a la belleza pasada” (Arellano y Roncero 18). En este caso, el escarnio se concentra en la comparación “como barbo para frito”, ya que la asimila a un pescado (cuya fealdad es indiscutible) y las cenizas, que son inmundas, se identifican, burlonamente, con la harina para freír. El narrador remata el efecto cómico concluyendo, con ironía, que la ventera ha quedado “con gestillo tan gracioso de fiero”. El diminutivo es, en teoría, afectivo y encomiástico, pero aquí expresa todo lo contrario, ya que el “gesto” o rostro es repugnante. Si queda duda de lo divertido que ha sido todo, el narrador cierra el párrafo señalando que el arriero “tenía de qué reírse para todos los días de su vida”.

La escena, en su conjunto, nos remite a la idea de venganza frente a la burla previa, o sea una contraburla. Esta operación ya figuraba en el Lazarillo, si recordamos la competencia entre Lázaro y el ciego. La del poste era la venganza del pícaro Lázaro. Con Guzmán ocurre que se siente vengado; pero así como no puede desligar la burla de los soldados de la risa del arriero (“tenía para reírse para todos los días de su vida”), tampoco puede dejar de lado el recuerdo del mal rato de los huevos empollados. Al acabar la narración, en estilo indirecto, del arriero, Guzmán interviene y comenta lo relatado. En oposición al arriero, que tiene para reírse el resto de su vida, el pícaro dice: “Yo de qué llorar […] para toda la mía, pues no fui para otro tanto y esperé venganza de mano ajena” (92). A través de esta referencia al llanto, que sigue a la risa del arriero, el narrador del Guzmán de Alfarache deja testimonio del equilibrio de burlas y veras en su narración, tal como se sugería ya en el Lazarillo.

Quizás por eso, tras la escena cómica descrita, aquella elaborada contraburla, se inserta el discurso moralista de uno de los clérigos que comparten el camino con Guzmán y el arriero. El sacerdote inserta todo un sermón sobre el perdón cristiano, que el pícaro suscribe, aunque conforme avance la novela el lector comprobará que la venganza no será ajena al pícaro a lo largo de su vida. De hecho, es uno de sus móviles: por venganza comete grandes robos en Italia, para acumular gran fortuna y volver a Génova, para desfalcar a aquellos familiares suyos que lo vejaron cuando los visitó por primera vez. En última instancia, por venganza delata a uno de sus compañeros de galera, el ladrón Soto, gracias a lo cual Guzmán obtiene la libertad al final de la novela. Podríamos decir que todos los robos ingeniosos, en tanto la materia risible inherente a la picaresca, son las “burlas”, que se acompasan con las “veras”, compuestas por sermones como el del cura en este capítulo IV o los sentimientos de desengaño vital que expresa Guzmán en el III.

Para concluir nuestro análisis, reparemos en que, de nuevo tal como pasaba en el Lazarillo, la escena que hemos visto se encuentra mediatizada. Guzmán cuenta lo que contó el arriero frente a él y los clérigos. Otra vez nos hallamos frente a la narración oral como espectáculo, una actuación frente a un público. En ambas obras, los protagonistas nos proponen que el valor de la risa proviene de ser producto de un relato. En particular en el Guzmán de Alfarache se plantea un equilibrio mucho más explícito entre la risa y el llanto, las burlas y las veras, ya que después de la risa desatada que produce el arriero (evocado a su vez por el narrador Guzmán), viene la censura moral del clérigo.  De forma que tenemos un episodio que se abre y se cierra con un tono serio: el niño víctima del capítulo III, al que sigue una la burla violenta en el capítulo IV, tan ridícula que no se puede parar de reír, pero al mismo tiempo tan amarga en su resolución que genera también una censura moral a la venganza.

Finalmente, el Guzmán nos demuestra que la burla nunca está completa y que, por tanto, el burlador puede pasar a ser burlado. De esa forma, la risa es orientada no a Guzmán, la primera víctima, sino a la ventera estafadora, victimaria inicial que se volverá víctima final. La risa no va necesariamente en la dirección más aparente: no siempre se orienta al más débil (como pasaba con Lázaro). Además, la risa no debe confundirse con la venganza, que da pie a la moralización. En el episodio del Guzmán la causa de la risa es la visión de lo descompuesto, pero mediatizado, ya que narrador evoca lo que a su vez narra uno de los testigos de la burla y el estado en que quedó la ventera, quien por ser vieja y estar tan ajada se convierte en estampa de la máxima fealdad y por tanto el motivo más risible. En suma, en el Guzmán la risa se orienta, también, más a la narración que a lo narrado.

 

Bibliografía

Alemán, Mateo. La obra completa 3. Guzmán de Alfarache. Ed. David Mañero Lozano. Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2014.

Arellano, Ignacio y Victoriano Roncero. “Introducción”. Poesía satírica y burlesca de los Siglos de Oro. Madrid: Espasa Calpe, 2002. 9-53.

Roncero, Victoriano. De bufones y pícaros: la risa en la novela picaresca. Madrid-Frankfurt Am Main: Iberoamericana- Vervuert, 2010.

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