La risa y la burla en la novela picaresca (y IV): El Buscón

22454609875._SY1500_El Buscón se aleja del recusado empleo de digresiones morales del Guzmán y abraza una brevedad que lo vincula más evidentemente con el Lazarillo. Hemos elegido para nuestro análisis los capítulos V y VI del libro I de la historia de Pablos de Segovia. Nos hallamos de vuelta frente al despertar del pícaro al mundo hostil: Pablos marcha a Alcalá, a hacer vida de estudiante universitario, como criado de don Diego Coronel.

La lectura de estos capítulos nos permite contemplar la transición de las risas: en el capítulo V impera la risa de los estudiantes/ pícaros (roles intercambiables, como nos dirá Pablos más adelante) frente al nuevo, que equivale a ser “bobito” o indefenso en este ambiente. Cuando lo rodean los compañeros en el patio, Pablos ríe para esconder su miedo (él mismo dice que entró temblando) o intentar, en vano, mimetizarse con los otros, que se ponen a reír también, anticipando lo que se viene. El rito de paso es sumamente cruel, ya que sus compañeros lo llenan de escupitajos y otros fluidos, divirtiéndose hasta dejarlo “nevado de pies a cabeza” (64). De vuelta en casa, el morisco que es su huésped también se ríe, al verlo todo bañado en esputos, e intenta seguir la burla, para acabar con su degradación.

Nos hallamos en estas escenas frente a la risa producida por lo grotesco. Pablos, totalmente vencido, rompe a llorar y su amo don Diego le da un consejo: “Abre el ojo que asan carne. Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre” (67). La burla final de este capítulo produce una risa feroz de sus compañeros frente a lo escatológico, cuando vejan a Pablos destapándolo y dejando en evidencia que ha dejado la cama embarrada con excrementos: “Fue tanta la risa de todos, viendo los recientes no ya palominos, sino palomos grandes, que se hundía el aposento” (71). La vejación conduce a Pablos otra vez a las lágrimas, porque se trata casi de una tortura psicológica. El capítulo V acaba con una recapitulación de la cruenta burla perpetrada: “Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros criados, después de darme vaya [‘ridiculizarme’], declararon la burla. Riéronla todos, doblose mi afrenta, y dije entre mí: ‘Avisón, Pablos, alerta’. Propuse de hacer nueva vida” (73). Al protagonista el detalle del relato de los criados (que se mofan de él y evocan la broma pesada) es lo que le duele más: hay una risa ante lo cómico que se ve o se experimenta, pero por encima de ello está la risa ante el relato de lo cómico, que resulta –al menos en los textos- mucho más efectivo y contundente que la materia risible por sí misma.

Con aquella advertencia del protagonista, afrentado y con ganas de reinventarse (“hacer nueva vida”), el capítulo VI nos muestra un cambio radical en Pablos, ya que ahora será él quien producirá la risa, pero no con sus desgracias, sino con sus “hazañas”, como habría dicho Lázaro. Las burlas de Pablos en este capítulo producen risas múltiples. Los huéspedes de la casa “de risa no se podían valer” (75), por los hurtos y dichos ingeniosos del pícaro. Este tiene el poder de ser quien genera las risas por su talento, ya no por su necedad o su papel de víctima. El ama produce risa también, pero por su ignorancia cuando reza en latín, gesto ante el cual “nos despedazábamos de risa todos” (79).

Aparte de sus travesuras, Pablos se hace una fama de pícaro ante sus compañeros a través del relato también. Nuevamente tenemos la risa mediatizada, la que produce el narrador oral: el robo del cofín de pasas solo tiene valor cuando es contado y celebrado por los colegas, aunque estos no acaban de creerlo. Para demostrar su habilidad y para deleite de sus compañeros, Pablos lleva a cabo otro robo singular. El fragmento es este:

Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda, y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible, y más por estar el confitero -por lo que sucedió al otro de las pasas- alerta. Vine, pues, y metiendo doce pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije: -“¡Muera!”. Y tiré una estocada por delante del confitero. Él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja, y la pasé y saqué en la espada, y me fui con ella. Quedáronse espantados de ver la traza y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con quien él había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien. Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la casa con lo que corría, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como era muchacho y oía que me alababan el ingenio con que salía de estas travesuras, animábame para hacer muchas más. (83-84)

¿De qué se ríen los compañeros? De la cara de miedo del confitero, cuya cobardía hace que se queden “muertos de risa”, así como del descaro del robo cometido por Pablos. Quizás lo más jugoso del pasaje se encuentra al final, en su reflexión sobre el efecto que tiene el robo en sus compañeros. El protagonista empieza por declarar su satisfacción (“nunca me supo cosa tan bien”) y los estudiantes alaban su habilidad para hurtar con tal arte que se le designa con un verbo de la jerigonza: “correr”. Los halagos son muy estimulantes para Pablos: “Me alababan el ingenio”. Nos hallamos frente a la risa puramente picaresca, es decir aquella basada en el robo tal sofisticado que merece otro nombre (“correr”).

Más adelante en el mismo capítulo VI, al referir el robo de las armas a la ronda, Pablos afirma, al acabar su relato, que “hasta hoy no se ha acabado de solemnizar la burla en Alcalá” (88). A esto sigue una abbreviatio (“por no ser largo, dejo de contar…”, 88) y concluye sintetizando su fama en los claustros: “Comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre todos. Favorecíanme los caballeros, y apenas me dejaban servir a don Diego, a quien siempre tuve el respecto que era razón por el mucho amor que me tenía” (89). La risa que generan sus travesuras es la que da una autoridad picaresca basada en el prestigio de su ingenio para la burla y el robo. El episodio de Alcalá contenido en los capítulos V y VII (porque en el capítulo siguiente se acaba su periplo allí) muestra la transición completa de víctima a victimario, de motivo de risa a motivador de ella. Y nuevamente la narración resalta el papel de un público, en este caso los compañeros de Pablos, que son tan pícaros como él, y la habilidad de contar las propias hazañas.

En conclusión, en estos capítulos del Buscón de Quevedo se escenifica el desplazamiento de la risa. Pasó de estar dirigida a Pablos hacia sus víctimas. Igualmente, la risa produce complicidad entre los miembros del grupo (“estudiantes y pícaros, que es todo uno”, 87), los que celebran y elevan a Pablos por sus hazañas picarescas. Nótese que, a diferencia del Guzmán, no contamos aquí con ninguna reflexión moral o juicio crítico ante los hechos narrados. Tal vez por ello se ha sostenido que la primacía de lo cómico, con total ausencia de moralidades, asemejan al protagonista del Buscón con un bufón que solo divierte a sus protectores, en particular a don Diego, a quien todavía sirve de criado. Más allá de aquel planteamiento, lo que destaca en el tratamiento de la materia cómica del Buscón es que privilegia la risa como mecanismo, casi exclusivo, de reconocimiento: producir risa al público enaltece al pícaro.

Bibliografía

Quevedo, Francisco de. La vida del buscón llamado don Pablos. Ed. Fernando Lázaro Carreter. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1965.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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