“Relatos de cautivos en las Américas” de Fernando Operé

El cautiverio, históricamente, es un fenómeno común a las zonas fronterizas, producto de intercambios violentos entre culturas en conflicto. Entre sus investigadores, destaca Fernando Operé, a quien debemos el estudio, ya clásico, Historias de la frontera: el cautiverio en la América hispánica, publicado en 2001. Producto de sus investigaciones posteriores, en 2016 sacó a luz el volumen Relatos de cautivos en las Américas desde Canadá a la Patagonia: siglos XVI al XX. Se trata de una antología de diecisiete relatos de vidas auténticamente extraordinarias, las de sujetos (hombres, mujeres y menores de edad) que pasan por experiencias límite y se proponen, tras su regreso a la civilización, contar lo que vivieron para intentar darle un sentido o siquiera un objetivo.

Su lectura no deja indiferente. Encontramos en los relatos crueldad, confusión y angustia, típicamente, pero también serenidad frente al infortunio y, a menudo, el consuelo de la religión. Resulta complicado extraer características que se puedan aplicar por igual a todos estos relatos, ya que, más allá de la anécdota que los genera (el ser capturado por indígenas), cada uno sigue derroteros con matices que hacen cada experiencia única. Lo que llama la atención para el lector que no conozca a fondo este género textual es que el texto quizás más popular en español, los Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, es una rara avis o, bien visto, solo la punta del iceberg dentro de un corpus que se encuentra mucho más desarrollado en lengua inglesa.

En efecto, de los dieciséis textos que incluye Operé en su libro, ocho provienen de experiencias de cautiverio en territorio estadounidense. Además, cuatro de ellos son escritos por mujeres cuyo manejo de la pluma es solvente y hasta notable para la época en que escriben (entre los siglos XVII y XIX). En Norteamérica el relato de cautivos (o de cautivas, dada la frecuencia de la voz femenina) fue un best seller y uno de los pilares de la construcción de la nación estadounidense y su célebre “destino manifiesto”, aquella especie de providencia laica que justificaba su expansión y el sometimiento de los nativos. Igualmente, son las mujeres las que generalmente se vuelven, más que mediadoras culturales, verdaderas intérpretes y antropólogas avant la lettre, incluso con su visión occidental a cuestas. Sarah Wakefield, con su observación de los indios, asevera:

Deben recordar que los indios son salvajes y no tienen el sentido de discriminación de las personas civilizadas. En sus guerras su actuación es sangre por sangre. Sienten que todos los blancos son culpables. No quiero que nadie piense que defiendo a los indios por su comportamiento criminal.

Naturalmente, la cautiva no los defiende, pero si aporta otra mirada frente a su comportamiento y se esfuerza en explicarlo, sin pretender justificarlo. Andrés Martínez, en las últimas décadas del XIX, es testigo de la decadencia de las tribus y las matanzas del ejército, a lo que reclama: “Hombres y mujeres [indígenas] totalmente desnudos estaban apilados en tal cruel forma que no es apropiado escribir. Esto hicieron los soldados civilizados de una tierra de cristianos para mofarse de los bárbaros salvajes de tribus paganas. ¿Quién es peor el soldado civilizado o el bruto salvaje?”. Con reflexiones como esas, el cautivo se muestra como alguien que, entre dos mundos, puede cuestionar, por lo que ha vivido, paradigmas de su propia cultura de origen, hasta denunciarla y proponer, en la mayoría de los casos, una actitud de tolerancia en un contexto intolerante frente al otro.

Junto a los textos que relatan el cautiverio en Norteamérica, los ocho restantes provienen de regiones como Florida (con el imprescindible Cabeza de Vaca), Chile, Brasil, el Río de la Plata y el Amazonas. En torno a Chile, destacan el célebre, por su singularidad, Cautiverio feliz de Pineda y Bascuñán, así como la relación del desdichado religioso Juan Falcón. Para el Brasil, se incluye el relato del alemán Hans Staden, que ayudó a difundir en la Europa de mediados del XVI el escabroso tema del canibalismo en tierras americanas. Curiosamente en el Río de la Plata, donde el cautiverio fue una realidad tan palpitante como en Chile, escasean los relatos en primera persona de los cautivos, mientras que sí se plasmó toda una literatura sobre el tema (con La cautiva de Esteban Echeverría como pieza destacada). En Argentina se cuenta mayormente con reportes hechos a los cautivos rescatados, a la manera de un rígido cuestionario, para obtener información que permita trazar planes militares, por lo que los textos carecen de detalles vívidos o de una voz que se proponga darle una forma más o menos coherente a la experiencia. A esta sazón, Operé incluye dos textos excepcionales: el relato del francés Auguste Guinnard, quien buscando fortuna en América acaba de secretario de un jefe indio; y el único relato de un criollo que vivió con los indios ranqueles, Santiago Avendaño.

El último texto de la antología, que lo cierra a la perfección, es el de la vida de Helena Valero, que fue hecha cautiva en la selva del Amazonas en 1932 y regresó con su familia veinticuatro años después. A su vuelta, solo halló incomprensión frente a su realidad de madre de cuatro hijos mestizos y dos matrimonios con indígenas a sus espaldas. Su vivencia dramatiza lo que sufren los cautivos: su experiencia traumática impide, real o figuradamente, volver a su cultura original, porque han quedado marcados. Por eso ella acaba su relato decepcionada de la gente a la que supuestamente pertenecía y aferrada a su fe, porque se sabe sola y que nadie puede comprender, honestamente, lo que siente: “He vuelto a la selva, porque no hay sitio para mí en la ciudad. Me quedo contenta al lado de los indios, porque quiero enseñarles cómo pueden ser felices allá mismo; a enseñarles que en nuestra civilización no podrían estar mejor. Por lo demás sigo esperando y teniendo mucha fe en Dios. Esto es todo. Y la pura verdad”.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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2 respuestas a “Relatos de cautivos en las Américas” de Fernando Operé

  1. A mí me enterneció este fragmento del “Ulises criollo”. José Vasconcelos creció también bajo el peligro del cautiverio:
    <>-Si llegan a venir -aleccionaban mi madre-, no te preocupes: a nosotros nos matarán, pero a ti te vestirán de gamuza y plumas, te darán tu caballo, te enseñarán a pelear y un día podrás liberarte.
    (…) Si vienen los apaches y te llevan consigo, tú nada temas, vive con ellos y sírvelos, aprende su lengua y háblales de Nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros y por ellos, por todos los hombres. (…) Lo demás se irá arreglando solo. Cuando crezcas un poco más y aprendas a reconocer los caminos, toma hacia el Sur, llega hasta México, pregunta allí por tu abuelo, se llama Esteban (…); te presentas, le dará gusto verte; le cuentas cómo escapaste cuando nos mataron a nosotros… Ahora bien, si no puedes escapar o pasan los años y prefieres quedarte con los indios, puedes hacerlo; únicamente no olvides que hay un solo Dios Padre y Jesucristo, su único hijo…>>

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