El síndrome Sánchez Mazas

Julio Ramón Ribeyro hablaba de la tentación del fracaso como esa irresistible fuerza que hace al individuo perder las oportunidades de redención que se le presentan. Muchos cuentos suyos (“El profesor suplente”, “Las botellas y los hombres”, “Interior L”, etc.) recogen esa idea, la cual también recorre su diario personal, de título homónimo. Ribeyro, como creador, padeció aquella tentación de dejarse vencer, pero al final su disciplina pudo más: alcanzó a darle forma a una obra, es decir un todo integrado, un sistema o mundo propio, que ha generado el adjetivo ribeyriano. Sin duda, Ribeyro se sentía atraído por el fracaso como poderoso tema o germen de la creación. No es el único. Ricardo Piglia también se sentía abatido a los cuarenta años, dudando de su capacidad y hasta pensando en el suicidio como una forma de quitarse ese malestar de encima; en su diario personal, también Jules Renard se pregunta constantemente si no estará desperdiciando su talento y se angustia pensando en lo que nunca llegará a escribir tal como él hubiese querido. Las quejas y ansiedades de estos autores nos remiten a un hecho tangible que aparece en la literatura de todas las épocas: escribir cansa y hasta duele. Como decía Gloria Fuertes, sale caro ser poeta. Frente a esa dificultad y el trabajo que exige, más propio de Sísifo, al creador no le queda más que hacer de tripas corazón (con la incomprensión de los demás a cuestas) y seguir. Debe mantener la fe en su vocación (que a algún sitio lo llevará) y, a falta de mayores resultados, perseverar en escribir esos libros que sean como un cross en la mandíbula.

Rafael Sánchez Mazas

Todo lo dicho hasta aquí es un preámbulo, necesario, para abordar el síndrome o malestar literario (a veces congénito) que he denominado el síndrome Sánchez Mazas, a falta de mejor nombre. Contra lo que se puede pensar, cuando se considera el tema a la ligera, Rafael Sánchez Mazas (por decir un nombre más o menos emblemático que caracteriza a un tipo de escritor) no es, simplemente, un escritor fracasado o un escritor que tiene miedo de fracasar (como les ocurría a Ribeyro, Piglia o Renard). Sánchez Mazas (y los de su especie) es un escritor que se conforma con saber que pudo escribir más de lo que realmente escribió y hasta siente que ese descuido o abandono lo engrandece, pues ya que no respondió a las expectativas nadie puede decir que estrictamente fracasó. Porque fracasar es intentar y fallar, como Ícaro, imagen del que aspira a lo más alto y cae, por exceso de confianza o temeridad. Y esa temeridad tiene gloria, porque supone un esfuerzo que, pese a su resultado adverso, es muestra de temple, de voluntad.

En cambio, el escritor que padece el síndrome Sánchez Mazas ni siquiera intenta, porque ha dejado de escribir o si lo hace no asume riesgos y se conforma con ejercer un cómodo amateurismo. Para alguien como él, Ícaro es un personaje excesivo, un muchacho descocado que hizo el ridículo. El diagnosticado con el síndrome Sánchez Mazas tiene un gran sentido de la vergüenza; de allí que ante esos escritos que, veinte años atrás, prometían algo, pero no concluían nada, diga ahora, tomando una copa de manzanilla en su biblioteca, sentado en el sillón de piel de un mi abuelo que ganara una cátedra y antes de emitir un largo bostezo: “Eso es iuvenalia”, pronunciándolo en latín para que se sepa que es más culto que su interlocutor.

No hay que confundir el síndrome Sánchez Mazas con el otro famoso síndrome, el de Bartleby. Este último es bien diferente: trátase del escritor que abandona la literatura por razones inexplicables, desde la mera apatía (“no estoy en disposición”), falta de inspiración (“es que se murió mi tío Ceferino”) o hasta el descubrimiento de causas más urgentes (Carlos Oquendo de Amat con su camisa roja, Arthur Rimbaud en su aventura africana, Fernando de Rojas funcionario, etc.). El síndrome Sánchez Mazas es el del que hace de la mediocridad su insignia y hasta parece enorgullecerse de ella. La imagen que mejor lo caracteriza, porque le favorece y tiene un no sé qué romántico, es el crepúsculo: todo el sol magnífico que anunciaban sus primeros escritos desciende y ese lento fenecer lo satisface. En el fondo de este síndrome se halla, tal vez, un rezago aristocrático que considera la literatura un oficio impropio de caballeros, por lo que ejercer aquel amauterismo resulta más estimable, desde esa perspectiva elitista. ¿No es de mal gusto llamar la atención por unos papeles mojados con tinta? ¿No basta con el buen apellido y el prestigio social inherentes? ¿A qué pedir más o siquiera atreverse a llamar la atención? Recordemos que, a causa de ese prurito aristocrático, Góngora mostraba desinterés en publicar sus escritos y algunas damas del siglo XIX publicaban, discretamente, con seudónimo varonil y en lengua francesa. En lugar de una obra, la víctima de este síndrome se consagra a derramar boutades y a crearse la imagen de conversador o, si se quiere, ídolo cansado de serlo, no obstante haga el favor a sus fieles de presentarse ante ellos y regalarles una de sus frases lapidarias.

Un aquejado del síndrome Sánchez Mazas es delineado por Mario Vargas Llosa en esa colección de perfiles humanos y letrados que es El pez en el agua:

Talento, Pablo [Macera] lo tenía en abundancia y se divertía luciéndolo y, sobre todo, desperdiciándolo, en un exhibicionismo oral que era, con frecuencia, deslumbrante. […] Pablo no creía en nada, pero podía demostrar cualquier cosa, con elocuencia y brillantez, y gozaba comprobando la sorpresa que sus delirantes teorías, sus paradojas y retruécanos, sus sofismas y ucases provocaban en nosotros. […] Porras sucumbía también por momentos al hechizo intelectual de Macera, y lo escuchaba, divirtiéndose con sus juegos de artificio verbales, pero muy pronto reaccionaba y se enfurecía con su anarquía, su esnobismo y la complacencia de que hacía gala para con sus propias neurosis, que Pablo cultivaba como otros crían gatos o riegan su jardín […] Aunque luego se disciplinó y trabajó con cierto orden, en San Marcos, donde, creo, sigue enseñando, y publicó muchos trabajos sobre viajeros, historiografía e historia económica, tampoco Macera ha escrito hasta hoy esa gran obra de conjunto que su maestro Porras esperaba de él, y para la que esa inteligencia de que estaba dotado en cierta forma lo predestinó. Lo que él dijo —en el prólogo de sus Conversaciones con Jorge Basadre— sobre Valcárcel, Porras y Jorge Guillermo Leguía le calza ahora como anillo al dedo: «No han completado su obra y han hecho menos de lo que su grandeza podía dar.» Como el propio Porras, su vida intelectual parece haberse dispersado en esfuerzos fragmentarios.

Pablo Macera en su madurez

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a El síndrome Sánchez Mazas

  1. La anécdota que recuerda Cercas, en Soldados de Salamina, del reproche de Foxá a Sánchez Mazas:”«Antes eras un escritor y un político, Rafael», le decía por esa época Agustín de Foxá. «Ahora sólo eres un millo¬nario.»”. Claro que tampoco estaba Foxá para predicar.
    Y otra cita de Vargas Llosa, creo que muy a propósito: “¿Acaso eran escritores esos políticos, esos abogados, esos pedagogos, que detentaban el título de poetas, novelistas, dramaturgos, porque, en breves paréntesis de vidas consagradas en sus cuatro quintas partes a actividades ajenas a la literatura, habían producido una plaquette de versos o una estreñida colección de cuentos? ¿Por qué esos personajes que se servían de la literatura como adorno o pretexto iban a ser más escritores que Pedro Camacho, quien sólo vivía para escribir?” (La tía Julia y el escribidor, cap. XI).

    • orodeindias dijo:

      Gracias por el comentario y la cita. Camacho es el extremo opuesto: frente al “amateur” feliz de serlo, porque desdeña el oficio, al menos en público, el “escribidor” o “plumífero” suda sangre para escribir profusamente, al margen de la calidad o el talento.

  2. Alicia Parodi dijo:

    ¿Conocés a Alfredo Grieco y Bavio? Escribió *Bolivia Construcciones* (bajo el pseudónimo Bruno Morales) y *Plato paceño,* editado en Bolivia. *Bolivia construcciones *recibió el gran premio* La Nación,* que luego le fue retirado porque se descubrió que había injertado un largo fragmento de *Nada, *El jurado(importantísimos escritores y editores) no lo había advertido, y sí un chico de 19 años.. ,Dio lugar a polémicas sobre la legitimidad del njerto, y la propiedad intelectual. Es un “raro” Alfredo. Desde hace unos años trabaja en un diario boliviano.

    Me preguntaba a qué clase de los poetas que retratás pertenecería, pero sin duda juega con os rigores de la autoestima.. .

    • orodeindias dijo:

      No creo que encaje en ninguno de los perfiles comentados aquí, pero por eso es más interesante. Es un caso de “enfant terrible” o impostor, que es otra faceta del escritor que se rehúsa a destacar como buen ciudadano de la república de las letras y más bien busca la fama de la infamia. He allí a tanto libelista de las vanguardias (como Alberto Hidalgo) o al que tira la piedra y esconde la mano. Gracias por leer y comentar.

  3. Pingback: Sánchez (Mazas) y compañía | Maceta en el páramo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s