“El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad

Recuerdo haber leído El corazón de las tinieblas, por primera vez, antes de cumplir veinte años, en una edición popular de una editorial efímera que llevaba el humilde nombre de Adobe Editores. No recuerdo quién era el traductor o si tenía introducción, prólogo o algún paratexto similar. Apenas recuerdo las hojas de papel tipo periódico, pues creo que se trataba de un proyecto de un matutino de por entonces. La compré, pienso ahora, llevado por la necesidad imperiosa de cumplir con leer un canon literario que, aún entonces, era importante conocer de primera mano. Y El corazón de las tinieblas se leía, a esa edad, con el entusiasmo que uno podía conservar por las lecturas de las viejas novelas de aventura (podía leerse como una versión más oscura de Sandokán o de los cuentos de Quiroga), lejos de las grandes lecturas que nos demandan ahora hablar de postcolonialismo, antropoceno, ecocrítica y debates semejantes. Conrad era una lectura apasionante y tremenda, que te sumergía en otro mundo, como Jack London, Dumas o las novelas de Pérez-Reverte, ya que se alimentaban de esa misma atmósfera de los héroes cansados, de esos individuos medio arruinados que contaban sus historias, sin aparente interés, solo por el placer de repetir lo que fueron y que nadie más, fuera de quienes las han vivido, podría realmente entender a cabalidad.

Eso era Conrad para un lector con menos de veinte años, a fines de la década de 1990, con el estímulo añadido de llegar al texto por una película como Apocalipsis Now! Así ocurría e imagino que seguirá ocurriendo entre la juventud: llegar a un libro por una película o, más recientemente, por una serie. Pienso en quienes vayan a leer a Phillip K. Dick por la serie The Man in the High Castle o los que leen a Stephen King después de haber consumido alguna película basada en su obra. Cuando yo era más joven, Francis Ford Coppola todavía era un cineasta en activo (hacía poco había hecho la tercera parte de El padrino) y se le veía mucho, tanto como a Woody Allen (actualmente en horas bajas) y a ese muchacho sorprendente que era Quentin Tarantino. De esa forma, uno llegaba a las páginas de El corazón de las tinieblas con la expectativa de encontrar a ese Kurtz (‘corto’, en alemán, dice Marlow), con la cabeza como una bola de billar y con la voz de Marlon Brando despidiéndose de ese mal sueño que había sido su vida en la selva: “¡El horror, el horror!”. Esa primera lectura estuvo marcada por la película y prácticamente la leí para contrastarla con las imágenes que tenía en la memoria.

Veinte años después cayó en mis manos otro ejemplar de El corazón de las tinieblas, más bello, sin duda, que la modesta edición de mi primera juventud. He leído la traducción, nueva, de Sergio Pitol, que también la prologa, con ilustraciones de Enrique Breccia para la colección Libros del zorro rojo; la cual que tiene todo lo que podría esperar un lector adolescente para ser feliz: páginas de papel couché, imágenes en color, un diseño elegante y moderno a la vez, con una fuente muy bella. El tipo de edición delicada en el que quisieras haber leído los grandes libros inolvidables. Como aquella edición de Viaje a la luna de Julio Verne en Everest, también ilustrada; o aquel relato del niño soldado que es El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, en la colección Tus libros de Anaya. Novelas de aventuras, con tinte épico, en las que uno aprendía de los sinsabores de la aventura, tanto como de valores (la amistad, la lealtad, el coraje), como de sentimientos (el amor, la soledad, el miedo).

Aquí está, otra vez, Marlow, contando su historia frente a un público que se aburre, que lo escucha sin gran interés, fumando, en un barco sobre el Támesis, con aquella niebla que lo cubre todo, el frío y la gran ciudad industrial al fondo. Desde allí, surge el relato de un mundo oscuro, remoto y salvaje, del que participó, alentado por ver lo desconocido, con la misión de recoger a un misterioso jefe de estación, Kurtz, de quien hay un sinnúmero de opiniones, contradictorias, fascinantes, terribles y elogiosas, todo a la vez. Para cuando Kurtz realmente aparece (apenas en las últimas páginas de la novela), delirante y desfalleciente, el lector ya está en el abismo, rodeado de violencia y caos, y se estremece por aquellas palabras terribles: “Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte”. Marlow, desganado, murmura: “Tonterías”, porque intenta transmitir la distancia desafectada, cínica, del que tiene que proteger su propia vida. Todos vamos a morir, pensaría, y ya es bastante haber vivido hasta hoy. Así piensan el marinero que ha sobrevivido a muchos viajes, el veterano que volvió del infierno de Rusia, el conquistador que llega a la civilización desnudo y tras haber naufragado diez años atrás en Florida. Nosotros, los que estamos del otro lado, los que nunca vimos a la muerte de cerca, los civilizados, que leemos libros en sofás de piel y bebemos café de la taza que descansa sobre la bandeja, solo suspiramos, sentimos, rumiamos esa experiencia vicaria, con la esperanza de poder vislumbrar, por la punta del iceberg, lo que está debajo del agua.

Publicada en 1902, El corazón de las tinieblas es una magnífica novela corta, de las primeras manifestaciones literarias que denuncian, sin caer en el panfleto, el colonialismo en el África negra. Junto a Conrad, otro testigo de primera mano del desastre fue Roger Casement, autor de los llamados Black Diaries que también lo narran. Recomiendo leer El corazón de las tinieblas, si es posible en esta bella edición de los Libros del zorro rojo, sea por su calidad literaria, que es magistral, sea por su tema, que es igualmente de actualidad, o, mejor, por las dos cosas. Conrad se leyó mucho, por el mero placer de la aventura (con todas las dimensiones sentimentales que expuse más arriba), entre las generaciones pasadas, las de nuestros padres y abuelos. Es inevitable, por ello, recordar al agonizante y trastornado Kurtz cuando se lee otra vez El pozo de Juan Carlos Onetti. Su protagonista, Eladio Linacero, aislado y sumergido en su tristeza en una ciudad anónima, se imagina a sí mismo como un Kurtz, agonizante en el río, que lo lleva por las tinieblas: “Fue ella [la noche] la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, entre fríos y vagas espumas, noche abajo”. El personaje, náufrago urbano, se remite a imágenes novelescas de un ambiente salvaje y oscuro, para plasmar sus emociones más íntimas, que nadie más puede comprender, en una urbe tan extraña y feroz como la selva.

Acerca de orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s