Cómo se despiden los escritores

Recientemente descubrí la serie Mary Kills People, la cual, bajo la máscara de una ficción detectivesca con estilo noir bajo el sol de la costa del Pacífico, aborda el tema de las enfermedades terminales, la meditación sobre la muerte y el suicidio asistido. No es un asunto agradable, pero creo que la serie logra plantear varias perspectivas que permiten trascender los clichés o el moralismo gratuito, sin perder el objetivo de mantener una narración en modo atrápame si puedes. Junto a la protagonista, su perseguidor y otros personajes secundarios alrededor, algunos enfermos terminales destacan por su personalidad. Uno de ellos, perdida toda esperanza en la vida, elige la muerte más artística que se le puede ocurrir: como amante de la ópera, toma la cicuta disuelta en champagne mientras admira la escena del suicidio de Madame Butterfly. De esa forma, se propone hacer coincidir el final de la obra con el final de su propia vida. Esa escena que vincula tan bien vida y creación me hizo pensar en cómo los escritores se despiden. Algunos plasman la despedida en un texto, otros la expresan con el más elocuente silencio, en tanto unos cuantos ni siquiera se la planean. A manera de juego, se me ocurrió una clasificación que se basa en la actitud que muestran los creadores literarios hacia la muerte ante la página en blanco. 

El enfático: es el escritor que quiere hacer del final de su vida una tragedia que quede registrada. Generalmente se trata de un suicida. He allí al diligente José María Arguedas, quien en El zorro de arriba y el zorro de abajo, su novela póstuma, incluye un epílogo lleno de textos diversos que no hacen más que disponer, con la mayor cantidad de detalles posibles, la forma en que quiere despedirse, sin dejar de pensar sobre el impacto que su desaparición producirá (como declarar que se suicida en sábado para no interferir con las clases y dejar una petición para que su futura viuda pueda cobrar a fin de mes). Similar énfasis se encuentra en los depresivos diarios de Cesare Pavese, cuya última entrada reza: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Más recientemente, los editores de las Metamemorias de Alan García confirmaron la personalidad desbordante (en actos, personalidad y lenguaje) del autor al introducir, en la última página, la carta de suicidio que dejó, con “mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios”. Entre las glorias napoleónicas (cuya historia nos ha dejado tantos gestos románticos), se encuentra el emocionado llamado del mariscal Ney que se lanza a la última carga, inútil, en Waterloo, cuando ya todo está perdido: “Venid y ved cómo muere un mariscal de Francia”. A su pesar, no murió en la gesta, lo tomaron prisionero y solo murió tiempo después. En el fondo, imagino, Ney habría querido una muerte más honorable, como aquella que quiso diseñar con sus palabras, que la que tuvo (fusilamiento).

El estoico: es el escritor que acepta la llegada de la muerte con serenidad, a sabiendas de que no puede hacer nada para evitarlo. Sus palabras son calmas y se consuela con mirar al pasado y pensar en que la vida no fue tan dura, sino entretenida y hasta gozosa. He allí al casi risueño Cervantes en el prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que hasta parece agitar la mano despidiéndose: “¡Adiós, gracias, adiós, donaires, adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros presto en la otra vida!”. Casi como un remake, en clave postmoderna, lo hizo Roberto Bolaño en uno de sus papeles titulado “para el final de 2666”:“Y eso es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”. Aurora Bernárdez, en sus Diarios, tras algunos asertos definitivos (“Lo único importante que me queda por vivir es la muerte” y “Para morirse basta cerrar los ojos, dijo alguien; es muy fácil añadió”) también apela a la fórmula cervantina, la cita con un dato erróneo (dice que el dedicatario es “Don Pedro Fernández del Castillo” y es de “de Castro”), pero eso le suma espontaneidad, por tratarse de un descuido de quien se despide sin meditarlo mucho, en paz consigo misma, aunque cansada. En el ámbito de la música popular, Joaquín Sabina compuso Siete crisantemos, creo yo, también pensando en esa despedida optimista frente a todo lo vivido: “Siete despedidas en una estación / siete crisantemos en el cementerio / siete cardenales en el corazón”.

El desaparecido: es el escritor que, como don Beltrán, aquel que se perdió en la polvareda, se esfumó sin decir palabra y solo nos enteramos de que murió porque sale una nota muy pequeñita en el periódico o, más recientemente, un amigo escribe un tuit para contar las circunstancias de su deceso. Esto del escritor desaparecido también tiene algo de romántico, pero por el camino de la mayor humildad, la de no despedirse porque no es necesario. Piénsese no en el mariscal Ney ansioso de pasar a la historia, sino en el soldado desconocido que muere en plena batalla y solo aparece como una cifra más en los libros. O, si se le conoce, nadie sabe exactamente cómo murió, pues apenas se logra identificar su cuerpo en el doloroso reconocimiento de cadáveres en el campo de batalla, cuando todo está acabado. O mejor: se integra al ingente número de desaparecidos en acción (casi diez mil en el Desembarco de Normandía). Finalmente, como dice la canción Old Habits Die Hard: “Old soldiers just fade away”. 

El que no se fue: el escritor al que la muerte lo pilló repentinamente, con la obra a medias, como el albañil que se baja del andamio, se va a tomar la siesta y nunca más despierta. Son los escritores malogrados, como algunas frutas de gran provecho y es una lástima. Con todo, es la forma en que imaginaba la muerte dichosa el autor de la Epístola moral a Fabio. “Ven callada / como sueles venir en la saeta”, le rogaba. Entre los escritores que se desvanecieron, en medio de sus actividades, se cuenta don Pedro Henríquez Ureña, quien sintió un malestar súbito en el vagón de tren de La Plata, que tomaba todas las mañanas para dirigirse a la escuela donde enseñaba. En apenas unos instantes, a causa de un infarto, se había ido sin decir adiós. Un ejemplo de esta actitud, plasmada en literatura, es el final de los diálogos renacentistas: todos concluyen porque ya es tarde y los interlocutores advierten el cansancio, aunque sin dejar de prometer verse al día siguiente para seguir el diálogo. Naturalmente, este nunca continúa. O será que su autor quería que pensásemos en la posibilidad de un diálogo infinito a nuestras espaldas: allí están, entonces, en otra dimensión, Filón y Sofía desentrañando el significado del amor y el conocimiento en la segunda jornada (nunca escrita, aunque tal vez soñada y hasta bosquejada) de los Diálogos de amor

El que se despide con el silencio como consigna: dos ejemplos femeninos (alguien deberá desentrañar si el género tiene algo que ver) vienen a mi mente para caracterizar este tipo. Sor Juana Inés de la Cruz, que abandona la escritura con el acto de deshacerse de sus libros, y María de Zayas, quien tras los Desengaños amorosos habría marchado a Italia y se habría dedicado, hasta el final de sus días, a vivir con su familia, alejada ya de las pretensiones del oficio literario al que antes había estado tan inclinada. No son propiamente Bartlebys, dado que su renuncia a la escritura es un acto hasta cierto punto público (Sor Juana) o trazado como desenlace de su obra (Zayas). Los Bartlebys, por pereza o por desdén aristocrático, ni siquiera se proponen convertir su silencio en un acto significativo de despedida.

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

4 comentarios sobre “Cómo se despiden los escritores

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