“Introducción del símbolo de la fe” de fray Luis de Granada

“Este mundo es atroz”. La frase se la escuché a Julio Picasso, pero otros la conocen en boca de Jorge Luis Borges y hay quien se la ha atribuido a Dámaso Alonso. Dependiendo de la latitud en la que uno se encuentre y la cultura adquirida, se atribuye por igual a Umberto Eco, a George Steiner o a Harold Bloom. Lo común entre los seis mencionados, además de que son todos hombres (o se identificaban como tales) es que sentían nostalgia de un mundo que ya, para ellos, no existía. En realidad, pienso, no es que todo tiempo pasado haya sido necesariamente mejor, sino que ese mundo añorado era el que el emisor comprendía mejor, quizás porque le era más familiar. Borges expandía la idea de la atrocidad actual en sus conversaciones con Antonio Carrizo: el mundo empezó a arruinarse en el siglo XIX, decía, con la consolidación del éxito como criterio de validación personal (mucho tuvo que ver la figura de Napoleón, según él), el apogeo de la industrialización y un largo etcétera, del que el siglo XX no fue más que su exacerbación, con sus dos guerras mundiales y todas las desgracias posteriores. Total, que entre el malestar existencial de un Borges y los versos del tango Cambalache (“Qué falta de respeto / qué atropello a la razón / cualquiera es un señor / cualquiera es un ladrón”), el siglo XX nos legó la sensación de inadaptación que, para los tiempos actuales (hablo de julio de 2020), es moneda corriente: en la postmodernidad, la realidad no deja de presentarnos problemas, desafíos, angustias y tragedias que luego se olvidan, para repetirse ad infinitum, con lo que la frustración se incrementa más. ¿Qué mundo es este donde se cometen yerros, se disipa el escándalo y luego el mal vuelve y nos desgarramos como si nunca hubiera ocurrido? 

Por otra parte, bien mirado, quizás el mundo siempre fue atroz. Las quejas sobre la crisis de valores se encuentran hasta en Cicerón o Séneca, e indudablemente ellos vivieron en una época mucho más violenta e injusta que la nuestra. Seguramente los padres sumerios ya regañaban a sus hijos con aquello de “tu abuelo no me hubiera dejar hacer eso, niño descocado”. Quizás lo que nos diferencia de nuestros antepasados era su resignación, su resiliencia o el pesimismo inherente a una sociedad desigual por definición, según se quiera ver. Nosotros, personas de hoy, contamos con convicciones de justicia social, derechos humanos y un sentido del progreso al que apelamos con frecuencia en búsqueda de un orden que el mundo parece insistir en negarnos. ¿Qué hacía la gente del pasado cuando sentía la frustración vital del caos, las injusticias y la violencia? Se refugiaba en el estudio: en la filosofía, en la teología, en la poesía, en la astronomía, etc. Toda la producción cultural tendía a la idea de que era posible recrear un mundo más o menos armonioso y coherente. Hasta en el más aparente caos o grosería (pensemos en la pintura del Bosco o los goliárdicos) se hallaba un significado más o menos preestablecido que permitía la decodificación y la alentaba como un ejercicio que, de nuevo, aspiraba a encontrar coherencia en espacios que eran, ciertamente, los del arte y la ciencia de entonces. Recuérdese que hasta el mundo al revés partía de la idea, otrora incuestionable, de que el mundo tenía un orden o aquella trama secreta con la que soñaban los personajes de Borges.

Hubo un momento en que esta convicción de un orden subyacente fue mellándose. El conflicto empieza a surgir entre los siglos XVI y XVII, precisamente, en la llamada temprana modernidad y le inspiró a Michel Foucault sus páginas más inspiradas: el paso de leer (recurso de autoridad) a observar (método científico), de memorizar a verificar. Un ejemplo de una obra que se elabora en este intersticio es la Introducción del símbolo de la fe (1583) de fray Luis de Granada. Este es el otro fray Luis, tan buen prosista y sensible como el maestro salmantino. Su libro, dividido en cinco partes, se ha popularizado en las últimas décadas gracias a la solvente edición de José María Balcells, quien publicó su primera parte, dedicada a exaltar la creación como reflejo de la perfección de Dios. Fray Luis no era nada novedoso en ese aspecto, pues estaba recreando, con erudición, prosa burilada y buen gusto, la vieja idea en torno al “libro del mundo”, la metáfora según la cual la naturaleza es decodificable y brinda lecciones (éticas, científicas, religiosas, etc.) al ser humano. La búsqueda de la armonía, apelando a autoridades medievales y clásicas, es el tono del libro, que, no obstante, echa mano de un recurso que ya en tiempos de su autor empezaba a imponerse: la observación. Fray Luis destila, por ejemplo, una curiosidad en torno a los animales que es de cuño moderno. En estos tiempos actuales de cinismo obligatorio, la lectura de la Introducción del símbolo de la fe puede brindarnos el alivio de un discurso que se sorprende agradablemente de lo bien dispuesto y proporcionado que puede ser el mundo cuando se le mira con ojos limpios y curiosos:

Quiere nuestro Señor mostrarnos la grandeza de su sabiduría en infinitas diferencias de medios que ordena para un mismo fin. ¿Quién pensara que hay especies de yerbas que ayudan a pelear? En la huerta de un monesterio nuestro parecía a veces un escorpión, y un gato grande y animoso determinó pelear con él, para lo cual se apercibió con la ruda, revolcándose mucho en ella. Y armado, y confiado en estas armas, vase a buscar al enemigo, estando un religioso dende la ventana de su celda mirando este combate. Y después de muchos encuentros de parte a parte, finalmente el gato, tomando el escorpión entre las uñas en el aire, lo despedazó y mató.

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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