El epistolario de Asensio, Bataillon y Rodríguez-Moñino

En los últimos años, debemos a Simona Munari la publicación de la correspondencia sostenida entre Marcel Bataillon y algunas figuras notables del hispanismo. Hace unos años, comenté el epistolario de Bataillon y Américo Castro, el cual permitía entender la forma en que se sostenían las amistades intelectuales en otra época, así como un aspecto de la recepción de las ideas castristas entre sus contemporáneos. Este verano, gracias a los buenos oficios de Simona Munari y Pedro Cátedra, salió publicado (Salamanca y París: SEHL y SEMYR, 2020) el epistolario de Bataillon con dos críticos que dejaron huella en sus respectivas áreas de especialización: Antonio Rodríguez-Moñino, eximio conocedor de fondos bibliográficos, magnífico erudito e incansable editor; y Eugenio Asensio, crítico fundamental del entremés áureo, exhumador de papeles (le debemos el hallazgo de dos cartas del Inca Garcilaso) y polemista de las ideas de Castro. Leer las cartas intercambiadas por estos tres académicos durante alrededor de dos décadas permite acercarnos a sus quehaceres de investigación y cómo van formando su trayectoria.

Eugenio Asensio

En primer lugar, se presentan los veintiséis años (1950-1976) de cartas de Bataillon, desde París, y Asensio, quien estaba afincado en Lisboa. La comunicación empieza a ralear tras la muerte de Rodríguez-Moñino, en 1970, como dando fe del vínculo que unía a los tres investigadores. La conversación epistolar entre el Príncipe de los Hispanistas y el navarro es de índole erudita, basada en el intercambio de separatas (tirajes que se encuentran ya lamentablemente extintos, en estos fríos tiempos del PDF) y el intercambio de datos bibliográficos. Generalmente, las comunicaciones giran alrededor de un acuse de recibo, que da paso a anuncios de viajes y posibilidades de un reencuentro para mantener una charla cara a cara que ambos evocan siempre con afecto. Llama la atención en las cartas la parquedad de Asensio, quien ve en Bataillon a un maestro, pese a que este constantemente le muestra un aprecio que aspira a establecer igual entre ellos. Esto sería reflejo de una indómita timidez o, como diría Benito Pérez Galdós, una falta de “mecánica civil”, que lo lleva a declinar algún ofrecimiento de encumbramiento académico que le hace Bataillon para un congreso. Con toda la honestidad del caso, Asensio admite que no es el más indicado para ejercer la función que le plantea el francés: “Me distraigo en las comunicaciones, soy pésimo fisionomista, llego tarde con la frase de paz o la intervención amable. Soy una calamidad”. Por último, en esta comunicación Bataillon-Asensio, ya en los años setenta, aparecen dos figuras que ahora son legendarias, pero entonces eran los pájaros nuevos que se habría de tener en consideración en los años por venir: Francisco Rico (“excepcional inteligencia y sabiduría” dirá de él Moñino en una carta) y aquel profesor, “jefe del departamento de español”, en Tours, Augustin Redondo, que acababa de doctorarse con una tesis sobre Fray Antonio de Guevara.

La correspondencia sostenida entre Bataillon y Rodríguez-Moñino cubre dieciocho años (1951-1969). Nuevamente, nos encontramos con una comunicación alrededor de acuses de recibo y el intercambio de datos bibliográficos en torno a un ejemplar del Primaleón y a la figura, ahora bien conocida, de Rodrigo Calderón, el dedicatario de La pícara Justina. A lo largo de varias cartas, a partir de 1959, podemos seguir el proceso de investigación de Bataillon y su planteamiento, sumamente original entonces, de La pícara Justina como novela en clave en la corte de Felipe III. De Moñino, podemos ser testigos de su desprecio a aquel régimen que lo había marginado de una cátedra: le deja en claro a Bataillon que no ha pisado una biblioteca pública desde 1936 y que por ello toda su investigación se desarrolla, asombrosamente, de forma independiente. Su dignidad lo vale y toma con estoicismo esa infame sombra de la “depuración política” que le impide durante años un merecido sillón en la Real Academia, donde cuenta con tantos admiradores de su trabajo. El expediente de la susodicha depuración se cierra recién en 1966, con un final absurdo, que supone una reasignación como funcionario a Valdepeñas. Tres años antes, Moñino ha empezado su periplo americano, que lo llevará de la Hispanic Society de Nueva York a la Universidad de California en Berkeley, donde pasará sus últimos años. En 1968, finalmente, será admitido como miembro de la Real Academia. Todo ello lo encontramos en las cartas, siempre al lado de una persona que sobrevivió a Bataillon y Moñino, y merece un libro: María Brey. Si bien el hispanista francés se dirige formalmente al extremeño, siempre incluye a su esposa en la comunicación.

Antonio Rodríguez-Moñino y María Brey

¿Qué podemos aprender de esta correspondencia? ¿En qué reside su valor? Más allá de la valiosa información para una petite histoire de la filología española del siglo XX, estas cartas nos dejan el testimonio de tres investigadores que establecen una amistad intelectual muy fructífera, dentro de los códigos de la época, como que se trataban de usted, pese a que se veían periódicamente y participaban en proyectos comunes con gran entusiasmo. De Asensio nos queda la imagen del intelectual reservado, solitario (apenas hay referencias a viajes a Navarra para visitar a su familia) y hasta melancólico. De Bataillon trasciende su diplomacia, propia del príncipe que fue, en torno a la polémica castrista (una de cuyas bêtes noires era, precisamente, Asensio). De Moñino nos quedamos con su increíble productividad. Recuérdese que, en la necrológica de Samuel Armistead y Joseph Silverman en Hispanic Review, se señala que hasta tres días antes de morir el extremeño estaba corrigiendo pruebas de imprenta. Bataillon falleció en 1977, siete años después de Moñino. Por último, Asensio falleció en 1996 y dejó un importante legado bibliográfico, en el cual se encontraba aquella escurridiza Segunda parte del Coloquio de los perros que poseyó Emilio Cotarelo, pasó luego a sus manos y recién publicó, pocos años ha, nuestro colega Abraham Madroñal.

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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