El énfasis en la literatura peruana (estudio y antología)

Hace poco, leyendo noticias peruanas, me llamaron la atención dos hechos. El primero es el del alcalde de Moche (en una provincia del norte costeño) que hace unos meses firmó con su propia sangre una carta con demandas urgentes dirigida al presidente; supongo que emulando a un malherido Túpac Amaru en la mazmorra cuzqueña. El otro ocurrió en una audiencia judicial, en la que la abogada de un político en problemas renunció en directo, incluyendo en su argumento, en referencia al honor y la buena imagen, su “interés reputacional [sic], como abogada y como sanmarquina”. Me resulta comprensible proteger la reputación profesional, pero me resultó curioso (por lo innecesario) lo de “como sanmarquina”. Me cuesta imaginar a un abogado de cualquier otra universidad alegar su alma mater como argumento, a riesgo de ser considerado pretencioso o afectado (“como abogado y como oxoniense”, “como médico graduado de Cornell”, “como filólogo y egresado de la UAB”, “como sociólogo y doctor de la Sorbona”, “como historiador de la Universidad San Francisco de Quito”, etc.).

Luego, pensándolo bien, las dos situaciones me recordaron una idea a la que dio forma mi llorado amigo Luis Alberto de Celis en un tomito que aún guardo en mi biblioteca y que debe andar dando vueltas en algún remate del centro de Lima o, más bien, perdido en la estantería de algún otro de los amigos de su siglo. Así que, con ese disparador, volví a hojear el tomo, impreso por su cuenta, titulado El énfasis en la literatura peruana: breve estudio y antología (Lima: Huaca Pucllana, 2012). Ambas acciones (la del alcalde y la abogada) hubieran ilustrado bien eso que mi amigo Celis consideraba “un rasgo esencial de la experiencia peruana plasmada en sus letras: el énfasis o engolamiento”. El autor admitía que su aproximación apelaba a una fenomenología alemana algo trasnochada para cuando lo compuso (el texto está fechado en 2011), pero que cumplía “con la cuota de psicologismo (vicio orteguiano) que aún impregna la historiografía de la literatura peruana”. Y de la cultura, añadiría yo, pues si bien el engolamiento o énfasis se encuentra bellamente expresado en las letras, existe en todo tipo de expresiones cotidianas. Como decía Arguedasel Perú es un país antiguo y, como tal, lleno de formas y ampulosidades, como cuando se quejaba de todas las ceremonias a las que lo sometían los campesinos en sus visitas a las comunidades, “estropeándome hasta la luz del pueblo” (así lo cuenta en la parte del diario de El zorro de arriba y el zorro de abajo). 

En su ensayo Buscando un rey, Eduardo Torres Arancivia identificaba el estilo ceremonial que está presente en todas las instituciones peruanas como un rezago del antiguo régimen. Es posible. Sin embargo, Luis Alberto de Celis no llegó a leer aquel ensayo histórico. Sé, por confesión del autor, que su inspiración para el ensayito fue la lectura incomportable de la tesis de Martín Adán, De lo barroco en el Perú. “Se me caía de las manos”, me confesó Celis. Para él, el énfasis o engolamiento era un concepto más objetivo, y por ende más preciso, que el de perricholismo (de Mariátegui) o el de huachafería, términos ambos con sesgo peyorativo, “de cultura acomplejada de sí misma”, afirmaba. La antología de mi amigo De Celis incorporaba textos de todas las épocas de la literatura peruviana, para testimoniar su férrea vocación engolada. Destacaba, para empezar, la poesía criolla del siglo XVIII con sus invocaciones al río Rímac, que (cual Tajo o Danubio donde rondan las ninfas) había de llorar por la muerte de un príncipe europeo. Uno de los mejores sonetos de nuestra época virreinal (extraído de uno de los preliminares de la Lima fundada) no dejaba de homenajear a la tradición renacentista de cantar a los volcanes (como el Etna o el Vesubio que refería Quevedo en su epitafio al duque de Osuna), cantándole al entrañable cerro San Cristóbal de la colonial Lima, “donde frunce el gallinazo la frente”, según gallardo endecasílabo dieciochesco. 

En el siglo XIX los costumbristas hicieron del énfasis moneda común con frases que todavía nuestros abuelos (de inicios del siglo posterior) repetían: “¡Al Chorrillo! ¡Al Chorrillo!”, que acuñó la dama de Asensio Segura o el sempiterno “¡A Acho, caracho!”, que llegó hasta Un mundo para Julius. Lamentablemente, aseguraba De Celis, “Palma vino a derrumbar el registro serio y ya nadie podía tomarse a pecho los donaires de Mari Ramos y su gatita. Tuvimos que esperar el siglo XX con sus luchas colectivas para recuperar el maravilloso engolamiento que nos caracteriza”. Solo cabe asentir a ese aserto si se verifica el volumen de autores y textos seleccionados de la época contemporánea (que constituye los dos tercios de los textos antologados). El énfasis en el siglo XX lo inaugura, bien visto, José Santos Chocano, con su famosa aseveración: “Walt Whitman tiene el norte, pero yo tengo el sur”. Pretensiones modernistas aparte, sigue esta escuela César Vallejo con varios versos enfáticos, de los que cuales extraigo solo dos. “¡César Vallejo, te odio con ternura!” y el no menos estrepitoso “Oh, estruendo mudo / ¡Odumodneurtse!”. El indigenismo abrazó el énfasis como recurso muy efectivo para sus ideas fuerza. Solo piénsese en el arguediano Kutu (el de “Warma Kuyay”) que, aunque impotente, brama “¡Endio no puede, niño!”. En vísperas de cerrar su antología, De Celis alcanzó a conocer, e incluir, el último ejemplo, y quizás el mejor, del énfasis en la literatura peruana: “El Perú soy yo”, puesto en boca del Premio Nobel de 2010. ¿Te parece poco, Manongo?

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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