Enriqueta, duquesa (4)

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En el momento en que el transporte Chalaco, con Enriqueta y Orsini en su lista de pasajeros, zarpó de Pisco con dirección al Callao se acaba la parte folclórica de esta historia. Todo lo narrado hasta ese punto proviene de la tradición oral de viejos pisqueños. Lo que contaré a continuación lo he podido reconstruir con evidencia documental y suposiciones más o menos verosímiles que se desprenden de aquellos documentos.

El primero de ellos es el registro de pasajeros del Spirit of Plymouth, que arribó a la isla de Ellis el 13 de julio de 1943. Este confirma la llegada de ambos a Nueva York e incluye tanto un hallazgo como una pérdida lamentable. El hallazgo es la alteración del apellido de Enriqueta, quien aparece como Enriqueta Orsini en el libro. Es de creer que sería más sencillo para el commendatore viajar con ella identificándola como su hija o hermana. Lo que lamento es que no se hayan preservado las fotografías que debieron tomarles durante el periodo de cuarentena en la isla. Sin embargo, no me cuesta imaginar a Enriqueta mirando con ansiedad el perfil de los rascacielos frente a Ellis, mientras evoca la aridez y la bajura de las viviendas de su lejano puerto. Orsini, por su parte, se pasaría el tiempo fumando, hablando con otros pasajeros en espera, haciendo contactos y planeando los siguientes pasos cuando les autorizaran cruzar a Manhattan.

Debieron hacerlo a fines de agosto. Tengo en mis manos un recibo de lavandería del Hudson Hotel por cinco libras de ropa blanca fechado en septiembre de ese mismo año. Según mis indagaciones, ese hospedaje, pues llamarlo hotel es una exageración del papel, era humilde, aunque estratégicamente ubicado en Broadway, cerca de la escuela de música Juilliard. El nombre que figura en el recibo es ambiguo, ya que ahora reza Enricorsini y costaría determinar a quién de los dos se refiere, si a Enriqueta, quien usaría el apellido de él a diario, o a Orsini, cuyo nombre entonces habría sido Enrico. Probablemente ninguna de las explicaciones es auténtica, aunque ambas suenan verosímiles. Creo que ese es un patrón de lo que fue su estancia en la ciudad: sus identidades y sus actos eran razonablemente creíbles hasta que se pudiera demostrar lo contrario. Y, por lo que se sabe, eso nunca ocurrió. 

El siguiente testimonio de su paso por Nueva York es menos impreciso, pero mucho más fantástico. En la página de sociales de The New York Times, con fecha 28 de septiembre de 1943, he encontrado la nota -otra vez, porca miseria, sin fotografía que la ilustre- sobre el estreno en el teatro Beacon de una nueva versión de The Duchess of Malfi de John Webster. Tras comentar la composición del reparto y las sobresalientes actuaciones femeninas, el artículo deja caer un detalle anecdótico del estreno: “Al final de la obra, el director anunció que entre la audiencia se encontraba la última duquesa de Malfi [sic], la cual se puso de pie y recibió una mayor aclamación que la actriz que interpretó a su infeliz antepasada. Su chambelán informó que la duquesa se queda en Nueva York hasta fin de año”.

De la nota se desprende que Orsini logró convencer, por primera vez, a una audiencia diferente a la de Pisco, de que Enriqueta era la duquesa de Amalfi. El golpe de efecto no pudo ser mejor elegido: ¿quién hubiera dudado, tras admirar la tragedia de Webster, de que esa delicada muchacha, vestida de blanco doncellil, no iba a ser la descendiente de la desgraciada protagonista de la obra que acababan de ver? Cualquier demérito que pudiera achacársele se desvanecía alrededor de ese escenario donde se había derramado, en la ficción, sangre inocente de una joven mujer cuyos infortunios no costaría nada a Orsini traer a cuento para que los espectadores compadecieran la situación de Enriqueta, lejos de su tierra y en apuros económicos.

Porque si Enriqueta extrañaba tanto Pisco, como sospecho, la melancolía en su mirada habrá servido al commendatore, ahora hábil chambelán suyo, para llamar la atención de gentes respetables y presentarla como la auténtica duquesa de Amalfi, portadora de un linaje desdichado y despojada por los nobles fascistas de su país, entre ellos su tío Otavio Piccolomini, quien se había apropiado, con malas artes, del título que era legítimamente de ella por línea directa. Al menos ese es el testimonio que se puede extraer de la nota coquetamente titulada The Barefoot Duchess, que salió en The Herald of the Hamptons, un periódico de corta tirada de aquel lugar de veraneo de la clase alta neoyorkina. La publicación, del 28 de noviembre, dos meses después de la nota del Times, ofrece un hallazgo importantísimo y una terrible omisión. El milagroso hallazgo: finalmente, contamos con una imagen de Enriqueta. Ella aparece en el centro del cuadro, rodeada de hombres y mujeres con aspecto anglosajón, con trajes de tweed y listos para jugar al cricket. A su derecha, un hombre de chaleco y bursalino ladeado, sonriente. Es Orsini, indudablemente. Enriqueta lleva un vestido oscuro sin mangas con un cordón que evidencia la delgadez de su cintura. El cabello apenas le besa los hombros rectos. La fotografía, en blanco y negro, permite distinguir sus ojos claros. Gracias a ellos, el rostro como dibujado luce sereno, aunque inexpresivo, como si hubiera posado para muchas fotos y tuviese los músculos ya rígidos. La terrible omisión: en su triste historia, según la recoge The Herald of the Hamptons, Enriqueta vivió toda su vida en la costa amalfitana. Quizás a Orsini le pareció inelegante mencionar un lugar tan remoto y exótico como Pisco. Sin embargo, creo que cuando el texto dice criada junto a un pueblo de pescadores, la joven duquesa confiesa que a veces extraña la vida sencilla del puerto de su infancia…Enriqueta lanzaba una referencia velada a su puerto sepultado, como una botella al mar de la incomprensión.

Esto es todo lo que se puede afirmar, con seguridad, sobre la estancia de Enriqueta en Nueva York, a partir de los cuatro documentos que encontré en mis arduas pesquisas in situ. No hay rastro ni de ella ni de Orsini después del 28 de noviembre de 1943. ¿Habrá visto nevar la duquesa de Amalfi aquel diciembre? ¿Habrá recibido el nuevo año en Times Square? ¿Habrá vuelto a ver a aquellas personas que la rodeaban empáticas en la fotografía de los Hamptons? En este punto las certezas acaban y la historia se vuelve absoluta leyenda.

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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