Enriqueta, duquesa (y 5)

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Nadie en Pisco ha sabido responderme a alguna de las variantes de la única pregunta pertinente: ¿y qué pasó con la condesita? ¿y volvió la princesita a Pisco? ¿qué le ocurrió a la duquesa tras su viaje? La gente se queda con la imagen de la princesa del pueblo, joven y sencilla, antes de embarcarse. Luego, su figura se desvanece y solo queda su estela sobre el océano de la memoria. Diríase que a nadie le apetece indagar al respecto y todos se aferran a un cómodo hasta luego

A mí se me ocurren varias hipótesis para cerrar este relato. Las divido en dos: las felices y las aciagas. La primera hipótesis feliz es que Orsini se quedó con Enriqueta luego de obtener su ganancia con el tour, que se enamoraron en medio de la travesía y acabaron rodando por el mundo, embaucando de vez en cuando a los crédulos con la historia de la duquesa de Amalfi, ahora exiliada de manera permanente, siempre en tránsito para hacer su relato más vívido y urgente. La segunda en esa misma vía dichosa es que se desprendieron de la identidad de la duquesa, cruzaron el puente de Brooklyn y montaron una pescadería de barrio, con la habilidad de Orsini para los negocios y la vocación de Enriqueta como muchacha de puerto. Lo cierto es que, explorando esta posibilidad, ubiqué una tienda de mariscos con el nombre Amalfitano’s en Flushing, Queens. El dueño actual se llama Gianni Carbone y me dijo que el negocio se lo había traspasado su tío, quien a su vez lo había adquirido de un paisano cuyo nombre no se ha conservado. Habría que investigar en los archivos públicos las licencias de funcionamiento del local décadas atrás, si aún se conservan. 

Hasta allí las hipótesis felices. Las aciagas son más numerosas, pero solo referiré un par, por no agotar a mi lector. La primera es que Orsini abandonó a Enriqueta en algún punto del viaje y cargó con todo el dinero recaudado. No me extrañaría nada, considerando que desde su estancia en Pisco se mostró astuto para persuadir incautos (la hija de Vicky me confesó que su madre cosió a crédito antes del viaje) y capaz de aprovecharse de cualquier situación ventajosa (como ser él quien recaudara el dinero y adquiriese los pasajes en barco, sin rendir cuentas a la nonna de todo lo que ella le había adelantado). Orsini se habría ido a Canadá a montar un negocio de tala de árboles o de vuelta a Sudamérica a conseguir otra duquesa cuya tragedia explotar. Lo cierto es que hay un Orsini que anduvo en el norte de Argentina, en los años sesenta, estafando en muchos pueblos junto a un gigante luchador, con el que montaba un desafío amañado desde el inicio. Su fama es tan grande que se escribió un cuento sobre él y hasta se rodó una película, llamada Mal día para pescar. Estoy seguro de que estas noticias, ni mucho menos el filme, nunca llegaron a Pisco, felizmente. Mi segunda hipótesis de un desenlace triste es que Orsini cumplió con su palabra y trajo de vuelta a Pisco a Enriqueta, con su título revalidado a través de los recortes de prensa, como la nota de The New York Times y el artículo de The Herald of the Hamptons. La nonna, felicísima, habría organizado audiencias por las tardes para que la duquesa contase las anécdotas del viaje y el commendatore tradujera los textos en inglés e ilustrase los detalles que Enriqueta pasase por alto o no recordara bien. 

¿Qué de triste hay en ese final? Si Orsini era quien demostraba ser hasta entonces, su mascarada también acabaría en pocas semanas. El commendatore se deslizaría por debajo de su ventana, de madrugada, un día cualquiera, y se iría caminando hasta que amaneciera, junto a la carretera y esperaría que alguien lo llevase a otro destino y a una nueva aventura. La desaparición de Orsini traería, entonces, la catástrofe de la real Enriqueta y la apoteosis de la falsa duquesa. Recordemos que ella fue legitimada por él, quien parecía el único noble verdadero que había pisado Pisco antes de que se desvelara la identidad ducal de Enriqueta. Todo lo cotidiano es mucho y feo; los días pueden ser más abrasivos que el mar y la paraca, esa lluvia de arena de la que es tan difícil escapar. El tiempo consumía a la Enriqueta de verdad y a su vez consolidaba la leyenda de la duquesa, memoria de años extintos. Me explico mejor: nadie quiere ver a una condesitaenvejecer hollando el polvo de los caminos que todos los demás también huellan. Las generaciones pasan y los jóvenes ignoran u olvidan, pierden el respeto por lo que ven a diario. La nonna falleció en 1948 y todavía arrastraba deudas del viaje a Nueva York (entre ellas la de la costurera Vicky) que le habían enemistado con sus vecinos. Patsy, la florista, se casó con un pescador y parió tres hijos antes de que él se ahogara. La viudez y la pobreza hicieron su vida amarga. Susana, la del club de lectura, acabó por aburrirse de Pisco y pidió su traslado a Lima. Allí conoció a Blanca Varela y, bajo su amparo, se dedicó a escribir sus propios versos, en los que no he encontrado una sola referencia a Pisco, a su amiga famosa o a la poesía de Eguren. 

¿Y Enriqueta? Para ella la vida fue más difícil aún. Vivió hasta los veintidós años siendo muchacha de puerto de día y duquesa por las noches. Con Orsini, se convirtió, por aclamación popular, en la princesita de Pisco y esa nueva imagen canceló su vida anterior. Al regresar de Nueva York y perder a Orsini, no pudo mantener por mucho tiempo la novedad de su título refrendado tan lejos y en otra lengua. Quienes la rodeaban, empezaron a desconocerla, a alejarse o a desaparecer, como Orsini, y la duquesa de Amalfi entonces se transformó, poco a poco, en una imagen antigua, un recuerdo de otra época. La Enriqueta de carne y hueso se fue disociando de la Enriqueta con alma de duquesa y mientras la primera se vulgarizaba la segunda era elevada a los altares, como había ocurrido siglos atrás con el milagroso niño santo de Pisco. Quizás por eso nadie ha sabido darme razón de Enriqueta después de la desaparición de Orsini. No he encontrado un solo documento con su nombre en Pisco. La soledad duele menos que la piedad. Por eso, intuyo que se encerró en la casona, cuando se quedó sola, o se mudó a Lima, para vivir anónimamente. Porque lo cierto es que ya no era nadie. Había entregado su vida y su nombre a la duquesa de Amalfi. Sin proponérselo, siguió la lección de Orsini: vivió un sueño, que era su destino de duquesa, y se desvaneció con él.

  

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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