«Prosa pituca peruana» de Mark R. Cox

Mark R. Cox es uno de los pioneros en el estudio de la narrativa sobre el fenómeno del terrorismo en el Perú. Como investigador y editor de antologías de cuento, él logró poner en primer plano una parcela de la literatura peruana que históricamente se encuentra fuera de la mirada del gran público e incluso de la crítica literaria que se genera desde el establishment de la capital: lo que se suele denominar narrativa andina, aquellas ficciones sobre el mundo de los Andes escrita por autores oriundos del lugar o cuyos orígenes o experiencia vital los ha llevado a tener una conexión emocional y hasta una especie de compromiso por aquella cultura vigorosa, de raíces míticas, aunque al mismo tiempo dispuesta al cambio, que encontró en José María Arguedas su mayor difusor. Toda la producción crítica de Cox rompe una lanza por la valoración de ese corpus narrativo que surge a poco de empezar las acciones armadas de Sendero Luminoso en 1982. Una valoración que debe ser tanto literaria como reflexiva: para Cox, estos textos, desconocidos o de plano marginados por la crítica más o menos oficial, exponen desde temprano y de forma más profunda algunos temas que la literatura producida en Lima, con paradigmas cosmopolitas o modernizantes, solo alcanza a concebir a partir de la década de 2000. 

Valga esta introducción necesaria para comentar esta pequeña colección de ensayos que prosigue su pesquisa y planteamientos de años más recientes. El título completo de este librito es Prosa pituca peruana y la guerra de los años 80 y 90. La primera parte del título encierra una provocación, de la que es consciente el propio Cox: “pituco” es prácticamente sinónimo de “limeño mesocrático” o “limeño burgués” y con ello pretende caracterizar tanto la literatura como la crítica literaria producida del otro lado de los Andes, es decir en Lima o con mentalidad limeña, si se quiere (pues se extiende en algunos casos a escritores o críticos que viven en el extranjero). Como tal, esta publicación se propone, como trabajos previos de Cox, como anticanónica, en contradicción frente a una intelligentsia que identifica alrededor de Mario Vargas Llosa, por amistad, contacto o simplemente afinidades sociales y/o ideológicas. 

El primer capítulo de Prosa pituca peruana está dedicado a examinar los objetivos, alcances y limitaciones de la Comisión de La Verdad y Reconciliación (CVR) a través de sus actos públicos y documentos publicados (con el Informe como buque insignia). En su análisis, Cox no deja de advertir un sesgo paternalista y algunas contradicciones en su discurso. Como ejemplo de los problemas de la CVR indaga a fondo la figura de Hildebrando Pérez Huarancca, la cual, a la luz de toda la información que acopia Cox, resulta mucho menos precisa de lo que ha querido dibujarla la CVR (incluyendo alguna mistificación dolosa, según lo demuestra el autor). 

La reflexión sobre los resultados y la ideología subyacente de la CVR da paso, en un segundo capítulo, a mostrar lo escindido que se encuentra el campo literario peruano, con una división entre “andinos” y “criollos”, una dicotomía que, más allá de la geografía, se remite a una cosmovisión o estado mental, puesto que hay escritores “andinos” nacidos en la costa, pero de vocación andina o considerados “andinos”, como Miguel Gutiérrez. La dicotomía de “andinos” y “criollos” alude a otras tantas dicotomías entrelazadas, respectivamente: periféricos y canónicos, serranos y costeños, provincianos y limeños, tradicionales y cosmopolitas, etc. Este capítulo incluye las observaciones de Cox en torno a cómo la crítica oficial ha desatendido el estudio de los “andinos”, a los que ignora o descarta de antemano, a la vez que ha exaltado novelas de “criollos” que al abordar los años del terrorismo se ocupan del mundo andino con una mirada foránea. Una nota aparte la merece su explicación del relativo boom que supusieron dichas obras provenientes de autores “criollos” en el mercado literario internacional, estrategia comercial de editoriales transnacionales que encontraron el tirón de una temática (la de la violencia en países latinoamericanos) en la que aquellos libros encajaban bien. 

Los esfuerzos de los “criollos” que recrean en ficciones el mundo andino son examinados en el capítulo III, en el cual Cox detecta que una serie de rasgos esenciales (en construcción, personajes e ideología) de sus textos encuentra su origen en Lituma en los Andes de Mario Vargas Llosa (1993). Estas novelas (de autores como Alonso Cueto, Santiago Roncagliolo o Daniel Alarcón) son consideradas dentro de un fenómeno literario global, el de las narrativas “de verdad y reconciliación”. Sin embargo, como expone Cox en otro lugar de su libro, los “andinos” también han explorado en sus textos propuestas de reconciliación, solo que por vías distintas, e indagan igualmente en torno a los hechos trágicos de la violencia terrorista a la búsqueda de una “verdad” que la historia oficial no les había ofrecido. De esa forma, Prosa pituca peruana es un alegato por una reconsideración de la narrativa andina, un examen, a veces severo, pero no por ello inexacto, de algunos sesgos interpretativos del establishment y sus producciones literarias. Indudablemente, como investigador eminente de los andinos, la de Cox es una crítica de parte, pero es consistente y merece ser escuchada, como contraste ilustrativo que permite hacerse una visión más completa de un panorama literario que, tal como la sociedad en que se inserta, se halla en conflicto y a ratos a punto de estallar.

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Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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