“El infinito en un junco” de Irene Vallejo

Una lectura pendiente era El infinito en un junco, libro que se ha convertido en un best-seller curioso, debido a que no se trata de una novela o un ensayo de tema urgente o más o menos de moda. El infinito en un junco habla de un artefacto que, a estas alturas de pantallas táctiles y audiolibros, parece en proceso de desaparición: el libro como objeto físico y las bibliotecas, aquellos lugares que a lo largo de los siglos los ha albergado y protegido. Publicado en setiembre de 2019, este libro de Irene Vallejo resultó especialmente estimulante (y hasta consolatorio) al año siguiente, en medio de la pandemia que nos hizo pensar en el fin del mundo tal y como lo conocíamos.

Hablando sobre la aparición de la escritura y sus soportes (piedra, barro, papiro, pergamino, papel) y el surgimiento de las bibliotecas, El infinito en un junco abarca muchísimo más: es una síntesis de los orígenes y el desarrollo de la civilización occidental. El libro se divide en dos partes. La primera, “Grecia imagina el futuro”, expone la figura y el proyecto imperial de Alejandro Magno, aquel macedonio que soñó con ser ciudadano global e instilar ese ideal en sus vasallos. En el camino, fundó ciudades y difundió la cultura griega. Su sucesor en Egipto, Ptolomeo, comprendió que Alejandría, la gran ciudad-puerto de la antigüedad, necesitaba ser un faro no solo para la circulación de riquezas, sino también para el conocimiento: a él se debe el proyecto de la célebre biblioteca de Alejandría, que si bien no fue ideada por Alejandro, rescata su visión de un imperio mestizo. La biblioteca debía acoger todos los libros y contar con un equipo de traductores al griego. La segunda parte del libro, “Los caminos de Roma”, se ocupa de la consolidación definitiva de esos ideales de incipiente globalización: los romanos, con una maquinaria militar más eficaz que la del rey macedonio, recogen el legado griego, asumen su rico patrimonio literario y cultural, y lo expanden. La biblioteca pasa a ser administrada y financiada desde Roma, y sobrevivirá un poco más allá de la caída del imperio romano de Occidente, aunque ya languidecía cuando los árabes invaden Egipto.

A lo largo de 135 capítulos (87 en la primera parte y 48 en la segunda), breves en extensión, el libro repasa no solo estos dos grandes episodios de la historia occidental (que conocemos como “periodo greco-romano” o “edad antigua”), sino que a través de ellos indaga en detalles históricos y culturales de la vida cotidiana, y fija su interés en personajes secundarios o marginales de la época, gracias a los cuales se observa el impacto del libro y la gestación de una cultura común. La biblioteca era un espacio no solo para leer, sino para estudiar y producir obras, reflexionar sobre el pasado y el presente pensando en preservarlo para el futuro. Conservando ideas, conocimientos y experiencias, la lectura de libros brindaba una cohesión o sentido de comunidad que es la base de la civilización occidental: la cultura greco-latina, la cual configura todavía nuestra visión del mundo. Uno de los recursos favoritos de la autora para lograr transmitirnos esa continuidad es la etimología: palabras como canonliber o la referencia clásica a los oradores que entraña el nombre de Atticus Finch (el abogado de Matar un ruiseñor) revelan hasta qué punto somos hijos de ese proyecto de civilización y sus valores que han pervivido a través de las bibliotecas y la lectura de los libros. 

Escrito con gran amor por los libros y la lectura como experiencia de vida, El infinito en un junco se deja leer como una enciclopedia, saltando de un capítulo al otro: sus capítulos son pequeñas unidades, están llenos de datos menudos (tanto de erudición, cultura popular, como anécdotas personales) que se desgajan y son el punto de partida para una reflexión particular. El libro es también, entre tantas cosas, el testimonio del aprendizaje de la lectura y el humanismo de una mujer educada a finales del siglo XX. Finalmente, una de las virtudes más destacadas de El infinito en un junco es que, pese a ser un libro de historia e impregnado de recuerdos fascinantes (tanto enciclopédicos como personales), no se deja llevar por la nostalgia anquilosante: todo el tiempo, la autora establece conexiones entre procedimientos y modos de pensar y actuar que permanecen como válidos, con lo que su conclusión destila un gran optimismo, pese a las circunstancias actuales. Tal es el poder de la historia y su trascendencia en la pluma de Irene Vallejo.

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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