La “Historia trágico-marítima” de Bernardo Gomes de Brito

Entre 1735 y 1736, Bernardo Gomes de Brito recopiló bajo el emblemático nombre de Historia trágico-marítima doce relaciones de naufragios ocurridos en la segunda mitad del siglo XVI (aunque el último fue un acontecimiento de 1602). Publicada en dos volúmenes, dicha Historia canonizó un género literario, el relato de naufragio, a caballo entre la aventura, el relato histórico y el testimonio de fe. De las múltiples ediciones, traducciones y selecciones, cayó en mis manos hace poco la antología de la clásica Colección austral (1948). En ella se recogen solo cuatro naufragios, aunque todos dejan huella en el lector: el del galeón San Juan, al mando del capitán Manuel de Sousa Sepúlveda (1552), el del viaje de Fernando de Álvares Cabral (1554), el de la nao Concepción en San Pedro de los Baños (1555) y el de la nao Santa María da Barca (1559). 

Estilísticamente, son textos algo toscos y complejos por el vocabulario empleado (en su mayoría léxico de marinería), aunque en su crudeza transmiten un dramatismo que, siglos después, aún hace que la piel se escarapele imaginando las escenas narradas. Se trata de travesías, ora de ida o de vuelta, entre Portugal y la India, en la que el trecho más duro es el de África, que hay que bordear por el Cabo de Buena Esperanza. ¿Por qué ocurren los naufragios? Suele ocurrir que la nave va a tope, con exceso de peso (nadie quería dejar espacio vacío cuando se trata de ganancias por el transporte), y/o la impericia o descuido de un piloto, que se confía o que ignora los peligros de ciertas áreas. El vocablo naufragio proviene de un término latino que significaba originalmente ‘la nave que se rompe’: el acto mismo del naufragio se describe con todo lujo de detalles posible, a lo que siguen los esfuerzos por salvarse uno mismo, a los seres queridos y la mayor cantidad de bultos que se pueda. 

Ya en la costa, hay que organizarse: distribuir tareas, buscar alimentos, un refugio seguro y trazar un plan. El plan varía según las circunstancias. A veces se puede construir una pequeña barca para ir a tierras próximas donde se sabe que se puede encontrar otros portugueses. En otras, se trata de penetrar en la tierra para encontrar un río por donde se sabe que un barco portugués pasará en un tiempo razonable (unos meses) como parte de su ruta comercial. Recuérdese que los portugueses no colonizaban fundando ciudades, sino que establecían rutas de intercambio con comunidades y reyes locales. La esperanza de los náufragos a menudo reside en llegar a un reyezuelo amigo de portugueses que los acoja y alivie su hambre, su sed y los proteja de los peligros del terreno: los temibles cafres (siempre sospechosos de querer robarles hasta lo que no tienen), así como los animales salvajes. Huelgan escenas auténticamente trágicas: la dama despojada hasta quedar en cueros que, perdida toda su dignidad, hace un agujero en la tierra y se deja morir; el capitán, anciano, enfermo y agotado ya, que pide al grupo que lo deje morir solo y que prosiga su camino (por más incierto que sea); los hermanos que, a sabiendas del desenlace, ruegan a los compañeros que lleguen a sobrevivir transmitan a su madre que murieron ahogados (la forma menos dolorosa de morir) y que no se cuente que murieron de inanición o comidos por las bestias. 

Entre tantas desgracias, asoma la fe en Dios. Los relatos de naufragios se acogen a la intervención divina constantemente: los infortunios y la salvación se leen en clave cristiana, ora como castigo a los pecados, ora como una oportunidad de redimirse frente al pasado. Se interpretan como pruebas para el cristiano frente a la situación más adversa (como la tentación del canibalismo). Con todo, los relatos de naufragio siempre terminan con el alivio del rescatado: finalmente, pese a todos los terribles acontecimientos, contamos con el testimonio de aquel que sobrevivió y tuvo el suficiente temple de ánimo para narrar, con su mayor esfuerzo, lo que le ocurrió. En principio, era un pasajero más en el viaje, por lo que solo al final, cuando ha podido vivir para contarla, toda la experiencia adquiere su sentido trascendente. 

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Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

6 comentarios sobre “La “Historia trágico-marítima” de Bernardo Gomes de Brito

    1. El más famoso es el de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, llamado precisamente «Naufragios». En realidad, estos episodios se encuentran incluidos en crónicas sobre el descubrimiento y conquista de América extensas y no hay antologías a la mano (que yo sepa) que recojan solo dichos episodios en nuestra lengua. Solo por mencionar uno: en la Historia General del Perú o segunda parte de los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega se narra la aventura de Francisco de Orellana, quien, perdido en la selva, acaba haciendo un barco con unos pocos hombres y, tras muchas penurias, se encuentra en ese río inmenso en el vieron a unas mujeres guerreras, por las que lo llamaron el de las Amazonas. Orellana sobrevivió y gracias a eso conocemos su historia.

  1. Fascinante libro, Fernando. Historias de sobrevivencia son infinitas, pero las marítimas seguramente deben de ser las que más fácilmente sobrecogen al lector u oyente. De chico, me quedé enamorado («morboseado» sería mejor decir) con la historia del Mary Celeste… y le agarré el gusto a ese filón de dramas, y en verdad el mar hasta ahora me fascina y me aterra. Mil gracias por compartir tu lectura. Un abrazo.

      1. Creyendo que sería redundante poner el apellido (por ser obligatorio darlo junto con la dirección de correo), solo firmé con el nombre familiar. Renuevo mis saludos, querido Fernando; y agrego que desearía saber más de ti. Ahora sí aparece mi nombre completo de náufrago limense.

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