“Kew Gardens y otros cuentos” de Virginia Woolf

woolfVirginia Woolf (1882-1941) es ampliamente conocida por sus novelas, como La señora Dalloway o Las olas, y por su condición de mito literario. Se trata de una figura destacada dentro del feminismo por su ensayo Una habitación propia, así como por las circunstancias que rodean su muerte: un suicidio, motivado por la enfermedad mental, lanzándose a un río con un abrigo lleno de piedras para facilitar el ahogamiento. En años recientes, una película, The Hours, consolidó esta imagen de la escritora entre el público actual. Un libro como Kew Gardens y otros cuentos recupera la prosa más delicada y fantástica de Woolf, y la pone al alcance del lector curioso con estupendas ilustraciones que lo proveen de una experiencia dinámica de texto e imagen.

El volumen, editado por Nórdica Libros, se compone de tres cuentos. Además del que le da título, se encuentran “Una casa encantada” y “La marca en la pared”. Estos relatos hubieran sido considerados cuentos fantásticos por Jorge Luis Borges. Otros posibles epítetos serían únicos o extraños. Se trata de cuentos que rarifican la realidad, la amplían o cuestionan, desde la perspectiva inconforme de un narrador. “Kew Gardens”, mediante una voz en tercera persona, nos presenta escenas múltiples de personajes congregados alrededor de un paisaje, el cual configura una atmósfera de ensueño. “Una casa encantada” nos invita a auscultar varios planos de la realidad y a confundirnos en ellos de manera inquietante. Finalmente, “La marca en la pared” es un monólogo que nos envuelve en una larga divagación, a propósito de un ínfimo detalle que activa la mente del narrador.

Sería fácil etiquetar estas ficciones como escapistas. Más exacto sería considerarlas historias de soñadores o de paseantes solitarios que observan su entorno como quien lee un libro o admira un cuadro. Estos textos, compuestos hace casi un siglo, todavía nos implican, interrogan y fascinan, con la fineza de la literatura que no envejece. De la fantasía romántica hecha de fragmentos en “Kew Garden” o la historia de fantasmas de “Una casa encantada”, nos quedamos con las intermitencias de “La marca en la pared”, esa extraña mancha que adopta cuantas formas quiere ver en ella el narrador, quien empieza a tomar distancia de sí mismo, como cuando se imagina estar frente a un espejo roto:

Supongamos que el espejo se rompe, la imagen desaparece y la figura romántica rodeada de verdes profundidades boscosas ya no está, sino solo la envoltura de la persona tal como la ven los demás… ¡qué asfixiante, superficial, árido e imponente se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos cara a cara en los autobuses y los vagones del metro, miramos el espejo que refleja la mirada ausente y vidriosa de nuestros ojos. Los novelistas del futuro comprenderán cada vez más la importancia de estos reflejos, porque no hay un único reflejo, por supuesto, sino un número casi infinito; estas son las profundidades que explorarán, los fantasmas que perseguirán.

Escritos con una prosa suave y rica en imágenes, vertida al castellano por Magdalena Palmer, los textos de Kew Gardens y otros cuentos son presentados junto a ilustraciones de Elena Ferrándiz que tanto recuerdan a la paleta y el estilo de William Turner, con sus tonos de madera, sombra y niebla.

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“Trilogía del Baztán” de Dolores Redondo

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El último premio Planeta de novela correspondió a Todo esto te daré de Dolores Redondo. Este reconocimiento supone la consolidación literaria de una autora que empezó a llamar la atención de la crítica y el público con las tres novelas sobre la inspectora Amaia Salazar: El guardián invisible (2012), Legado en los huesos (2013) y Ofrenda a la tormenta (2014). Estas novelas se publican ahora reunidas en una caja bajo el título de Trilogía del Baztán. El nombre hace referencia al valle del Baztán, el corazón de la región vasco-navarra que Redondo ha logrado poner en el mapa de la geografía literaria española. El éxito de la trilogía ha promovido el turismo local, pues ahora se ofrece una ruta de Baztán, además de un proyecto cinematográfico que se acaba de estrenar y promete más entregas.

La Trilogía del Baztán se inscribe en el género de la llamada novela negra. Nos hallamos frente a una ficción en la que se plantea una investigación policial que desvela una serie de crímenes espantosos, los cuales involucran la historia de una comunidad, sus orígenes y sus secretos. A diferencia del relato policial clásico, en el que el detective aplica una rigurosidad científica, en la senda de Sherlock Holmes o Hércules Poirot, para resolver un acertijo como en un ingenioso juego de salón; el investigador de la novela negra se encuentra en una atmósfera nauseabunda, en la que cada nuevo hallazgo lo sumerge en un pozo más y más oscuro, frente al cual no puede quedar indiferente. La inspectora Salazar, la detective estrella de la Policía Foral, aplica todos los métodos aprendidos en los cursos del FBI, pero el camino hacia la verdad es confuso o la hiere en la medida en que la remite a su propio pasado familiar, situado en Elizondo, pueblo navarro cerca de la frontera con Francia, al que cruza el río Bidasoa. Este río, también conocido como Baztán, configuraba una deidad natural para los antiguos pobladores del valle. Precisamente, uno de los méritos del universo de Dolores Redondo es haber recreado este espacio mítico de seres mágicos de la tradición pagana, previa al cristianismo, que pervive.

En la narración de Redondo, esta mitología ofrece la lucha interminable entre el bien y el mal que pugnan por romper el equilibrio. Recuperarlo es la misión de Amaia, quien cuenta con la ayuda de su intelecto, pero también de su tía Engrasi, quien se encuentra vinculada con este mundo sobrenatural a través de los rituales, el respeto a los dioses tutelares de la región y la adivinación con las cartas del tarot. Otro apoyo para Amaia es el detective Dupree, compañero de los cursos del FBI, quien desde Louisiana, otra tierra impregnada por la magia, también opera como un mentor y guía para abrirse paso en medio del misterio.

Dolores Redondo conoce los recursos del género que practica y logra atrapar a su lector con una narración ágil, bien documentada y un manejo correcto del diálogo. Sus personajes están bien delineados y sabe llevar al lector por una selva de conjeturas sin que el tejido de la trama se desluzca. Personalmente, tan solo le observaría que algunas escenas de índole sexual rondan el cliché, hasta recordar a ratos la prosa chirriante propia de Cincuenta sombras de Grey. Por ejemplo, el esposo, James, en algún momento es descrito como un atleta griego y el otro personaje masculino que atrae la atención de Amaia, el juez Markina, es descrito casi como un vampiro: rico, elegante, poderoso, joven y bello, aunque siniestro, como un ángel caído. Felizmente, esos fragmentos son cortos y se reducen a una página o menos, desperdigados a lo largo de un texto bastante voluminoso.

Con todo, es seguro que los lectores objetivos de la Trilogía del Baztán, es decir los consumidores usuales de la novela negra o el best seller que esté de moda en las librerías, no se percaten de estos chirridos o hasta encuentren algún mérito literario en ellos. Por mi parte, los observo y los critico, pero reconozco que, en su conjunto, la Trilogía del Baztán cumple con creces las expectativas del género noir: atrapa al lector, lo insta a seguir leyendo y lo deja con la sensación de haberse sumergido en un mundo violento, como pueden serlo las fuerzas de la naturaleza y los seres humanos guiados por sus creencias e impulsos más primarios.

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“La perfecta casada” de Fray Luis de León

1b_perfecta-casada-siglo-xxUna de las pocas obras que Fray Luis de León publicó en vida fue La perfecta casada, la cual vio la luz en 1584, cuando el agustino contaba con 58 años. El libro está dedicado a su prima, María Varela Osorio, a quien expone, con sencillez el retrato de una esposa “perfecta”, es decir sin tachas. Con un método expositivo de raigambre universitaria, Fray Luis comenta un capítulo de los Proverbios de Salomón para ilustrar la conducta que debe seguir la casada. Esta especie de manual puede leerse por su contenido, que aún posee interés cultural, pero además mantiene una prosa burilada que vuelve su lectura especialmente agradable. Su uso de la comparación es uno de los recursos más destacados, por la vivacidad que logra transmitir en el lector. Las imágenes empleadas, generalmente referidas a la naturaleza, se encuentran también presentes en su poesía moral, impregnada de delicado bucolismo. Así, por ejemplo, realiza este retrato de la perfecta casada diligente empleando la comparación con imágenes nocturnas tan familiares para el lector de sus versos:

Y como la luna llena, en las noches serenas, se goza rodeada y como acompañada de clarísimas lumbres, las cuales todas parece que avivan sus luces en ella, y que la remiran y reverencian, así la buena en su casa reina y resplandece, y convierte así juntamente los ojos y los corazones de todos. El descanso y la seguridad la acompañan a dondequiera que endereza sus pasos, y a cualquiera parte que mira encuentra con el alegría y con el gozo, porque, si pone en el marido los ojos, descansa en su amor; si los vuelve a sus hijos, alégrase con su virtud; halla en los criados bueno y fiel servicio, y en la hacienda provecho y acrecentamiento, y todo le es gustoso y alegre; como al contrario, a la que es mala casera todo se le convierte en amargura, como se puede ver por infinitos ejemplos.

La atracción de la vida campestre es fuerte en el maestro salmantino, por lo que cada vez que puede desarrolla fragmentos muy logrados. Cuando elogia a las casadas que se levantan temprano para aprovechar la mañana, nos ofrece su experiencia de los amaneceres. Nótese que aquella luz que “parece ser otra” se aproxima a la “luz no usada” que provoca la música de Francisco de Salinas:

Porque entonces [de mañana] la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes, y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas la coronan de rosas), y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿quién duda hay sino que suena entonces más dulcemente, y las flores, y las hierbas, y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor? Y como cuando entra el rey de nuevo en una ciudad, se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza y como alarde de sus mejores riquezas, ansí los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y, como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno de sus bienes.

El texto de La perfecta casada es una lectura placentera, cierto, pero también es un tratado prescriptivo sobre la conducta femenina compuesto por un intelectual cristiano de fines del siglo XVI. No debe extrañarnos, por eso, que Fray Luis demuestre una misoginia totalmente convencional en su tiempo: “Así como a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender, y por consiguiente, les tasó las palabras y las razones”. El libro alcanzó varias ediciones en su época (la cuarta apareció en 1595) y siguió publicándose hasta el siglo XX, aún con interés moralizante de su contenido. A inicios del XXI, su lectura se mantiene vigente, tanto por su esmerada prosa como por la información cultural que aporta al lector curioso.

La imagen que ilustra esta entrada proviene del interesante texto de Rebecca Bender sobre la perfecta casada en la cultura española contemporánea.

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“Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices” de Ricardo Piglia

9788433998187Hace unos meses apareció el segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Subtitulado Los años felices, cubre el periodo de 1968 a 1975. Ante todo, aquel subtítulo puede resultar un distractor si se lee literalmente. Son los años felices quizás porque, vistos a la distancia, son aquellos en los que se dedicó exclusivamente a ser un escritor: “Para mí escribir quiere decir ‘estar financiado’”, afirma en 1969. A lo largo del texto, se comprueba que Piglia logró vivir (con aprietos económicos y algunos malabares) de su oficio de escritor y editor. Lo cierto es que no hay momentos de felicidad aparentes, sino el recuento de su vida de escritor a tiempo completo. Inclusive cuando sale a luz su libro de cuentos Nombre falso empieza por encontrarlo deslucido y experimenta todas las inseguridades típicas del escritor. “Solo conozco la felicidad retrospectivamente”, escribe en 1975, en las páginas finales de este volumen. He allí el sentido del subtítulo.

La estructura es similar a la del volumen previo, Años de formación, con la diferencia de que ahora existe una mayor consciencia del escritor. El diario recoge varias líneas narrativas y reflexivas que se identifican con series, lo cual constituye una forma de ordenar materiales que parecerían textos mostrencos en conjunto. Piglia acumula reflexiones en torno a sus amistades, su vida, lecturas y películas. Ante sus vivencias, siempre prima la mirada literaria, diseccionadora, de los hechos, de los perfiles de las personas que lo rodean. La mayoría son escritores o intelectuales: los nombres más constantes son David Viñas y Manuel Puig. El primero constituye un modelo de homme-plume, mientras que Puig queda retratado como el escritor inquieto, viajero y dispuesto a comerse el mundo. Por eso su contacto con ambos se desarrolla con marchas y contramarchas: sabe que no puede ser Puig, a ratos lo admira y en otros se espanta; le sorprende la energía de Viñas, aunque también le enervan a veces sus actitudes.

Todos estos personajes interactúan con Piglia en una Buenos Aires omnipresente en los diarios. Este segundo volumen intensifica una sensación que ya se encontraba en el primero: la del escritor flanêur que camina por la ciudad, visita oficinas, se reúne en cafés, participa en cenas, sale a los garitos nocturnos, va a hacer gestiones, se muda, corrige pruebas, da conferencias, etc. Los acontecimientos se suceden a su alrededor: el inicio de la guerra sucia en Argentina (en vísperas a la dictadura) o hasta un hecho como el suicidio de José María Arguedas, que le genera una reflexión sobre la camarilla que era el Boom (“Su muerte es una metáfora del escritor latinoamericano oculto, no revelado, subterráneo y opuesto a las marquesinas del boom”).

Finalmente, Los diarios de Emilio Renzi nos ofrecen un fantástico de efecto de simultaneidad: la escritura en intervalos provoca que el diario se esté gestando mientras lo leemos. Aquellas páginas escritas hace más de cuarenta años se actualizan y dejan de ser fósiles. Entre comentarios sobre Respiración artificial y sus esfuerzos con Plata quemada, Piglia nos da la clave de su propia obra, en una nota escrita en 1970: “Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado”. Eso fue precisamente lo que hizo él, de allí su originalidad: supo conjugar la mirada intelectual, la metafísica, el vigor ensayístico, con la cultura popular del compadrito, el lumpen y su lenguaje.

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“El arte de pensar” de Rolf Dobelli

81p982nESJL.jpgLas falacias son argumentos aparentemente válidos que no lo son. Todos estudiamos en la escuela las más populares, incluso con su nombre latino: ad populum, ad hominem, etc. En El arte de pensar, Rolf Dobelli presenta una colección de razonamientos ilógicos, marcados por un sesgo (bias) que suenan tan persuasivos que suelen guiar decisiones trascendentes de la vida o la profesión. Pensado para gente de negocios, El arte de pensar es un manual para tomar decisiones personales objetivas y lo más racionales posibles (sobre inversiones, contratos, riesgos, etc.), desprendiéndose del sesgo que rodea prácticamente todos los medios de comunicación, la conversación común y hasta algunos trabajos científicos de difusión general. Uno de los tantos ejemplos elocuentes de Dobelli, quien se apoya mucho en las probabilidades matemáticas, es el de los monos inversionistas: en un universo de monos que invierten irracionalmente, es posible que un porcentaje de ellos, sin más mérito que el azar, obtenga las mayores ganancias. Entonces un investigador podría estudiar a esos monos exitosos y estudiar su “estilo”, su “sistema” o su “personalidad” para descubrir el secreto de su éxito. Quizás descubriría que esos monos comían un plátano antes de invertir o que tenían menos de tres años. Sería fácil entonces escribir un estudio que postulara que estas características de los monos financistas son, precisamente, lo que los hace exitosos. El problema es que el investigador no ha cotejado las características del resto de los monos que, por no haber ganado, no llamaron su atención: probablemente encontraría muchas semejanzas, demasiadas. Dobelli llama a este razonamiento ilógico “el sesgo del resultado”: “Nuestra tendencia a valorar decisiones [las de los monos, en este caso, totalmente erráticas] en virtud del resultado y no en función del proceso de tomar las decisiones”.

De forma que hay que examinar el proceso, el razonamiento o la cadena de causa-consecuencia real y no los eventos que lo rodean, ya que estos pueden presentarse sin motivo alguno. Por ello, Dobelli apunta también al “sesgo del relato”, que es en realidad muy frecuente en la interacción social. Estamos inclinados, por naturaleza, a vincular actos y encontrar una cadena de “sentido”, pese a que no haya evidencia mayor que apoye nuestra idea:

¿Cuál de las siguientes historias recordaría usted mejor? A) “El rey se murió y después la reina se murió”. B) “El rey se murió y después la reina se murió de pena”. Si usted funciona como la mayoría de la gente, retendrá mejor la segunda historia. En ella las dos muertes no se suceden sin más, sino que están enlazadas emocionalmente entre sí. La historia A es un relato de los hechos. La historia B le da “sentido” […] Así, desfiguramos la realidad, y eso merma la calidad de nuestras decisiones. Para contrarrestarlo, desmonte las historias. Pregúntese: ¿qué quiere ocultar el relato? Y para practicar, intente ver su propia biografía por una vez deslavazada. Se sorprenderá.

Dobelli es consciente de que este método rígido es inviable en el día a día, pues incluso admite dejarse llevar por pensamientos sesgados, emociones e impulsos ilógicos a menudo. Su libro aboga por ser lo más racionales que se pueda en los asuntos realmente graves de la vida (como las finanzas o la gestión de empresas). Leer El arte de pensar me suscitó una reflexión en torno a la forma en que se suele interpretar textos. Creo que su lectura puede hacernos más conscientes de los prejuicios que a menudo pululan en nuestra forma de leer. Aquí apunto algunos.

La obsesión autobiográfica es muy frecuente en la crítica literaria. Dobelli la llamaría “el error fundamental de atribución”, el cual “indica la tendencia a sobreestimar sistemáticamente la influencia de personas y subestimar los factores externos y situacionales cuando se trata de explicar algo”. Así, por ejemplo, ¿cuántos estudios tienen como punto de partida un interés de Cervantes (cierto, veraz) en solicitar un puesto en América para postular poco menos que una obsesión por la materia americana hasta el grado de sostener enrevesadas lecturas de casi cualquier texto cervantino para encontrar el eco americanista? Nadie recuerda que Mateo Alemán también tenía interés en venir al Nuevo Mundo, logró hacerlo y hasta escribió obras aquí. ¿Dónde está el magno estudio Mateo Alemán y América? Sesgo autobiográfico y fetichismo autorial en estado puro.

El consenso crítico. “La prueba social (a veces denominada imprecisamente como gregarismo) dice: me comporto correctamente si me comporto como los demás. Dicho de otro modo: cuantas más personas encuentran correcta una idea, más correcta es esa idea, lo que por supuesto es absurdo […] Si cincuenta millones de personas afirman una tontería, no se hará realidad por eso”. Huelgan los ejemplos y no ahondaré en ello. ¿Recordamos aquella época en que Mateo Alemán era “contrarreformista”, “tridentino” y “ortodoxo”, en tanto Cervantes, por contraste, era “erasmista” y “heterodoxo”?

Leer con los datos actuales. “El prejuicio de la retrospectiva es, en realidad, uno de los errores de lógica más persistentes. Se puede denominar acertadamente como el ‘fenómeno del ya lo sabía yo’: en retrospectiva todo parece derivarse de una necesidad razonable”. Abundan los estudios que postulan antecedentes y leen a posteriori. Piénsese en muchos poemas de Antonio Machado (como La tierra de Alvargonzález), compuestos mucho antes de la Guerra Civil, que son interpretados a partir del conflicto y su desdichada muerte en la frontera francesa, que lo ha vuelto mártir republicano, como Federico García Lorca, sin haberlo pretendido.

Por último, retomemos el ejemplo de los monos exitosos: coger como punto de partida para una interpretación un hecho aislado de uno de los monos (el que elegimos por haber alcanzado el resultado) y desatender que podemos encontrar un sinnúmero de contraejemplos es lo que guía, a veces, algunos análisis en los que se habla de “autor converso” o “autor inmigrante” o “autor burgués” y se aprovechaba su condición social o racial para explicar su escritura, sin reparar en la construcción del texto, en sus influencias verificables o material estrictamente pertinente. En otras palabras, como le gustaba decir a Ricardo Piglia: Paul Valéry es burgués, pero no todos los burgueses son Valéry.

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Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega

18065726060En una carpeta de proyectos solo esbozados o iniciados y nunca concluidos, como aquella colección de arranques de relatos que Ribeyro llamaba Pedestal sin estatua, se encuentra un libro que podría llamarse Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega, producto de la lectura, fría y sin apasionamientos, de mucha bibliografía garcilasista que repite ciertas ideas que no encuentran asidero en lo que podríamos llamar la evidencia textual, cultural o histórica alrededor de la figura del ilustre historiador cuzqueño. Podría componerse un volumen en el que, sistemáticamente, se desmontaran muchas construcciones críticas basadas en prejuicios extemporáneos, obsesiones teóricas y nacionalistas. Sin embargo, como decía Borges, es un desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros. Aquí solo comentaré tres ideas cuestionables que se repiten hasta el hartazgo y que han pasado, lamentablemente, a integrar cualquier documental o texto de difusión bien intencionado sobre el Inca Garcilaso de la Vega y su obra.

Uno. La escritura de Garcilaso refleja la marginación racial del mestizo. También admite la siguiente variante: el estilo/objetivo/interés de lo que escribe Garcilaso se explica por su condición del marginado por su raza. En realidad, entre los siglos XVI y XVII la percepción de la fisonomía y, en general, el color de piel, no se parecía mucho al que podemos tener después del siglo XVIII y los afanes racionalistas, de raigambre ilustrada, de segmentar y clasificar rasgos particulares y matices específicos. Costaría creerlo, pero hay testimonios en crónicas y otros documentos en los que se declara no haber grandes diferencias entre españoles e indígenas americanos. Fuera de esos extremos (que son excepcionales), no hay en la época una mirada que auscultara obsesivamente los rasgos físicos raciales que hiciera al mestizo un sujeto discriminado por su aspecto. De hecho, un término como raza en el Siglo de Oro solo se aplicaba a judíos y musulmanes y no se refería tanto a su apariencia física como a su práctica religiosa. Evidentemente, el mestizaje racial era un fenómeno común en los territorios colonizados y hubo una legislación que excluía al fruto de españoles e indígenas en ellos; aunque siempre existieran también excepciones debidas al status social del mestizo en cuestión. Lo interesante de Garcilaso es que, viviendo en España, no tenemos testimonio alguno de su marginación por motivo de ser mestizo. En todo caso, sufrió el trato diferenciado que se tributaba al hijo natural o al segundón, pero eso no pasaba por el rechazo a sus rasgos físicos o su mezcla racial. No obstante, especialmente en Perú, un país obsesionado con las fisonomías (la nariz, en particular), es lugar común achacar a Garcilaso una condición de víctima de la discriminación racial en su época, lo cual no consta en ninguna parte ni se condice con lo que sabemos de su contexto.

Dos. De esta ignorancia se desprende otro razonamiento que ha motivado páginas de resentimiento, frustración y hasta delirio entre autores peruanos contemporáneos. Imaginando que la España del XVI está tan obsesionada con el color de piel como el Perú contemporáneo y sin conocer la realidad de los moriscos de la época, han tendido a pensar que estos eran de piel oscura y que, por ende, Garcilaso debió sentir algún tipo de empatía por ellos. Mucho más si (arrebatos interculturales comprensibles ahora, pero inexistentes hace cuatro siglos) Garcilaso, como hijo de una india conquistada, debía sentirse cercano al drama de los moriscos, otro grupo oprimido supuestamente de piel oscura. Lo cierto es que los moriscos españoles no eran físicamente muy distintos de los españoles de la época (hay testimonios al respecto), aunque sí vistieran y tuvieran prácticas muy diferentes. Garcilaso se identificaba como cristiano y como tal era intolerante en materia religiosa, en la medida en que creía firmemente que la única fe verdadera era la católica. Por eso, rechaza al morisco y en cambio tiene empatía por los gentiles (como sus antepasados incas) que aún no conocen a Dios. Un levantamiento por motivos religiosos, donde se cuestionaba este principio fundamental (el rechazo a la fe verdadera, teniendo acceso a ella), merecía la indignación de toda alma bienpensante de entonces. Así, uno lee las páginas exaltadas de Pablo Macera (quien no dudaba en llamar a Garcilaso con palabras muy ofensivas) o las vueltas y revueltas a la psique de Garcilaso que elaboró Max Hernández en torno a estos asuntos raciales (me refiero al desaforado Memoria del bien perdido) y no dan ganas sino de reír por no llorar.

Tres. Una idea errada más, también motivada por el afán de encontrarle un carácter transgresor o maudit a los textos primorosos de Garcilaso: Los Comentarios reales y/o La Florida del Inca no tuvieron segunda edición porque el texto era peligroso/desafiante/provocador/peligroso. Se trata de un fantástico wishful thinking que sirve para rematar una típica lectura deconstructiva que revela el lado más transgresor del Inca. Lo cierto es que no hay evidencia alguna de su peligrosidad, sino todo lo contrario: las referencias que se tienen, a través de citas y menciones al autor y su obra, indican que Garcilaso se canonizó rápidamente, como la máxima autoridad en torno a la historia peruana, entre tirios y troyanos, o sea entre españoles y americanos, a lo largo del siglo XVII. El hecho de que no haya segundas ediciones inmediatas (aunque por allí se cuenta una segunda edición de La Florida del Inca de 1617) podría obedecer a una causa mucho más razonable para su época: se trataba de libros eruditos, muy especializados. ¿Quiénes leen los textos históricos de Garcilaso? Otros historiadores, funcionarios virreinales y religiosos con curiosidad intelectual. La idea, infundada, de la segunda edición que no se produce porque el texto es “fuerte” o “desafiante” va de la mano de la tan mentada prohibición de su lectura en América tras la rebelión de Túpac Amaru II, en 1781. Pero eso ocurre más de siglo de medio después de la publicación de los Comentarios de Garcilaso, tiempo durante el cual estos gozaron de una reputación muy alta, tanto en territorio hispano como fuera de él. Es más, la tan mentada prohibición de 1781 no tenía alcance en la península, por lo cual el texto siguió circulando, entre expertos, curiosos y eruditos, a lo largo del XIX.

Finalmente, hay quienes asumen que todo espíritu crítico y educado del Siglo de Oro, solo por serlo, debe ser antiinquisitorial, solidario con las minorías y tolerante y si no lo demuestra en público es porque lo oculta, es un hipócrita por necesidad. Crítico ha habido que se esforzó en decir que Garcilaso no dijo lo que dijo sobre la censura de su traducción de León Hebreo y que entre líneas dice todo lo contrario. La militancia ingenua a veces desconoce las convenciones culturales de otras épocas, las cuales pueden resultarnos chocantes. El Inca Garcilaso era amigo de inquisidores y hasta poseía libros prohibidos en su biblioteca. Lope de Vega, de conocidos amores ilícitos, era familiar del Santo Oficio. Fray Melchor de la Serna, uno de los mejores creadores de poesía erótica del Siglo de Oro, fino traductor de Ovidio, era reputado predicador. Fray Luis de León, con todo lo progre que puede parecer en la actualidad, por sus problemas con la Inquisición, su origen converso y su hebraísmo bíblico, no tenía empacho en afirmar en La perfecta casada que las mujeres no eran aptas para el ejercicio intelectual.

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A propósito de “El lugar de la Mancha y la génesis del Quijote”

1437491290En el último volumen de la revista Cervantes (vol. 36, núm. 1), encontré un artículo titulado “El lugar de la Mancha y la génesis del Quijote: ¿choque, o confluencia de letras y ciencias sociales?” (pp. 123-155). Su lectura me ha suscitado varias discrepancias, motivadas por un escepticismo de filólogo que trabaja con textos de los siglos XVI y XVII.

La mayor dificultad que encuentro en el trabajo no es tanto su razonamiento, ya que este resulta difícil de refutar si se acepta su punto de partida. Precisamente, el cuestionamiento que haría a este tipo de trabajo (porque no es singular en su método o propósitos) no es tanto su rigor científico, que lo posee, sino la teoría literaria que lo sustenta y robustece. Para empezar, los autores se empeñan en encontrar la voluntad de Cervantes no solo de ocultar el lugar de la Mancha, sino de proponerlo como enigma. Lo primero bien puede ser, aunque no deja de ser, como los mismos autores lo admiten, parte de un juego irónico: para que los pueblos de la Mancha disputen, se prefiere guardar silencio sobre el lugar de donde era el protagonista. Dudo mucho que los intelectuales o historiadores locales de inicios del siglo XVII de la vida real lo hubieran hecho ni mucho menos creído, por lo que es una buena chanza, tanto como la del manuscrito arábigo en el Alcaná de Toledo y la fama de Dulcinea como saladora de puercos. Esta obsesión provinciana de realmente disputar solo surge cuando el libro se convierte en mito (mucho tiempo después de la época de Cervantes) y el protagonista deja de ser un ente literario para convertirse en símbolo o emblema de algo que poco o nada tiene que ver con el texto original. En esa justa han corrido la mayor fortuna Argamasilla del Alba y El Toboso (donde el turista puede visitar la casa “original” de Dulcinea).

Como lo difícil de demostrar es lo segundo (el enigma propuesto por Cervantes), los autores se basan en algunas recurrencias (como la aparición de ciertos topónimos y otros elementos) para establecer que existe una gran precisión en la geografía aludida, la cual avalaría la idea de que existía un “modelo vivo” (como diría Rodríguez Marín), es decir un personaje que, vuelto leyenda local, habría sido homenajeado secretamente por Cervantes. El dejar el misterio abierto, para que un grupo multidisciplinar de científicos a inicios del siglo XXI lo descubriera, habría sido una de las mayores glorias cervantinas, que salpica de paso al pueblo que el alcalaíno quiso disfrazar para desafiar el intelecto de sus lectores bien educados de inicios del XVII: Villanueva de los Infantes. La idea suena tan atractiva como fantasiosa y evoca las tramas de Dan Brown. Una buena pregunta sería si esta maniobra que llevaría a cabo Cervantes es una práctica común o siquiera verificable en el usus escribendi del Siglo de Oro, de acuerdo con los mecanismos que tan agudamente ha analizado el equipo. La respuesta sería seguramente negativa. Se nos dirá entonces que Cervantes es un genio y un adelantado a su tiempo. Pero esa discusión es propia de la recepción y la crítica del libro antes que de su confección propiamente dicha.

La teoría literaria que subyace a este afán de identificar el lugar de la Mancha es romántica: “Si llegamos a conocer el linaje de don Quijote [es decir, de donde es realmente], podemos evitar no darnos cuenta de ciertos aspectos de su personalidad y forma de vida que nuestras propias circunstancias impiden percibir. El saber por análisis geográfico que Cervantes imaginaba a su protagonista viajando desde y hasta Villanueva de los Infantes nos da la fascinante posibilidad de cotejar la vida allí con lo que tenemos reelaborado en la novela” (p. 133). Esta cita revela que los autores pretenden valorar la literatura en función de su cabal correspondencia con una realidad específica. Aplicando el esencialismo, se consideraría que saber cuál es el pueblo de don Quijote nos permite conocer mejor su personalidad. ¿Valdría la pena hacer lo mismo con el segoviano Pablos del Buscón o el sevillano Guzmán de Alfarache, criaturas literarias contemporáneas del hidalgo Quijano? ¿Qué beneficio conlleva conocer la identidad sevillana de Guzmán (la calle o el barrio en que vivió) para conocer más a profundidad sus rasgos personales?

La única forma de admitir este postulado del estudio es asumir que Cervantes es un escritor realista, un contemporáneo y colega de empeños de Gustave Flaubert o Benito Pérez Galdós, y lo cierto es que no lo es. La representación de la realidad que lleva a cabo Cervantes dista mucho de ser un reflejo de la realidad con el rigor de los maestros referidos. Se sabe que para narrar la escena de una carrera de caballos a la que asiste el protagonista de La educación sentimental, Flaubert investigó en hemerotecas para que hasta los nombres de los caballos que corrieron esa tarde fueran fehacientes; algo similar hizo Vargas Llosa al viajar a Brasil para reconocer los escenarios de La guerra del fin del mundo; Pérez Galdós visitó los bajos fondos de Madrid para componer su Misericordia. Pero Cervantes nunca viajó a Noruega para sentirse autorizado a escribir Los trabajos de Persiles y Sigismunda, no solo porque el viaje hubiera sido complicadísimo, sino más que nada porque la poética de la novela de su época no le exigia ese tipo de mímesis. Este asunto lo expuso con solvencia Felix Martinez Bonati en su El Quijote y la poética de la novela y es lo que explica por qué es posible que se reúnan tantos personajes por mero producto del azar en la venta de Palomeque el Zurdo.

Solo creyendo que Cervantes es un escritor realista decimonónico que aplica la observación científica a la realidad y la plasma siguiendo ese criterio se puede creer que sea válido “determinar con precisión casi matemática a que velocidad media (V) debieron andar las caballerías Rocinante-Rucio…” (p. 137). Los autores se apoyan en este punto en una tesis doctoral de 1976 presentada en una Facultad de Veterinaria. Más allá de la anécdota, no sé cómo contribuye hacer esa medición para el mejor conocimiento de Cervantes y su obra literaria, llena, como admiten los autores del artículo, de descuidos y olvidos. Resulta ingenuo, por eso, razonar que el “pueblo” debió ser Villanueva de los Infantes porque, entre otras razones, en un pueblo grande podía existir un cura que demostrara un conocimiento literario tan profundo como lo ofrece Pero Pérez en el capítulo del escrutinio de los libros. El problema de este razonamiento es que, en capítulos previos, el narrador había declarado que el cura era “hombre docto, graduado en Sigüenza”. La explicación es, sencillamente, que la pulla es convincente para burlarse de su juicio literario en ese capitulo inicial de la novela, pero luego queda de lado cuando se trata de juzgar los libros de la biblioteca de don Quijote: esos comentarios de lector aficionado a las bellas letras reflejan el conocimiento de Cervantes y sus propias opiniones probablemente e incluyen la fina ironía de evaluar su propio trabajo (La Galatea “propone algo y no concluye nada”). La contradicción quebraría el pacto ficcional realista, pero era irrelevante en el Siglo de Oro. Es un hecho tan irrelevante como el siguiente: la segunda parte, publicada en 1615, afirma que don Quijote hizo su segunda salida poco menos de un año después de la primera (digamos cerca del verano de 1606). Sin embargo, las cartas que intercambian Teresa Panza y la duquesa están fechadas en 1614, en días en los que seguramente Cervantes estaba escribiendo aquellos capítulos. Se trataría de una escandalosa incoherencia en un autor moderno, pero un ripio para un narrador aurisecular. Lo mismo puede afirmarse con el criterio del “punto de vista” que Quevedo o Mateo Alemán rompen a veces, por descuido, en los relatos supuestamente autobiográficos de sus pícaros. Lo mismo ocurre cuando Lázaro de Tormes menciona a Tulio y cita adagios latinos en su prólogo, un conocimiento que negaría su condición de huérfano que ha estudiado solo en la “universidad de la vida”. Si todo este panorama de inexactitudes y descuidos es moneda corriente en la época (porque no interesaban mayormente), ¿cómo creer que Cervantes haya reflejado fielmente las distancias recorridas por las monturas de los protagonistas? Absurdo.

El artículo acaba con la referencia al histórico Juan de León, oriundo de Villanueva de los Infantes, supuesto loco, bandolero, que vagabundeaba por el Campo de Montiel y de quien Cervantes pudo escuchar hablar en 1581. El dato es interesante, curioso y útil, pero de ningún modo imprescindible para la valoración de la novela de Cervantes. Incluso admitiendo que haya una influencia de este “modelo vivo”, ¿a qué plantear una estructura tan alambicada en la geografía de la novela solo para ocultar el supuesto enigma para los lectores manchegos de la época, si realmente Juan de León era tan conocido? En otras palabras, digamos que Juan de León es una leyenda en el campo de Montiel, entonces todos los interesados reconocerían el personaje. ¿Por qué ocultarlo dejando todas esas supuestas pistas? No tiene mucho sentido, considerando la difusión del Quijote y su éxito, que nada tiene que ver con la determinación del lugar de la Mancha. El valor literario del libro, en pleno siglo XVI y más adelante obedece a razones mucho más sólidas y trascendentes que la ubicación de un dato suelto como aquel.

La conclusión del artículo manifiesta que este aspira a plantear una nueva lectura de Don Quijote a través de la contribución del auténtico lugar de la Mancha. Los autores afirman que saber que se trata de Villanueva de los Infantes ayudará a “comprender y explicar mejor el comportamiento personal de don Quijote y Sancho” (p. 152), entre otros beneficios (como revelar la estructura geográfica escondida de la novela). El siguiente paso, me imagino, sería hacer un estudio etnográfico (o interdisciplinario, de preferencia) de los hidalgos y los villanos de Villanueva de los Infantes para analizar con mayor profundidad las actitudes de la pareja protagónica, es decir asumir que fueron sujetos de carne y hueso. Discrepo de este sendero crítico. Lo particular de los personajes literarios, precisamente, es que los podemos conocer mejor que a las personas reales. Una nueva lectura de don Quijote consistiría en descubrir un tema nuevo (un tema literario, no una anécdota), una técnica desatendida o una dimensión cultural que estaba sumergida (si lo de dejar enigmas fuera una práctica usual en el Siglo de Oro, vaya y pase, pero no es el caso). Incluso admitiendo que el lugar de la Mancha fuera efectivamente Villanueva de los Infantes, se trata de un hecho ajeno al fenómeno literario que es Don Quijote como novela, aunque sí sea pertinente y primordial para campañas turísticas y orgullo identitario. Visto así, sería en todo caso un episodio de la recepción de Don Quijote alrededor de su cuarto aniversario o una nota a pie de pagina en una próxima edición del texto auspiciada por una diputación u otro gobierno local manchego.

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