Lecturas extemporáneas: ¿la buena literatura siempre es subversiva?

Recientemente encontré una nueva columna de Mario Vargas Llosa en la que este volvía a un viejo postulado de su ensayo La verdad de las mentiras: “La buena literatura es siempre subversiva”. Para ilustrar la idea, repetía el dato de la prohibición de leer libros de ficción [“novelas” las denomina él] que el Santo Oficio había impuesto a los indígenas en América. Según él, la razón de prohibirlas sería que “[…] ellas [las novelas] expresan siempre un descontento, la ilusión de una realidad diferente, por las buenas o las malas razones”. Lo cierto es que la condición de “malas lecturas” que recibieron los libros de ficción en los siglos XVI y XVII obedecía más que nada a que, por ser lecturas populares, podían ser leídas por personas sin mayor formación por entonces (como los indígenas, los niños y las mujeres) que no iban a poder entender su naturaleza de historias imaginarias. Don Quijote de la Mancha, entre otras cosas, se ocupa del espinoso asunto de la recepción, tanto como de la naturaleza de la ficción misma: ¿cómo leer adecuadamente, disfrutando una «mentira» sin caer en la confusión? En el libro se presentan varios lectores ingenuos que confunden realidad y ficción, como el ventero (Palomeque El Zurdo) y hasta el mismo héroe novelesco (aunque a causa de su locura). Cervantes nos hubiera dicho, entonces, que en el centro del debate se encuentra no tanto el rol intrínsecamente fantasioso y escapista de la ficción (al margen de la necesidad de la verosimilitud, que para él es de rigor), sino en la forma en que la procesamos. Vista así, aquella prohibición de los inquisidores no tiene que ver con la naturaleza de la ficción, sino con el comportamiento de ciertos receptores, a los que (paternalmente) se intentaba proteger de las “malas lecturas”, que eran malas no por su contenido sino por la supuesta impericia del lector. El inquisidor no censura la ficción como género, sino que restringe la lectura torpe de las ficciones, cuyas exageraciones podían influir perniciosamente en algunos ignorantes (así se consideraba a los indígenas como masa). De igual manera, aquella “ilusión de una realidad diferente”, que observa Vargas Llosa, tiene más que ver con la experiencia del lector que con el texto mismo.

Hecha esa aclaración sencilla, hay que admitir que la susodicha teoría, que complementa aquella otra más antigua de los demonios del novelista, es seductora, pero más para entender la poética del Mario Vargas Llosa detrás de sus novelas que para juzgar la ficción como modalidad literaria. La bendita “subversión” es atractiva como idea, mucho más para un intelectual (individuo generalmente pasivo), porque es un ideal romántico y rebelde. Pero la rebeldía o la subversión son criterios tan válidos per se como la eutrapelia del Aquinate o el utile dulci del camarada Horacio: al final, todo depende de la poética particular que pare un texto. Lo digo porque durante siglos el criterio para estimar un relato literario no pasaba por su cualidad de subversivo o rebelde. Dudo mucho que pueda catalogarse como “subversiva” en sentido vargasllosiano a la Eneida, tanto como dudo que pueda cuestionarse su profunda influencia en la narrativa de todas las lenguas europeas modernas durante al menos dieciséis siglos, aunque ahora solo la lean cinco entendidos (y tres de ellos en traducción). La Eneida tenía aventura, poesía, personajes paradigmáticos, grandes discursos… épica, en suma, que era un género tan deleitoso y colosal como se lo propusieron muchas películas del siglo XX. Dudo que los lectores fascinados de Virgilio en el siglo XII, de Cervantes en el XVII o de Laurence Sterne en el XVIII considerasen el placer de la subversión como parte del goce literario; aunque quizás el cándido lector de Céline o de Henry Miller en el siglo XX tal vez sí.

Todo lo dicho apunta a que la creencia de que la “buena literatura”, de cualquier época, debe mostrar algún tipo de rebeldía o insumisión frente a la realidad puede llevar a lecturas desaforadas, producto de la ignorancia de los contextos de producción y un gran entusiasmo que ciega al lector en torno a la distancia temporal o cultural. Hace poco cayó en mis manos el curioso volumen El combate imaginario. Las cartas de batalla de Joanot Martorell, con edición y estudio de Martín de Riquer, y con prólogo de Vargas Llosa. Sus respectivas lecturas (de Riquer y Mario Vargas) no pueden ser más distintas. Mientras Vargas Llosa detecta y profundiza en el “elemento añadido” de las cartas, que sería el factor ficcional, es decir inconformista, ergo subversivo en los textos de Martorell; Riquer ilustra al lector lego en torno a las convenciones retóricas y culturales, es decir los tópicos, que incluyen las cartas, con casi siempre los mismos ejemplos en los que Vargas Llosa encontraba ímpetu fantasioso. Dicho de otra manera: todo lo que para el novelista arequipeño es subversión y afán de negar la realidad cotidiana, para Riquer (respaldado por su conocimiento de la época) es testimonio de la más completa adherencia de Martorell a los valores y lugares comunes de la sociedad caballeresca en la que vivió. ¿Cuál de las lecturas es la más convincente para comprender las cartas de Martorell? ¿Cuál de las dos es la que puede resultar más estimulante para un creador de ficciones a la manera vargasllosiana? Júzguelo el lector.

Finalmente, la subversión, que básicamente significa ‘alterar el orden establecido’, es una palabra comodín que puede legitimar casi cualquier texto desde hace al menos tres décadas. Es admirable su duración, considerando que otros términos equivalentes (por lo de comodines) han pasado de moda ya. En los setentas, la palabra mágica era marginal; en los noventas, subalterno; con el nuevo milenio, se despolitizó y popularizó la disidencia (que venía de la Guerra Fría y ahora tiene valor cultural). Últimamente la palabra clave es resistencia o resistente. La crítica académica actual, que goza acuñando y difundido términos así, está llena de estos vocablos. Detrás de ello se encuentra aquella misma concepción romántica que reconoce en una supuesta rebeldía un factor prestigioso, al margen de criterios un tanto más técnicos que eran tan o más relevantes en la literatura más clásica (o menos postmoderna, según se quiera ver). Hoy se pretende valorar textos literarios de toda laya por quién los escribe, por su genealogía o por el color de tinta que usa a la búsqueda de eso mismo que obsesionaba a Vargas Llosa hace cincuenta años: la bendita y nunca bien ponderada subversión.

Publicado por orodeindias

Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis

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