“Miau” de Benito Pérez Galdós

9788420673639Miau es una novela en la que se respira una mezcla de fracaso y vana ilusión en cada página. Hace algunas décadas, Julio Ramón Ribeyro se ganó el apelativo de “mejor escritor peruano del siglo XIX” de parte de Wolfgang Luchting, crítico alemán que seguramente pensaba en narraciones realistas como esta de Benito Pérez Galdós, en algún cuento de Flaubert o Maupassant cuando se le ocurrió tan feliz aserto.

El mundo de Miau proviene de uno de los proyectos más ambiciosos de Pérez Galdós después de los Episodios nacionales: Fortunata y Jacinta. Aquel Villaamil que aparece, como un personaje desgraciado más, entre las decenas que aparecen en la vasta novela del infame Delfín, tiene el protagonismo absoluto en Miau, junto a su familia que sufre con él los reveses de la pobreza vergonzante. El viejo Villaamil, que perdió el trabajo a poco de poder jubilarse, no hace más que escribir cartas a amigos y colegas con el ruego de ser colocado, es decir reincorporado como funcionario en alguna oficina estatal. Su sueño no es solo de comodidad económica, ya que Villaamil cree que puede contribuir efectivamente a la regeneración de España con ideas que urge implementar, entre ellas el income tax anglosajón. Frente a esos planes magníficos de reforma, el entorno al que aspira volver le parece que se ha vuelto mediocre, lleno de funcionarios conformistas que solo buscan el trabajo fijo sin contribuir al país. Villaamil es tragicómico, porque resulta difícil comprender para los demás la mezcla de idealismo, que lo lleva a defender con tanto ahínco sus ideas y su retorno al empleo público, y fatalismo, que también lo hace pensar, lleno de frustración, que no se merece volver precisamente porque nadie lo valora. La identidad de Villaamil es la del anhelante, el que nunca consigue porque si lo hiciera perdería el sentido de su existencia. Así, se la pasa abrazado a eso que el narrador de la novela llama “el sistema de esperar desesperando”.

Villaamil no está solo, sino que en su desgracia lo acompañan su esposa, Pura, con quien la pena de la convivencia lo ha vuelto infeliz por décadas; Milagros, su cuñada, que no llegó al estrellato operístico; su hija, la pobre Abelarda, a la que ya se le está pasando la vida y no tiene cuándo casarse; y su nieto, Luisito Cadalso, la alegría de la casa, que no obstante sufre viendo la derrota anticipada de su abuelo, en quien se cifran todas las esperanzas de recuperar la bonanza del pasado. A esa prole se suma, avanzada la novela, el yerno, Luis Cadalso, el padre de Luisito, otro pretendiente a ser colocado, quien vuelve a la casa de Villaamil recurriendo a sus vínculos de familia política y la memoria de su esposa fallecida, hija del anciano. Luis Cadalso es otro que navega las aguas agitadas de la burocracia y entra en la competencia con su antiguo suegro, que lo ve como un pícaro hábil para colocarse más rápido no por sus méritos sino por su astucia. A Luis Cadalso, es cierto, no le faltan armas para encandilar y lograr lo que se proponga, mucho más cuando vea a su cuñada Abelarda tan cándida y dispuesta a enamorarse…

En medio de tanta miseria en cooperativa, el niño Cadalso o Cadalsito provee de luz la narración, con sus sueños en los que Cristo le habla, orienta y permite entender la naturaleza de la vida de su familia ruinosa. Recordemos que es Cadalsito quien orienta a su abuelo a decidirse a dar el paso definitivo en las últimas páginas de la novela. La vida a la que aspira no es más que un infierno, con olor de tabaco, impaciencia y lentitud frente a una resolución de un trámite que parece no llegará nunca:

Ni Dante ni Quevedo soñaron, en sus fantásticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta mansión, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y carraspeo de los empleados que van a ocupar sus mesas colgando capa y hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de agua, de paletadas de carbón, a la atmósfera tabacosa, a las órdenes dadas de pupitre a pupitre, y al tráfago y zumbido, en fin de esas colmenas donde se labra el panel amargo de la Administración.

El mundo madrileño de Pérez Galdós es delicioso cuando se lo frecuenta. Allí está la tristeza de la oficina pública, las cuestas que el pequeño burgués sube y baja barajando sus pensamientos, los bodegones en los que un cocido puede hacerte sentir feliz, los cafés en los que se discute de política, el cuarto de pensión en que se cometen infidelidades, o las iglesias en que hombres y mujeres van a buscar el perdón. Definitivamente, hay que volver a Galdós.

Nota bene: me reservo explicar, o siquiera comentar, el significado del título de la novela, pues tiene mucha miga. Sus muchas connotaciones (entre ellas el característico mote de gatos para los madrileños) se las dejo a la discreta lectora.

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A propósito de “Imperiofobia y leyenda negra”

9788416854233_L38_04_xComo muchas personas, leí Imperiofobia y leyenda negra como parte de mi recolección de novedades editoriales. El libro ha sido un best seller impresionante para ser un libro de historia y la autora ha pasado a convertirse en una pequeña celebridad. Por ende, se ha convertido en formadora de opinión. Últimamente, por ejemplo, hizo comentarios sobre la serie La peste, que provocaron más opiniones, tanto a favor como en contra. No sé si a Roca Barea le agrada estar, por unas horas, en el centro de las noticias y de la atención de las redes sociales. No la envidio por ello.

De todo lo que puede decirse en torno a su libro, creo que hay cierto consenso en que el grueso de información que maneja no es novedoso para los especialistas en los temas que aborda, a saber: que la leyenda negra no es más que eso, una leyenda. En ese sentido, Imperiofobia y leyenda negra buscaba, me imagino, proyectarse a lectores curiosos o intelectuales que requieren argumentos históricos para defender o atacar ciertas posturas. Se percibe en Roca Barea un afán didáctico ciertamente encomiable, considerando que las humanidades están de capa caída, que la gente lee cada vez menos y no le apetece pensar en el pasado. El problema de Imperiofobia y leyenda negra no es, entonces, tanto su precisión o imprecisión histórica, que debe discutirse en los foros adecuados (es decir los académicos), sino su empleo como arma política. En eso, la autora (más que su texto) ha dado mucho que hablar, a través de entrevistas y columnas en prensa, en las que es posible que salgan a luz afirmaciones en las que, por afán de síntesis o hablando fuera de contexto, se acaba por decir digo cuando se dijo diego.

Roca Barea se ha comido el pleito de los media con valentía y esgrime su libro como si fuera un alegato frente al pensamiento políticamente correcto, más que nada del grupo que se considera generalmente el de los progres y, por extensión, cierta intelectualidad universitaria, a la que le interesaría mantener viva todo lo que se pueda la leyenda negra y la fobia hacia el imperio español. La autora ha cosechado lo sembrado y algunas refutaciones ya circulan por redes, azuzadas, repito, más que nada por su manejo de la prensa que por el libro propiamente dicho, que se sigue leyendo y difundiendo. Es ciertamente complicado asumir que un libro sea una “biblia”, en el sentido de “verdad irrefutable”, sobre un tema, mucho menos cuando se aborda tantos como hace Roca Barea. A su pesar, me imagino, Imperiofobia y leyenda negra podría convertirse en la biblia del conservador que, apoyándose en el texto, quiera defender el magnífico funcionamiento de las colonias americanas o la labor civilizadora de España. No creo que ningún autor o autora desee que su obra sea apropiada como arma arrojadiza por ninguna ideología (ni de derecha ni de izquierda). Los libros-manifiesto (pienso en Las venas abiertas de América Latina) envejecen pronto, envenenan el debate y llevan a tristes actos de mea culpa a sus autores en una edad tardía, lo cual los hace más lamentables. Temo que Imperiofobia corra la suerte de Las venas… en la casa del vecino de enfrente, pero lo veo venir.

Leí Imperiofobia y leyenda negra intentando dejar de lado prejuicios. En lo que concierne al periodo del Siglo de Oro, por ejemplo, creo que el punto que intenta defender la autora con toda su retahíla de información, argumentación y bibliografía es que España no fue ni más ni menos violenta o intolerante que sus pares europeos. El problema es que, con tanto entusiasmo puesto en desmontar la leyenda negra, se inclina a ratos, quizás inconscientemente, a insinuar una leyenda rosa: los españoles pasan, así, de salvajes saqueadores a modélicos civilizadores, y probablemente no fueron ni lo uno ni lo otro.

Quizás por un escepticismo de raíz onettiana o ribeyriana, o simplemente por los golpes en la vida (tan fuertes yo no sé), no descalifico por completo a Roca Barea ni tampoco denuesto a ciegas a sus detractores. En España hubo severa inquisición, cierto; que mató gente, cierto; que no fue tan violenta como ya sostuvieron antes de Roca Barea otros autores, cierto; que su impacto en la vida de la gente no fue tan superficial como quisiera Roca Barea, cierto. En torno a la pérfida Albión y otros territorios protestantes: que sus métodos de persecución religiosa no se quedaban muy atrás de los de la Inquisición, cierto. Que la Inquisición, por contraste, ha recibido históricamente más mala prensa, cierto. Y también es cierto que mucho boquiflojo achaca cualquier mal del pasado o del presente a la Inquisición, sin haber leído una línea sobre ella, simplemente llevado por el pensamiento común o lo que todo el mundo sabe, porque lo vio en Monty Python o porque tal o cual respetable lo afirmaba. Con decir que en el museo de la inquisición de Lima aún hay guías que te hablan de los indígenas que fueron torturados allí…

Más complicado resulta aceptar, sin matices, el tema de la tranquilidad en los territorios americanos. Es cierto que Roca Barea minimiza los alzamientos y los considera casos aislados. Miguel Martínez ha recordado los principales que la autora ha pasado por alto, sea por ignorancia o por no querer admitir su importancia. Me animo a pensar que aquí la discrepancia se encuentra en la percepción del acontecimiento en relación con su pervivencia a largo plazo, eso que en historia llaman, desde Braudel, la larga duración. Para reducir la mirada a la región andina, por ejemplo, considérese que, después de la muerte de Gonzalo Pizarro (1548), entre los siglos XVI y XVII hubo, naturalmente, alzamientos en diversas áreas y tiempos, pero ninguno, visto en el extenso arco de trescientos años, representó un peligro real de desmembramiento de la colonia. En otras palabras, si queremos ver el vaso medio lleno, podemos enumerar todos los alzamientos y decir que son evidencia patente de un fenómeno estructural; si queremos verlo medio vacío, podemos preguntarnos cuántos de esos alzamientos pusieron al virreinato al borde del abismo como para ser la manifestación de una constante relevante para el análisis de larga duración o son simplemente eventos coyunturales.

Habrá que esperar a la rebelión de Túpac Amaru a fines del XVIII para ver algo parecido a un miedo de colapso del orden colonial en el área andina. Con todo, este miedo, como lo ha estudiado Charles Walker, estaba basado en la extrema violencia cometida por ambos bandos (los realistas y los rebeldes que se achacaban por igual el tú empezaste primero), así como en la inminencia de un encuentro que nunca ocurrió: el de los rebeldes de Túpac Catari con los de Túpac Amaru, los cuales nunca llegaron a ponerse de acuerdo básicamente por discrepancias de liderazgo.

La rebelión de Túpac Amaru es un episodio fascinante de la historia colonial, sin duda, pero tampoco debe generar fantasías. Se trata de la historia de un fracaso, que tuvo, no obstante, al virreinato peruano en vilo por poco más de un año (o casi dos, que suena a más). Detenerse en su estudio también permite entender no solo la resistencia indígena (como ya se ha resaltado bastante), sino un hecho real que favoreció su derrota: la fidelidad a la autoridad del rey de buen número de los caciques, muchos de los cuales veían a Túpac Amaru como un pretencioso que aspiraba a ser reconocido como inca sin poseer el abolengo necesario. A su vez, los herederos políticos de Túpac Amaru no veían con buenos ojos a los líderes cataristas, por considerarlos inferiores en sangre (porque entre indígenas también había discriminación nobiliaria). Como se ve, la rebelión de Túpac Amaru es un fenómeno complejo que daría argumentos tanto a favor de una postura a lo Roca Barea como a la postura contraria, de tipo indigenista, que impregnó su estudio sobre todo en la década de 1970.

Hacer crítica desde la izquierda o desde la derecha puede tergiversar por igual el debate. “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”, decían los peripatéticos. El problema es que los amigos de Platón tenderán a gritarte ¡p… aristotélico! Y estos últimos te verán con sospecha cuando cuestiones su idea del ser. Por ello, es más cómodo definirse como aristotélico o platónico, a secas: siempre tendrás followers que te apoyen frente a tus haters.

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“Seminario sobre el Quijote” de Alicia Parodi

9789502327433En la América hispana, el Siglo de Oro tiene dos plazas históricamente fuertes: México y Argentina. Una explicación posible a esta presencia de la literatura peninsular en ambos países se podría encontrar en el exilio republicano en el marco de la guerra civil. En efecto, la consolidación del Colegio de México, originalmente “Casa de España en México” (1938-1940), vino de la mano de exiliados que llegaron bajo el amparo de Alfonso Reyes, el primer director de la institución. Sin embargo, en Argentina la migración de investigadores españoles empezó antes: Amado Alonso había llegado en 1927 y dirigió el instituto de filología que ahora lleva su nombre hasta 1946, cuando se fue a trabajar a Harvard.

El legado de Amado Alonso en Buenos Aires a través del famoso instituto subsistió a lo largo del siglo XX con investigadores como Marco Morínigo, Isaías Lerner o Celina Sabor de Cortázar y puede encontrarse todavía hoy en figuras como Melchora Romanos o la propia Alicia Parodi, autora de este Seminario sobre el Quijote que se publicó el año pasado en las señeras prensas de Eudeba. La vitalidad del cervantismo y por extensión el siglodorismo en Argentina está asegurado, de la mano de otros nombres, más recientes pero ya consolidados, como los de Juan Diego Vila, Julia D’Onofrio y Clea Gerber, entre otros. Los trabajos cervantinos de estos investigadores están respaldados no solo por una tradición crítica y un magisterio que empezaron alrededor del instituto, sino también por una de las contribuciones americanas más eminentes a la filología aurisecular: la edición de Don Quijote de la Mancha que prepararon Celina Sabor de Cortázar e Isaías Lerner en 1969. La envergadura del proyecto no era, precisamente, inusitada en Argentina, si recordamos que Ángel Rosenblat había llevado a cabo, veinte años antes, su sobresaliente edición de los Comentarios reales y la Historia general del Perú del Inca Garcilaso también al amparo del Instituto de Filología.

Todo lo dicho hasta aquí constituye el contexto intelectual en el que se formó Alicia Parodi, quien nos ofrece en Seminario sobre el Quijote su lectura, con horizontes de ser orgánica, de la magna novela cervantina. Parodi se propone una interpretación alegórica de Don Quijote, a través del concepto de “figura”, de raigambre medieval, que se mantuvo vigente durante el Siglo de Oro. La “figura”, según la estudió Erich Auerbarch, empezó como una forma de armonizar textos distantes entre sí a través de imágenes que se fagocitan unas a otras y parecen replicarse en un larga la cadena de metáforas que genera la alegoría. Esta perspectiva recupera al don Quijote “caballero cristiano”, como gustaba decir Amado Alonso, que se propone ser, en palabras de Alicia Parodi que remiten a la Biblia, “hombre de Cristo”. La investigadora rastrea, a través de la lectura “figural”, una serie extensa de referencias, imágenes y alusiones que encierran el complejo mundo cervantino donde se sitúa el héroe arquetípico que debe enfrentar el mal. Igualmente, explora la innovación entre la primera y la segunda parte. Así, el Don Quijote de 1615 se ciñe a un modelo teatral, eminentemente cómico. A propósito de ello, en comunicación personal, Alicia Parodi me mencionó que hace poco descubrió, gracias a este blog, el estudio de Knud Togeby sobre La estructura del Quijote y le agradó encontrar inesperadas concomitancias con su trabajo.

La lectura de Seminario del Quijote es rica en ideas y referencias a tener en cuenta para entender, capítulo a capítulo, las dos partes de la novela, así como su complejo armazón. Como declara la misma investigadora en su prólogo, este libro se propone como el tipo de guía de lectura que en inglés se conoce con el nombre de Companion. Yo lo llamaría, siguiendo con la lengua de Edward C. Riley, The Argentinean Companion to Don Quijote. Alicia Parodi conoce bien la ingente bibliografía cervantina, pero resulta evidente que su interpretación se sostiene en hombros de colegas del Río de la Plata con los que comparte buena parte de sus métodos y criterios teóricos. Ningún investigador trabaja solo y satisface comprobar que quien escribe lo hace rodeado de una comunidad de colegas que a través de sus propios trabajos van trazando los senderos por los que se deslizan nuestras ideas, impulsadas por sugerencias y hallazgos previos. En suma, Seminario sobre el Quijote de Alicia Parodi nos ofrece la visión más orgánica y representativa del cervantismo gestado en la vecina orilla.

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“El amigo Manso” de Benito Pérez Galdós

48595450Aunque suene a frase trillada, hay que volver a Benito Pérez Galdós, el gran narrador de la escena española decimonónica, junto a Clarín. No lo hagamos, evidentemente, a la búsqueda de pirotecnias postestructuralistas o juegos con el tiempo narrativo, o por una desafiante deconstrucción del lenguaje, sino por el placer de leer aquellas historias sencillas que el realismo mejor practicado convirtió en dramas cotidianos o propios de la vida pequeñoburguesa. El amigo Manso, novela compuesta en 1882, puede ser una buena puerta de entrada al universo galdosiano para el curioso lector. Luego, tal vez Tristana o Tormento confirmen nuestro interés. Llegará, todo a su momento, la magna Fortunata y Jacinta y habremos recuperado un clásico.

El amigo Manso cuenta, en primera persona, la vida del disciplinado profesor de filosofía Máximo Manso, cuyo nombre denota lo esencial de su carácter: nuestro protagonista es la persona más serena, correcta y noble que podremos encontrar en un Madrid lleno de gente ansiosa por medrar y un clima político propicio para los trapicheos. Manso es, en el buen sentido de la palabra, un buen hombre, tanto que lo de “manso” es su santo y seña para ser escuchado, respetado y hasta venerado por algunos. Sin enemigos, ordenado y amable, es “el amigo” que sabe aconsejar, se hace querer y en el que se puede confiar. Es un filósofo que vive una apacible vida retirada, que practica un sentido férreo de la moral a través de un estoicismo difícil de entender para sus congéneres. Máximo Manso hubiera entendido al padre de Borges, aquel profesor de psicología, poeta a escondidas, que le decía a su hijo: cómo me gustaría ser el hombre invisible. Manso aspiraba a eso, a una vida que de tan sosegada rozaría la invisibilidad; tanto es su convencimiento de la bajura de las ambiciones humanas y los vicios que lo rodean.

Sin embargo, para que la novela se desate, esta vida de intelectual recogido viene a interrumpirse ante la aparición de su hermano mayor, José, un indiano que regresa enriquecido y con una extensa familia formada en ultramar. Máximo Manso los acoge y ayuda a que se integren a la ciudad, con las consecuencias que eso le trae. Para empezar, se revela en esta nueva familia buena parte de las vulgaridades que más lo irritan. Su hermano, el hombre con sentido práctico, ambicioso y emprendedor, se propone hacer carrera política, en tanto su esposa e hijos deben aculturarse de inmediato. Mediante la voz de Máximo Manso (quizás alter ego del escritor), la pluma de Pérez Galdós elabora una crítica feroz de la sociedad de su tiempo, manejando un humor satírico que apunta al mal gusto de los nuevos ricos (como la familia de su hermano) como al de los que se han empobrecido y lloran su miseria (como la infame Cándida).

La novela está dividida en capítulos muy breves, que condensan los acontecimientos que, a través de la mirada de Manso, se nos presentan como ridículos, afectados, pretenciosos y hasta falsos. Entre ellos, destaca el de aquella velada que organizó la chirriante y oportunista Sociedad de Inválidos de la Industria. Cada acto de ese prolongado programa teatral confirma todo lo que Manso ve y cuestiona: el encumbramiento de los necios, los que apelan al ruido y a la demagogia. Su discurso, mesurado y al punto, resulta opacado por el de Manuel Peña, Peñita, Manolo, su discípulo amado, paradójicamente, que nacerá esa noche para la vida pública y el reconocimiento.

El amigo Manso puede leerse también como una recreación quijotesca romántica. Idealismos aparte (que lo hacen enamorarse platónicamente de la desdichada sobrina de Cándida, Irene), Manso se porta como un Quijote especialmente durante la segunda mitad de la novela, cuando otros personajes empiezan a llamarlo, con razón, “caballero andante”. Manso cree que puede desfacer agravios y enderezar entuertos en lo que concierne a lo que él pensaba que era el acoso de su hermano, con apoyo de la taimada Cándida, hacia la pobre Irene. Pero luego descubrirá que Irene no es tan ingenua y que también tiene sus culpas, no tanto con su hermano José (que sin lo de Irene ya es un canalla), sino con el propio Peñita. Los de Máximo Manso no son tiempos de honor y grandes valores morales, sino del reino de la manipulación y el interés. Con razón la madre de su discípulo llega a llamarlo, despectivamente, “quijotero”. En efecto, la vida es dura y sucia, por lo que Manso podría exclamar este mundo no es para mí. O, mejor, paren el mundo que aquí me bajo.

Me inclino a ver El amigo Manso como una tragicomedia: propone temas serios, en torno a la ética (la mentira, la hipocresía, la vanidad) a la vez que impregna su representación del mundo de una una mirada satírica que alcanza pasajes cómicos muy sabrosos cuando se trata de denunciar aquel pragmatismo vacío que encubre la ignorancia y la arbitrariedad. Todos mienten, todos tienen ocultas intenciones. La mejor lección en torno a esto se la da al protagonista aquella que parece la víctima más indefensa de ese sistema de embrutecimiento: Irene, su amor platónico, quien podrá conjugar saber libresco y pragmatismo desde su posición vulnerable de mujer.

Al final, todo pasa y, tristemente, poco o nada queda de las buenas intenciones y actos del filósofo quijotesco. Las enseñanzas de Manso quedan arrimadas o de plano olvidadas por quienes estudiaron con él. Triunfan la vanidad y la ambición. Y a Manso solo le queda marcharse de esta vida. Como otro Quijote, se deja morir de melancolía y desengaño. Su mejor discípulo, Manuel Peña, Peñita, en cambio, triunfa: hace una prominente carrera política y experimenta el ascenso social a través de su gran habilidad para aquella “mecánica civil” (inolvidable frase de Galdós) que es el ejercicio de la vida del hombre exitoso ayer, hoy y siempre. En conclusión, considerando que el mundo no ha cambiado mucho entre el Madrid de El amigo Manso y los años que corren, volvamos a Galdós, cuya pluma sigue ágil, socarrona y comprometida con las causas justas.

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“El hombre en el castillo” de Philip K. Dick

9788445001844En las memorables clases sobre Jorge Luis Borges que ofreció Ricardo Piglia en la televisión pública argentina, aparecían muchas ideas, comentarios y sugerencias alrededor de la obra del autor de El Aleph. Entre los muchos valores que Piglia reconocía en Borges se encontraba su influencia, que se ponía de manifiesto en modelos narrativos que, en la literatura hispánica, llamamos literatura fantástica, pero que en otras lenguas han merecido otro tratamiento. Una novela como El hombre en el castillo, decía Piglia, no puede explicarse sin un relato como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Borges: la posibilidad de mundos paralelos, los juegos con el tiempo y el azar, los escenarios históricos alternativos y la mirada caleidoscópica se encuentran con creces en este libro de Philip K Dick. Hasta hace poco, el norteamericano era más famoso por ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, texto que provocó la adaptación cinematográfica, bastante libre, Blade Runner (1982) de Ridley Scott, película ahora mítica.

Solo en años recientes el nombre de Dick ha vuelto a los grandes titulares (aunque siempre ha tenido un público fiel) gracias a la serie The Man in the High Castle, que ya va por su tercera temporada y también es una adaptación con muchas licencias y líneas narrativas nuevas que únicamente ha recogido la situación contrahistórica que la novela original plantea: la victoria del Eje en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo sería el mundo de haber ocurrido la derrota de los aliados? El ejercicio de la ucronía ofrece muchas posibilidades narrativas. Estados Unidos se parece a la Alemania que fue realmente derrotada en 1945, pues se ha dividido en dos zonas, la del oeste bajo el control de Japón y la del este en manos de los nazis. Entre las dos áreas de ocupación, hay un territorio intermedio en el que se encuentran los Estados Unidos libres. La población del África fue exterminada. Inglaterra es el único país que resiste.

En este mundo de The Man in the High Castle, los norteamericanos son cautivos de los japoneses. San Francisco es una ciudad colonial en la que existe un sutil apartheid que sufren los blancos. Sin embargo, a colonizadores y colonizados les une la práctica del I Ching, el juego adivinatorio también conocido como Juego de los cambios. Todas las dudas, ansiedades y decisiones vitales se resuelven echando los palillos e interpretando los hexagramas, cuyas respuestas a veces pueden ser más crípticas que las que ofrece el Tarot. El I Ching es también una filosofía, un lenguaje y hasta un método de acercamiento a la realidad. Las iluminaciones las ofrece el I Ching. De allí que, en un mundo de opresión, en el que se ha perdido toda fe tras los desastres de la guerra, las personas se refugien en él.

Al I Ching también había apelado el autor de La langosta se ha posado, el misterioso Abendsen, de quien se dice que vive en un castillo en la zona liberada que son las montañas de Colorado. El título de El hombre en el castillo se refiere a la figura de aquel escritor cuya novela, aunque está prohibida, pasa de mano en mano, porque en ella se cuenta lo que es ucronía dentro de aquel universo narrativo diseñado por Philip K. Dick: un orden mundial en el que los aliados triunfaron. ¿Cuál de esos mundos (el de la libertad o la colonia, el de La langosta se ha posado o el que viven los personajes cuyos dramas leemos) es el real? ¿Coexisten acaso? Eso parece revelar la experiencia del señor Tagomi, quien al observar intrigado el triángulo metálico que le entregó Childan, sufre un arrebato que le muestra un espacio y tiempo totalmente alternativos. Aquel objeto, mágico, misterioso y ordinario a la vez, opera como un aleph, ya que es un punto en el espacio que abre el resquicio hacia un vasto universo:

¿Quién eres? preguntó el señor Tagomi al triángulo de plata. ¿El oscuro yin muerto o el brillante yang vivo? El triángulo de plata le bailó en la palma, encegueciéndolo. Tagomi entornó los ojos y miró el movimiento de las llamas.
Cuerpo de yin, alma de yang, metal y fuego unidos, lo interior y lo exterior; el microcosmos en la palma de la mano.

El miedo, el horror, a la locura hace que el señor Tagomi prosiga su vida, tal como el sufrido Borges del cuento El Aleph preferiría abandonar el ático de Carlos Argentino Daneri. Evidentemente Philip K. Dick leyó al autor de Ficciones. La referida experiencia de Tagomi es solo uno de los mejores pasajes de El hombre en el castillo, libro de lectura muy recomendable. Se puede encontrar actualmente en la remozada colección Minotauro (la magnífica editorial argentina que difundió tanto la ciencia ficción en los años setenta), adquirida hace unos años por Planeta.

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“Los diarios de Emilio Renzi: un día en la vida” de Ricardo Piglia

72e3fc35c0b34f5fce7bfad8ea45613d23a480b9Se me hizo costumbre en años recientes leer el nuevo volumen de Los diarios de Emilio Renzi en el avión de vuelta a casa tras las fiestas. Este es el último año que empiezo leyendo novedades de Piglia. Los diarios de Emilio Renzi llegan a su fin con el tercer tomo, llamado Un día en la vida. Libro póstumo, aunque planeado sabiamente por su autor, quien no alcanzó a verlo publicado este año que acaba de pasar (falleció en enero de 2017). Los diarios son la mejor despedida de Piglia de la literatura, su canto de cisne, compuesto y ordenado cuando la extraña enfermedad que le aquejaba lo iba consumiendo y mermando sus habilidades.

Un día en la vida está organizado en tres partes. La primera cubre el periodo 1976-1982, el de la dictadura militar argentina, y nos presenta a un Renzi ya totalmente insertado en el mundo cultural bonaerense, decidido a quedarse en el país (con incursiones periódicas a Estados Unidos). Su vida de escritor, por la que tanto había trabajado según deja testimonio en los volúmenes anteriores, se encuentra totalmente consolidada ahora: se gana la vida leyendo (para dar clases o para editar textos ajenos) y vive para escribir. Estos seis años de dictadura generan los “diarios de la peste”, lo que vuelve la escritura en un acto de exorcismo o incluso expiación. Junto a notas de lectura y reflexiones sagaces, en estos textos se evidencia la posición de Piglia respecto de la crítica de su tiempo: toma distancia del marcado sesgo sociológico que imperaba por entonces (hay que ver sus reservas frente a Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano), a la vez que conoce y discute las teorías de moda (daba seminarios sobre Deleuze y Lacan, entre otros). Con la crisis de la mediana edad, Piglia incluso desarrolla el motivo de la tentación del fracaso, entendido como la vida burguesa que tiene al alcance de la mano a estas alturas de su carrera:

Yo podría ganarme “decentemente” la vida, hacer traducciones, mejorar mi trabajo en la editorial, hacerme ver más seguido, dar más cursos, escribir de cuando en cuando notas en los periódicos (pero no en esta época). No imaginar nada para mí. Leer, esperar el futuro; podría entonces, quizá, estar más tranquilo. Curiosamente, eso es el fracaso –o sería el fracaso para mí- que desde los veinte años he buscado, hacerme la vida más difícil, como si eso fuera la condición del arte… (p. 70)

En estos mismos años, según se puede leer entre líneas, Piglia acariciaba la idea del suicidio (no el suicidio propiamente dicho), ya que la ansiedad por alcanzar una escritura notable lo carcome: “Desde siempre, nunca he deseado otra cosa que ser un gran escritor y la gloria inmortal, pero ya se ve y se entiende a lo que han quedado reducidas las ilusiones”, escribe en 1979, cerca de los cuarenta años. Entonces aparece el proyecto de Respiración artificial, del que se expone su evolución (empezó llamándose La prolijidad de lo real) y proceso de escritura. La culmina en 1980, pero, pese a su buena recepción, Piglia no se da por satisfecho. En febrero de 1982 aún escribe: “El suicidio sería el cierre lógico de esa vida [del diario]. Porque nunca he vivido nada con tanta intensidad como la certeza del fracaso. Todo ha sido precario (adentro), más allá de lo que se vea en la superficie”.

Una nota aparte se merecen las reflexiones de Piglia sobre las mezquindades de la vida literaria, inevitables en todas partes (lo que cuenta no es muy diferente a lo que se puede escuchar que ocurre en España o en Perú). El final de la dictadura le suscita la convicción de que el panorama literario ha cambiado y le resulta algo ajeno: ya no existe la posibilidad de escribir desde la contracultura (abrazar la figura de Arlt como él se propuso era un ejemplo de ello):

Pero ahora todos éramos figuritas de un escenario empobrecido y debíamos jugar el juego que dominaba el mundo […] Por eso había pensado que esa temporada de su vida había terminado y que los veinticinco años dedicados a convertirse en un escritor estaban concluidos. Y lo que venía después era previsible y mundano y no formaba parte de la historia de la formación de su espíritu personal. (p. 160).

Esto explica que las siguientes partes de este volumen carezcan de fechas precisas y las entradas sean cada vez más ralas. Ser profuso en su vida literaria posterior a 1982 pasaría quizás por los diarios de un escritor exitoso (que ya lo era) y podría interpretarse como una exhibición del ego y mera chismografía (gesto típico de otros escritores, mas no de Piglia). Tras los “diarios de la peste”, Piglia inserta la joya que es “un día en la vida”: un texto entre la ficción y el ensayo (el campo en el que se siente más cómodo y su pluma alcanza las cumbres más altas) que es el más bello ejemplo de “literatura no empírica”, con la figura de Renzi, que nos ha ofrecido el autor de La ciudad ausente.

La tercera parte de Los diarios de Emilio Renzi son los “días sin fecha”, que cubren su larga estancia en Princeton, su retiro con mudanza de vuelta a Argentina y los inicios de su penosa enfermedad final. Mermado en sus movimientos y por ende en el empleo de las manos (sin las cuales ya no puede escribir), el autor se aferra a este proyecto de recopilar los Diarios que constituyen un ejercicio de memoria personal y a la vez un resumen de su obra: todo lo que era esencial de su oficio se encuentra allí (temas, estilo, preocupaciones, dudas, metodología, etc.), unificado por los avatares del escritor que busca salir adelante, cierto, mas también por sus notas de lectura, que postulan modelos de interpretación y de creación. Por ello, tras su muerte, quedó claro para todos que Ricardo Piglia fue el último lector con el mejor ojo crítico y creativo de la literatura hispanoamericana.

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“Las bellas imágenes” de Simone de Beauvoir

libros-de-simone-de-beauvoir-bellas-imagenesA fines de la década de 1990 empezaron a hacerse populares algunas películas que diseccionaban las miserias de la vida cotidiana de la clase media en Estados Unidos. Títulos como The Ice Storm (1997), Happiness (1998) y la premiada American Beauty (1999) nos dan la pauta de este tipo de historias. Se trata de dramas basados en problemas, ínfimos vistos desde fuera, pero que son graves en una sociedad consumista, y que ponen en jaque la aparente felicidad que otorgaría una vida de clase media en un país desarrollado: la persona de mediana edad que vive un matrimonio infeliz (aunque económicamente próspero); el niño al que no le falta nada (salvo la atención de sus padres); o la persona exitosa que se ha construido un mundo falso y genera grandes envidias (porque nadie sabe de su inmensa soledad interior). Una película algo posterior, L’âge des ténebrès (2007), que se tradujo como La edad de la ignorancia, puede ser otro buen ejemplo. Nos habla del cincuentón apático que es despedido de su trabajo y se replantea su vida, que había colmado de fantasía para compensar su falta de emoción.

Pues bien, las películas mencionadas descienden de un género de novela que tuvo su auge a mediados del siglo XX: la novela existencialista. Este tipo novelesco fue el medio expresivo literario que encontraron algunos filósofos del existencialismo francés para recrear y transmitir los temas que eran materia de su reflexión: ¿tiene la vida un sentido? ¿cómo ser feliz en un mundo de violencia y pobreza? ¿qué lugar ocupa la moral en un mundo así? Sus preguntas obedecen a un concepto del mundo en el que no hay Dios y el ser humano es un errabundo en una sociedad materialista que no le provee respuestas trascendentes que resulten sólidas. Así, la novela existencialista es, hasta cierto punto, una novela de tesis, en la que el autor sabe bien lo que se propone y el mensaje final de su texto. Este a menudo propone la muerte como respuesta a la búsqueda incesante de sentido, como ocurre en El extranjero con el ajusticiamiento del protagonista.

Una de las representantes más eminentes del existencialismo fue Simone de Beauvoir, compañera de viaje de Jean Paul Sartre durante varias décadas. Algunos de sus avatares, con el inevitable filtro de la ficción se encuentra en una película como Los amantes del Café de Flore (2008). Simone de Beauvoir dotó a su reflexión filosófica una perspectiva de género en su obra El segundo sexo (1950), la cual se convirtió en un pilar del feminismo como movimiento intelectual desde su publicación. En la senda de su trabajo como ensayista, De Beauvoir también se dedicó a escribir literatura. Las bellas imágenes (1966) es su novela más célebre. En ella, la autora plasma varios temas que ahondan en la pregunta existencialista por el sentido de la vida a través de Laurence, una publicista exitosa. Posee dinero, status social, un buen matrimonio, hijos bien educados, etc. En primer lugar, se explora la desconexión entre padres e hijos (a través de la protagonista como madre tanto como hija), así como la crisis de la mediana edad (Laurence tiene un amante, lo cual genera igualmente preguntas sobre los sentimientos involucrados). Además, se critica, con razón, la hipocresía burguesa y el consumismo que ya para la década de 1960 era moneda corriente. Una nota aparte merece un aspecto que, leído desde nuestra época, resulta curioso y hasta conmovedor por lo ingenuo que (desde la distancia) parece: los personajes comentan, en su charla de gente intelectual e interesante, sobre los logros tecnológicos y otros avances que serán realidad en las siguientes décadas, después de 1990, en los albores del siglo XXI. Algunos de sus pronósticos no son muy lejanos a lo que aconteció, pero nadie previó un fenómeno que es el signo de nuestro tiempo: la multiculturalidad producto de la migración. Para los personajes de Las bellas imágenes, la Francia de fines del XX seguiría siendo uniformemente gala.

La metáfora que guía toda la novela queda cifrada en el título. Nada de lo que rodea a Laurence es auténtico, sino solo bellas imágenes que son creadas para complacer o reprimir las preguntas que se haría alguien como su propia hija pequeña, acerca de la desigualdad en el mundo o el peligro de una guerra inminente. Las bellas imágenes es una novela de lectura agradable, con páginas interesantes y un manejo solvente del diálogo, aunque sin grandes brillos estilísticos o escenas que admiren por su elaboración. Probablemente a la autora no le interesaba tanto esa dimensión estética como el planteamiento de ciertos asuntos filosóficos que eran parte de empeños suyos más amplios. En ese sentido, Simone de Beauvoir debe ser mejor ensayista que novelista, lo cual no debería extrañarnos, ya que también ocurre el fenómeno contrario (el del novelista que no pasa de ser un ensayista aceptable o de plano infecundo). Una curiosidad: la edición española de Las bellas imágenes que aún circula es la de Edhasa, que reproduce, con retoques (el uso de vosotros, por ejemplo), la traducción diáfana del argentino José Bianco.

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