Tranquilamente buscando a Judith (y 2)

Tras la desaparición de Amado Alonso y bajo la dirección de Raimundo Lida, Harvard atrajo profesores visitantes que fortalecieron el programa y son ahora nombres eminentes: Dámaso Alonso, Enrique Anderson Imbert, María Rosa Lida de Malkiel (hermana de Raimundo), Ángel Rosenblat y Bruce Wardropper (quien luego se iría a una plaza fija en Duke y haría toda su carrera allí). No me cuesta imaginar a Judith entre 1952 y 1956 asistiendo a clases y charlando alguna vez con María Rosa Lida (quien por entonces vivía los mejores años de su vida, con su gran amor, Yakov Malkiel). Me inclino a pensar también que María Rosa pudo haberle inspirado y hecho pensar mucho. Las dos eran mujeres, judías y filólogas en una época en la que casi todos los profesores y estudiantes eran hombres. Por otro lado, María Rosa Lida también, por su género, sufría una absurda discriminación que complicó su carrera junto a Yakov: en California los esposos no podían enseñar en la misma institución. No dejo de pensar que esas peculiaridades de la experiencia femenina en la academia que habría podido observar en el caso de María Rosa pudieron influir en ella. Lamentablemente, en su curriculum vitae abreviado, que revisé entre sus papeles, Judith no menciona a María Rosa, aunque sí menciona haber estudiado bajo la tutela de su hermano Raimundo (quien era el titular de la cátedra en Harvard) en primer lugar, para luego mencionar al lingüista Robert Politzer, Ángel Rosenblat (judío argentino como María Rosa y Raimundo) y Louis Solano. Su tesis doctoral, defendida en 1956, lleva por título “The Concept of Parts of Speech in the Early Grammars of the Spanish Language”, pero no he logrado verificar quién se la dirigió. Por los nombres de profesores de Harvard que mencionaba Judith y el tema de su trabajo, supongo que debió trabajar con Ángel Rosenblat, que era lingüista y filólogo experto en la lengua del Siglo de Oro.

El mismo año en que defiende su tesis, Judith se muda a California y empieza a trabajar en el sistema de la Universidad de California. ¿Habrá llegado allí gracias a su contacto con Yakov (quien trabajaba en Berkeley) o María Rosa? Cuando la contrataron en Hobart and William Smith (1960), Judith decía que había trabajado en UC-Los Ángeles entre 1956 y 1959 y que había empezado como “instructor”. Me inclino a pensar que era porque aún no había defendido la tesis (al momento de su contratación) o bien porque solo trabajaba por horas o con menos labores. En 1958, su contrato cambió para ser “Assistant Professor”, que es el primer grado de la carrera para la plaza fija o tenure-track. Lo cierto es que en esos tres años en UCLA también ofreció algunas clases en UC-Berkeley e imagino que debió coincidir con Yakov allí, siendo este el incansable editor de Romance Philology. En California, Judith trabajó junto a otros jóvenes investigadores que ahora son legendarios: Joseph Silverman (discípulo de Castro) y Samuel Armistead (uno de los máximos conocedores del romancero), quien trabajó en UC-Davis hasta poco antes de morir (en 2013). En los archivos públicos de Berkeley (maravillas de internet), localicé a Judith ofreciendo un curso de seis semanas (“Introduction to the History of Spanish Language”) en el verano de 1957.  

¿Cómo habrán sido esos años californianos? No lo sé. Por entonces debió casarse. En 1958, dio a luz a su hija, Lynn, nacida el 29 de marzo de ese año. Al año siguiente abandonó California y su prometedor puesto de “Assistant Professor” en UCLA por Western College, en Oxford, Ohio, un college femenino que ya no existe. Allí trabajó solo un año. Empezó a trabajar en Hobart and William Smith (HWS), de regreso a Nueva York, en el otoño de 1960. En su ficha de datos al momento de su contrato consigna que es divorciada, judía y que tiene una hija, Lynn, de dos años de edad. Además de información como a qué iglesia asistía (“Jewish” escribe Judith), hay dos datos adicionales que reflejan la forma en que Judith intentaba construir su propia persona en el nuevo campus. Ante la pregunta sobre pasatiempos o intereses recreativos, ella escribe, simplemente, que disfruta “leer y pasar tiempo con mi hija” y que su hobby es “enseñar lenguas extranjeras a niños”. No dejo de pensar que en esas pocas líneas se encuentra un resumen de su vida, serena, de joven profesora que cargaría con el triste estigma de ser madre divorciada. Quizás su mudanza de California y su breve paso por Ohio obedecían a esa ruptura que, aunque fuese la mejor decisión a largo plazo, no dejaría de ser difícil y dolorosa (no me consta, así lo imagino).

Su contrato en HWS ese otoño empieza con el título de “Associate Professor”, en consideración a su experiencia laboral de cuatro años entre UCLA y Western College. Sin embargo, solo obtiene el tenure o plaza fija en julio de 1963. Con la promoción le vino el cargo de jefa del departamento de lenguas modernas. Dos años después obtuvo el full professor, grado equivalente al de catedrático o profesor principal. Pude ver la carta de recomendación que escribió Eugene Murphy, profesor de francés veterano al que se dedicó, tras jubilarse, el aula 212 de Smith Hall (“The Murphy Room”). La carta de Murphy es concisa y contundente. Luego de elogiar sus artículos dedicados a la filología (llevaba tres publicados), informa que Judith se encontraba trabajando en dos libros (uno de ellos, la edición de una obra de Víctor Ruiz Iriarte, que se publicaría en 1968). Además, para demostrar lo buena profesora que es Judith, resalta cómo las clases de español han crecido en el campus: en 1960 solo había dos estudiantes que tomaban español más allá de la clase de literatura general (survey), pero que ahora hay trece estudiantes que toman clases de literatura española avanzada. Finalmente, Murphy se permite ejercer algo de presión para retener a Judith con una merecida promoción afirmando que tres universidades (Rider College [se refiere a Rider University, en Nueva Jersey], Boston College y la Universidad de Búfalo) han intentado llevársela.

Tras su promoción a catedrática, Judith dio un viraje en su investigación. En 1968 publicó su edición de una pieza del dramaturgo Ruiz Iriarte y parece que pasó algunos años empeñada en preparar una antología de teatro español contemporáneo (del que su trabajo con Ruiz Iriarte habría sido parte del entrenamiento). Así lo informó en el reporte de su año sabático 1966-1967. Sin embargo, tras publicar un trabajo más sobre reflexiones gramaticales del licenciado Villalón y El Brocense en 1970, hay un silencio de una década. Intuyo que tuvo que emprender funciones administrativas y diversas tareas de escritorio. Volvió a ser jefa del departamento entre 1973 y 1974. En 1982, el mismo año en que publica dos artículos nuevamente sobre gramática e historia de la lengua (uno sobre Juan de Luna, el gramático que compuso una Segunda parte del Lazarillo), la encontramos (según informa el eterno Murphy al decano de la época) dispuesta a enseñar, ante la necesidad, un curso de italiano básico (Italiano 102). Llevaba más de dos décadas en la universidad y, pasados los cincuenta, dio una muestra de sus intereses de investigación nuevos con la publicación, en 1983, de un artículo sobre una novela de Mercedes Ballesteros, escritora española contemporánea. 

Finalmente, en junio de 1985, le otorgaron a Judith el título de profesora emérita de lenguas modernas. En algún papel vi que se señalaba 1996 como año de su jubilación, pero intuyo que es una errata por 1986, ya que en otros consta este último año como el de su retiro. Para celebrar la ocasión, se ofreció un concierto en su honor. Se conserva una nota escrita a mano por Judith (quien firma simplemente como “Judy”) en la que agradece al decano, Minor Myers, Jr., por haber grabado el concierto en una cinta que le fue obsequiada “como un recuerdo permanente de aquel tributo”, según dice la carta de él. En su nota, Judith dice que la cinta le ha brindado “muchas horas de solaz”.

No tengo información alguna sobre Judith en Geneva, Nueva York, después de su jubilación. No sé exactamente cuándo se mudó a Colorado, pero debió ser en algún momento entre 1986 y la década siguiente. Y no volvió a mudarse de allí, ya que encontró el amor y se casó otra vez, con Jacques Barchilon. Este último también era judío sefardí y, vaya coincidencia, había sido compañero suyo en sus años de Harvard, aunque él se dedicaba al francés. Durante su tiempo en el doctorado en románicas, habían salido un par de veces, pero no pasaron de eso. Tras defender la tesis (dedicada a Perrault y los cuentos de hadas franceses), Jacques consiguió un contrato de profesor de francés en la Universidad de Colorado, donde hizo toda su carrera, desde 1959 hasta 1991, cuando se jubiló. Durante décadas, él y Judith habían llevado vidas paralelas, aunque en estados muy distantes, hasta que reconectaron a finales de los años noventa, cuando Jacques descubrió que aquella muchacha de cuarenta años atrás vivía cerca de Denver, en Colorado Springs. Se casaron en 1999. En internet, una hija de Jacques Barchilon mantiene un blog en el que ofrece un obituario muy afectuoso sobre su padre y “Judy” (como ella la llama). Allí también pueden encontrarse las últimas fotos de Judith con su nueva pareja. En ellas se ven muy felices y amorosos. Judith Senior Merrill murió el 7 de junio de 2017, en Denver, Colorado, como Judith Senior Barchilon. Un año después falleció Jacques

Jacques y Judith en sus últimos años, felizmente juntos. La foto proviene de
https://open-heart-open-hands.com/2017/06/09/honoring-judythe-light-love-laughter-and-lift-in-my-fathers-life/

Bibliografía:

La investigación de Judith evolucionó con el paso de las décadas. Empezó con trabajos de filología románica dura (analizando las primeras gramáticas del castellano) y acabó, en su último artículo publicado, estudiando a una escritora contemporánea, Mercedes Ballesteros y su novela El chico (1967).

“Dos notas sobre Nebrija”. Nueva Revista de Filología Hispánica 13.1/2(1959): 83-88 (como Judith Senior).

“An Isolated Early Mention of the Spanish Partitive Construction with de”. Romance Notes 2.2(1961): 101-102.

“The Presentation of Case and Declension in Early Spanish Grammars”. Zeitschrift für romanische Philologie 78(1962): 162-171.

Edición de Esta noche es la víspera de Víctor Ruiz Iriarte. New York: Odyssey Press, 1968.

“Las primeras clasificaciones tripartitas de las partes de la oración: Villalón y el Brocense”. Nueva Revista de Filología Hispánica 19(1970): 105-110. 

“Juan de Luna: Renaissance Pedagogue par excellence”. The USF Language Quarterly 21.1-2(1982): 51-52.

“Indirect Discourse and the Protasis of the Future-More-Vivid Condition”. Hispania 65(1982): 416-418.

“Symbolism in El chico, a Novel by Mercedes Ballesteros: ¡La vida era tan maravillosa!”. Letras Femeninas 9.2(1983): 3-10.

Además, Judith publicó varias reseñas en la Nueva Revista de Filología Hispánica Modern Language Journal.

Tranquilamente buscando a Judith (1)

La historia empieza con un viejo número de Romance Notes de aquellos que se hallaban en los rincones de Dey Hall al final de un semestre cualquiera. Recuerdo, en ese entonces, 2008 ó 2009, haberlo recogido porque incluía un artículo clásico de Elias Rivers sobre el neoplatonismo en un famoso soneto de Garcilaso (una de esas piezas de la crítica que luego te enorgullece citar para hacer ver lo bien documentado que estás sobre un asunto). Pronto, aquel viejo número (cuyo editor era el romanista Urban Tigner Holmes, Jr.) me acompañó a Upstate New York como parte de una biblioteca personal norteamericana en formación. Instalado en el despacho de Smith Hall, en este liberal arts college donde he tenido la fortuna de desarrollar mi carrera la última década, un día, quizás hacia 2012 ó 2013, reparé, ojeando de nuevo el volumen, para volver a citar a Rivers, en la filiación de una de las contribuyentes, Judith S. Merrill, debajo de cuyo nombre rezaba Hobart & William Smith Colleges. Vi la portada: se trataba del segundo número del segundo volumen de la jovencísima Romance Notes, de la primavera de 1961. Medio siglo y pico más tarde, yo estaba en un despacho del mismo campus donde aquella mujer había trabajado, ocupándose también del Siglo de Oro español. Su artículo, que se titula “An Isolated Early Mention of the Spanish Partitive Construction with de”, se inserta en la tradición, ahora casi extinta, de la nota filológica (formato que precisamente inspiró la fundación de la revista, cuyo estricto límite de páginas invita a ese tipo de trabajo), basada en la noticia de un hallazgo lexicográfico que se ofrecía al servicio de la comunidad de críticos. Muchos grandes investigadores tienen ese tipo de trabajo, que humildemente a veces llamamos notita: Américo Castro fue el primero que explicó el valor de “Noruega” en el Siglo de Oro; Francisco Rico comentó la “mano besada” y “la lengua suelta” en el Lazarillo; y siguen firmas.

Recuerdo haberme preguntado quién había sido Judith Merrill, dónde estaba el resto de su obra crítica y qué huellas quedarían de su legado en la universidad. Nadie había podido darme referencia alguna sobre los estudios hispánicos o del siglodorismo en particular antes de la década de 1980. Como con muchos temas que me provoca estudiar, lo apunté como un pendiente en mi carpeta de trabajo por hacer. De vez en cuando, en horas muertas, algún verano o periodo de descanso, buscaba datos suyos, encontraba alguno, lo apuntaba y lo dejaba allí. Solo el verano pasado, liberado (por la pandemia) de viajar y distraerme, pude organizar una visita al archivo de la universidad, donde descansan dos carpetas a nombre de Judith con documentos varios. Su lectura me permitió confirmar datos que tenía ya apuntados, corregir otros a los que había llegado por intuición y recoger nuevos. Tengo suficiente material para escribir una breve semblanza que se podría llamar Judith Merrill en HWS (1960-1986). Su historia de profesora en el college podría servir para ilustrar un periodo del hispanismo norteamericano (el de los años cincuenta y sesenta, su periodo formativo y de consolidación), así como su evolución como investigadora y colega en una institución con características tan particulares como lo es una universidad dedicada a las artes liberales. Por otro lado, existen en lo que he podido reconstruir de su carrera algunos rasgos biográficos interesantes que estimulan la imaginación.

Judith Merrill nació en Brooklyn, Nueva York, el 31 de julio de 1931. Como Judith Merrill aparece en los papeles de la universidad y en varios artículos publicados a partir de 1960 firma como “Judith S. Merrill”. La “S.” era su apellido de soltera, Senior, con el que llevó a cabo sus estudios universitarios. En su título de bachiller en Oberlin College (1952), así como en los de la maestría (1953) y el doctorado de Radcliffe (1956) figura Judith Senior. Con ese mismo nombre de soltera aparece su primer artículo, publicado en México en 1959, en la prestigiosa Nueva Revista de Filología Hispánica. Al año siguiente y en lo que quedaba de su carrera firmaría como Judith Merrill o Judith S. Merrill. Solo en sus últimos años de vida, que pasó en Denver, Colorado, ya retirada y felizmente casada otra vez sería Judith Barchilon, con lo que volvió a religarse, pienso, con sus orígenes.

El apellido “Senior”, para quien ha estudiado la historia de España, no pasa desapercibido. Judith tenía origen judío sefardí y era descendiente del segoviano Abraham Senior, el último rabí del reino de Castilla antes de la expulsión de 1492. Mientras una rama de la familia marchó al exilio y se desperdigó entre Europa, África del Norte y América, otra se quedó en España, se cristianizó y adoptó el apellido Coronel. Era tal la fama de conversos de los Coroneles en el Siglo de Oro que Quevedo empleó el apellido para el personaje del “caballerito” amigo de Pablos, Diego Coronel, en el Buscón. Todavía me pregunto si estas reminiscencias (la expulsión, el eminente antepasado, Sefarad, los Coroneles, Quevedo) que enlazan el origen de Judith con España la motivaron a estudiar la lengua. ¿Hablaría ladino o lo habría escuchado hablar en casa? Nunca lo sabré.

Pasemos ahora a sus estudios. ¿Qué institución era Radcliffe? En realidad, se trata de Harvard. Radcliffe era el nombre de la institución para sus estudiantes mujeres, una tradición que empezó a socavarse en 1963, cuando aparecieron los primeros diplomas bajo el título de Harvard-Radcliffe. Radcliffe se extinguió oficialmente en 1999. Radcliffe para Harvard era un ejemplo de la tradición norteamericana del sistema coordinado, no muy diferente al que representa aún Hobart and William Smith (Hobart para hombres, William Smith para mujeres), dos instituciones en una. Ahora bien, la estancia de Judith en Radcliffe significaba, en la práctica, trabajar en la sección de lenguas románicas de Harvard. Dudo que Judith haya llegado a conocer a Amado Alonso, quien falleció en la primavera de 1952 y fue reemplazado pronto por uno de sus más caros discípulos, Raimundo Lida, el único miembro con plaza fija (tenure) en un departamento de español que estaba recién tomando forma tras la muerte repentina de quien estaba destinado (al menos en los planes de quienes lo contrataron) a consolidar el prestigio de los estudios hispánicos en la universidad. 

(Continuará: estudios en Harvard, California, regreso a Nueva York, Colorado…)

“Inés del alma mía” o el sueño socialista chileno

Me interesan las recreaciones de la temprana edad moderna, debido a que es especialmente compleja: por un lado, es un periodo en el que mucha de nuestra sensibilidad se origina y, así, hablamos de las bases de la modernidad (pensemos en la figura del autor, el mecenazgo privado o el capitalismo); por, otro lado, es una etapa de transición, de crisis, cuya mentalidad se encuentra todavía algo distante de la nuestra. Las ficciones históricas nos ofrecen una interpretación del pasado y nos dan una idea de cómo lo imaginamos. Reflejan, por ende, intereses actuales (no podía ser de otra forma) y, como resultado, están influidas por una ideología o, si se quiere, por una perspectiva particular. Es innegable la influencia de estas imágenes, que se difunden rápido y llegar a incorporarse al sentido común contemporáneo, para bien o para mal. Debemos agradecer a las ficciones históricas la vigencia de ciertos periodos y de sus personajes, pero también ser cautos en su recepción. Creo que a eso se refería Amanda Powell cuando hablaba del riesgo de interpretar el feminismo de Sor Juana: buscar obsesivamente un correlato entre lo que dice un texto literario (que opera a varios niveles y sigue convenciones que pueden ser ignoradas por un lector no entrenado) y lo que quisiéramos que fuese la vida de la autora (la cual desconocemos mayormente o no podemos reconstruir como desearíamos), perniciosa influencia del romanticismo interpretativo. En breve: que se interpreta erróneamente el feminismo de Sor Juana por lo que debió sufrir en vida antes que por lo que realmente dicen sus textos. Amanda Powell elaboraba esta reflexión (que se encuentra en la utilísima Routledge Research Companion dedicada a Sor Juana) alrededor de la inevitable sombra de una película tan poderosa (como libérrima en su representación de la época y lo que sabemos de la monja) como Yo, la peor de todas en buena parte de las interpretaciones que, con los mejores propósitos, buscaban en años recientes reivindicar la obra de Sor Juana.

Valga todo este preámbulo para contextualizar mi experiencia con Inés del alma mía, serie basada en la novela homónima de Isabel Allende (que no he leído), la cual aspira a representar a una supermujer del siglo XVI, como reza la publicidad. No le quito mérito alguno al proyecto y me parece justo el término; como que la figura de Inés Suárez ya era celebrada en su tiempo y su leyenda ha persistido en varios libros que se ocupan, de diversas formas, de su carácter de mujer varonil en la defensa de Santiago de Chile. En ocho capítulos, la serie cuenta la historia, llena de aventura y peligros, de Inés Suárez, desde su juventud en Plasencia, su matrimonio y su ida a América en busca de su marido. A partir de su llegada al Perú, se desarrolla la gran aventura de su vida: la expedición de Pedro de Valdivia a Chile, a quien acompaña, con la posterior fundación de Santiago, el sitio de la ciudad por los mapuches, con su heroica defensa y la caída de Valdivia en su última campaña a la Araucanía. En el transcurso de todos estos episodios, también observamos la pasión que envuelve a los dos amantes, Inés y Pedro, sus luchas frente a los prejuicios sociales, sus metas comunes, sus desavenencias, el deseo mutuo (que es una fuerza incontrolable para ambos), así como el lento deterioro de su amor, hasta que deben poner fin a su relación para complacer las convenciones sociales, en sendos matrimonios que no están exentos de fidelidad y respeto a las nuevas parejas racionalmente elegidas. Naturalmente, como espectadores vemos con tristeza esta separación y solo afianza más nuestra impresión de un amor intensísimo que a veces se confundía con locura.

Lo más interesante que aporta la serie Inés del alma mía al público contemporáneo (que la puede ver tanto en RTVE como en Amazon Prime) es su recreación notablemente progresista de su protagonista, hasta rayar en el anacronismo. La Inés Suárez de la serie es feminista, socialista, ecologista e indigenista: no soporta el maltrato a los nativos y en ocasiones se ofrece como mediadora entre ellos y los conquistadores (aunque no duda en defender Santiago del ataque mapuche y cortar cabezas de prisioneros, ya que siente que la ciudad es suya y representa, por ende, su proyecto político); es anticlerical (frente a la típica imagen del religioso intolerante y fanático cara a la leyenda negra); cree en la lectura de las hojas de coca, hasta el punto de que su criada la reconoce como bruja (fantasía recurrente de la literatura actual para encontrar precursoras de la subversión o heroínas de la heterodoxia); promueve la sororidad con otras mujeres marginadas (como la princesa Cecilia, de quien hablaremos más adelante), es inclusiva, igualitaria (como cuando quiere que todos trabajen la tierra en Santiago) y cree firmemente en la posibilidad de un mundo diferente, un mundo nuevo y no ese mundo de violencia y codicia que se ha trasladado de España a Perú (ya que la aventura de Chile parte del Cuzco). 

Como resultado de este diseño, el personaje de Inés está lleno de afirmaciones manifiesto, para que quede bien claro lo que piensa y defiende. A estas alturas de las producciones con protagonismo femenino, este tipo de discurso suena un tanto repetitivo. En Isabel, serie de 2012, las reivindicaciones femeninas resultaban oportunas y ciertamente originales. Pero han pasado ocho años y mucha agua debajo del puente (como un Ministerio de la Igualdad en crecimiento en los últimos años). Así, a fuerza de repetirse, algunas frases se convierten en cliché. En Isabel, por ejemplo, la joven participaba en un diálogo en el que se comentaba cómo si bien una mujer de la realeza tenía que llegar al matrimonio virgen, el rey tenía, por el contrario, que tener registro de su potencia sexual (mediante certificados expedidos en burdeles) para validar su calidad casamentera. La conversación ocurría en un contexto convincente (era una muchacha inocente que estaba aún aprendiendo de los mecanismos del poder y sus fisuras morales). Una frase similar en Inés del alma mía (el doble estándar sobre la sexualidad basada en el género), sin elaborar un contexto propicio, no deja de ser, como diría Jesús G. Maestro, el tipo de frase sonajero para sacar aplausos. Igual de predecible resulta el tío de Inés, a quien ella, exaltada por la forma en que quiere domesticarla y volverla sumisa, le espeta: “Me odias porque soy mujer y mi madre era bruja”. Otra frase sonajero para quede bien claro que eso que hace y dice el cura está mal. Por falta de sutileza, la serie termina adoptando un tono didáctico que le quita dinamismo.

El aspecto de la serie más interesante es su originalidad en la representación del Perú. Hasta donde sé, Isabel del alma mía es la primera ficción peruanofóbica. Me explico: la hispanofobia no es extraña en ficciones históricas y es, de hecho, uno de sus ingredientes mejor explotados (como el oscurantismo que recrea La peste, por ejemplo). En Inés del alma mía, dado que los vicios españoles (encarnados en los conquistadores) se han transferido a Cuzco, el Perú queda representado como un territorio imperialista más, para darle espacio a una esperanza que es esa tierra lejana, soñada y tan áspera (sí, la metáfora se presta a decir como una mujer e Inés no dejará pasarla en uno de sus encuentros con Pedro de Valdivia) que es Chile en el mundo recreado en la serie. Bajo el gobierno de los Pizarro, que han replicado en la capital de los incas una corte y sus males (la adulación, la lujuria, la ambición, la hipocresía, etc.), Inés encuentra en el Perú el mismo rechazo que sufría en España: la sociedad cuzqueña es falsamente conservadora y la chusma (comprada) no duda en apedrearla cuando se descubre que es amante de Valdivia. Frente a esos maltratos y su habilidad para el emprendimiento (porque su negocio de empanadas es un éxito), de la mano de su pasión por Valdivia (ejerciendo libremente su sexualidad), aparece el proyecto de ir a Chile, a fundar un mundo nuevo, dado que el Perú ya está corrupto. Se necesita un paraíso igualitario y eso será Chile en los sueños de Inés. Inclusive en uno de los mejores momentos de esa fantasía suya, Inés elabora su diatriba al vil mercantilismo. A la pregunta de un conquistador cansado: ¿por qué queréis ir a esa tierra baldía y despreciable?, Inés se lanza con una de sus afirmaciones manifiesto: ¿no lo entendéis? Porque eso mismo quiero ir a Chile, porque es pobre. El oro corrompe y envicia. Nos ha dividido y provocado una guerra. El oro ha sido nuestra perdición. Con ese objetivo entre manos, la colonización de Chile para Inés asemejará más al de los kibutz de los años sesenta. Santiago ha de ser un lugar donde ser libres (como para que Inés pueda estar amancebada con Valdivia y no ser juzgada por ello) y ser iguales, sin privilegios

Esos dos conceptos se encuentran en las palabras de Valdivia, inspirado por Inés, en el acto de fundación de Santiago. El proyecto político de Inés es secundado por la princesa inca Cecilia, que en Cuzco frecuentaba salones y vestía con opulencia (ya que su familia se benefició de la derrota del bando de Atahualpa). En el duro camino del sur, cruzando el desierto de Atacama, descubrimos que Cecilia está embarazada de un soldado español pobre. En ese momento, Inés, considerando su estado, la insta a volver a Cuzco, pero la respuesta de Cecilia encierra nuevamente un rechazo visceral a lo que representa el Perú que han dejado atrás: No podemos volver al Perú, ¿no entendéis? Un hijo de un soldado y una india, ¿qué le puede esperar allí? Tenemos que llegar a Chile. Nuestro hijo tiene que nacer en un país mejor. Esta utopía social de Inés tendrá sus desafíos, pero también algunos éxitos, al menos durante su etapa de gobernadora pro tempore. A diferencia de Cuzco, donde solo veíamos españoles poderosos o soldados aventureros con indígenas que los sirven (salvo la princesa Cecilia, claro, que es de la élite), en Chile los españoles trabajan con sus manos y, como quiere Inés, no hay privilegios. Con el tiempo las cosas van funcionando: la princesa Cecilia ya no es más princesa y deja de vestirse con el lujo de la realeza incaica; hasta escuchamos que el colectivista Santiago (donde todos trabajan) exporta trigo al Perú, que solo extrae metales preciosos. Naturalmente, esta utopía se destruye pronto, a causa del regreso de Valdivia, quien ha tenido que comprometerse a sacar a Inés del poder a causa de la presión del brazo intolerante de la Inquisición y el imperialismo del pacificador La Gasca, que lo llama a la realpolitik, en vez de defender el proyecto político de su gran amor. Así se consuma la traición de Valdivia, el cual vuelve a Chile casado con una buena señora de sociedad y trae abajo el orden utópico del gobierno de Inés. El resto, ya se sabe, no es más que la misma historia de los colonialismos europeos fallidos (de Cabeza de Vaca a El corazón de las tinieblas): Pedro de Valdivia es un soñador de mundos en los que puede ser rey, con raptos que nos recuerdan a veces al inigualable loco Aguirre, por lo que su delirio lo lleva a una nueva incursión a la Araucanía. Sabemos, por las crónicas, que su muerte fue larga y dolorosa, pero en la serie la representación del mapuche indómito (un muy logrado Lautaro) opaca ese aspecto, por lo que no hay resquicio alguno de compasión para el conquistador (cuyo final, por cierto, tuvo poco que envidiar a una escena de Holocausto caníbal).

En suma, anacronismos aparte (confundir indios con esclavos u ofrecer una visión moderna del racismo, incomprensible en la época, distinguiendo entre “blanco” e “indio”), Inés del alma mía es una serie con varios elementos notables en su factura: una producción de buena calidad (fotografía, actuaciones, etc.), cuyas escenas de expedición recuerdan al Aguirre de Werner Herzog, así como un guion sumamente efectivo para satisfacer la demanda reciente de figuras femeninas empoderadas en la ficción. Ahora bien, no queda duda de que Inés Suárez fue una supermujer del siglo XVI, pero no estoy tan seguro de que tuviese una agenda política que, entre líneas, recuerda tanto al relato del socialismo en Chile.

El epistolario de Asensio, Bataillon y Rodríguez-Moñino

En los últimos años, debemos a Simona Munari la publicación de la correspondencia sostenida entre Marcel Bataillon y algunas figuras notables del hispanismo. Hace unos años, comenté el epistolario de Bataillon y Américo Castro, el cual permitía entender la forma en que se sostenían las amistades intelectuales en otra época, así como un aspecto de la recepción de las ideas castristas entre sus contemporáneos. Este verano, gracias a los buenos oficios de Simona Munari y Pedro Cátedra, salió publicado (Salamanca y París: SEHL y SEMYR, 2020) el epistolario de Bataillon con dos críticos que dejaron huella en sus respectivas áreas de especialización: Antonio Rodríguez-Moñino, eximio conocedor de fondos bibliográficos, magnífico erudito e incansable editor; y Eugenio Asensio, crítico fundamental del entremés áureo, exhumador de papeles (le debemos el hallazgo de dos cartas del Inca Garcilaso) y polemista de las ideas de Castro. Leer las cartas intercambiadas por estos tres académicos durante alrededor de dos décadas permite acercarnos a sus quehaceres de investigación y cómo van formando su trayectoria.

Eugenio Asensio

En primer lugar, se presentan los veintiséis años (1950-1976) de cartas de Bataillon, desde París, y Asensio, quien estaba afincado en Lisboa. La comunicación empieza a ralear tras la muerte de Rodríguez-Moñino, en 1970, como dando fe del vínculo que unía a los tres investigadores. La conversación epistolar entre el Príncipe de los Hispanistas y el navarro es de índole erudita, basada en el intercambio de separatas (tirajes que se encuentran ya lamentablemente extintos, en estos fríos tiempos del PDF) y el intercambio de datos bibliográficos. Generalmente, las comunicaciones giran alrededor de un acuse de recibo, que da paso a anuncios de viajes y posibilidades de un reencuentro para mantener una charla cara a cara que ambos evocan siempre con afecto. Llama la atención en las cartas la parquedad de Asensio, quien ve en Bataillon a un maestro, pese a que este constantemente le muestra un aprecio que aspira a establecer igual entre ellos. Esto sería reflejo de una indómita timidez o, como diría Benito Pérez Galdós, una falta de “mecánica civil”, que lo lleva a declinar algún ofrecimiento de encumbramiento académico que le hace Bataillon para un congreso. Con toda la honestidad del caso, Asensio admite que no es el más indicado para ejercer la función que le plantea el francés: “Me distraigo en las comunicaciones, soy pésimo fisionomista, llego tarde con la frase de paz o la intervención amable. Soy una calamidad”. Por último, en esta comunicación Bataillon-Asensio, ya en los años setenta, aparecen dos figuras que ahora son legendarias, pero entonces eran los pájaros nuevos que se habría de tener en consideración en los años por venir: Francisco Rico (“excepcional inteligencia y sabiduría” dirá de él Moñino en una carta) y aquel profesor, “jefe del departamento de español”, en Tours, Augustin Redondo, que acababa de doctorarse con una tesis sobre Fray Antonio de Guevara.

La correspondencia sostenida entre Bataillon y Rodríguez-Moñino cubre dieciocho años (1951-1969). Nuevamente, nos encontramos con una comunicación alrededor de acuses de recibo y el intercambio de datos bibliográficos en torno a un ejemplar del Primaleón y a la figura, ahora bien conocida, de Rodrigo Calderón, el dedicatario de La pícara Justina. A lo largo de varias cartas, a partir de 1959, podemos seguir el proceso de investigación de Bataillon y su planteamiento, sumamente original entonces, de La pícara Justina como novela en clave en la corte de Felipe III. De Moñino, podemos ser testigos de su desprecio a aquel régimen que lo había marginado de una cátedra: le deja en claro a Bataillon que no ha pisado una biblioteca pública desde 1936 y que por ello toda su investigación se desarrolla, asombrosamente, de forma independiente. Su dignidad lo vale y toma con estoicismo esa infame sombra de la “depuración política” que le impide durante años un merecido sillón en la Real Academia, donde cuenta con tantos admiradores de su trabajo. El expediente de la susodicha depuración se cierra recién en 1966, con un final absurdo, que supone una reasignación como funcionario a Valdepeñas. Tres años antes, Moñino ha empezado su periplo americano, que lo llevará de la Hispanic Society de Nueva York a la Universidad de California en Berkeley, donde pasará sus últimos años. En 1968, finalmente, será admitido como miembro de la Real Academia. Todo ello lo encontramos en las cartas, siempre al lado de una persona que sobrevivió a Bataillon y Moñino, y merece un libro: María Brey. Si bien el hispanista francés se dirige formalmente al extremeño, siempre incluye a su esposa en la comunicación.

Antonio Rodríguez-Moñino y María Brey

¿Qué podemos aprender de esta correspondencia? ¿En qué reside su valor? Más allá de la valiosa información para una petite histoire de la filología española del siglo XX, estas cartas nos dejan el testimonio de tres investigadores que establecen una amistad intelectual muy fructífera, dentro de los códigos de la época, como que se trataban de usted, pese a que se veían periódicamente y participaban en proyectos comunes con gran entusiasmo. De Asensio nos queda la imagen del intelectual reservado, solitario (apenas hay referencias a viajes a Navarra para visitar a su familia) y hasta melancólico. De Bataillon trasciende su diplomacia, propia del príncipe que fue, en torno a la polémica castrista (una de cuyas bêtes noires era, precisamente, Asensio). De Moñino nos quedamos con su increíble productividad. Recuérdese que, en la necrológica de Samuel Armistead y Joseph Silverman en Hispanic Review, se señala que hasta tres días antes de morir el extremeño estaba corrigiendo pruebas de imprenta. Bataillon falleció en 1977, siete años después de Moñino. Por último, Asensio falleció en 1996 y dejó un importante legado bibliográfico, en el cual se encontraba aquella escurridiza Segunda parte del Coloquio de los perros que poseyó Emilio Cotarelo, pasó luego a sus manos y recién publicó, pocos años ha, nuestro colega Abraham Madroñal.

“El límite” de José Bianco

José Bianco publicó el cuento “El límite” a los veintiún años, en el diario La Nación (1929) y el texto pasó un poco más tarde a integrarse a su primera colección de relatos La pequeña Gyaros, publicada en 1932. Luego vinieron las novelas cortas Sombras suele vestir (1941) y Las ratas (1943). Con el tiempo, José Bianco elaboró su propia selección de textos o antología personal. En ella, descartó todos los relatos de su primer libro, excepto “El límite”, ya que le parecía, de su primera producción, lo más rescatable. 

José Bianco (1908-1986)

Leyéndolo, se entiende por qué Bianco lo quiso conservar como pieza inicial de su obra. Como ocurre a menudo con la obra de un escritor, “El límite”, en tanto primer cuento, encierra buena parte del universo narrativo de José Bianco. Podría decirse que los principales elementos de su obra están, ya en ciernes, en este relato, con todas las objeciones que podrían ponérsele. Allí está el joven Carlos Horacio, de clase media alta, entre el espacio opresivo del internado y las deliciosas tardes de té en el salón de sus parientas, la refinada tía Amanda y la muchacha en flor que es la prima Bebé. Solitario, sensible y melancólico, el muchacho empieza a desarrollar sentimientos de amor adolescente hacia Bebé, los cuales recrea, pule y vuelve casi sublimes frente a su único amigo y confidente en el encierro que supone la estancia en el internado, el tímido y enfermizo Jaime. Entre esos dos ambientes (el sofisticado espacio de socialización de Kensington Place y un triste colegio católico), Carlos Horacio va creando una vida paralela, que poco tiene que ver con su real contacto con su prima, la cual adopta candorosos actos de diva frente a él: tumbada en el sofá, simula leer un libro con los labios pintados, mientras da bocanada tras bocanada de un cigarrillo tirando la cabeza hacia atrás, para beneplácito de su primo fascinado.

En este extraño, y algo cándido, triángulo de amor, se formula, en ciernes, un planteamiento narrativo que Bianco retomaría en ficciones posteriores, más elaboradas y canónicas. Dicho planteamiento refleja la llamada teoría del intermediario, según la desarrolló Bianco en una entrevista del año 1977: “Los héroes no tienen contacto con lo que desean sino a través de un intermediario. A través de ese intermediario, lo que los ingleses llaman go-between, se interesan por lo que rodea a un personaje hacia el cual sienten mucho más que amor o admiración y al cual rinden una especie de culto supersticioso o inconsciente, como si resumiera lo que hay de más importante en el mundo. Es una forma vicaria de atracción. No pueden librarse de ella, pero tampoco pueden manifestarla directamente”. En el cuento, el papel del “héroe”, que tiene esos sentimientos complejos (“más que amor o admiración”), pero a la vez no tiene contacto con lo que desea, es el inglés Jaime; el “intermediario” o go-between en la historia es Carlos Horacio, quien transita de un ambiente a otro.

Sin embargo, esto no es todo. A través de la teoría del intermediario, Bianco expone una de las encrucijadas de ser humano como sujeto social: el conflicto entre las restricciones de la buena educación (el no querer ver, soslayar o de plano la ignorancia) y la ansiosa necesidad de saber mediante la observación o la curiosidad, que a veces puede resultar (como decía Cervantes) impertinente. Dicho conflicto se plantea en la conclusión del relato, que apunta a Bebé, sobreprotegida (de allí tal vez su nombre) por aquel intermediario, Carlos Horacio, que la convirtió en lo que no era frente a ese muchacho frágil que, embebecido por la fantasía de la joven, no pudo resistir la verdad:

Desde tu balcón de la rue Royale, hasta donde sube, incansable, el tumulto de los bulevares, tú permaneces ajena a todo, suave y dócil Bebé. Nada sabes. Quizá nada tengas que saber. Es posible que no se trate sino de coincidencias, de hechos aislados que uno se em­peña morbosamente en vincular. ¿A qué pensar otra cosa? Ante nuestros ojos se extiende un velo pintado de colores inofensivos con el cual nos hemos familiari­zado. No intentemos descorrerlo. En torno a nosotros, junto al horizonte, la vida nos impone un límite preci­so, más allá del cual todo es vaguedad y misterio. Res­petemos el límite, si no queremos lanzarnos extravia­dos, por senderos que no tienen fin.

Al final del cuento, Bebé, afortunadamente para ella, nunca sabrá lo que le pasó a Jaime, muerto súbitamente (no se sabe si a causa de su partida a París o solo por mera coincidencia). ¿Cuál es el límite, entonces, que propone el cuento? Se trata de la delgada línea que divide nuestro “pequeño mundo” (lo que vemos) y lo que está fuera, que es “vaguedad y misterio”, es decir confusión. Mejor no saberlo y vivir, como Bebé, en la ignorancia: respetar el límite entre la realidad y la imaginación (lo que soñamos, lo que deseamos, lo que da miedo).

A propósito de Borges y la poesía de la experiencia, un timo de holgazanes

Algunas veces durante la cuarentena me di tiempo para ver los clips didácticos de Jesús G. Maestro en torno a la literatura. Creo que ha comprendido muy bien (y eso es de admirar) el medio digital y ha seleccionado, hábilmente, temas que pueden ser polémicos y a la vez sencillos de escuchar para un lector promedio. A ello añade un talento para el humor mordaz, la solvencia de manejar bien sus temas y una actitud desenfadada que provoca lo que buscan las redes sociales: la adicción, que se genera tanto por la empatía como por la resistencia o, como dicen los entendidos, la afición tanto de los lovers y como de los haters. Sin lovers ni haters no eres nadie en redes sociales (lo digo con la autoridad, precisamente, de no ser nadie).

Uno de sus clips ejemplares, en el sentido de que reúne algunas de las virtudes que señalo, muy propias de estos tiempos, es La poesía de la experiencia: un timo de holgazanes. El caso de Borges en “Al idioma alemán”. Coincido plenamente con la idea de que la poesía de la experiencia es un recurso más bien retórico que ofrece poco de sustancioso para quien busque, sinceramente, algo de conocimiento de la vida real. Es cierto que a los intelectuales se les paga por pensar y que, a causa de ello, las más de las veces dan mil vueltas a cosas que no lo merecen. Allí están las burlas a Tales de Mileto, que se caía al hoyo viendo los cielos o los pasajes correspondientes de El elogio de la locura que Erasmo dedicó a los humanistas. Lo que sí me parece que puede comentarse, con fines de addenda (valga el latinismo), es la lectura atenta (close reading le llaman en inglés) del poema borgiano, pues creo que se encuentra un tanto sesgada y lleva a interpretaciones algo exageradas, por falta de conocimiento en torno al universo de Borges y algunas palabras clave. Quisiera compartir detalles, propios de la escritura borgiana, que matizan algunos pasajes del comentario, que en general, es lúcido. De hecho, yo también creo que Borges, al final de su vida, escribió poemas que no sumaban demasiado a su obra y que en realidad solo añaden lustre a su leyenda de viejo aeda ciego y poco más. Una muestra de ello sería lo siguiente: si en lugar de estar firmado por Borges el poema lo hubiese escrito un mi abuelo o el tuyo, sería una mera anécdota familiar y no valdría un ochavo. Pero se trata de Borges y se lee, por ende, como se lee a los genios (o a quienes queremos ver como tales), a quienes se les puede extraer limaduras de oro hasta de sus errores.

Sobre el verso inicial, “Mi destino es la lengua castellana”, se observa que Borges “evita la palabra ‘española’, rebajando lo español a lo castellano”. Esta afirmación tendría mayor sentido en el contexto de los debates sobre el nacionalismo español dentro de la Península (donde decir castellano en lugar de español puede encerrar toda una postura política), pero tales debates no pertenecían a la cosmovisión de Borges. En Hispanoamérica durante la primera mitad del siglo XX, se estilaba decir “castellano” sencillamente porque se consideraba un término más castizo; y así lo hace Borges varias veces en sus textos. No era extraño que los libros de la escuela secundaria dedicados a la materia se llamasen así: Lengua castellana Castellano, sin más. La otra palabra clave del verso es “destino”. Este concepto, que a nosotros nos suena a mero ruido (sonajero, como diría Maestro), tenía profundidad en la literatura de Borges, quien creía que el destino era un valor superior y hasta dichoso. En su discurso al recibir el Premio Cervantes, compartido con Gerardo Diego, decía, justamente, comentando la recepción del premio de manos de un rey, que “un rey, como un poeta, recibe un destino, acepta un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal”. En suma, el destino era una fuerza que a Borges le fascinaba y no le hubiera resultado una carga o imposición pesada. Es lo que mismo que encierra el cuento “El Sur”: Dahlmann prefiere un destino (morir en una pelea a cuchillo con un compadrito), en lugar de un ruin final sin gloria que le impone el azar (haberse caído de la escalera y acabar en un sanatorio). Volviendo, entonces, al poema, aquello de tener como destino el castellano sería algo fatal, hermosamente fatal y poco tendría de imposición de la que renegar. 

En torno al verso “El bronce de Quevedo”, Maestro echa en falta que “podía decir el oro de Cervantes o la plata de Lope de Vega”. Aquí se expone un rasgo que es recurso de sofista para ganar debates: observar no lo que el poema dice, sino lo que supuestamente calla. El problema es que, en Borges, la afición por Quevedo es auténtica y no obedece a querer silenciar otras glorias literarias de la España aurisecular. Borges, como parte de sus ganas de incordiar (en eso era un imitador de Oscar Wilde), soslayaba el Siglo de Oro y solía hablar con apenas entusiasmo de Cervantes (solo elogiaba Don Quijote, pero lo leyó mal, como explicó Anthony Close), aunque celebraba la poesía de Fray Luis de León, el romancero (por su vocación épica), la prosa de Saavedra Fajardo y solo encumbraba a Quevedo, a quien consideraba un escritor extraordinario. Así que acusar a Borges de que “reduce el Siglo de Oro al bronce de Francisco de Quevedo” es cierto, pero no implica que quisiera negar sus otras glorias, sino que simplemente no le interesaban. Su actitud perdonavidas en torno a las literaturas nacionales era archiconocido, como que la embajada de Rusia le invitó a dar una charla una vez y él, en el colmo de la provocación o el descuido, dio una charla sobre Dante Alighieri (en lugar de ganarse sus honorarios elogiando a Dostoievski o Lérmontov). ¿Borges era antiespañol? No lo creo, pero tampoco precisamente un hispanófilo. Era un provocador, eso sí, y muchas de sus opiniones aspiraban a ser boutades. Dicho todo esto, el afecto que sentía Borges por don Francisco era sincero, considerando que le tributó algunos textos, comentarios sueltos y hasta una antología. A lo que voy es a que Borges no está opacando el Siglo de Oro por algún tipo de inquina hacia España, sino porque, honestamente, lo que más le gustaba era Quevedo, por motivos personales. En torno a por qué “bronce”, se me ocurren dos cosas. Una es que puede ser metonimia por ‘estatua’, en razón de varios poemas suyos (de los que gustaban a Borges). En su útil antología quevediana, sin más, aparece el soneto dedicado a la estatua de bronce de Felipe III (aquel que empieza “Oh, cuánta majestad!”), el cual dice en el último tercero, refiriéndose al metal del que está hecha la imagen fiel, resplandeciente y perdurable del rey: “El bronce, por su imagen verdadera, / se introduce en reliquia, y este, llano, / en majestad augusta reverbera”. Otro motivo para relacionar a Quevedo con el bronce podría ser la afición común por la épica, tanto alta como baja: “bronce” podía igualmente evocar la espada hecha de este metal. Revisando su antología de poemas quevedianos, se nota que a Borges le interesaban especialmente las jácaras (de allí a la milonga de Jacinto Chiclana hay solo un paso) y los poemas fúnebres dedicados a celebrar la gloria militar.

El resto del comentario en el clip es una ridiculización consciente y francamente divertida. Muchas de las glosas ofrecidas (“Si tus noches están llenas de Virgilio, macho…. pues tú sabrás… quizás tienes un problema entre las piernas…”) consisten en bromas basadas en leer con la correspondiente degradación burlesca. El ejercicio podría proseguir con otros tantos ejemplos que se considerarían nobles. Igualmente ridículo, leído sin fe ni contexto, sería el famoso “infame turba de nocturnas aves” (¿Por qué las aves son una “infame turba”, acaso son delincuentes o fanáticos de fútbol?), “Corrientes aguas puras cristalinas” (¿No suena a publicidad de agua Lanjarón?), etc., etc., etc. Me recuerda al ejercicio crítico que llevó a cabo Clemente Palma de aquellos versos, rezago modernista, de Vallejo: “Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso”. Palma le reprochaba, con fines de sátira a cierto estilo poético, de esta forma: “¿A qué llama usted los maderos curvados de sus besos? ¿Cómo hay que entender eso de la crucifixión? ¿Qué tiene que hacer Jesús en estas burradas más o menos infectas?”.

Admito que quizás la única diferencia, esencial, entre los versos de Góngora, Garcilaso y Vallejo que refiero y aquel de Borges sobre sus noches virgilianas es que mientras los tres primeros sabían que hacían solo literatura (poesía bucólica o amorosa, con todos los recursos a la mano), Borges pensaba salirse de aquel espacio y presentar sus versos como si reflejaran una experiencia de vida digna de reconocimiento, transcendiendo lo literario o queriendo empatar lo literario con la vida (lo cual es, sensatamente, un despropósito). Por ello, se comprende, ya en la conclusión del clip, hacia donde va el análisis general del poema y bromas como la que suscitaba el verso aquel de mis noches están llenas de Virgilio: a desacralizar un género literario moderno que poco elogio merece cuando se le observa con la atención debida. “La poesía de la experiencia es la poesía de los burgueses existencialistas. De los que superaron el existencialismo y siguieron vivos”. Coincido plenamente. Para desmontar el mito de dicha especie lírica, Jesús G. Maestro se ha servido de varios recursos de la sátira y la burla muy bien practicados.

El Inca Garcilaso y la cultura de la cancelación

Como William Shakespeare o como Miguel de Cervantes, el Inca Garcilaso de la Vega es depositario de todo tipo de fantasías. Especialmente en el Perú, su cualidad de mito identitario es el más fuerte, vinculado con una visión romántica que lo ha convertido en el primer mestizo o primer intelectual peruano. Esta visión se gestó en el periodo decimonónico, según lo conocemos ahora gracias al estudio de Enrique Cortez Biografía y polémica. El Inca Garcilaso y el archivo colonial andino en el siglo XIX. Yo añadiría que el indigenismo, como movimiento político y cultural, vino a ahondar en esa visión y la impregnó de una ideología necesaria para darle un vuelo que ha mantenido en las últimas décadas, con lecturas que se sustentan en teorías más sofisticadas. En efecto, el post-estructuralismo vino a zanjar muchas contradicciones en ese retrato de Garcilaso gracias el alambicado razonamiento que a partir de Jacques Lacan es moneda corriente en los estudios culturales. Me refiero al ya clásico sí, pero no o al literalmente dice X, pero también puede ser Y, sin mayor respaldo documental, histórico o textual. Abundan las lecturas bienintencionadas en ese sentido. La última de ellas recrea a Garcilaso como un intelectual a la manera de Frantz Fanon o James Baldwin, sin detenerse en matices de la lengua y la cultura de la época de Garcilaso que convierten varias de sus interpretaciones en anacrónicas.

Hace un tiempo alguien me habló de la cultura de la cancelación y la forma en que se están tumbando figuras o mitos que son, vistos con ojos actuales, ofensivos o evidencia de un pasado que se quiere eliminar por ominoso. A propósito de ello, me pregunto cuándo le tocará el turno al nunca bien ponderado Inca Garcilaso, depósito de todas las fantasías posibles del intelectual engagé: desde la tolerancia hasta la subversión, el cuzqueño es ejemplo de un sinnúmero de virtudes que se le atribuyen porque su figura exuda ejemplaridad, tanto por sus circunstancias vitales como por el vigor de su obra. Sin embargo, el Inca Garcilaso cuenta con dos tachas terribles que deberían hacer saltar las alarmas de los animadores de la cultura de la cancelación. Garcilaso tuvo dos hijos naturales: uno con su criada y otro con su esclava, Marina. Lo primero es de todos bien sabido y hasta se ha querido fantasear (tanto en la literatura como en la crítica psicoanalítica) con explicaciones desaforadas, según las cuales existiría algo así como una conexión de piel (como si las moriscas fueran necesariamente de piel oscura, cosa que no ocurría siempre) o de cultura (como si un mestizo de español e indígena tuviera que tener afinidad necesariamente con una mestiza de origen musulmán). Hay quien ha imaginado un sincero enamoramiento de Garcilaso, que habría incurrido en la misma actitud del padre (creo que le llaman fantasma a eso en psicoanálisis) con su propia madre. Yo, más escéptico, me inclino a pensar que puede ocurrir el lamentable aprovechamiento sexual basado en la jerarquía de señor y criada que era típico hasta el siglo XIX y al menos en algunos países (como Perú), existió hasta mediados del siglo XX. La cultura de la violación (rape culture, como la llaman en inglés) estaría bien asentada entre los siglos XVI y XVII, con abundantes ejemplos en todo tipo de textos, desde documentos legales y crónicas hasta novelas (piénsese en La fuerza de la sangre, sin más).

A sabiendas de todo ello, no fantaseemos ni a favor ni en contra de Garcilaso (ya que no tenemos evidencia) en su relación con su criada Beatriz. Simplemente, veamos su caso como un hecho que no era extraño en su tiempo, que podemos discutir ahora, pero que debemos asumir (de buena o mala gana, ese es otro debate) como parte de su figura autorial. Más horrendo resulta el comprobar que era esclavista, como lo era buena parte del mundo civilizado durante la temprana modernidad. Cuesta creerlo desde una perspectiva actual (la del intelectual orgánico), que tiende a englobar la escritura y la vida como un haz y un envés que consolidan eso que se llama activismo. Pese a todos nuestros esfuerzos, el Inca Garcilaso es un sujeto de su tiempo y como tal presenta una lista de cualidades que, a nuestro gusto personal, podrían significar tanto méritos como deméritos. Me imagino que, en algún momento, más temprano que tarde, a alguien se le ocurrirá cambiarle el nombre a la avenida que lleva su nombre en Lima (que aparece erróneamente a veces como Garcilazo) o al estadio del Cuzco. A la avenida en cuestión habría que buscarle un nombre nuevo (ya que el otro, Wilson, es a todas luces rezago imperialista); quizás Taulichusco (si no se le descubre antes que tuvo alguna manceba o que no fue suficientemente resistente a la invasión española). Darle nombre al estadio es más sencillo, con llamarlo Túpac Amaru está hecho. O también puede ocurrir que todo lo ominoso de Garcilaso se soslaye (no me extrañaría), porque puede más la necesidad de recurrir a símbolos de unidad frente a discursos opuestos, apelando al viejo lema (que se ha demostrado a menudo falso) de las elecciones peruanas: sí, es muy malo, pero el otro es peor, ¿no?

Vindicación del intelectual de café

Lamentablemente, el término intelectual de café suele emplearse en sentido peyorativo, pero no debería ser así. El intelectual de café marcó una época y cumplió un rol social en la educación de muchas generaciones. El intelectual de café es un disperso, pero con grandes habilidades para elaborar ideas. Ideas que no concluye nunca, claro. El intelectual de café es ese sujeto que, a través de su singular mayéutica, te dio el tema de tu tesis o te ayudó a precisarlo, o bien te mostró un ángulo de análisis que tus ansias de erudición no te permitían auscultar. Todos los que frecuentamos aulas universitarias conocimos a uno o varios. Solían vestir discretamente, llevaban un morral con libros y generalmente tenían uno sobre la mesa (desde metafísica hasta poesía trovadoresca, pasando por esoterismo), junto al paquete de cigarrillos. Los elegantes de antaño (piénsese en alguien como Rafael Cansinos Assens) llevaban pañuelo o flor en el ojal. Los modernos y masculinos de los ochenta y hasta los noventa tenían un mechero que decía Lucky Strike y era su marca personal. 

¿Qué era un intelectual de café? Básicamente era un animador cultural, un diletante que tenía múltiples lecturas, que siempre tenía una buena historia o reflexión, como si las ensayara frente al espejo por las mañanas, y que exhibía un humor a menudo sardónico o hasta cínico. Algunas variantes: el romántico, que llevaba un abrigo negro con solapas altas (porque para él siempre era el invierno del descontento), bufanda roja y patillas largas; el descuidado, que iba con la misma ropa desaliñada siempre, barba de tres días, cara sin lavar y de pocos amigos, hosco que se iba soltando conforme se desataba la conversación; y hasta el que pretendía no ser intelectual de café, sino que te hablaba de proyectos serios (como acabar una tesis cuyo plan tenía a medio escribir) y hasta despotricaba contra su dichoso oficio. Porque el intelectual de café era un antisistema por definición y su rasgo esencial era, tal vez, que sus ideas inspiraban a otros, pero nunca lo conducían a él a nada concreto; de allí su papel de animador o profeta. Como Moisés, podía mostrarte el camino o guiarte por el desierto de la investigación o la vocación literaria, pero nunca llegaría a pisar la tierra prometida de la cátedra o el puesto más o menos estable que su talento le habría augurado en un inicio. 

Y tal vez era mejor así. Como el cantante ahora famoso (piénsese en Rosalía) que fue rechazado en el Tú sí que vales, al intelectual de café le venía bien no haber sido redimido del purgatorio del café, porque de lo contrario su vida hubiese seguido por esos cauces sinuosos de la política, la zarpa y la carrera de obstáculos que es la academia. Lejos del futuro del ganador o el finalista de Operación Triunfo, con su maratón de conciertos en verbenas y bautizos, el intelectual de café no se hacía, sino que nacía, desengañado de antemano de los oropeles y los triunfos romanos. El intelectual de café escribió poco o no tanto, de forma dispersa, sin el orden que aquellos que lo admiraban hubiesen deseado. Aquello de qué buen vasallo si tuviera buen señor se decía mucho del intelectual de café. Yo encontré a uno que conocía más jarchas y serranillas que su propio profesor de medieval, pero nunca emprendió un trabajo serio y se conformó con hacer glosas más o menos interesantes frente a tres menores de veinte que eran sus acólitos en largas jornadas de cafeta en una vieja facultad de Letras. En el fondo, el intelectual de café era un aristócrata de espíritu bajo el hábito de mendigo o un príncipe en disfraz de sapo. 

El intelectual de café se ganaba la vida como podía, a menudo en pequeñas labores, como la traducción o la corrección de textos, que le conseguían sus amigos que se aburguesaban. Sin embargo, su ocupación ideal era tener su propia columna de crítica literaria, donde podría soltar frases poderosas que revelaban sus lecturas. Si ejercía la docencia, lo hacía como profesor suplente o como asistente de cátedra de un maestro que le dio algunas horas como dádiva de señor feudal a un ahijado suyo. En sus pocas horas como maestro, el intelectual de café hacía gala de su sabiduría: se iba por las ramas, hablando de autores o temas que no venían al caso, hacía preguntas existenciales y provocaba gran curiosidad en las muchachas de la clase, con alguna de las cuales acabaría yendo a la filmoteca a ver una película de la Nouvelle Vague; a la salida sus amigos se daban cuenta que guardaba sentido, dado que la cita de esa noche tenía un perfil que recordaba, inevitablemente, a Catherine Deneueve. Esas cosas pasaban y eran pequeñas glorias del intelectual de café. Con el tiempo, tanto iba el cántaro al agua (tantas citas con muchachas fascinadas) que se rompía y no era extraño que nuestro personaje acabara siendo padre. Tampoco entonces se reformaba: yo vi alguno que empezó a ejercer las artes plásticas en la mesa de la cafetería con lápices de colores, con los que adornaba poemas escritos a mano para luego venderlos a sus aficionados que, entre el afecto y la admiración por su tesón, querían colaborar en la compra de pañales para su vástago (el cual, seguramente acabaría por ser un emprendedor pragmático o un abogado agresivo que renegaría de su padre bohemio, pero esa ya es otra historia).

El intelectual de café surgió a la vida pública en el siglo XIX. En el XVIII, su padre frecuentaba los salones. En el Renacimiento y el Barroco, su abuelo animó academias. Nuestro personaje reinó, a sus anchas, durante el siglo XX. Abraham Valdelomar fue intelectual de café en el Palais Concert. Francisco Umbral lo fue en el mítico Café Gijón. Pepín Bello ejerció el noble oficio en la Residencia de Estudiantes. Jorge Luis Borges también lo fue, en el Tortoni, y era famoso por pedir leche en lugar de brandy. Yo conocí un par en la cafetería de Letras de mi alma mater. ¿Qué fue del intelectual de café? Las redes sociales lo llevaron a la extinción… o a su reconversión. El intelectual de café de nuestros tiempos es un tuitero feisbukero (si es mayor de treinta), ya que las charlas intelectuales más o menos pretenciosas y absurdas han pasado a las plataformas digitales. ¿La diferencia? A causa de la inmediatez y la concisión, se ha perdido profundidad, aunque esta nunca fue, ciertamente, aspiración de nuestro personaje. Lo más terrible es que se ha perdido intimidad: las redes sociales son un verdadero panóptico. Antes la frase desafortunada o producto de levantarse con el pie izquierdo se quedaba en el aire y se olvidaba pronto; ahora queda impresa y sus enemigos la sacarán a relucir cuantas veces puedan. Definitivamente, se han perdido códigos, se ha perdido clase…

De Carmelo, Camarón y otros gallos

Mi abuelo criaba gallos de pelea. Cuando yo era niño, recuerdo haber asistido a algunas tardes campestres en las que se peleaban gallos. No recuerdo el nombre que se les daba a esas jornadas. Quizás se decía simplemente tardes de gallos o peleas de gallos. Hay dos tipos de gallos de pelea: el gallo de pico y el gallo de navaja. El gallo de pico, como su nombre lo dice, pelea a picotazos, saltos y golpes, como un boxeador. El gallo de navaja también pica y salta lanzando patadas, pero en la espuela lleva una hoja fina para desgarrar al rival. Los gallos, como los caballos, son animales con instinto competitivo y luchan hasta el final. En estas aves se encuentra el mismo pundonor que en los equinos y se han visto combates francamente épicos.

A los gallos de navaja se les corta la cresta para hacerlos menos vulnerables

Uno de los cuentos más famosos de la literatura peruana, probablemente el primer cuento moderno, se llama “El caballero Carmelo” y habla de un gallo cuya nobleza en la pelea se expresa en el título. En la memoria de los lectores queda grabada no solo la estampa del inolvidable Carmelo, sino también la de su rival una tarde fatal, el fiero Ajiseco. Un experto en gallística, Marco Aurelio Denegri, solía decir que Abraham Valdelomar, el autor del cuento, no sabía nada de aves de pelea, pues sus descripciones y términos no son los adecuados. Sin embargo, tecnicismos aparte, Valdelomar logró componer un texto nostálgico con su épica en miniatura. Toda épica es nostálgica, como se sabe: esos que luchaban con denuedo y honor no podemos ser nunca nosotros, sino nuestros antepasados, “los mejores”, los que ya no están aquí, pero cuya memoria se conserva para que nos sirva de inspiración.

Eso es lo que ocurre con el valiente Carmelo: es un guerrero que ya era legendario en la arena y solo volvió de su cómodo retiro en una ocasión, porque el destino así lo quiso y, como los soldados anónimos, fue a cumplir su deber y no pedía más recompensa que esa. Su lucha con el Ajiseco recrea aquella que hemos visto tantas veces (el placer de repetir) en la literatura y en las películas: un peleador, viejo y algo lento, experimentado, zorro (es jerga del fútbol), que enfrenta al joven lleno de energía, apasionado y que quiere ganarlo todo pronto, solo con el ímpetu de su edad. Carmelo resiste, mide a su rival, cae herido y, cuando el joven parece haber ganado, saca fuerzas de no se sabe dónde y lo hiere de muerte. A la manera borgiana, la historia ha pasado muchas veces, aunque siempre se narra como si fuera la primera vez, en otras latitudes y tiempos. Yo mismo recuerdo peleas de gallos que acabaron así en mis memorias infantiles. Porque yo también vi a un gallo que ya no podía ponerse de pie y reposaba, malherido, sin enterrar el pico. El árbitro solía acercarse y poner una tabla para separarlo de su rival. El dueño se aproximaba para tantear lo que pasaba. A veces, con fe, solo miraba a su gallo e imagino que, en silencio, rogaba por ese último esfuerzo. El otro gallo podía también estar herido, con un hilo de sangre debajo del ala, y tampoco quería pelear, sino que solo respiraba, agitado, esperando que se levantase la tabla. 

Entonces el árbitro la apartaba y alguna vez ocurrió que el gallo que parecía perdedor revertía el resultado con un salto inaudito y asestaba la patada mortal con la navaja. Y el otro gallo, más joven, más confiado, pagaba cara la bisoñez y bajaba el pico, desfalleciente. Y el viejo guerrero, sabio, cargado de heridas, se despedía del ruedo con gloria, solo después de ver al enemigo vencido. Al gesto del gallo que, cansado, parte de este mundo se le llama enterrar el pico, porque el ave, aunque ya no puede ponerse en pie, mantiene vigor suficiente para sostener la cabeza erguida y el pico, que ha de pesarle muchísimo en aquel estado. Cuando el gallo se resigna a morir, porque está cansado y dio todo de sí, entierra el pico con la mayor dignidad. Y el público aplaude, siempre, porque hasta la derrota tiene honor si se fallece luchando hasta el final. Otra expresión gallística es sabiduría de refranero: el gallo viejo con el ala mata. Dícese cuando vale más la maña (el ala) del experto que su instrumento (la navaja). Podría afirmarse, entonces, en sentido figurado, que Carmelo ganó la pelea así: compensó su falta de agilidad y fuerza con la pericia propia de gallo viejo. 

Por último, la pelea de gallos, con su carácter de pequeña épica y tradición popular, se encuentra bellamente recreada por una canción de Chabuca Granda. En su tema “Camarón”, se cuenta la historia, en primera persona, de un gallo orgulloso de su casta y del destino de lucha honorable que le espera, la cual incluye la muerte en el ruedo. Cómo no conmoverse con versos como este: “Quítame, gallero, traba, / para reñir fui criado / tengo la caña cuadrada y el pecho muy levantado ….”; o de su desenlace fatal, que recuerda a Carmelo y a otros gallos que vimos vencer tantas veces y luego, al final, retirarse, en silencio y sin molestar a nadie, habiendo cumplido su deber: “Que soy un gallazo fiero / de aquellos de vez en cuando / que quieren vivir venciendo /o, si han de morir, / matando…”. Sit tibi terra levis.

Lecturas extemporáneas: ¿la buena literatura siempre es subversiva?

Recientemente encontré una nueva columna de Mario Vargas Llosa en la que este volvía a un viejo postulado de su ensayo La verdad de las mentiras: “La buena literatura es siempre subversiva”. Para ilustrar la idea, repetía el dato de la prohibición de leer libros de ficción [“novelas” las denomina él] que el Santo Oficio había impuesto a los indígenas en América. Según él, la razón de prohibirlas sería que “[…] ellas [las novelas] expresan siempre un descontento, la ilusión de una realidad diferente, por las buenas o las malas razones”. Lo cierto es que la condición de “malas lecturas” que recibieron los libros de ficción en los siglos XVI y XVII obedecía más que nada a que, por ser lecturas populares, podían ser leídas por personas sin mayor formación por entonces (como los indígenas, los niños y las mujeres) que no iban a poder entender su naturaleza de historias imaginarias. Don Quijote de la Mancha, entre otras cosas, se ocupa del espinoso asunto de la recepción, tanto como de la naturaleza de la ficción misma: ¿cómo leer adecuadamente, disfrutando una “mentira” sin caer en la confusión? En el libro se presentan varios lectores ingenuos que confunden realidad y ficción, como el ventero (Palomeque El Zurdo) y hasta el mismo héroe novelesco (aunque a causa de su locura). Cervantes nos hubiera dicho, entonces, que en el centro del debate se encuentra no tanto el rol intrínsecamente fantasioso y escapista de la ficción (al margen de la necesidad de la verosimilitud, que para él es de rigor), sino en la forma en que la procesamos. Vista así, aquella prohibición de los inquisidores no tiene que ver con la naturaleza de la ficción, sino con el comportamiento de ciertos receptores, a los que (paternalmente) se intentaba proteger de las “malas lecturas”, que eran malas no por su contenido sino por la supuesta impericia del lector. El inquisidor no censura la ficción como género, sino que restringe la lectura torpe de las ficciones, cuyas exageraciones podían influir perniciosamente en algunos ignorantes (así se consideraba a los indígenas como masa). De igual manera, aquella “ilusión de una realidad diferente”, que observa Vargas Llosa, tiene más que ver con la experiencia del lector que con el texto mismo.

Hecha esa aclaración sencilla, hay que admitir que la susodicha teoría, que complementa aquella otra más antigua de los demonios del novelista, es seductora, pero más para entender la poética del Mario Vargas Llosa detrás de sus novelas que para juzgar la ficción como modalidad literaria. La bendita “subversión” es atractiva como idea, mucho más para un intelectual (individuo generalmente pasivo), porque es un ideal romántico y rebelde. Pero la rebeldía o la subversión son criterios tan válidos per se como la eutrapelia del Aquinate o el utile dulci del camarada Horacio: al final, todo depende de la poética particular que pare un texto. Lo digo porque durante siglos el criterio para estimar un relato literario no pasaba por su cualidad de subversivo o rebelde. Dudo mucho que pueda catalogarse como “subversiva” en sentido vargasllosiano a la Eneida, tanto como dudo que pueda cuestionarse su profunda influencia en la narrativa de todas las lenguas europeas modernas durante al menos dieciséis siglos, aunque ahora solo la lean cinco entendidos (y tres de ellos en traducción). La Eneida tenía aventura, poesía, personajes paradigmáticos, grandes discursos… épica, en suma, que era un género tan deleitoso y colosal como se lo propusieron muchas películas del siglo XX. Dudo que los lectores fascinados de Virgilio en el siglo XII, de Cervantes en el XVII o de Laurence Sterne en el XVIII considerasen el placer de la subversión como parte del goce literario; aunque quizás el cándido lector de Céline o de Henry Miller en el siglo XX tal vez sí.

Todo lo dicho apunta a que la creencia de que la “buena literatura”, de cualquier época, debe mostrar algún tipo de rebeldía o insumisión frente a la realidad puede llevar a lecturas desaforadas, producto de la ignorancia de los contextos de producción y un gran entusiasmo que ciega al lector en torno a la distancia temporal o cultural. Hace poco cayó en mis manos el curioso volumen El combate imaginario. Las cartas de batalla de Joanot Martorell, con edición y estudio de Martín de Riquer, y con prólogo de Vargas Llosa. Sus respectivas lecturas (de Riquer y Mario Vargas) no pueden ser más distintas. Mientras Vargas Llosa detecta y profundiza en el “elemento añadido” de las cartas, que sería el factor ficcional, es decir inconformista, ergo subversivo en los textos de Martorell; Riquer ilustra al lector lego en torno a las convenciones retóricas y culturales, es decir los tópicos, que incluyen las cartas, con casi siempre los mismos ejemplos en los que Vargas Llosa encontraba ímpetu fantasioso. Dicho de otra manera: todo lo que para el novelista arequipeño es subversión y afán de negar la realidad cotidiana, para Riquer (respaldado por su conocimiento de la época) es testimonio de la más completa adherencia de Martorell a los valores y lugares comunes de la sociedad caballeresca en la que vivió. ¿Cuál de las lecturas es la más convincente para comprender las cartas de Martorell? ¿Cuál de las dos es la que puede resultar más estimulante para un creador de ficciones a la manera vargasllosiana? Júzguelo el lector.

Finalmente, la subversión, que básicamente significa ‘alterar el orden establecido’, es una palabra comodín que puede legitimar casi cualquier texto desde hace al menos tres décadas. Es admirable su duración, considerando que otros términos equivalentes (por lo de comodines) han pasado de moda ya. En los setentas, la palabra mágica era marginal; en los noventas, subalterno; con el nuevo milenio, se despolitizó y popularizó la disidencia (que venía de la Guerra Fría y ahora tiene valor cultural). Últimamente la palabra clave es resistencia o resistente. La crítica académica actual, que goza acuñando y difundido términos así, está llena de estos vocablos. Detrás de ello se encuentra aquella misma concepción romántica que reconoce en una supuesta rebeldía un factor prestigioso, al margen de criterios un tanto más técnicos que eran tan o más relevantes en la literatura más clásica (o menos postmoderna, según se quiera ver). Hoy se pretende valorar textos literarios de toda laya por quién los escribe, por su genealogía o por el color de tinta que usa a la búsqueda de eso mismo que obsesionaba a Vargas Llosa hace cincuenta años: la bendita y nunca bien ponderada subversión.