El énfasis en la literatura peruana (estudio y antología)

Hace poco, leyendo noticias peruanas, me llamaron la atención dos hechos. El primero es el del alcalde de Moche (en una provincia del norte costeño) que hace unos meses firmó con su propia sangre una carta con demandas urgentes dirigida al presidente; supongo que emulando a un malherido Túpac Amaru en la mazmorra cuzqueña. El otro ocurrió en una audiencia judicial, en la que la abogada de un político en problemas renunció en directo, incluyendo en su argumento, en referencia al honor y la buena imagen, su “interés reputacional [sic], como abogada y como sanmarquina”. Me resulta comprensible proteger la reputación profesional, pero me resultó curioso (por lo innecesario) lo de “como sanmarquina”. Me cuesta imaginar a un abogado de cualquier otra universidad alegar su alma mater como argumento, a riesgo de ser considerado pretencioso o afectado (“como abogado y como oxoniense”, “como médico graduado de Cornell”, “como filólogo y egresado de la UAB”, “como sociólogo y doctor de la Sorbona”, “como historiador de la Universidad San Francisco de Quito”, etc.).

Luego, pensándolo bien, las dos situaciones me recordaron una idea a la que dio forma mi llorado amigo Luis Alberto de Celis en un tomito que aún guardo en mi biblioteca y que debe andar dando vueltas en algún remate del centro de Lima o, más bien, perdido en la estantería de algún otro de los amigos de su siglo. Así que, con ese disparador, volví a hojear el tomo, impreso por su cuenta, titulado El énfasis en la literatura peruana: breve estudio y antología (Lima: Huaca Pucllana, 2012). Ambas acciones (la del alcalde y la abogada) hubieran ilustrado bien eso que mi amigo Celis consideraba “un rasgo esencial de la experiencia peruana plasmada en sus letras: el énfasis o engolamiento”. El autor admitía que su aproximación apelaba a una fenomenología alemana algo trasnochada para cuando lo compuso (el texto está fechado en 2011), pero que cumplía “con la cuota de psicologismo (vicio orteguiano) que aún impregna la historiografía de la literatura peruana”. Y de la cultura, añadiría yo, pues si bien el engolamiento o énfasis se encuentra bellamente expresado en las letras, existe en todo tipo de expresiones cotidianas. Como decía Arguedasel Perú es un país antiguo y, como tal, lleno de formas y ampulosidades, como cuando se quejaba de todas las ceremonias a las que lo sometían los campesinos en sus visitas a las comunidades, “estropeándome hasta la luz del pueblo” (así lo cuenta en la parte del diario de El zorro de arriba y el zorro de abajo). 

En su ensayo Buscando un rey, Eduardo Torres Arancivia identificaba el estilo ceremonial que está presente en todas las instituciones peruanas como un rezago del antiguo régimen. Es posible. Sin embargo, Luis Alberto de Celis no llegó a leer aquel ensayo histórico. Sé, por confesión del autor, que su inspiración para el ensayito fue la lectura incomportable de la tesis de Martín Adán, De lo barroco en el Perú. “Se me caía de las manos”, me confesó Celis. Para él, el énfasis o engolamiento era un concepto más objetivo, y por ende más preciso, que el de perricholismo (de Mariátegui) o el de huachafería, términos ambos con sesgo peyorativo, “de cultura acomplejada de sí misma”, afirmaba. La antología de mi amigo De Celis incorporaba textos de todas las épocas de la literatura peruviana, para testimoniar su férrea vocación engolada. Destacaba, para empezar, la poesía criolla del siglo XVIII con sus invocaciones al río Rímac, que (cual Tajo o Danubio donde rondan las ninfas) había de llorar por la muerte de un príncipe europeo. Uno de los mejores sonetos de nuestra época virreinal (extraído de uno de los preliminares de la Lima fundada) no dejaba de homenajear a la tradición renacentista de cantar a los volcanes (como el Etna o el Vesubio que refería Quevedo en su epitafio al duque de Osuna), cantándole al entrañable cerro San Cristóbal de la colonial Lima, “donde frunce el gallinazo la frente”, según gallardo endecasílabo dieciochesco. 

En el siglo XIX los costumbristas hicieron del énfasis moneda común con frases que todavía nuestros abuelos (de inicios del siglo posterior) repetían: “¡Al Chorrillo! ¡Al Chorrillo!”, que acuñó la dama de Asensio Segura o el sempiterno “¡A Acho, caracho!”, que llegó hasta Un mundo para Julius. Lamentablemente, aseguraba De Celis, “Palma vino a derrumbar el registro serio y ya nadie podía tomarse a pecho los donaires de Mari Ramos y su gatita. Tuvimos que esperar el siglo XX con sus luchas colectivas para recuperar el maravilloso engolamiento que nos caracteriza”. Solo cabe asentir a ese aserto si se verifica el volumen de autores y textos seleccionados de la época contemporánea (que constituye los dos tercios de los textos antologados). El énfasis en el siglo XX lo inaugura, bien visto, José Santos Chocano, con su famosa aseveración: “Walt Whitman tiene el norte, pero yo tengo el sur”. Pretensiones modernistas aparte, sigue esta escuela César Vallejo con varios versos enfáticos, de los que cuales extraigo solo dos. “¡César Vallejo, te odio con ternura!” y el no menos estrepitoso “Oh, estruendo mudo / ¡Odumodneurtse!”. El indigenismo abrazó el énfasis como recurso muy efectivo para sus ideas fuerza. Solo piénsese en el arguediano Kutu (el de “Warma Kuyay”) que, aunque impotente, brama “¡Endio no puede, niño!”. En vísperas de cerrar su antología, De Celis alcanzó a conocer, e incluir, el último ejemplo, y quizás el mejor, del énfasis en la literatura peruana: “El Perú soy yo”, puesto en boca del Premio Nobel de 2010. ¿Te parece poco, Manongo?

“Teoría de la prosa” de Ricardo Piglia

Uno de los últimos proyectos editoriales de Ricardo Piglia (además de la preparación de sus diarios) fue la composición de este libro, que reúne las nueve clases, más un epílogo, de un curso que dedicó a las novelas cortas de Juan Carlos Onetti en la Universidad de Buenos Aires en 1995. Los capítulos que conforman Teoría de la prosa son las transcripciones de cada sesión, con ajustes mínimos. El carácter oral y fluido del discurso de Piglia se evidencia por el manejo discreto de las citas, así como por la estructura didáctica de cada capítulo, que siempre apela a un auditorio de estudiantes, a un ustedes con quienes se entablaba un diálogo que se encontraría en los materiales con los que no contamos, pero a los que se alude (las tareas que asignaba, la bibliografía secundaria del curso o las preguntas y comentarios que surgirían después de su perorata).

Ricardo Piglia fue un escritor, un ensayista y un profesor, pero creo que sobre todo siempre quiso presentarse a sí mismo como un lector. Todo su trabajo (tanto creativo como académico) está enfocado en el rol de la lectura como elemento imprescindible de la creación. La lectura que promovía Piglia, a través de sus clases y su propia obra crítica era la denominada lectura del escritor: toda la pesquisa se orienta, en la perspectiva de Piglia, a ver el texto narrativo como un problema o, en el lenguaje estructuralista, como una máquina. Las preguntas de análisis son de construcción narrativa, de funcionamiento de imágenes, personajes o secuencias, así como el rol del tiempo en la trama. Este tipo de lectura le proviene al autor de su manejo amplio del género policial, lo que explica igualmente su fascinación por Borges y otros autores rioplatenses (Onetti incluido, que era lector de Simenon y Hammet). Desde la perspectiva de escritor que explora cómo se compone una historia, la meta de Piglia se cifra en la reescritura, ya que entender es volver a narrar, como reza uno de sus adagios pedagógicos. Entender los mecanismos narrativos supone poder utilizarlos, apropiarse de ellos y proponer una nueva historia a los lectores. En esa medida, como quiere Piglia, la reescritura de un texto asemeja a la traducción, la cual también implica una comprensión cabal.

Si bien la lectura analítica de Piglia es de cariz creativo, no excluye la teoría, sino que la selecciona con eficacia. Teoría de la prosa tiene como punto de partida para su definición de novela corta o nouvelle (a falta de mejor nombre en castellano) trabajos clásicos de Erich Auerbach, Giles Deleuze y Víctor Shklovski, especialmente este último, por su método formalista, que el título del volumen homenajea. La novela corta es, como señala Piglia, un hipercuento: la expansión de todas las posibilidades o versiones que un cuento puede ofrecer a un narrador. Mientras el cuento se orienta a la sorpresa final que supone revelar el secreto, la novela corta elabora su intriga en torno al secreto que nunca se revela. La novela corta invita al lector a especular en torno a lo que no se narra, con lo que se convierte en una escritura in absentia

Con estos postulados, que revisa, aplica, pule y vuelve a aplicar, Teoría de la prosa es un recorrido crítico del corpus de novelas cortas de Onetti: El pozoLa cara de la desgracia (reescritura del relato La larga historia), Los adiosesPara una tumba sin nombreTan triste como ellaLa muerte y la niña Cuando entonces. Además de ello, el libro explora las conexiones de Onetti con las obras de Roberto Arlt y Jorge Luis Borges, sus contemporáneos y autores igualmente admirados por Piglia. Onetti resulta ser un escritor arltiano, al inicio un seguidor que logra, con arte, consolidar una obra propia. Larsen sería un desarrollo de Haffner, el inolvidable Rufián Melancólico de Los siete locos. Si los personajes de Arlt reconocen estar “del otro lado de la vida”, en Onetti la vida marginal (las fieras, los estafadores, vagos y macrós del universo arltiano) es la ventana hacia una realidad diferente, la fantasía: la de Jorge Malabia, señorito de provincias, que se convierte en macró de la joven prostituta (antigua sirvienta) en Para una tumba sin nombre o el mismo Brausen que se recrea como Arce en La vida breve. Por otra parte, Onetti comparte con Borges la exploración de la fantasía como mundo paralelo en sus tramas. Sin embargo, si Borges encuentra en la narrativa dos caminos paralelos (el de la realidad y la magia), Onetti los considera yuxtapuestos. 

Las reflexiones de Piglia sobre el arte de la ficción son interesantes y rigurosas a la vez. Como escritor para escritores comparte consejos y observaciones que son producto de la experiencia de leer y escribir, con lo que contribuye a arrojar una mirada a los textos que otras perspectivas no poseen o simplemente descartan de antemano. En un contexto, como el de la crítica actual, que se solaza en encajar textos en marcos interpretativos cada vez más rígidos (los textos ya no son considerados máquinas de contar, sino materiales para alimentar teorías, que son ahora máquinas de analizar), la mirada de Piglia nos religa no solo con una parcela de la narrativa rioplatense (Onetti, Arlt, Borges, Bianco) sino fundamentalmente con el acto de leer como actividad recreativa en sus dos sentidos (el de diversión y el de crear de nuevo).

Un tema decimonónico: la atracción juvenil hacia la mujer mayor

En un pasaje de su todavía penetrante (y entretenido) ensayo La orgía perpetua. Flaubert y “Madame Bovary” (1975), hablando del personaje de Justin, Mario Vargas Llosa, ávido lector de novelas del siglo XIX, observa que este personaje es “otra constante decimonónica, el niño silenciosamente enamorado de la mujer inalcanzable”. Quizás la plasmación más rica de este tópico en manos del mismo Flaubert es el Frédéric de La educación sentimental, quien, en aquel viaje iniciático a París, como joven proviciano que va a conocer el gran mundo con dieciocho años, conoce a la inalcanzable Madame Arnoux, quien será su gran amor durante el medio millar de páginas de la novela. Madame Arnoux se le imponía a Frédéric como un modelo femenino, mucho más al lado de su marido, aquel librero mujeriego y promotor de intelectuales de café. Madame Arnoux representa todas las ilusiones del joven en esos años claves de formación, con el telón de fondo de la revolución de 1848. ¿Cuánto de la fantasía de su proyecto de novela de tema medieval (“una gran novela medieval sobre Nogent”) que acaricia el Frédéric escritor frustrado se encuentra en su visión de la Arnoux? Muchísimo, claro. Como se dice al inicio de la novela, Madame Arnoux “parecía una de las mujeres de los libros románticos”, con su vestido, su sombrero, cintas, zapatos delicados y manos finas. La educación sentimental, entre muchas cosas, es un carpetazo definitivo a los sueños rotos: a riesgo de caer en un spoiler, solo diré al cándido lector que el último encuentro de Madame Arnoux y Frédéric lo convierte todo en lágrimas en la lluvia, con más ganas de sonreír que de llorar, porque no hay cómo ni con qué.

Otro ejemplo del tópico de la fascinación hacia la mujer mayor se encuentra en uno de los mejores cuentos de Joaquim Maria Machado de Assis, “Unos brazos”. Publicado en 1885, el relato nos presenta al adolescente Ignacio, que malvive como ayudante (explotado comido por servido) del gestor Borges, a cuya esposa, doña Severina, ama platónicamente. En el texto no se encuentra la visión romántica, educada, de Frédéric, sino el deseo sencillo de un muchacho que, entre las miserias de su trabajo, encuentra en la gracia en el caminar que tiene doña Severina y sus generosos brazos desnudos un punto de fuga que le da la fantasía de su amor. En este caso el erotismo es menos sutil: si en Frédéric (como personaje típico de Flaubert), el deseo se viste de detalles y accesorios femeninos (he allí la obsesión con los botines), en Ignacio se encuentra en la piel que exhibe doña Severina, en un fondo de precariedad y maltrato grosero del jefe explotador: “La verdad es que eran [los brazos] bellos y carnosos, en armonía con la dueña, que era más robusta que delgada, y no perdían el color ni la tersura por vivir en contacto con el aire; pero cabe aclarar que ella no los traía así por seductora, sino porque ya había gastado todos los de mangas largas”. En este caso también existe, aunque en un ambiente degradado, un triángulo amoroso que explica, en buena medida, la pasión del amante en silencio: el esposo de la amada representa lo que puede ser un adulto (un sujeto mediocre o vicioso, ora mujeriego ora tiránico) en contraste con el fulgor del joven soñador y la mujer cuyo amor imposible frustra y fascina al mismo tiempo. El final de “Unos brazos” recuerda en algo al de la última conversación de Frédéric y Madame Arnoux en La educación sentimental: la amada, aunque sepa que es un amor inútil (lo que Arguedas llamó tiernamente warma kullay en un cuento famoso), no deja de guardarle gratitud a ese amante devoto. Mientras Madame Arnoux admira el sentimiento y le expresa una sincera amistad (que a veces, como lo saben los adultos, puede ser mucho más grata y prolífica que el amor); la doña Severina de “Unos brazos” también es agradecida y permite a Ignacio quedarse con la fascinación por su amor juvenil por el resto de su vida, encapsulado en el almíbar de los sueños.

Si algo queda en limpio de aquellas experiencias adolescentes es que, efectivamente, resulta más saludable para la madurez de Frédéric e Ignacio haber vivido sus pasiones de esa forma: con intensidad, sin perturbaciones reales y mucho espacio para elaborar sus afectos. La melancolía es propia de los jóvenes y es inherente a su inconformismo, que es también el motor del amor que experimentan: Frédéric quisiera ser mayor y conquistar París, metas que están cifradas simbólicamente en el amor hacia Madame Arnoux; Ignacio, más humilde, encuentra en el garbo alegre y el erotismo que rezuma la piel de doña Severina algo de la dicha que su pobreza y la explotación le niegan. No sé si en este siglo de hashtags (que ya no de siglas), haya lugar para esas exploraciones profundas del espíritu. 

Novedades editoriales de primavera en “Ínsula Firme”

La editorial Ínsula Firme se complace en anunciar el lanzamiento de su nueva colección Trampantojo, dedicada a publicar trabajos de investigación que propongan nuevas miradas críticas hacia la literatura y la cultura. Trampantojo acoge monografías que cuestionen la mirada tradicional o conservadora, en aras de postular nuevas formas de leer e interpretar la producción cultural mediante herramientas teóricas actuales. Con el mítico verso vallejiano como dictum (“Confianza en el anteojo, no en el ojo”), Trampantojo postula poner a la periferia en el centro del debate y descentrar el canon. Estos son los dos primeros volúmenes de la colección ya a la venta.

Mazurcas inglesas de Józef Konrad: el primer estudio sobre la transculturación en la obra de Józef Konrad. Perteneciente a la baja nobleza polaca y nacido durante la ocupación de su país por el imperio ruso, el padre de Konrad sufrió persecución por luchar por la independencia de Polonia. Estos años de encierro del padre provocaron en Konrad una gran meditación en torno al imperialismo y su propia identidad. Con diecinueve años, para no ser reclutado por el ejército ruso, escapa de Polonia y acaba en Inglaterra, donde abraza una nueva vida. Desde los veintiún años, se dedica a profundizar en la escritura del inglés para dominarlo y empezar a publicar, a los treinta y siete años, sus novelas y relatos. La mirada crítica de Konrad al colonialismo británico, como se ve en El corazón de las tinieblas, es una transposición de su enjuiciamiento del imperialismo ruso. Lo que hasta ahora no se ha abordado es el subtexto polaco que se encuentra en el lenguaje literario que ejerce Konrad con el inglés. Se trata de un acto de simulación del código imperial que este sagaz estudio revela como un ejemplo magnífico de la subversión cultural y la apropiación del lenguaje del imperio.

Hombre de bien. Homoerotismo y resistencia en José Camerino: este estudio indaga, por primera vez, en torno al homoerotismo que entra en conflicto con la identidad del narrador de origen italiano, afincado en Madrid, José Camerino, en los albores del siglo XVII. En una sociedad caracterizada por el férreo control ideológico, religioso y político, Camerino debe sacar adelante una carrera literaria contra los prejuicios que identifican al sujeto italiano como homosexual. Los textos de este autor revelan, entre líneas, un discurso de resistencia frente a la masculinidad que se identificaba, en la España barroca, como elemento primordial de la identidad nacional. Aplicando conceptos de la teoría queer, se ofrece una lectura innovadora del tratado A fe de hombre de bien, el cual, so capa de abogar por una clase media digna, revela en realidad la presencia de inevitables pulsiones homoeróticas en la constitución del sujeto imperial español.

Se cuenta con dos volúmenes más en preparación. Uno es Escribir en la Luna. Heterogeneidad y migración en Antonio Muñoz Molina. Esta investigación aborda la vasta obra narrativa del novelista jiennense, desde Mágina a Manhattan, es decir del mundo campesino a la urbe cosmopolita. En este viaje, el sujeto negocia la identidad, adoptando discursos, fagocitándolos y subvirtiéndolos. Aplicando las categorías del sujeto migrante y la heterogeneidad de Antonio Cornejo Polar, se analiza al sujeto rural en la encrucijada del lenguaje y la movilidad social. El otro libro en preparación se titula Buscando un dogoIdentidad y utopía en Véneto. Este estudio analiza los proyectos de unificación y expansión que se gestaron en Venecia desde la Edad Media hasta el siglo XX, y que buscaban recrear el mítico gobierno de la ciudad-estado que ha quedado en la memoria colectiva del pueblo véneto. Estos proyectos, aplastados por los imperialismos europeos y el nacionalismo italiano, han pervivido a través de diversos testimonios que el libro recupera y analiza a la búsqueda de la figura de ese dux, gobernante ideal, que reconstituirá la República de la Serenísima.

“Buenas noches, Laika” de Martha Riva Palacio

Hubo un tiempo en que los humanos no habíamos llegado a la Luna ni mucho menos los viajes espaciales eran algo rutinario como ahora, con programas espaciales y agencias dedicadas a ello. En esos tiempos antiguos, solo contábamos con la ciencia ficción de Julio Verne, que yo leí en un solo volumen como Viaje a la Luna, pero que en realidad se trata de dos novelas: De la Tierra a la Luna Alrededor de la Luna. Antes de 1969, cuando ocurrió la famosa caminata de Neil Armstrong, ya se habían llevado a cabo algunos experimentos pioneros. En 1961, Yuri Gagarin había orbitado alrededor de la Tierra y esto provocó que muchos recién nacidos por entonces recibieran su nombre. Cuando yo era pequeño, a inicios de los años ochenta, todavía había algunos niños llamados “Yuri”, evocando aquella gesta. También recuerdo a alguna perra de mi infancia llamada Laika, en homenaje a la humilde perra callejera moscovita que fue el primer ser vivo en viajar al espacio exterior. Para todos los mayores de cuarenta años, el nombre “Laika” evoca, nostálgicamente, un tiempo en el que la vida era dura, distinta y, a la distancia, más feliz.

Con todo este bagaje cultural propio de mi generación, no extraña que la lectura de una novela corta como Buenas noches, Laika de la escritora mexicana Martha Riva Palacio me haya hechizado. En su brevedad, la novela recrea una elegía adolescente, que es tal vez la etapa más tierna y lírica en la que se puede experimentar la tristeza. Ambientada en los tiempos remotos de la carrera espacial, el texto nos remite al mundo de la Guerra Fría, a través de los ojos y la sensibilidad de Sebastián, quien experimenta su particular educación sentimental alrededor de los días en que la perra Laika viaja al espacio y se cierne a su alrededor el misterio del fallecimiento de Marina, compañera del colegio e “imagen de lo posible”, como quería el romanticismo. Estos motivos narrativos (Laika, el colegio, la muchacha llamada Marina y la incomprensión de los adultos) se yuxtaponen y concentran emociones profundas que se van desmenuzando, con inquietud, pero también con la distancia de los años idos y la pátina inevitable sobre la memoria individual, esa fermosa cobertura que tiene la poesía de nuestros sentimientos a cierta edad. El sueño, la fragancia de las primeras cosas y los ídolos se despliegan página a página. Porque los días de Sebastián están llenos de figuras que lo obsesionan: el boxeador, imagen de la lucha y la posibilidad de la gloria, junto a la fascinación de las actrices inalcanzables de entonces, las cuales no proyectaban la falsa naturalidad de las redes sociales de ahora (ya sabéis, el infame Instagram ha hecho mucho daño en ese aspecto), sino la condición semidivina de las estrellas. Esos modelos obsesionan al adolescente, lo intrigan y construyen su mundo. 

Porque Sebastián, como todos los jóvenes, tiene mucho tiempo libre y la imaginación se solaza con ello: de la mano de imágenes masculinas que seguir y mujeres en la pantalla que adorar, los hechos que ocurren en la Unión Soviética (la hazaña de conquistar el espacio, el triunfo de una tecnología y toda una cultura así de lejana) son grandes estímulos para su mente. Todo ello, claro, acompasado con la triste dulzura de un primer amor, que por ser trágico es, como decía Edgar Allan Poe, el más bello e inolvidable. Si a todo lo expuesto se suman los dibujos de David Lara, que acompañan la historia y logran transmitir la ternura de los sentimientos involucrados, Buenas noches, Laika resulta un pequeña pieza de delicatessen de la narrativa juvenil. Muy recomendable para adolescentes de otro tiempo, tanto como para adultos que recuerdan que fueron adolescentes y no se arrepienten de haberlo sido.

Para S.E.G., con agradecimiento

Instrucciones para una batalla

El siguiente decálogo es una adaptación de la Carta del maese de campo Francisco de Caravajal al capitán Gonzalo Pizarro, antes de la batalla de Sacsahuana, documento inédito que se halla en los archivos del monasterio de los dominicos en Cuzco. La letra es del siglo XVIII, por lo que se trata de una copia tardía. No descarto que se haya empleado para la educación militar de los curacas. Por mi parte, me he permitido mezclar los consejos del demonio de los Andes con ejemplos más contemporáneos, para ilustración del cándido lector. Estos consejos o máximas (que recojo en cursivas y luego gloso a placer) no te aseguran la victoria siempre, pero al menos te permitirán meditar sobre el arte de la guerra. Las reflexiones que suscitan, como notarás, oh Fabio, pueden aplicarse a otras áreas, desde la política o el ajedrez hasta las relaciones profesionales.

  1. Antes de entrar en batalla, conoce el terreno. O como dice Roberto Bolaño en su novela El tercer Reich: “Juega en tu campo y ganarás siempre”. La leyenda dice que Wellington conocía Waterloo mucho antes de su enfrentamiento con Napoleón y que esto fue clave para su victoria. Lo cierto es que Wellington nunca había destacado por ser un gran estratega (tenía fama de timorato más bien) y a quien se le debe el triunfo es al general prusiano Blücher, quien llegó al campo de batalla en el momento indicado. Timing le dicen a eso en inglés. Con todo, el consejo no pierde valor, al margen de lo dicho sobre Wellington y se aplica bien en otros campos: solo habla de lo que sabes nos advierten en el mundo académico y en el fútbol es regla de oro aquello de juega como sabes.
  2. Conoce a tu hueste. Ningún general que haya ganado una batalla ignoraba el material humano con el que contaba. Necesitas gente dispuesta a morir por ti y que esté bien entrenada en sus usos. La veteranía en la guerra es una gran ventaja. Un entrenador de Alianza Lima (equipo que bajó a segunda el año que acaba de pasar) llegó a contestar a un fanático que lo acosaba a la salida del estadio: ¿Qué quieres? ¡Si no tengo equipo! Nunca salgas a dar batalla sin equipo o sin saber de qué pie cojea uno o el otro.
  3. Intenta tener más hombres que tu enemigo. La superioridad numérica también es una gran ventaja, aunque ha de balancearse con experiencia y conocimiento del terreno. Como ves, una sola fortaleza no te dará la victoria. Hay contraejemplos, por supuesto: Julio César en las Galias o Alejandro en Gaugamela. No obstante, ellos tenían algo que sus rivales no tenían: estrategia militar. Combatían contra hordas sin mayor inteligencia.
  4. Nunca rompas la línea. Una línea que se rompe significa el desbande. Este consejo puede aplicarse a otras labores humanas y puede significar, en breve, que hay que conservar la disciplina. Necesitas orden para ganar, pero mucho más para perder (el penúltimo consejo versa sobre eso). Para mantener la línea uniforme, nunca la hagas demasiado larga: mira lo que ocurrió en la nefasta línea defensiva de Lima en la campaña de 1881. 
  5. Engaña a tu enemigo. La mentira es infame en la vida cotidiana, pero en la guerra es ardid. Al enemigo hay que engañarlo constantemente para sacar ventaja y sorprenderlo: hazle creer que te retiras, que tienes menos hombres o que vas a moverte de una forma y en realidad te moverás en otra. Napoleón usaba este truco a menudo en el campo de batalla, pero también fuera (como asistir a la ópera de París para que se creyera que vegetaba). La leyenda dice que Andrés Avelino Cáceres llegó a disfrazar auquénidos para que, a la distancia, los chilenos creyeran que eran soldados suyos. 
  6. Muestra las plumas. En el Siglo de Oro era de rigor que los soldados llevasen plumas como adorno en el sombrero, para mostrar su valentía. En tiempos más modernos se acuñó el verbo camisetear para expresar el acto de ‘chulear’ o ‘ganar con la camiseta’ al equipo contrario. Pensándolo mejor, quizás se trata de una expansión de la regla anterior, que recomienda persuadir al enemigo de que se es mejor que él. El problema de camisetear es que solo te sirve cuando ya tienes una reputación. Muchos equipos de fútbol ganan a media máquina, solo camiseteando, pero el gesto es antiguo. Recuerda que el Cid ganó una batalla estando muerto. Esa es la mayor camiseteada de la historia.
  7. La batalla se gana si coges al enemigo por la espalda. O dicho de otro modo: nadie resiste un ataque por detrás. Es la destrucción total. Ningún ejército se ha recuperado de un ataque por la retaguardia, ya que lo conduce al máximo caos. Los soldados quedan tan confundidos que acaban matándose entre ellos. Es lo que hizo Napoleón en Austerlitz. Ahora bien, se dice fácilmente, pero pocos (solo los genios) han logrado coger al enemigo por la espalda.
  8. Gana las alturas. Lo dicen todos los manuales de guerra: la posición más segura es una colina. Te da el máximo control, que es la sensación de dominio que requieres para ganar y para conservar tu poder. Como todo, cuenta con una excepción: de nuevo, Napoleón quebró la regla en Austerlitz, cediéndole al enemigo la altura, con lo que le transmitió confianza y acabó engañándolo para envolverlo y atacarlo por la retaguardia. Genial, genial. Pero no olvides: si bien le funcionó a Napoleón, tú no eres Napoleón, así que sigue la regla. 
  9. Admitir la derrota. Porque de eso quizás depende conservar la vida. Es de hombres prudentes morir como cristianos y no como romanos. Si no se puede ganar, al menos no ser destruido. Quizás a ti te da igual, pero tus hombres merecen, si pueden, vivir un día más. Por eso hay que plantear una retirada lo más ordenada posible. De allí que dijera previamente que el orden es mucho más importante cuando se pierde que cuando se gana. Ganar ordenadamente es cuestión de belleza (y la guerra no es bella, lo sabes); en cambio, perder con orden es vital. 
  10. Tener nobleza de vencedor. Ya lo dice el viejo refrán castellano: al enemigo que se retira, puente de plata. No caigas en el infame “repase” ni te dejes llevar por la ira que derrama sangre en vano. Tú eres un luchador por naturaleza y siempre habrá otra ocasión. La guerra nunca termina. Y si ganaste esta vez, recuérdalo, puedes perder la próxima: lo que en la victoria es piedad de príncipe, en la derrota es el último resquicio del honor que hay que saber conservar si se quiere seguir luchando. A Atahualpa se le atribuye el adagio aquel de usos de la guerra son vencer o ser vencido. A él le tocó perder entonces y debió recordar de repente todas las veces en las que no tuvo misericordia de sus enemigos. Pero aún así pidió clemencia y la alcanzó cuando le permitieron morir por garrote y sin que se quemase su cuerpo. 

Tranquilamente buscando a Judith (y 2)

Tras la desaparición de Amado Alonso y bajo la dirección de Raimundo Lida, Harvard atrajo profesores visitantes que fortalecieron el programa y son ahora nombres eminentes: Dámaso Alonso, Enrique Anderson Imbert, María Rosa Lida de Malkiel (hermana de Raimundo), Ángel Rosenblat y Bruce Wardropper (quien luego se iría a una plaza fija en Duke y haría toda su carrera allí). No me cuesta imaginar a Judith entre 1952 y 1956 asistiendo a clases y charlando alguna vez con María Rosa Lida (quien por entonces vivía los mejores años de su vida, con su gran amor, Yakov Malkiel). Me inclino a pensar también que María Rosa pudo haberle inspirado y hecho pensar mucho. Las dos eran mujeres, judías y filólogas en una época en la que casi todos los profesores y estudiantes eran hombres. Por otro lado, María Rosa Lida también, por su género, sufría una absurda discriminación que complicó su carrera junto a Yakov: en California los esposos no podían enseñar en la misma institución. No dejo de pensar que esas peculiaridades de la experiencia femenina en la academia que habría podido observar en el caso de María Rosa pudieron influir en ella. Lamentablemente, en su curriculum vitae abreviado, que revisé entre sus papeles, Judith no menciona a María Rosa, aunque sí menciona haber estudiado bajo la tutela de su hermano Raimundo (quien era el titular de la cátedra en Harvard) en primer lugar, para luego mencionar al lingüista Robert Politzer, Ángel Rosenblat (judío argentino como María Rosa y Raimundo) y Louis Solano. Su tesis doctoral, defendida en 1956, lleva por título “The Concept of Parts of Speech in the Early Grammars of the Spanish Language”, pero no he logrado verificar quién se la dirigió. Por los nombres de profesores de Harvard que mencionaba Judith y el tema de su trabajo, supongo que debió trabajar con Ángel Rosenblat, que era lingüista y filólogo experto en la lengua del Siglo de Oro.

El mismo año en que defiende su tesis, Judith se muda a California y empieza a trabajar en el sistema de la Universidad de California. ¿Habrá llegado allí gracias a su contacto con Yakov (quien trabajaba en Berkeley) o María Rosa? Cuando la contrataron en Hobart and William Smith (1960), Judith decía que había trabajado en UC-Los Ángeles entre 1956 y 1959 y que había empezado como “instructor”. Me inclino a pensar que era porque aún no había defendido la tesis (al momento de su contratación) o bien porque solo trabajaba por horas o con menos labores. En 1958, su contrato cambió para ser “Assistant Professor”, que es el primer grado de la carrera para la plaza fija o tenure-track. Lo cierto es que en esos tres años en UCLA también ofreció algunas clases en UC-Berkeley e imagino que debió coincidir con Yakov allí, siendo este el incansable editor de Romance Philology. En California, Judith trabajó junto a otros jóvenes investigadores que ahora son legendarios: Joseph Silverman (discípulo de Castro) y Samuel Armistead (uno de los máximos conocedores del romancero), quien trabajó en UC-Davis hasta poco antes de morir (en 2013). En los archivos públicos de Berkeley (maravillas de internet), localicé a Judith ofreciendo un curso de seis semanas (“Introduction to the History of Spanish Language”) en el verano de 1957.  

¿Cómo habrán sido esos años californianos? No lo sé. Por entonces debió casarse. En 1958, dio a luz a su hija, Lynn, nacida el 29 de marzo de ese año. Al año siguiente abandonó California y su prometedor puesto de “Assistant Professor” en UCLA por Western College, en Oxford, Ohio, un college femenino que ya no existe. Allí trabajó solo un año. Empezó a trabajar en Hobart and William Smith (HWS), de regreso a Nueva York, en el otoño de 1960. En su ficha de datos al momento de su contrato consigna que es divorciada, judía y que tiene una hija, Lynn, de dos años de edad. Además de información como a qué iglesia asistía (“Jewish” escribe Judith), hay dos datos adicionales que reflejan la forma en que Judith intentaba construir su propia persona en el nuevo campus. Ante la pregunta sobre pasatiempos o intereses recreativos, ella escribe, simplemente, que disfruta “leer y pasar tiempo con mi hija” y que su hobby es “enseñar lenguas extranjeras a niños”. No dejo de pensar que en esas pocas líneas se encuentra un resumen de su vida, serena, de joven profesora que cargaría con el triste estigma de ser madre divorciada. Quizás su mudanza de California y su breve paso por Ohio obedecían a esa ruptura que, aunque fuese la mejor decisión a largo plazo, no dejaría de ser difícil y dolorosa (no me consta, así lo imagino).

Su contrato en HWS ese otoño empieza con el título de “Associate Professor”, en consideración a su experiencia laboral de cuatro años entre UCLA y Western College. Sin embargo, solo obtiene el tenure o plaza fija en julio de 1963. Con la promoción le vino el cargo de jefa del departamento de lenguas modernas. Dos años después obtuvo el full professor, grado equivalente al de catedrático o profesor principal. Pude ver la carta de recomendación que escribió Eugene Murphy, profesor de francés veterano al que se dedicó, tras jubilarse, el aula 212 de Smith Hall (“The Murphy Room”). La carta de Murphy es concisa y contundente. Luego de elogiar sus artículos dedicados a la filología (llevaba tres publicados), informa que Judith se encontraba trabajando en dos libros (uno de ellos, la edición de una obra de Víctor Ruiz Iriarte, que se publicaría en 1968). Además, para demostrar lo buena profesora que es Judith, resalta cómo las clases de español han crecido en el campus: en 1960 solo había dos estudiantes que tomaban español más allá de la clase de literatura general (survey), pero que ahora hay trece estudiantes que toman clases de literatura española avanzada. Finalmente, Murphy se permite ejercer algo de presión para retener a Judith con una merecida promoción afirmando que tres universidades (Rider College [se refiere a Rider University, en Nueva Jersey], Boston College y la Universidad de Búfalo) han intentado llevársela.

Tras su promoción a catedrática, Judith dio un viraje en su investigación. En 1968 publicó su edición de una pieza del dramaturgo Ruiz Iriarte y parece que pasó algunos años empeñada en preparar una antología de teatro español contemporáneo (del que su trabajo con Ruiz Iriarte habría sido parte del entrenamiento). Así lo informó en el reporte de su año sabático 1966-1967. Sin embargo, tras publicar un trabajo más sobre reflexiones gramaticales del licenciado Villalón y El Brocense en 1970, hay un silencio de una década. Intuyo que tuvo que emprender funciones administrativas y diversas tareas de escritorio. Volvió a ser jefa del departamento entre 1973 y 1974. En 1982, el mismo año en que publica dos artículos nuevamente sobre gramática e historia de la lengua (uno sobre Juan de Luna, el gramático que compuso una Segunda parte del Lazarillo), la encontramos (según informa el eterno Murphy al decano de la época) dispuesta a enseñar, ante la necesidad, un curso de italiano básico (Italiano 102). Llevaba más de dos décadas en la universidad y, pasados los cincuenta, dio una muestra de sus intereses de investigación nuevos con la publicación, en 1983, de un artículo sobre una novela de Mercedes Ballesteros, escritora española contemporánea. 

Finalmente, en junio de 1985, le otorgaron a Judith el título de profesora emérita de lenguas modernas. En algún papel vi que se señalaba 1996 como año de su jubilación, pero intuyo que es una errata por 1986, ya que en otros consta este último año como el de su retiro. Para celebrar la ocasión, se ofreció un concierto en su honor. Se conserva una nota escrita a mano por Judith (quien firma simplemente como “Judy”) en la que agradece al decano, Minor Myers, Jr., por haber grabado el concierto en una cinta que le fue obsequiada “como un recuerdo permanente de aquel tributo”, según dice la carta de él. En su nota, Judith dice que la cinta le ha brindado “muchas horas de solaz”.

No tengo información alguna sobre Judith en Geneva, Nueva York, después de su jubilación. No sé exactamente cuándo se mudó a Colorado, pero debió ser en algún momento entre 1986 y la década siguiente. Y no volvió a mudarse de allí, ya que encontró el amor y se casó otra vez, con Jacques Barchilon. Este último también era judío sefardí y, vaya coincidencia, había sido compañero suyo en sus años de Harvard, aunque él se dedicaba al francés. Durante su tiempo en el doctorado en románicas, habían salido un par de veces, pero no pasaron de eso. Tras defender la tesis (dedicada a Perrault y los cuentos de hadas franceses), Jacques consiguió un contrato de profesor de francés en la Universidad de Colorado, donde hizo toda su carrera, desde 1959 hasta 1991, cuando se jubiló. Durante décadas, él y Judith habían llevado vidas paralelas, aunque en estados muy distantes, hasta que reconectaron a finales de los años noventa, cuando Jacques descubrió que aquella muchacha de cuarenta años atrás vivía cerca de Denver, en Colorado Springs. Se casaron en 1999. En internet, una hija de Jacques Barchilon mantiene un blog en el que ofrece un obituario muy afectuoso sobre su padre y “Judy” (como ella la llama). Allí también pueden encontrarse las últimas fotos de Judith con su nueva pareja. En ellas se ven muy felices y amorosos. Judith Senior Merrill murió el 7 de junio de 2017, en Denver, Colorado, como Judith Senior Barchilon. Un año después falleció Jacques

Jacques y Judith en sus últimos años, felizmente juntos. La foto proviene de
https://open-heart-open-hands.com/2017/06/09/honoring-judythe-light-love-laughter-and-lift-in-my-fathers-life/

Bibliografía:

La investigación de Judith evolucionó con el paso de las décadas. Empezó con trabajos de filología románica dura (analizando las primeras gramáticas del castellano) y acabó, en su último artículo publicado, estudiando a una escritora contemporánea, Mercedes Ballesteros y su novela El chico (1967).

“Dos notas sobre Nebrija”. Nueva Revista de Filología Hispánica 13.1/2(1959): 83-88 (como Judith Senior).

“An Isolated Early Mention of the Spanish Partitive Construction with de”. Romance Notes 2.2(1961): 101-102.

“The Presentation of Case and Declension in Early Spanish Grammars”. Zeitschrift für romanische Philologie 78(1962): 162-171.

Edición de Esta noche es la víspera de Víctor Ruiz Iriarte. New York: Odyssey Press, 1968.

“Las primeras clasificaciones tripartitas de las partes de la oración: Villalón y el Brocense”. Nueva Revista de Filología Hispánica 19(1970): 105-110. 

“Juan de Luna: Renaissance Pedagogue par excellence”. The USF Language Quarterly 21.1-2(1982): 51-52.

“Indirect Discourse and the Protasis of the Future-More-Vivid Condition”. Hispania 65(1982): 416-418.

“Symbolism in El chico, a Novel by Mercedes Ballesteros: ¡La vida era tan maravillosa!”. Letras Femeninas 9.2(1983): 3-10.

Además, Judith publicó varias reseñas en la Nueva Revista de Filología Hispánica Modern Language Journal.

Tranquilamente buscando a Judith (1)

La historia empieza con un viejo número de Romance Notes de aquellos que se hallaban en los rincones de Dey Hall al final de un semestre cualquiera. Recuerdo, en ese entonces, 2008 ó 2009, haberlo recogido porque incluía un artículo clásico de Elias Rivers sobre el neoplatonismo en un famoso soneto de Garcilaso (una de esas piezas de la crítica que luego te enorgullece citar para hacer ver lo bien documentado que estás sobre un asunto). Pronto, aquel viejo número (cuyo editor era el romanista Urban Tigner Holmes, Jr.) me acompañó a Upstate New York como parte de una biblioteca personal norteamericana en formación. Instalado en el despacho de Smith Hall, en este liberal arts college donde he tenido la fortuna de desarrollar mi carrera la última década, un día, quizás hacia 2012 ó 2013, reparé, ojeando de nuevo el volumen, para volver a citar a Rivers, en la filiación de una de las contribuyentes, Judith S. Merrill, debajo de cuyo nombre rezaba Hobart & William Smith Colleges. Vi la portada: se trataba del segundo número del segundo volumen de la jovencísima Romance Notes, de la primavera de 1961. Medio siglo y pico más tarde, yo estaba en un despacho del mismo campus donde aquella mujer había trabajado, ocupándose también del Siglo de Oro español. Su artículo, que se titula “An Isolated Early Mention of the Spanish Partitive Construction with de”, se inserta en la tradición, ahora casi extinta, de la nota filológica (formato que precisamente inspiró la fundación de la revista, cuyo estricto límite de páginas invita a ese tipo de trabajo), basada en la noticia de un hallazgo lexicográfico que se ofrecía al servicio de la comunidad de críticos. Muchos grandes investigadores tienen ese tipo de trabajo, que humildemente a veces llamamos notita: Américo Castro fue el primero que explicó el valor de “Noruega” en el Siglo de Oro; Francisco Rico comentó la “mano besada” y “la lengua suelta” en el Lazarillo; y siguen firmas.

Recuerdo haberme preguntado quién había sido Judith Merrill, dónde estaba el resto de su obra crítica y qué huellas quedarían de su legado en la universidad. Nadie había podido darme referencia alguna sobre los estudios hispánicos o del siglodorismo en particular antes de la década de 1980. Como con muchos temas que me provoca estudiar, lo apunté como un pendiente en mi carpeta de trabajo por hacer. De vez en cuando, en horas muertas, algún verano o periodo de descanso, buscaba datos suyos, encontraba alguno, lo apuntaba y lo dejaba allí. Solo el verano pasado, liberado (por la pandemia) de viajar y distraerme, pude organizar una visita al archivo de la universidad, donde descansan dos carpetas a nombre de Judith con documentos varios. Su lectura me permitió confirmar datos que tenía ya apuntados, corregir otros a los que había llegado por intuición y recoger nuevos. Tengo suficiente material para escribir una breve semblanza que se podría llamar Judith Merrill en HWS (1960-1986). Su historia de profesora en el college podría servir para ilustrar un periodo del hispanismo norteamericano (el de los años cincuenta y sesenta, su periodo formativo y de consolidación), así como su evolución como investigadora y colega en una institución con características tan particulares como lo es una universidad dedicada a las artes liberales. Por otro lado, existen en lo que he podido reconstruir de su carrera algunos rasgos biográficos interesantes que estimulan la imaginación.

Judith Merrill nació en Brooklyn, Nueva York, el 31 de julio de 1931. Como Judith Merrill aparece en los papeles de la universidad y en varios artículos publicados a partir de 1960 firma como “Judith S. Merrill”. La “S.” era su apellido de soltera, Senior, con el que llevó a cabo sus estudios universitarios. En su título de bachiller en Oberlin College (1952), así como en los de la maestría (1953) y el doctorado de Radcliffe (1956) figura Judith Senior. Con ese mismo nombre de soltera aparece su primer artículo, publicado en México en 1959, en la prestigiosa Nueva Revista de Filología Hispánica. Al año siguiente y en lo que quedaba de su carrera firmaría como Judith Merrill o Judith S. Merrill. Solo en sus últimos años de vida, que pasó en Denver, Colorado, ya retirada y felizmente casada otra vez sería Judith Barchilon, con lo que volvió a religarse, pienso, con sus orígenes.

El apellido “Senior”, para quien ha estudiado la historia de España, no pasa desapercibido. Judith tenía origen judío sefardí y era descendiente del segoviano Abraham Senior, el último rabí del reino de Castilla antes de la expulsión de 1492. Mientras una rama de la familia marchó al exilio y se desperdigó entre Europa, África del Norte y América, otra se quedó en España, se cristianizó y adoptó el apellido Coronel. Era tal la fama de conversos de los Coroneles en el Siglo de Oro que Quevedo empleó el apellido para el personaje del “caballerito” amigo de Pablos, Diego Coronel, en el Buscón. Todavía me pregunto si estas reminiscencias (la expulsión, el eminente antepasado, Sefarad, los Coroneles, Quevedo) que enlazan el origen de Judith con España la motivaron a estudiar la lengua. ¿Hablaría ladino o lo habría escuchado hablar en casa? Nunca lo sabré.

Pasemos ahora a sus estudios. ¿Qué institución era Radcliffe? En realidad, se trata de Harvard. Radcliffe era el nombre de la institución para sus estudiantes mujeres, una tradición que empezó a socavarse en 1963, cuando aparecieron los primeros diplomas bajo el título de Harvard-Radcliffe. Radcliffe se extinguió oficialmente en 1999. Radcliffe para Harvard era un ejemplo de la tradición norteamericana del sistema coordinado, no muy diferente al que representa aún Hobart and William Smith (Hobart para hombres, William Smith para mujeres), dos instituciones en una. Ahora bien, la estancia de Judith en Radcliffe significaba, en la práctica, trabajar en la sección de lenguas románicas de Harvard. Dudo que Judith haya llegado a conocer a Amado Alonso, quien falleció en la primavera de 1952 y fue reemplazado pronto por uno de sus más caros discípulos, Raimundo Lida, el único miembro con plaza fija (tenure) en un departamento de español que estaba recién tomando forma tras la muerte repentina de quien estaba destinado (al menos en los planes de quienes lo contrataron) a consolidar el prestigio de los estudios hispánicos en la universidad. 

(Continuará: estudios en Harvard, California, regreso a Nueva York, Colorado…)

“Inés del alma mía” o el sueño socialista chileno

Me interesan las recreaciones de la temprana edad moderna, debido a que es especialmente compleja: por un lado, es un periodo en el que mucha de nuestra sensibilidad se origina y, así, hablamos de las bases de la modernidad (pensemos en la figura del autor, el mecenazgo privado o el capitalismo); por, otro lado, es una etapa de transición, de crisis, cuya mentalidad se encuentra todavía algo distante de la nuestra. Las ficciones históricas nos ofrecen una interpretación del pasado y nos dan una idea de cómo lo imaginamos. Reflejan, por ende, intereses actuales (no podía ser de otra forma) y, como resultado, están influidas por una ideología o, si se quiere, por una perspectiva particular. Es innegable la influencia de estas imágenes, que se difunden rápido y llegar a incorporarse al sentido común contemporáneo, para bien o para mal. Debemos agradecer a las ficciones históricas la vigencia de ciertos periodos y de sus personajes, pero también ser cautos en su recepción. Creo que a eso se refería Amanda Powell cuando hablaba del riesgo de interpretar el feminismo de Sor Juana: buscar obsesivamente un correlato entre lo que dice un texto literario (que opera a varios niveles y sigue convenciones que pueden ser ignoradas por un lector no entrenado) y lo que quisiéramos que fuese la vida de la autora (la cual desconocemos mayormente o no podemos reconstruir como desearíamos), perniciosa influencia del romanticismo interpretativo. En breve: que se interpreta erróneamente el feminismo de Sor Juana por lo que debió sufrir en vida antes que por lo que realmente dicen sus textos. Amanda Powell elaboraba esta reflexión (que se encuentra en la utilísima Routledge Research Companion dedicada a Sor Juana) alrededor de la inevitable sombra de una película tan poderosa (como libérrima en su representación de la época y lo que sabemos de la monja) como Yo, la peor de todas en buena parte de las interpretaciones que, con los mejores propósitos, buscaban en años recientes reivindicar la obra de Sor Juana.

Valga todo este preámbulo para contextualizar mi experiencia con Inés del alma mía, serie basada en la novela homónima de Isabel Allende (que no he leído), la cual aspira a representar a una supermujer del siglo XVI, como reza la publicidad. No le quito mérito alguno al proyecto y me parece justo el término; como que la figura de Inés Suárez ya era celebrada en su tiempo y su leyenda ha persistido en varios libros que se ocupan, de diversas formas, de su carácter de mujer varonil en la defensa de Santiago de Chile. En ocho capítulos, la serie cuenta la historia, llena de aventura y peligros, de Inés Suárez, desde su juventud en Plasencia, su matrimonio y su ida a América en busca de su marido. A partir de su llegada al Perú, se desarrolla la gran aventura de su vida: la expedición de Pedro de Valdivia a Chile, a quien acompaña, con la posterior fundación de Santiago, el sitio de la ciudad por los mapuches, con su heroica defensa y la caída de Valdivia en su última campaña a la Araucanía. En el transcurso de todos estos episodios, también observamos la pasión que envuelve a los dos amantes, Inés y Pedro, sus luchas frente a los prejuicios sociales, sus metas comunes, sus desavenencias, el deseo mutuo (que es una fuerza incontrolable para ambos), así como el lento deterioro de su amor, hasta que deben poner fin a su relación para complacer las convenciones sociales, en sendos matrimonios que no están exentos de fidelidad y respeto a las nuevas parejas racionalmente elegidas. Naturalmente, como espectadores vemos con tristeza esta separación y solo afianza más nuestra impresión de un amor intensísimo que a veces se confundía con locura.

Lo más interesante que aporta la serie Inés del alma mía al público contemporáneo (que la puede ver tanto en RTVE como en Amazon Prime) es su recreación notablemente progresista de su protagonista, hasta rayar en el anacronismo. La Inés Suárez de la serie es feminista, socialista, ecologista e indigenista: no soporta el maltrato a los nativos y en ocasiones se ofrece como mediadora entre ellos y los conquistadores (aunque no duda en defender Santiago del ataque mapuche y cortar cabezas de prisioneros, ya que siente que la ciudad es suya y representa, por ende, su proyecto político); es anticlerical (frente a la típica imagen del religioso intolerante y fanático cara a la leyenda negra); cree en la lectura de las hojas de coca, hasta el punto de que su criada la reconoce como bruja (fantasía recurrente de la literatura actual para encontrar precursoras de la subversión o heroínas de la heterodoxia); promueve la sororidad con otras mujeres marginadas (como la princesa Cecilia, de quien hablaremos más adelante), es inclusiva, igualitaria (como cuando quiere que todos trabajen la tierra en Santiago) y cree firmemente en la posibilidad de un mundo diferente, un mundo nuevo y no ese mundo de violencia y codicia que se ha trasladado de España a Perú (ya que la aventura de Chile parte del Cuzco). 

Como resultado de este diseño, el personaje de Inés está lleno de afirmaciones manifiesto, para que quede bien claro lo que piensa y defiende. A estas alturas de las producciones con protagonismo femenino, este tipo de discurso suena un tanto repetitivo. En Isabel, serie de 2012, las reivindicaciones femeninas resultaban oportunas y ciertamente originales. Pero han pasado ocho años y mucha agua debajo del puente (como un Ministerio de la Igualdad en crecimiento en los últimos años). Así, a fuerza de repetirse, algunas frases se convierten en cliché. En Isabel, por ejemplo, la joven participaba en un diálogo en el que se comentaba cómo si bien una mujer de la realeza tenía que llegar al matrimonio virgen, el rey tenía, por el contrario, que tener registro de su potencia sexual (mediante certificados expedidos en burdeles) para validar su calidad casamentera. La conversación ocurría en un contexto convincente (era una muchacha inocente que estaba aún aprendiendo de los mecanismos del poder y sus fisuras morales). Una frase similar en Inés del alma mía (el doble estándar sobre la sexualidad basada en el género), sin elaborar un contexto propicio, no deja de ser, como diría Jesús G. Maestro, el tipo de frase sonajero para sacar aplausos. Igual de predecible resulta el tío de Inés, a quien ella, exaltada por la forma en que quiere domesticarla y volverla sumisa, le espeta: “Me odias porque soy mujer y mi madre era bruja”. Otra frase sonajero para quede bien claro que eso que hace y dice el cura está mal. Por falta de sutileza, la serie termina adoptando un tono didáctico que le quita dinamismo.

El aspecto de la serie más interesante es su originalidad en la representación del Perú. Hasta donde sé, Isabel del alma mía es la primera ficción peruanofóbica. Me explico: la hispanofobia no es extraña en ficciones históricas y es, de hecho, uno de sus ingredientes mejor explotados (como el oscurantismo que recrea La peste, por ejemplo). En Inés del alma mía, dado que los vicios españoles (encarnados en los conquistadores) se han transferido a Cuzco, el Perú queda representado como un territorio imperialista más, para darle espacio a una esperanza que es esa tierra lejana, soñada y tan áspera (sí, la metáfora se presta a decir como una mujer e Inés no dejará pasarla en uno de sus encuentros con Pedro de Valdivia) que es Chile en el mundo recreado en la serie. Bajo el gobierno de los Pizarro, que han replicado en la capital de los incas una corte y sus males (la adulación, la lujuria, la ambición, la hipocresía, etc.), Inés encuentra en el Perú el mismo rechazo que sufría en España: la sociedad cuzqueña es falsamente conservadora y la chusma (comprada) no duda en apedrearla cuando se descubre que es amante de Valdivia. Frente a esos maltratos y su habilidad para el emprendimiento (porque su negocio de empanadas es un éxito), de la mano de su pasión por Valdivia (ejerciendo libremente su sexualidad), aparece el proyecto de ir a Chile, a fundar un mundo nuevo, dado que el Perú ya está corrupto. Se necesita un paraíso igualitario y eso será Chile en los sueños de Inés. Inclusive en uno de los mejores momentos de esa fantasía suya, Inés elabora su diatriba al vil mercantilismo. A la pregunta de un conquistador cansado: ¿por qué queréis ir a esa tierra baldía y despreciable?, Inés se lanza con una de sus afirmaciones manifiesto: ¿no lo entendéis? Por eso mismo quiero ir a Chile, porque es pobre. El oro corrompe y envicia. Nos ha dividido y provocado una guerra. El oro ha sido nuestra perdición. Con ese objetivo entre manos, la colonización de Chile para Inés asemejará más al de los kibutz de los años sesenta. Santiago ha de ser un lugar donde ser libres (como para que Inés pueda estar amancebada con Valdivia y no ser juzgada por ello) y ser iguales, sin privilegios

Esos dos conceptos se encuentran en las palabras de Valdivia, inspirado por Inés, en el acto de fundación de Santiago. El proyecto político de Inés es secundado por la princesa inca Cecilia, que en Cuzco frecuentaba salones y vestía con opulencia (ya que su familia se benefició de la derrota del bando de Atahualpa). En el duro camino del sur, cruzando el desierto de Atacama, descubrimos que Cecilia está embarazada de un soldado español pobre. En ese momento, Inés, considerando su estado, la insta a volver a Cuzco, pero la respuesta de Cecilia encierra nuevamente un rechazo visceral a lo que representa el Perú que han dejado atrás: No podemos volver al Perú, ¿no entendéis? Un hijo de un soldado y una india, ¿qué le puede esperar allí? Tenemos que llegar a Chile. Nuestro hijo tiene que nacer en un país mejor. Esta utopía social de Inés tendrá sus desafíos, pero también algunos éxitos, al menos durante su etapa de gobernadora pro tempore. A diferencia de Cuzco, donde solo veíamos españoles poderosos o soldados aventureros con indígenas que los sirven (salvo la princesa Cecilia, claro, que es de la élite), en Chile los españoles trabajan con sus manos y, como quiere Inés, no hay privilegios. Con el tiempo las cosas van funcionando: la princesa Cecilia ya no es más princesa y deja de vestirse con el lujo de la realeza incaica; hasta escuchamos que el colectivista Santiago (donde todos trabajan) exporta trigo al Perú, que solo extrae metales preciosos. Naturalmente, esta utopía se destruye pronto, a causa del regreso de Valdivia, quien ha tenido que comprometerse a sacar a Inés del poder a causa de la presión del brazo intolerante de la Inquisición y el imperialismo del pacificador La Gasca, que lo llama a la realpolitik, en vez de defender el proyecto político de su gran amor. Así se consuma la traición de Valdivia, el cual vuelve a Chile casado con una buena señora de sociedad y trae abajo el orden utópico del gobierno de Inés. El resto, ya se sabe, no es más que la misma historia de los colonialismos europeos fallidos (de Cabeza de Vaca a El corazón de las tinieblas): Pedro de Valdivia es un soñador de mundos en los que puede ser rey, con raptos que nos recuerdan a veces al inigualable loco Aguirre, por lo que su delirio lo lleva a una nueva incursión a la Araucanía. Sabemos, por las crónicas, que su muerte fue larga y dolorosa, pero en la serie la representación del mapuche indómito (un muy logrado Lautaro) opaca ese aspecto, por lo que no hay resquicio alguno de compasión para el conquistador (cuyo final, por cierto, tuvo poco que envidiar a una escena de Holocausto caníbal).

En suma, anacronismos aparte (confundir indios con esclavos u ofrecer una visión moderna del racismo, incomprensible en la época, distinguiendo entre “blanco” e “indio”), Inés del alma mía es una serie con varios elementos notables en su factura: una producción de buena calidad (fotografía, actuaciones, etc.), cuyas escenas de expedición recuerdan al Aguirre de Werner Herzog, así como un guion sumamente efectivo para satisfacer la demanda reciente de figuras femeninas empoderadas en la ficción. Ahora bien, no queda duda de que Inés Suárez fue una supermujer del siglo XVI, pero no estoy tan seguro de que tuviese una agenda política que, entre líneas, recuerda tanto al relato del socialismo en Chile.

El epistolario de Asensio, Bataillon y Rodríguez-Moñino

En los últimos años, debemos a Simona Munari la publicación de la correspondencia sostenida entre Marcel Bataillon y algunas figuras notables del hispanismo. Hace unos años, comenté el epistolario de Bataillon y Américo Castro, el cual permitía entender la forma en que se sostenían las amistades intelectuales en otra época, así como un aspecto de la recepción de las ideas castristas entre sus contemporáneos. Este verano, gracias a los buenos oficios de Simona Munari y Pedro Cátedra, salió publicado (Salamanca y París: SEHL y SEMYR, 2020) el epistolario de Bataillon con dos críticos que dejaron huella en sus respectivas áreas de especialización: Antonio Rodríguez-Moñino, eximio conocedor de fondos bibliográficos, magnífico erudito e incansable editor; y Eugenio Asensio, crítico fundamental del entremés áureo, exhumador de papeles (le debemos el hallazgo de dos cartas del Inca Garcilaso) y polemista de las ideas de Castro. Leer las cartas intercambiadas por estos tres académicos durante alrededor de dos décadas permite acercarnos a sus quehaceres de investigación y cómo van formando su trayectoria.

Eugenio Asensio

En primer lugar, se presentan los veintiséis años (1950-1976) de cartas de Bataillon, desde París, y Asensio, quien estaba afincado en Lisboa. La comunicación empieza a ralear tras la muerte de Rodríguez-Moñino, en 1970, como dando fe del vínculo que unía a los tres investigadores. La conversación epistolar entre el Príncipe de los Hispanistas y el navarro es de índole erudita, basada en el intercambio de separatas (tirajes que se encuentran ya lamentablemente extintos, en estos fríos tiempos del PDF) y el intercambio de datos bibliográficos. Generalmente, las comunicaciones giran alrededor de un acuse de recibo, que da paso a anuncios de viajes y posibilidades de un reencuentro para mantener una charla cara a cara que ambos evocan siempre con afecto. Llama la atención en las cartas la parquedad de Asensio, quien ve en Bataillon a un maestro, pese a que este constantemente le muestra un aprecio que aspira a establecer igual entre ellos. Esto sería reflejo de una indómita timidez o, como diría Benito Pérez Galdós, una falta de “mecánica civil”, que lo lleva a declinar algún ofrecimiento de encumbramiento académico que le hace Bataillon para un congreso. Con toda la honestidad del caso, Asensio admite que no es el más indicado para ejercer la función que le plantea el francés: “Me distraigo en las comunicaciones, soy pésimo fisionomista, llego tarde con la frase de paz o la intervención amable. Soy una calamidad”. Por último, en esta comunicación Bataillon-Asensio, ya en los años setenta, aparecen dos figuras que ahora son legendarias, pero entonces eran los pájaros nuevos que se habría de tener en consideración en los años por venir: Francisco Rico (“excepcional inteligencia y sabiduría” dirá de él Moñino en una carta) y aquel profesor, “jefe del departamento de español”, en Tours, Augustin Redondo, que acababa de doctorarse con una tesis sobre Fray Antonio de Guevara.

La correspondencia sostenida entre Bataillon y Rodríguez-Moñino cubre dieciocho años (1951-1969). Nuevamente, nos encontramos con una comunicación alrededor de acuses de recibo y el intercambio de datos bibliográficos en torno a un ejemplar del Primaleón y a la figura, ahora bien conocida, de Rodrigo Calderón, el dedicatario de La pícara Justina. A lo largo de varias cartas, a partir de 1959, podemos seguir el proceso de investigación de Bataillon y su planteamiento, sumamente original entonces, de La pícara Justina como novela en clave en la corte de Felipe III. De Moñino, podemos ser testigos de su desprecio a aquel régimen que lo había marginado de una cátedra: le deja en claro a Bataillon que no ha pisado una biblioteca pública desde 1936 y que por ello toda su investigación se desarrolla, asombrosamente, de forma independiente. Su dignidad lo vale y toma con estoicismo esa infame sombra de la “depuración política” que le impide durante años un merecido sillón en la Real Academia, donde cuenta con tantos admiradores de su trabajo. El expediente de la susodicha depuración se cierra recién en 1966, con un final absurdo, que supone una reasignación como funcionario a Valdepeñas. Tres años antes, Moñino ha empezado su periplo americano, que lo llevará de la Hispanic Society de Nueva York a la Universidad de California en Berkeley, donde pasará sus últimos años. En 1968, finalmente, será admitido como miembro de la Real Academia. Todo ello lo encontramos en las cartas, siempre al lado de una persona que sobrevivió a Bataillon y Moñino, y merece un libro: María Brey. Si bien el hispanista francés se dirige formalmente al extremeño, siempre incluye a su esposa en la comunicación.

Antonio Rodríguez-Moñino y María Brey

¿Qué podemos aprender de esta correspondencia? ¿En qué reside su valor? Más allá de la valiosa información para una petite histoire de la filología española del siglo XX, estas cartas nos dejan el testimonio de tres investigadores que establecen una amistad intelectual muy fructífera, dentro de los códigos de la época, como que se trataban de usted, pese a que se veían periódicamente y participaban en proyectos comunes con gran entusiasmo. De Asensio nos queda la imagen del intelectual reservado, solitario (apenas hay referencias a viajes a Navarra para visitar a su familia) y hasta melancólico. De Bataillon trasciende su diplomacia, propia del príncipe que fue, en torno a la polémica castrista (una de cuyas bêtes noires era, precisamente, Asensio). De Moñino nos quedamos con su increíble productividad. Recuérdese que, en la necrológica de Samuel Armistead y Joseph Silverman en Hispanic Review, se señala que hasta tres días antes de morir el extremeño estaba corrigiendo pruebas de imprenta. Bataillon falleció en 1977, siete años después de Moñino. Por último, Asensio falleció en 1996 y dejó un importante legado bibliográfico, en el cual se encontraba aquella escurridiza Segunda parte del Coloquio de los perros que poseyó Emilio Cotarelo, pasó luego a sus manos y recién publicó, pocos años ha, nuestro colega Abraham Madroñal.