Una escena de «La corruzione» (1963) y «Los cachorros» (1967)

La corruzione (“La corrupción”) de Mauro Bolognini ofrece una especie de educación sentimental de un adolescente piadoso (interpretado por un angelicalmente rubio Jacques Perrin) que, educado bajo el rigor del catolicismo, entra de golpe en el mundo de los adultos en pocos días. El conflicto del joven Stefano, recién salido de un internado suizo, sin una idea clara de qué quiere hacer (dedicarse a la iglesia o seguir la senda del padre, un hombre de negocios) refleja también una crisis cultural, producto de una época de transición, entre una Italia conservadora, marcada por la religión, y la modernidad de los automóviles, el rock n’roll, la liberación sexual y todo el estado de bienestar producto de la prosperidad económica posterior a la Segunda Guerra Mundial que se hace patente en la Milán donde ocurre la historia. En el mundo disciplinado de su colegio, que queda patente en la primera escena, el director establece esa crisis en dos caminos dicotómicos que dividen Europa: el católico y el marxista. “Y ustedes siendo burgueses, ya han elegido”, sostiene. 

En ese contexto, Stefano busca la pureza en un mundo moderno, nuevo, que no conoce y lo abruma. Tiene una madre enferma, frágil y depresiva, que resulta una carga para su padre y una herida abierta para él. Su anuncio de que piensa ir al convento, lleva al padre, Leo, a planear un fin de semana en el mar. En esos días se desarrolla un triángulo amoroso entre Stefano, su padre, a quien no puede vencer con sus armas, y Adriana, el objeto del deseo (Rossana Schiaffino). El fin de semana pone a prueba las convicciones religiosas y morales de Stefano. Adriana no atrae solo por su juventud y belleza, sino, sobre todo, por su estilo de vida y su actitud: es una joven desinhibida, que ríe y baila, de sexualidad libre y con sus propios recursos (ahora se le llamaría sugar baby y a Leo, el padre de Stefano, su sugar daddy). 

Stefano alterna las interacciones, primero ásperas y luego íntimas, con Adriana, y el debate con el padre, Leo, sobre el sentido de la vida, a propósito de su vocación religiosa. De vuelta a la ciudad, impotente y con sentimiento de culpa, el joven se esfuerza en mantener su desprecio a esa dolce vita burguesa que el padre le propone. Desde la perspectiva paterna, escéptica y capitalista, solo existen los que mandan y los que obedecen, los que explotan y los explotados. La figura paterna que Stefano preferiría es el intelectual antifascista, Morandi, “un santón de la Resistencia”, como se le define. El desengaño se encuentra en un triste episodio (el suicidio de un empleado de su padre) en el que aquel modelo de moral y coherencia (el intelectual Morandi) se le despinta al joven por completo, pues acaba revelándose como acomodaticio, un corrupto, como lo llama el mismo Stefano. La adultez entonces resulta una concesión o renuncia a los valores en los que cree. 

Perdido, desorientado, sin guía espiritual alguno, Stefano da vueltas por la ciudad, en una noche oscura en la que nada tiene sentido para él. Primero, a va a ver a su madre, quien se encuentra, como siempre, aletargada en una cama, muerta en vida. Luego, busca a la única persona en la que puede confiar a estas alturas: Adriana, quien lo recoge en su descapotable, cabello al viento, conduciendo libérrima por la carretera, las manos en el volante, con pleno control de su vida. Ella también ha acabado su affaire con Leo, el padre de Stefano, y manifiesta estar algo triste. Sin embargo, ha ganado buen dinero y no se puede quejar de la situación en la que ha quedado. ¡Vive y no pienses, es mejor así!, le dice Adriana al apesadumbrado muchacho. ¿Cómo se supone que debo vivir?, pregunta Stefano, derrotado para siempre. Adriana, para animarlo, se detiene en una sala de baile al aire libre, donde muchos jóvenes bailan coordinados, tan cómodos y relajados, mientras Stefano los mira, triste, desde el coche, con el pesar de saber que no tiene otra opción que ser como su padre, tener dinero y ser convencionalmente feliz con lo que la vida le ha dado sin que él lo pida. Y el volumen de la música se eleva, con más ritmo y fuerza, los bailarines empiezan a dar palmas, concentrados, deleitándose… Stefano sostiene la mirada fija, triste, sin esperanza, y solo le queda ponerse a llorar contra el asiento del auto, antes de ver, por última vez, a esos jóvenes que se la pasan tan bien.

Esta escena final de La corruzione me hizo pensar inevitablemente en una escena parecida en la novela corta Los cachorros (1967) de Mario Vargas Llosa: el protagonista, Cuéllar, se encierra en el auto, mientras sus amigotes, aquellos compañeros suyos del colegio, están rematando la juerga en un burdel. A la salida, se encuentran con Cuéllar llorando y no entienden por qué lo hace, si la vida es de mamey (entiéndase ‘excelente’). Él, atormentado por su condición de emasculado y sujeto marginal en la sociedad, derrotado de antemano por el machismo que le exige acatar un modelo de masculinidad que no puede acatar, se ha encerrado, como Stefano, impotente frente a ese mundo burgués en el que no puede participar. En Los cachorros, Cuéllar dice haber llorado por los pobres, que es un eufemismo para manifestar que llora por sí mismo.

«El mundo en imágenes» de J. A. Comenius

Orbis sensualium pictus o El mundo en imágenes, publicado por primera vez en 1658, es uno de los libros antiguos más bellos que se pueden encontrar. Por su concepto, por su manufactura, por la delicadeza de sus textos y el poder de las imágenes escogidas. Toda una filosofía se encuentra detrás de El mundo en imágenes y, como un templo, lo sustenta. Esta reproducción facsimilar y bilingüe que tengo entre las manos se debe a la editorial Libros del Zorro Rojo, la misma en la que leí, unas navidades atrás, una edición ilustrada de El corazón de las tinieblas

Su autor, Johannes Amos Comenius, de origen polaco, tenía un proyecto educativo basado en aquella visión del mundo como un libro: la convicción, de raíz clásica, de que existe un orden para el universo y que por ende es inteligible. Es una visión, ciertamente, a contrapelo de la concepción postmoderna, que abraza lo que Ricardo Piglia denominaba el cinismo obligatorio o la idea de que todo es caótico o susceptible de ser sometido a una deconstrucción, es decir a revelar que su supuesto orden o armonía es falaz. Probablemente lo sea, como lo proponen los desenlaces de algunos cuentos de Borges, pero ello no quiere decir que no valga la pena el esfuerzo de componer una obra que vuelva comprensible el mundo para quien empieza a dar sus pasos en él. Porque este libro fue diseñado para los niños y encierra un principio fundamental que motiva a su autor: la fe en que todo lo que nos rodea es susceptible de ser captado y comprendido, tal es el libro de la naturaleza, cuya armonía y perfecto funcionamiento (como una maquinaria bien engrasada) reflejan a su vez, como obra suya, la bondad, perfección y belleza de Dios.

El mundo en imágenes es, además, un método de enseñanza basado en la percepción: para Comenius, el aprendizaje más efectivo es el que se desprende de la información que nos dan los sentidos, de allí su insistencia en que las imágenes sean captadas a la par de la lectura y que se estimule al niño a que las copie dibujándolas. Con ello, según Comenius, no solo se aseguraba que el niño aprendiera más fácilmente (apelando al viejo arte de la memoria), sino que, sobre todo, se divirtiera y no viese las lecciones como una tortura. El libro es, entonces, una enciclopedia básica para ingresar al mundo sensible, a través de imágenes y de un vocabulario que iniciará al lector en el aprendizaje de la lengua, ora la vernácula o el latín en que fue compuesto originalmente. 

Invitación a aprender de la mano del maestro

A lo largo de ciento cincuenta grabados y sus respectivos textos, más una conclusión, el libro de Comenius repasa temas y conceptos de áreas tan diversas como la religión, la astronomía, los oficios, el orden de las ciudades, las virtudes, las partes de la casa, la organización social, la naturaleza, la anatomía humana, la justicia (incluyendo un pormenorizado catálogo de los castigos físicos), etc. Muchas de sus aseveraciones encierran conocimientos esenciales que formaban parte de la mentalidad de la temprana modernidad y que, sospecho, van camino a perderse. Repasando los animales salvajes, por ejemplo, nos enseña que el tigre es el más feroz de todos, que la zorra es la más astuta o que el tejón es feliz en los escondrijos. Hablando de los viajeros, no deja de mencionar que el caminante necesita un confiable y conversador acompañante y que se cuide de los ladrones tanto en el camino como en la posada donde pase la noche. Toda la astronomía expuesta es, naturalmente, geocéntrica, como requería la religión. Sin embargo, como parte del sincretismo cultural europeo, se enseña también sobre los dioses paganos y se introducen conceptos de la filosofía y la ética clásicas. Así, nos encontramos con la famosa Y pitagórica que nos señala cuál es el camino de la virtud, el estrecho y difícil (incluso con espinas, como dice Comenius) a la derecha, opuesto al de la izquierda, la del vicio, del cual hermosa es la entrada, pero vergonzosa y abismal es la salida. Esa misma Y pitagórica, con la que quería explicar Comenius a los pequeños los dilemas cotidianos de la conducta humana, se encuentra en libros tan distantes uno del otro como el Guzmán de Alfarache y Los ríos profundos de Arguedas. Léase el Comenius para iniciarse en la cosmovisión clásica y luego empréndase viaje por la oscura región de Lacan, Derrida, Latour o Guattari. La comparación no tiene desperdicio.

Exposición de la astronomía geocéntrica

Enriqueta, duquesa (y 5)

5

Nadie en Pisco ha sabido responderme a alguna de las variantes de la única pregunta pertinente: ¿y qué pasó con la condesita? ¿y volvió la princesita a Pisco? ¿qué le ocurrió a la duquesa tras su viaje? La gente se queda con la imagen de la princesa del pueblo, joven y sencilla, antes de embarcarse. Luego, su figura se desvanece y solo queda su estela sobre el océano de la memoria. Diríase que a nadie le apetece indagar al respecto y todos se aferran a un cómodo hasta luego

A mí se me ocurren varias hipótesis para cerrar este relato. Las divido en dos: las felices y las aciagas. La primera hipótesis feliz es que Orsini se quedó con Enriqueta luego de obtener su ganancia con el tour, que se enamoraron en medio de la travesía y acabaron rodando por el mundo, embaucando de vez en cuando a los crédulos con la historia de la duquesa de Amalfi, ahora exiliada de manera permanente, siempre en tránsito para hacer su relato más vívido y urgente. La segunda en esa misma vía dichosa es que se desprendieron de la identidad de la duquesa, cruzaron el puente de Brooklyn y montaron una pescadería de barrio, con la habilidad de Orsini para los negocios y la vocación de Enriqueta como muchacha de puerto. Lo cierto es que, explorando esta posibilidad, ubiqué una tienda de mariscos con el nombre Amalfitano’s en Flushing, Queens. El dueño actual se llama Gianni Carbone y me dijo que el negocio se lo había traspasado su tío, quien a su vez lo había adquirido de un paisano cuyo nombre no se ha conservado. Habría que investigar en los archivos públicos las licencias de funcionamiento del local décadas atrás, si aún se conservan. 

Hasta allí las hipótesis felices. Las aciagas son más numerosas, pero solo referiré un par, por no agotar a mi lector. La primera es que Orsini abandonó a Enriqueta en algún punto del viaje y cargó con todo el dinero recaudado. No me extrañaría nada, considerando que desde su estancia en Pisco se mostró astuto para persuadir incautos (la hija de Vicky me confesó que su madre cosió a crédito antes del viaje) y capaz de aprovecharse de cualquier situación ventajosa (como ser él quien recaudara el dinero y adquiriese los pasajes en barco, sin rendir cuentas a la nonna de todo lo que ella le había adelantado). Orsini se habría ido a Canadá a montar un negocio de tala de árboles o de vuelta a Sudamérica a conseguir otra duquesa cuya tragedia explotar. Lo cierto es que hay un Orsini que anduvo en el norte de Argentina, en los años sesenta, estafando en muchos pueblos junto a un gigante luchador, con el que montaba un desafío amañado desde el inicio. Su fama es tan grande que se escribió un cuento sobre él y hasta se rodó una película, llamada Mal día para pescar. Estoy seguro de que estas noticias, ni mucho menos el filme, nunca llegaron a Pisco, felizmente. Mi segunda hipótesis de un desenlace triste es que Orsini cumplió con su palabra y trajo de vuelta a Pisco a Enriqueta, con su título revalidado a través de los recortes de prensa, como la nota de The New York Times y el artículo de The Herald of the Hamptons. La nonna, felicísima, habría organizado audiencias por las tardes para que la duquesa contase las anécdotas del viaje y el commendatore tradujera los textos en inglés e ilustrase los detalles que Enriqueta pasase por alto o no recordara bien. 

¿Qué de triste hay en ese final? Si Orsini era quien demostraba ser hasta entonces, su mascarada también acabaría en pocas semanas. El commendatore se deslizaría por debajo de su ventana, de madrugada, un día cualquiera, y se iría caminando hasta que amaneciera, junto a la carretera y esperaría que alguien lo llevase a otro destino y a una nueva aventura. La desaparición de Orsini traería, entonces, la catástrofe de la real Enriqueta y la apoteosis de la falsa duquesa. Recordemos que ella fue legitimada por él, quien parecía el único noble verdadero que había pisado Pisco antes de que se desvelara la identidad ducal de Enriqueta. Todo lo cotidiano es mucho y feo; los días pueden ser más abrasivos que el mar y la paraca, esa lluvia de arena de la que es tan difícil escapar. El tiempo consumía a la Enriqueta de verdad y a su vez consolidaba la leyenda de la duquesa, memoria de años extintos. Me explico mejor: nadie quiere ver a una condesitaenvejecer hollando el polvo de los caminos que todos los demás también huellan. Las generaciones pasan y los jóvenes ignoran u olvidan, pierden el respeto por lo que ven a diario. La nonna falleció en 1948 y todavía arrastraba deudas del viaje a Nueva York (entre ellas la de la costurera Vicky) que le habían enemistado con sus vecinos. Patsy, la florista, se casó con un pescador y parió tres hijos antes de que él se ahogara. La viudez y la pobreza hicieron su vida amarga. Susana, la del club de lectura, acabó por aburrirse de Pisco y pidió su traslado a Lima. Allí conoció a Blanca Varela y, bajo su amparo, se dedicó a escribir sus propios versos, en los que no he encontrado una sola referencia a Pisco, a su amiga famosa o a la poesía de Eguren. 

¿Y Enriqueta? Para ella la vida fue más difícil aún. Vivió hasta los veintidós años siendo muchacha de puerto de día y duquesa por las noches. Con Orsini, se convirtió, por aclamación popular, en la princesita de Pisco y esa nueva imagen canceló su vida anterior. Al regresar de Nueva York y perder a Orsini, no pudo mantener por mucho tiempo la novedad de su título refrendado tan lejos y en otra lengua. Quienes la rodeaban, empezaron a desconocerla, a alejarse o a desaparecer, como Orsini, y la duquesa de Amalfi entonces se transformó, poco a poco, en una imagen antigua, un recuerdo de otra época. La Enriqueta de carne y hueso se fue disociando de la Enriqueta con alma de duquesa y mientras la primera se vulgarizaba la segunda era elevada a los altares, como había ocurrido siglos atrás con el milagroso niño santo de Pisco. Quizás por eso nadie ha sabido darme razón de Enriqueta después de la desaparición de Orsini. No he encontrado un solo documento con su nombre en Pisco. La soledad duele menos que la piedad. Por eso, intuyo que se encerró en la casona, cuando se quedó sola, o se mudó a Lima, para vivir anónimamente. Porque lo cierto es que ya no era nadie. Había entregado su vida y su nombre a la duquesa de Amalfi. Sin proponérselo, siguió la lección de Orsini: vivió un sueño, que era su destino de duquesa, y se desvaneció con él.

  

Enriqueta, duquesa (4)

4

En el momento en que el transporte Chalaco, con Enriqueta y Orsini en su lista de pasajeros, zarpó de Pisco con dirección al Callao se acaba la parte folclórica de esta historia. Todo lo narrado hasta ese punto proviene de la tradición oral de viejos pisqueños. Lo que contaré a continuación lo he podido reconstruir con evidencia documental y suposiciones más o menos verosímiles que se desprenden de aquellos documentos.

El primero de ellos es el registro de pasajeros del Spirit of Plymouth, que arribó a la isla de Ellis el 13 de julio de 1943. Este confirma la llegada de ambos a Nueva York e incluye tanto un hallazgo como una pérdida lamentable. El hallazgo es la alteración del apellido de Enriqueta, quien aparece como Enriqueta Orsini en el libro. Es de creer que sería más sencillo para el commendatore viajar con ella identificándola como su hija o hermana. Lo que lamento es que no se hayan preservado las fotografías que debieron tomarles durante el periodo de cuarentena en la isla. Sin embargo, no me cuesta imaginar a Enriqueta mirando con ansiedad el perfil de los rascacielos frente a Ellis, mientras evoca la aridez y la bajura de las viviendas de su lejano puerto. Orsini, por su parte, se pasaría el tiempo fumando, hablando con otros pasajeros en espera, haciendo contactos y planeando los siguientes pasos cuando les autorizaran cruzar a Manhattan.

Debieron hacerlo a fines de agosto. Tengo en mis manos un recibo de lavandería del Hudson Hotel por cinco libras de ropa blanca fechado en septiembre de ese mismo año. Según mis indagaciones, ese hospedaje, pues llamarlo hotel es una exageración del papel, era humilde, aunque estratégicamente ubicado en Broadway, cerca de la escuela de música Juilliard. El nombre que figura en el recibo es ambiguo, ya que ahora reza Enricorsini y costaría determinar a quién de los dos se refiere, si a Enriqueta, quien usaría el apellido de él a diario, o a Orsini, cuyo nombre entonces habría sido Enrico. Probablemente ninguna de las explicaciones es auténtica, aunque ambas suenan verosímiles. Creo que ese es un patrón de lo que fue su estancia en la ciudad: sus identidades y sus actos eran razonablemente creíbles hasta que se pudiera demostrar lo contrario. Y, por lo que se sabe, eso nunca ocurrió. 

El siguiente testimonio de su paso por Nueva York es menos impreciso, pero mucho más fantástico. En la página de sociales de The New York Times, con fecha 28 de septiembre de 1943, he encontrado la nota -otra vez, porca miseria, sin fotografía que la ilustre- sobre el estreno en el teatro Beacon de una nueva versión de The Duchess of Malfi de John Webster. Tras comentar la composición del reparto y las sobresalientes actuaciones femeninas, el artículo deja caer un detalle anecdótico del estreno: “Al final de la obra, el director anunció que entre la audiencia se encontraba la última duquesa de Malfi [sic], la cual se puso de pie y recibió una mayor aclamación que la actriz que interpretó a su infeliz antepasada. Su chambelán informó que la duquesa se queda en Nueva York hasta fin de año”.

De la nota se desprende que Orsini logró convencer, por primera vez, a una audiencia diferente a la de Pisco, de que Enriqueta era la duquesa de Amalfi. El golpe de efecto no pudo ser mejor elegido: ¿quién hubiera dudado, tras admirar la tragedia de Webster, de que esa delicada muchacha, vestida de blanco doncellil, no iba a ser la descendiente de la desgraciada protagonista de la obra que acababan de ver? Cualquier demérito que pudiera achacársele se desvanecía alrededor de ese escenario donde se había derramado, en la ficción, sangre inocente de una joven mujer cuyos infortunios no costaría nada a Orsini traer a cuento para que los espectadores compadecieran la situación de Enriqueta, lejos de su tierra y en apuros económicos.

Porque si Enriqueta extrañaba tanto Pisco, como sospecho, la melancolía en su mirada habrá servido al commendatore, ahora hábil chambelán suyo, para llamar la atención de gentes respetables y presentarla como la auténtica duquesa de Amalfi, portadora de un linaje desdichado y despojada por los nobles fascistas de su país, entre ellos su tío Otavio Piccolomini, quien se había apropiado, con malas artes, del título que era legítimamente de ella por línea directa. Al menos ese es el testimonio que se puede extraer de la nota coquetamente titulada The Barefoot Duchess, que salió en The Herald of the Hamptons, un periódico de corta tirada de aquel lugar de veraneo de la clase alta neoyorkina. La publicación, del 28 de noviembre, dos meses después de la nota del Times, ofrece un hallazgo importantísimo y una terrible omisión. El milagroso hallazgo: finalmente, contamos con una imagen de Enriqueta. Ella aparece en el centro del cuadro, rodeada de hombres y mujeres con aspecto anglosajón, con trajes de tweed y listos para jugar al cricket. A su derecha, un hombre de chaleco y bursalino ladeado, sonriente. Es Orsini, indudablemente. Enriqueta lleva un vestido oscuro sin mangas con un cordón que evidencia la delgadez de su cintura. El cabello apenas le besa los hombros rectos. La fotografía, en blanco y negro, permite distinguir sus ojos claros. Gracias a ellos, el rostro como dibujado luce sereno, aunque inexpresivo, como si hubiera posado para muchas fotos y tuviese los músculos ya rígidos. La terrible omisión: en su triste historia, según la recoge The Herald of the Hamptons, Enriqueta vivió toda su vida en la costa amalfitana. Quizás a Orsini le pareció inelegante mencionar un lugar tan remoto y exótico como Pisco. Sin embargo, creo que cuando el texto dice criada junto a un pueblo de pescadores, la joven duquesa confiesa que a veces extraña la vida sencilla del puerto de su infancia…Enriqueta lanzaba una referencia velada a su puerto sepultado, como una botella al mar de la incomprensión.

Esto es todo lo que se puede afirmar, con seguridad, sobre la estancia de Enriqueta en Nueva York, a partir de los cuatro documentos que encontré en mis arduas pesquisas in situ. No hay rastro ni de ella ni de Orsini después del 28 de noviembre de 1943. ¿Habrá visto nevar la duquesa de Amalfi aquel diciembre? ¿Habrá recibido el nuevo año en Times Square? ¿Habrá vuelto a ver a aquellas personas que la rodeaban empáticas en la fotografía de los Hamptons? En este punto las certezas acaban y la historia se vuelve absoluta leyenda.

Enriqueta, duquesa (3)

3

En los días siguientes, el commendatore se instaló en la habitación de invitados de la casona, a la que la nonna mandó cambiar la cerradura para bloquear la puerta por fuera y mantenerlo encerrado por las noches; solo para evitar las murmuraciones, ya que el signore se había ganado su absoluta confianza desde el principio. Al atardecer, Orsini paseaba por el muelle con las dos mujeres tomadas de sus brazos, para recibir los saludos de la gente, a los que él respondía con una sonrisa y una venia, mientras Enriqueta alzaba su mano para saludar con parsimonia, según le había adiestrado la nonna, quien sacaba el pecho observando el escenario con ojos brillantes. Orsini llevaba un clavel en el ojal y el bursalino de lado, dichoso como si fuera el padre o el hermano mayor de la muchacha, a la que llamaba principessa en casa y donna adherido a su nombre en público. 

El pueblo estaba fascinado y nadie objetó el nuevo trato hacia esa veinteañera que, hacía bien poco, escogía el pescado con la nonna, lo recibía envuelto en hojas de periódico y lo hacía filetes con mano diestra. Parecía, por el respeto que todos le tributaban ahora, tras la revelación del commendatore, que se trataba de un secreto a voces y que había bastado con que viniera aquel forastero para que fuera ella, indudablemente, la duquesa de Amalfi, refugiada, escondida de las miradas inquisitivas, en el apacible puerto de Pisco. En la memoria colectiva esa es la imagen de Enriqueta que quedó indeleble, la de una especie de princesa del pueblo. Ante la dificultad de ponerle un diminutivo a su nombre, se alteró su título para darle un toque familiar y afectuoso. Alguien recuerda que la condesita iba a la misa de doce con mantilla y abanico. Otro, que la princesita se ponía en el pelo las flores que le daban los niños cuando salía de paseo. La hija de la costurera Vicky dice que allá en Pisco, mi mamá, que en paz descanse, le cosía vestidos a una condesa que, con su título y todo, era bien sencilla y cariñosa

A todo esto, ¿quién era el commendatore Orsini? En Pisco todos creyeron que era un noble, como Enriqueta, y algunos inclusive asumieron que era su primo o tío lejano. Aunque nunca se le vio sacar un solo billete del bolsillo, porque todos le invitaban o él se hacía invitar con su personalidad encantadora, nadie dudaba de que era un hombre distinguido y acostumbrado a la buena vida. Por eso no extrañó que, a partir de la segunda semana de estar en Pisco, empezara a decir que había venido justo a tiempo para llevar a Enriqueta a conocer a su familia, a sus parientes de la casa de Amalfi, los cuales habían escapado de Italia tras la invasión nazi y habían recalado en Nueva York. La nonna, ilusionada porque al fin alguien que parecía un noble de verdad reconocía el título y veneraba a su nieta, aceptó la idea y hasta ayudó a financiarla. Ya que había que preparar el ajuar de Enriqueta para un viaje tan largo al hemisferio norte, empeñó muebles, pidió dinero prestado y mandó a remozar toda la ropa de su difunta hija. Orsini, para ayudar en la empresa, organizó una cena profondos para el viaje de la duquesa de Amalfi, entre hacendados y comerciantes de Pisco, Ica y Chincha, para lo cual no tuvo vergüenza alguna de rifar hasta tres lugares en la mesa de Enriqueta. La recaudación fue tan exitosa que todo el dinero necesario fue reunido a tiempo.

Para satisfacción de Orsini su estancia en la casona no duró más de un mes, ya que al cumplir ese plazo partió, según sus planes, llevándose a Enriqueta. No obstante, esas cuatro semanas de la aclamada duquesa de Pisco han pasado a resumir, para muchos, sus veintidós años de vida previos. Desde esa perspectiva, que guarda la memoria de quienes la conocieron, tal fue siempre Enriqueta: en definitiva, la princesita de Pisco, la que paseaba con Orsini por las tardes para ser aclamada y bailó en su cena pro fondos con guantes blancos largos. La historia dice que la duquesa se despidió de su pueblo en olor de multitudes, con un coro de niños que le cantó No es más que un hasta luego / no es más que un breve adiós, con las amigas de misa de su nonna en lágrimas por su partida y la costurera Vicky llegando a último minuto al muelle para entregarle los vestidos que faltaban en su ajuar. El commendatore abrazó a la nonna y dijo a la gente reunida que después de ese tour de seis meses volverían con el título revalidado y que la duquesa se llevaba a Pisco en el corazón. Enriqueta sostuvo la sonrisa hasta que, ya a bordo, confirmó que nadie más la miraba. Entonces buscó un rincón y se puso a llorar sujetando fuerte el rosario que había sido de su madre.

Enriqueta, duquesa (2)

2

Cuando Enriqueta cumplió dieciocho años, su nonna empezó a probarle los vestidos que había dejado su madre. Descubrió, con suma alegría, dos cosas: que le quedaban a la perfección y que a Enriqueta le gustaban. Parecía haber encontrado el equilibrio entre la desenvuelta muchacha, criada alrededor de pescadores rudos y mujeres tenaces, y la digna heredera que debía estar preparada para asumir el título de la familia, pese a que este vivía el sueño eterno del auténtico Duca di Amalfi, quien en el daguerrotipo del velador lucía frac, bastón y monóculo. Cuando Enriqueta cumplió veinte, un marino francés la vino a buscar a la casona para invitarla a dar un paseo. La nonna la regañó por haber cruzado palabra con él en el muelle el día en que llegó su barco. Enriqueta tuvo que confesarle, con vergüenza, que tan solo le había respondido merci, en el francés escuchado en la radionovela, cuando este le había saludado con marcialidad quitándose la gorra. La anciana se tranquilizó y decidió no contarle nada sobre su padre marino, para evitar que la joven desarrollase una afición seria hacia quienes veía con tanta familiaridad. Le contó la mentira de que su padre, Amadeo, había muerto al caer en un precipicio, en las montañas de los Andes, a las que había escalado emulando su juventud alpina. Pensó que, si la había educado tan bien como creía, Enriqueta sabría esperar a que su destino se cumpliera. Porque una duquesa, tal como un rey, posee un destino y no puede darle la espalda. En ese destino se encuentra su libertad, el espacio en que debe saber tomar decisiones para conservar su patrimonio, transmitirlo y, de ser posible, aumentarlo. Para ello, debe saber decir hasta luego y nunca adiós.

El destino de la solitaria duquesa de Pisco se definió el día que cumplió veintidós años. Esa mañana su nonna despertó decidida a preparar, por horas, el postre favorito de Enriqueta: la crema bávara que il Duca di Amalfi degustaba cuando se hospedaba en el Ritz de París. Aparte de ello, era un día común: ir al mercado temprano, cocinar, aderezar la casa y alistarlo todo para el autóctono lonche, al que vendrían las vecinas de su calle, las amigas de misa de la nonna, el párroco y las dos únicas amistades que Enriqueta había labrado en el puerto: Patsy, la vendedora de flores del mercado, y Susana, la profesora de la escuela fiscal, con la que mantenía un club de lectura (gracias a ella había leído a José María Eguren, quien había desbancado a Darío en sus preferencias). Nadie esperaba otro invitado varón que no fuera el piadoso padre José, quien homenajearía a Enriqueta cantando Solamente una vez y otros temas de Agustín Lara. Ella estrenaría el vestido con corsé color blanco y diadema a juego que su madre se había puesto una sola vez, en su pedida de mano, y estaba preparada para recitar una antología personal de Eguren: empezaría con El bote viejo, para que no fuera tan chocante para su público, y luego arrancaría con los Lieder. Todo estaba programado para ser una velada agradable y sin mayores sorpresas, salvo el simbolismo egureniano que reemplazaría (eso deseaba Enriqueta) al modernismo en su onomástico a partir de este año. 

Nadie esperaba el toque de la puerta cuando Enriqueta cerraba, sin sonrojarse, la estrofa más arriesgada de El bote viejolos novios, en la tarde, / en su alta quilla se recuestan / y a los vientos marinos / de amor se besan. Ninguno de los presentes, ni siquiera el severo padre José, percibió los incendiados versos, ya que toda su atención se dirigió a la inesperada visita que se detuvo unos segundos en el marco de la puerta, quitándose el sombrero con una mano y extendiendo un ramo de flores con la otra. “Para donna Enriqueta”, dijo con aquella sonrisa que se volvería mítica entre los vecinos del puerto en las siguientes semanas. La nonna recibió el sombrero y tomó las flores en nombre de la muchacha, sin prestar atención, al inicio, al tratamiento que empleó el visitante. Este se sentó entre el padre José y Susana, cruzó las piernas y se puso a fumar mientras miraba embelesado a Enriqueta, quien arrancó con el Lied IEra el alba…

Al acabar el poema y tras recibir los aplausos, el visitante elogió la prosodia, la elección del poema y concluyó que era ella, Enriqueta, la única que podría, en todo Pisco, proponer eso de y tus ojos / el fantasma de la noche olvidaron / abiertos a la joven canción. “Porque la joven canción, señores míos, es donna Enriqueta, duquesa de Amalfi, cuya presencia en este hermoso y pujante pueblo lo ilumina todo”, a lo cual tomó su mano e hizo una genuflexión. Solamente Patsy hizo un amago de risa, pero se cortó cuando se dio cuenta de que todos, desde el padre José hasta Vicky, la costurera, pasando por la profesora Susana, se habían puesto de pie y aplaudían admirados. La nonna entonces habló: “Signore, usted parece venir de muy lejos, ¿cómo se enteró del cumpleaños?”. El hombre volvió a sonreír, satisfecho del trato, y contestó: “Commendatore, venerable madre, commendatore Orsini, de la República de Siena. Vine preguntando desde el Callao y no me costó llegar a tiempo. Hasta hoy, solo unos pocos conocíamos a nuestra querida duquesa, ahora deben conocerla todos. ¿Alguien tendrá una botella de vino para brindar?”. La nonna no supo a donde mirar, pero el padre José dijo que en cinco minutos podía ir al despacho parroquial y volver con una de lo más fino.

Enriqueta, duquesa (prólogo y 1)

Existe en la costa del Perú un puerto llamado Pisco, en el que un poeta debió inspirarse cuando compuso su Puerto sepultado. Un lugar remoto y en ruinas, que guarda vestigios de historia desde que las primeras embarcaciones españolas arribaron a sus playas. En siglos sucesivos, el puerto de Pisco recibió nuevos expedicionarios que enarbolaban todo tipo de bandera, credo e ideología. Por Pisco ingresó al virreinato peruano la primera imagen del nuevo rey Borbón, cuando la guerra sucesoria tras la muerte de Carlos II; Pisco también recibió a la expedición libertadora de José de San Martín, cuando la patria niña daba vagidos; Pisco vio primero que ninguno, entre la niebla, los blindados del enemigo chileno antes de la horrenda ocupación de Lima. Diríase que Pisco lo ha vivido todo y ahora solo queda incólume como la tierra agotada por la historia que arrasó con el país. Entre tantos personajes que Pisco cobijó, existe uno que aún se narra, fragmentario y fantástico, como paradigmático cuento de viejas entre los nonagenarios que viven en los ranchos que, pese a la modernidad de cemento e industria, siguen en pie. Quienes hayan visitado Pisco e indagado por esta historia la conocerán con muchos títulos: la historia de la condesita, la princesita de Pisco, la falsa duquesa (el título ducal no resiste el diminutivo) o simplemente la duquesa. Este último nombre es el que prefiero yo, porque aún no me aclaro cuánto de falso o verdadero hay en el relato. Mi lector juzgará. Con tantos retazos y datos sueltos, he intentado tejer un lienzo uniforme que intente honrar el secreto esencial que el personaje y sus avatares encierran. Esta es la historia de Enriqueta, la duquesa de Amalfi que, cuentan los ancianos locales, vivió en Pisco.

1

Habiendo perdido sus prebendas y privilegios coloniales, Pisco decae durante la temprana república y para mediados del siglo XX languidece. En su vida pacífica, posee una aldea de pescadores, una aduana, unos cuantos comercios y casonas antiguas que conservan el polvo de las botas de los soldados y los navegantes extranjeros que ocuparon el puerto. Una de ellas, en tan mal estado que es inhabitable ahora, amparó a la supuesta duquesa. Es fácil de reconocer porque tiene una fachada rosada, un balcón que nadie ha pisado en cien años y es fama que en ella se deja ver el fantasma de la muchacha algunas noches claras. Pero cuando Enriqueta daba saltos y corría por esos pisos de madera que crujían, la casona ya era añeja y estaba amenazada por la corrosión del mar. Nada de esto importaba entonces, porque la criaba su abuela, que ella siempre llamó nonna (así la llamaremos en adelante), y el mundo era la casona de techos altísimos, la calle que daba al muelle y la playa de piedras redondas. Aunque todos la reconocían, solo algunos la saludaban. Enriqueta era huérfana y quienes se callaban al verla lo hacían por respeto a la desgracia que se había ensañado sobre la venerable anciana que la llevaba del brazo consigo: la madre de Enriqueta había muerto en el parto a los veintidós años, en la flor de su edad, y el padre de la criatura había marchado a Buenos Aires para enrolarse como partisano y luchar por su patria allende los mares. Con las prisas de la partida y la emoción patriótica, los padres de Enriqueta -ambos ignorantes de serlo- no se despidieron apropiadamente, porque no sabían que no volverían a verse. 

Yo creo que ese suave hasta pronto en lugar de un fatal adiós determinó el carácter de su hija. A los diez años, Enriqueta corría por el muelle persiguiendo el vuelo bajo de las gaviotas, sin miedo a tropezar o lastimarse las rodillas. Solo la interrumpía el perfil de los barcos, de donde bajaba gente con rostros y lenguas diferentes. Ella se detenía entonces, a mirar con curiosidad, mientras pensaba en las historias que traerían y las que iban a llevarse consigo al partir. Era el momento indicado para volver a casa y contárselo a la nonna, quien le volvería a contar, a propósito, las anécdotas de un viaje similar, aunque atravesando el Atlántico y no el Pacífico, más o menos a tu misma edad. Y en su voz débil pero emocionada se recreaban las mañanas en cubierta, las tardes jugando a las cartas y las noches de cena y baile. Entonces estaba vivo su padre, il Duca di Amalfi, quien pedía champaña para todos y brindaba por aquella aventura americana en la que iba a invertir toda su fortuna. Mas, al llegar al lejano Perú, la alicaída economía posterior a la guerra con Chile, una traición y su ceguera para el fracaso, que le impidió retirarse a tiempo, habían producido la calamidad de la que la nonna había sobrevivido gracias a la caridad de algunos paisanos, entre ellos varios antiguos tributarios de su padre, que la consideraban la heredera del título con todas sus prerrogativas. La nonna consumía tiempo en explicarle a Enriqueta la naturaleza del ducato, sus obligaciones, así como la mezcla de devoción y miedo que inspiraba entre las gentes del común en Nápoles. A su nieta el entusiasmo le duraba poco, ya que, junto con la diligencia en cuidar el vuelo de su vestido y sus trenzas francesas, las rodillas de Enriqueta pugnaban por llevársela lejos, ni siquiera ella podía saber dónde, y le costaban rasponazos y cicatrices que sabía curar con hojas de sábila antes de que las descubriera su nonna, más preocupada en que su nieta aprendiera a bailar el vals vienés, a recitar poemas de Rubén Darío y a conducirse según el protocolo que correspondía a su rango. 

Y así, entre recuerdos del viejo ducado de Amalfi, barcos de banderas nuevas y otras conocidas, entre juegos infantiles y lecciones severas de conducta, Enriqueta se convirtió en una muchacha de puerto, ágil, risueña y sencilla, durante el día, y la heredera de un ducado que su nonna le pintaba a la manera veneciana, con las yemas de los dedos, por las noches, cuando la anciana le enseñaba a hacer ganchillo o le pedía que le leyese novelas de Balzac, donde siempre había una dama en apuros, un joven romántico y un usurero malvado.   

«Deseo carnal. Alaska y Dinarama, mil campanas» de Marcos Gendre

Marcos Gendre es un crítico musical que colabora en las principales publicaciones, tanto impresas como virtuales, dedicadas al pop rock contemporáneo. Este libro es un homenaje al álbum de Alaska y Dinarama Deseo carnal, de 1984, mediante una recopilación de entrevistas, testimonios y algunos textos del autor con intuiciones útiles, en el estilo de la crítica musical de las gacetillas; aunque sin mayor profundidad en comparación con el género del ensayo propiamente dicho. No obstante, el libro se deja leer bien y contiene material relevante para comprender el valor del álbum en cuestión y el lugar de la banda en la historia del pop rock español y, más específicamente, en el contexto de la movida.

De esa forma, este libro encierra una pequeña historia, llena de anécdotas y algunas opiniones más o menos autorizadas que pueden ser de interés para el lector curioso en torno a la cultura pop y los años ochenta en la Península. La máxima expresión de estos años es, precisamente, la movida y algunos de sus exponentes (como Pedro Almódovar, quien también fue músico por entonces) se mantienen vigentes y han elaborado una obra o bien una identidad propia, como la misma Alaska (nombre artístico de Olvido Gara). El libro repasa en sus primeros capítulos el contexto que ve surgir a la banda: el Madrid de Tierno Galván, la influencia de Andy Warhol, la larga sombra del dúo Vainica Doble (verdaderas madrinas de la Movida, como se las denomina), así como los perfiles de los tres integrantes de Alaska y Dinarama: la cantante Olvido Gara (a quien convencieron de unirse a la banda cuando andaba pensando en retirarse de la escena, ironías de la vida visto desde ahora), y los músicos Carlos Berlanga y Nacho Canut. Mientras estos últimos eran el músculo creativo musical de la banda (letras y música al alimón), Alaska era algo así como una frontwoman para el proyecto, pues ya entonces consolidó su imagen que acabaría por darle el título, bien ganado, de diva. Si Berlanga y Canut podían ser huraños o ariscos frente a lo que significaba la promoción de un disco (sonreír todo el tiempo, jugar con el público, dar entrevistas, giras extenuantes, etc.), Alaska era la que se encargaba de ser la cara de la banda y alrededor de ella se consolidó su imagen glam, de la mano del sonido que bebía del mundo anglosajón, naturalizándolo en español y con influencias más nativas. 

Quizás porque quienes se van primero son los mejores, el libro se llena de anécdotas y reflexiones sobre Carlos Berlanga, cuya personalidad y talento le daban un carisma casi de genio. De los tres, era el de carácter más difícil, indiferente y, sobre todo, desentendido de la fama y sus miserias. Tanto él como Canut eran chicos bien, pero Berlanga, como hijo del director Luis G. Berlanga, pertenecía de antemano a una élite, aristocracia artística o jet set que le aburría (como a todo caballero). Plenamente consciente de sus habilidades, no dudaba en decir que prefería pintar a componer música y bajarse del escenario apenas podía para escapar y recluirse en su casa de playa. Destacó tanto en la música como en la plástica, ciertamente. Quien vea sus cuadros reconocerá una influencia de Picasso y de Warhol, pero también un pincel notable y con obras interesantes.

La segunda parte del libro, y de seguro la más jugosa para el melómano, contiene semblanzas y reflexiones sobre las canciones que componen el álbum Deseo carnal. Se trata de diez canciones, de las cuales al menos cuatro han pasado al canon musical de nuestro idioma, lo cual es admirable: “Cómo pudiste hacerme esto a mí” es un homenaje al Hollywood clásico; “Ni tú ni nadie” es, como dicen sus creadores, una canción con sonido Motown y es cierto que su ritmo y los coros recuerdan a The Supremes. “Un hombre de verdad” es, como en Mecano, una letra de amor homosexual, pero cantada por una mujer, lo cual le da un sentido sutil de transgresión inconcebible en los tiempos que corren; “Deseo carnal” recupera la tradición del bolero y la reinventa para la juventud de hace cuarenta años. Luego quedan canciones menos canónicas, pero también destacables, como la gótica “Isis” (que menciona las caras de Bélmez) o “Falsas costumbres”, con su alusión a Las flores del mal en aquellos versos (“no volver a pecar / sin comulgar / con las flores del mal”) que remiten al primer poema (“Al lector”) del libro de Baudelaire (“nuestro pecar es testarudo, nuestros arrepentimientos cobardes”, dice el francés). En suma, una invitación a escuchar Deseo carnal completo otra vez.

¿Impostoras o pícaras?: a propósito de «Inventing Anna» y «The Dropout»

Si bien la picaresca como género o modelo de escritura ya no existe, sí podemos identificar personajes más o menos picarescos en ficciones contemporáneas. Y son pícaras, precisamente, con lo que la misoginia tradicional de la picaresca se amortigua. En Inventing Anna, su protagonista, la impostora Anna Delvey, es lo más parecido a una pícara, aunque carece de humor y moralismo. Pobre y víctima del desprecio por su origen extranjero en Alemania, la Anna que conocemos nosotros es cínica y tiene aspiraciones de ser una dama de alta sociedad. Sin embargo, como a todo pícaro, en el momento en el que puede alcanzar su meta (si para el pícaro tradicional el éxito es un buen matrimonio que lo encumbre, para Anna es que le financien su negocio propio), se le cae el montaje. De hecho, Anna sigue el primer consejo del manual de todo falso noble que quiere dar el pego, según lo aplicaba el hidalgo famélico del Lazarillo: habla recio, di que esto te parece poco y que eres de un lugar muy lejano.

La serie también acusa a los que confiaban en ella, porque también querían aprovecharse. La diferencia es que su especulación es legítima, porque tienen el respaldo de su dinero y su poder social. Si Anna se queja es porque no puede entrar a ese club privado en el que jugar con inversionistas. En el fondo es una gran desclasada, como buena pícara. Y por eso, al final, se solaza con la idea de que casi lo logra y defraudó a muchos, a quienes claramente desprecia, porque (según ella) no son menos sinvergüenzas que ella especulando con inversiones y jugando con las ilusiones ajenas. No encontramos en Anna ningún tipo de acto de contrición o duda sobre sí misma que la haga vulnerable, probablemente porque es en verdad una sociópata. Sin embargo, como toda pícara, termina mal (en la cárcel).

Un problema de la picaresca aplicada a Inventing Anna es que las estafas o engaños no nos resultan agradables, porque sus víctimas no tienen tachas morales tan evidentes. En la picaresca tradicional, el pícaro es algo así como un Robin Hood y eso avala el humor de sus burlas y estafas. En el caso de Inventing Anna, más allá del elitismo de sus víctimas, no hay mucho más en ellas que las haga repulsivas y que haga que celebremos la burla pesada de Anna, sintiendo que se salió con la suya. Anna nos puede resultar un personaje fascinante, pero nunca logra que nos solidaricemos con ella. Incluso sus lágrimas son manipulación y nunca accederemos a su fuero más interno. Mucho menos observaremos un uso recurrente del humor como validación de las estafas.

Por otro lado, The Dropout no tiene mucho de picaresca en apariencia. A diferencia de Anna Delvey, Elizabeth Holmes era alguien que tenía todo para triunfar y quería ser buena. No tiene ningún sentimiento de desclasada ni aspiraciones sociales que resulten difíciles de alcanzar para alguien como ella (por su origen, sus conexiones, su formación, etc.). Ella pertenece a una elite, burguesa e intelectual, de la California de los emprendedores en ciencia. Tiene más bien algo de quijotesco al inicio de la serie: un idealismo ingenuo que hace que persista en no querer ver que su invento no funciona. Qué bueno sería que fuese como la celada de don Quijote: la rompe una vez, la repara y «sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje”. El problema, como le dicen quienes le quieren, es que jugar a que el invento funciona mientras tanto (mientras se consigue que funcione) es que lo usarán pacientes de verdad que van a poner en riesgo su salud.

La picaresca de Elizabeth Holmes se expresa cuando abraza el cinismo y se ciñe a su guion de aparente éxito y mujer emprendedora genial. La vemos perder todo escrúpulo moral para pasar por encima del rigor de los trámites necesarios para que su invento sea una inversión fiable (la aprobación de la FDA). En esto nos recuerda un poco a Anna, quien necesitaba que la banca de Nueva York le diera el visto bueno a su crédito sin contar con respaldo alguno. Ambas, Anna y Elizabeth, querían “saltarse a la torera” los requisitos, porque creían que lo valían o su proyecto era lo suficientemente bueno para que se hicieran excepciones. He allí lo más cercano a una actitud picaresca ante la vida: una aplicación malsana del ingenio que, al tomar el atajo, cuestiona todo el sistema de buena fe y riesgos medidos que sustenta el mundo de los negocios. Al fin y al cabo, la especulación capitalista (sea en el capitalismo temprano, como en el Guzmán de Alfarache, o en el capitalismo tardío, como en estas series) es el combustible del ingenio picaresco.

Una nota aparte merece el elemento feminista, tan en boga en ficciones actuales, que ambas tramas explotan inteligentemente. En Inventing Anna, la protagonista esgrime que por ser mujer sufre discriminación (con lo que gana algunas negociaciones), mientras que Elizabeth logró situarse en el panorama de gran promesa como la única mujer de una generación llena de varones supuestamente geniales y también emplea su género para persuadir a inversionistas (provocando ora sentimientos paternales, ora solidaridad de aliado). Ambas manipulan el argumento feminista como victimización a su favor, aprovechando un contexto de reivindicaciones legítimas. En Inventing Anna, además, las buenas gentes de Nueva York suman a su condición femenina el que fuese extranjera para ser tolerantes con ella, elemento de suma ingenuidad que es menos rara en la vida real de lo que se cree. Como dice aquella amiga suya estafada (a la que acaba de birlarle sesenta mil dólares): “¡No voy a entregar a una mujer extranjera a la policía! ¡No en la América de Trump!”. Tanto buenismo no ayuda, naturalmente. En suma, entre la política de la época, su talento para la manipulación y la vergüenza de los estafados, Anna Delvey sí alcanza cualidades picarescas de arribismo; en tanto Elizabeth Holmes se degrada, a la picaresca, en aras de un sueño quijotesco (porque ni siquiera soñaba con tener dinero exactamente). Ambas series son recomendables, por entretenidas, por estimular la reflexión y estar bien hechas.

Entre la derecha y la izquierda: Garcilaso y Guamán Poma

O Vargas Llosa y Arguedas. O Charly García y Spinetta. O Faulkner y Hemingway. O Delmira Agustini y Juana de Ibarburu. O Cela y Delibes. O Borges y Onetti. O Real Madrid y Barcelona. O universidad privada y universidad pública. Las dicotomías abundan y si bien generalmente tienen algún sustento, no dejan de mostrar peculiaridades y matices. Sin embargo, cuando dichas dicotomías se impregnan de pasiones políticas o ideológicas el debate se achata hasta volverse un esfuerzo inútil o un diálogo de sordos. En esos casos, simplemente las dicotomías advertidas se vuelven tomas de posición que canalizan una supuesta autoridad moral de unos frente a otros que desatiende la lectura de los textos y se enfoca en la imagen que queremos formar de tal o cual autor porque fortalece lo que el activista de turno quiere demostrar, lo cual sabe de antemano (de allí su activismo).

Esto me lo hizo recordar un comentario de Miguel Gutiérrez que encontré hace poco en un libro reciente de Concepción Reverte Bernal sobre la narrativa histórica de tema colonial en el Perú. En la segunda edición de su muy recomendable Poderes secretos, especie de novela-ensayo, Gutiérrez, reflexionando sobre la dicotomía Garcilaso / Guamán Poma, se sorprendía de cómo su texto, hecho con fines lúdicos (“lo escribí como un divertimento”, admitía sin dificultad), fue interpretado políticamente:

Con el paso de los años, la intelectualidad de izquierda, sobre todo la que procede de las regiones andinas, convirtieron a Guamán Poma y a Nueva Corónica y Buen Gobierno en el símbolo del Perú popular, desgarrado e insumiso, en oposición a Garcilaso de la Vega y sus Comentarios reales, figura ya incorporada al Perú oficial, preferido por la antigua y nueva derecha y por las clases medias cultas urbanas.

Como bien dice Gutiérrez, se trata de un símbolo, adoptado por grupos que no han leído el texto o lo conocen muy por encima, privilegiando la figura que creen que se trasluce de él, andando un poco a ciegas o guiados por prejuicios. Más complicado lo tenían los intelectuales indigenistas, generalmente de izquierda, de inicios del siglo XX: como no contaban con la figura de Guamán Poma (pues todavía no había sido puesto en valor), tenían que exaltar al Garcilaso indio de las formas más alambicadas o de plano contradictorias. Ahora bien, no sé hasta qué punto la Nueva Corónica puede salir de la pluma de un insumiso que, básicamente, escribe una carta al rey, cuya autoridad y soberanía sobre los territorios nunca cuestiona, para protestar por la forma en que se portan los funcionarios que lo representan (acto de lo más normal en la época; los archivos están llenos de documentos así). Lo que este gesto revela es la comprensión cabal de Guamán Poma en torno a los mecanismos de la burocracia y los medios disponibles para un vasallo preocupado por una crisis evidente (dicho esto al margen de si le hicieran caso o no). Es más: en sus dibujos, Guamán Poma se representa a sí mismo vestido como español, reflejando su total incorporación a la sociedad virreinal. Su carácter popular también es dudoso si lo consideramos en oposición a culto o letrado: con limitaciones, su escritura refleja un saber letrado o una aspiración a poseerlo y su capacidad para plasmar las dos cosmovisiones (la andina y la europea, digamos) en su texto es sobresaliente. Otra discusión interesante es que la intelectualidad (según la identifica Gutiérrez) devota de la Nueva Corónica soslaya el sólido catolicismo, no exento de sincretismo, de Guamán Poma y su desprecio hacia el mestizaje racial (dos asuntos difíciles de encajar con una propuesta de izquierdas actual). Solo se me ocurren dos motivos para ello: o ignorancia, por desconocimiento del texto (lo más presumible); o, más penoso y truculento, porque no les conviene tomarlo en cuenta, pues no ayuda a su toma de posición. Hay quien habla de Guamán Poma o se inspira en él por haber visto imágenes icónicas y poco más; algo tan vacío y retórico (en el peor sentido del término) como quien habla de un incendio dantesco y nunca leyó la Comedia.

Por otro lado, lo de Garcilaso como figura o símbolo del Perú oficial ha perdido vigencia. Dicha inclusión de Garcilaso como sujeto culto y de mestizaje armonioso para el discurso político conservador tiene su apogeo en los años 50, pero luego decae. A partir de los años 70 y mucho más en décadas recientes, se ha promovido y consolidado ya al Garcilaso andino y en ese sentido también desgarrado e insumiso, aunque nunca popular (difícil hacerlo con alguien que escribe con prosa tan burilada, pero ese no es un pecado de Garcilaso, sino de su época; tal como antes se esperaba que un político vistiese traje y fuese elocuente, qué lástima). Simplemente, cierto establishment intelectual de ahora emplea el comodín de aquellos referentes antiguos (Porras Barrenechea, Riva-Agüero, etc.) para presentarse como anti-establishment y sumar puntos a su causa; maniobra similar a la del político de derechas actual que habla de la amenaza del chavismo, como las madres hablaban del coco, para que alarmados votantes con ahorros en moneda extranjera crean que defiende sus intereses. Dudo mucho, por cierto, que algún miembro de la nueva derecha haya pasado de la portada de los Comentarios reales, tanto como que algún izquierdista contemporáneo pueda leer la Nueva corónica sin que se le caiga de las manos.

Y todo va de esta manera, como decía el camarada Lázaro. Es más fácil convertir a determinados escritores y obras en meros símbolos o mitos para que encajen en discursos más o menos persuasivos que confirmen nuestra posición, pasando por alto sus matices y sin conocerlos realmente. Este fenómeno encuentra su réplica en asuntos de lo más diversos: la simpatía por determinados artistas (Charly García era considerado más popular, más pop, amigo de Maradona, mientras que Spinetta era más poeta, más lírico; sin embargo, Charly estudió piano en el conservatorio y tiene oído de Mozart), ciudades (¿cuántas veces no he escuchado aquello de “es que Barcelona es tan x y z, mejor que Madrid, ¿no?”; simplemente porque en Madrid suele ganar la derecha y eso molesta); instituciones (como la pasión por enfatizar en qué universidad o colegio estudiaste), lugares de origen (en qué barrio naciste o te criaste; “yo nunca he dejado de ser aquel carasucia de Barracas”, dice el hombre de éxito con casoplón, piscina y Porsche en la puerta) y hasta clubes deportivos. En Perú, conocí científicos sociales de buen colegio (como dicen allá) que se declaraban hinchas de Alianza Lima por razones más profesionales que auténticamente sentimentales. Como muchos presidentes (no recuerdo ninguno que se haya declarado hincha de otro equipo), parece que ser fanático de Alianza te hace ver mejor persona, alguien con vocación popular (Guamán Poma también sería aliancista, en ese sentido) y demagogias así; cuando ningún aficionado al fútbol de verdad se hace seguidor de un equipo por esos motivos. Al final, tales elecciones son meras estrategias que forman parte del self-fashioning de una carrera intelectual, tal como decantarse por Guamán Poma sin haberlo leído, apoyar la independencia catalana sin saber un ápice de historia de España o proclamar a alguien como arequipeño universal sin que nunca haya vivido allí.