“Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices” de Ricardo Piglia

9788433998187Hace unos meses apareció el segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Subtitulado Los años felices, cubre el periodo de 1968 a 1975. Ante todo, aquel subtítulo puede resultar un distractor si se lee literalmente. Son los años felices quizás porque, vistos a la distancia, son aquellos en los que se dedicó exclusivamente a ser un escritor: “Para mí escribir quiere decir ‘estar financiado’”, afirma en 1969. A lo largo del texto, se comprueba que Piglia logró vivir (con aprietos económicos y algunos malabares) de su oficio de escritor y editor. Lo cierto es que no hay momentos de felicidad aparentes, sino el recuento de su vida de escritor a tiempo completo. Inclusive cuando sale a luz su libro de cuentos Nombre falso empieza por encontrarlo deslucido y experimenta todas las inseguridades típicas del escritor. “Solo conozco la felicidad retrospectivamente”, escribe en 1975, en las páginas finales de este volumen. He allí el sentido del subtítulo.

La estructura es similar a la del volumen previo, Años de formación, con la diferencia de que ahora existe una mayor consciencia del escritor. El diario recoge varias líneas narrativas y reflexivas que se identifican con series, lo cual constituye una forma de ordenar materiales que parecerían textos mostrencos en conjunto. Piglia acumula reflexiones en torno a sus amistades, su vida, lecturas y películas. Ante sus vivencias, siempre prima la mirada literaria, diseccionadora, de los hechos, de los perfiles de las personas que lo rodean. La mayoría son escritores o intelectuales: los nombres más constantes son David Viñas y Manuel Puig. El primero constituye un modelo de homme-plume, mientras que Puig queda retratado como el escritor inquieto, viajero y dispuesto a comerse el mundo. Por eso su contacto con ambos se desarrolla con marchas y contramarchas: sabe que no puede ser Puig, a ratos lo admira y en otros se espanta; le sorprende la energía de Viñas, aunque también le enervan a veces sus actitudes.

Todos estos personajes interactúan con Piglia en una Buenos Aires omnipresente en los diarios. Este segundo volumen intensifica una sensación que ya se encontraba en el primero: la del escritor flanêur que camina por la ciudad, visita oficinas, se reúne en cafés, participa en cenas, sale a los garitos nocturnos, va a hacer gestiones, se muda, corrige pruebas, da conferencias, etc. Los acontecimientos se suceden a su alrededor: el inicio de la guerra sucia en Argentina (en vísperas a la dictadura) o hasta un hecho como el suicidio de José María Arguedas, que le genera una reflexión sobre la camarilla que era el Boom (“Su muerte es una metáfora del escritor latinoamericano oculto, no revelado, subterráneo y opuesto a las marquesinas del boom”).

Finalmente, Los diarios de Emilio Renzi nos ofrecen un fantástico de efecto de simultaneidad: la escritura en intervalos provoca que el diario se esté gestando mientras lo leemos. Aquellas páginas escritas hace más de cuarenta años se actualizan y dejan de ser fósiles. Entre comentarios sobre Respiración artificial y sus esfuerzos con Plata quemada, Piglia nos da la clave de su propia obra, en una nota escrita en 1970: “Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado”. Eso fue precisamente lo que hizo él, de allí su originalidad: supo conjugar la mirada intelectual, la metafísica, el vigor ensayístico, con la cultura popular del compadrito, el lumpen y su lenguaje.

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“El arte de pensar” de Rolf Dobelli

81p982nESJL.jpgLas falacias son argumentos aparentemente válidos que no lo son. Todos estudiamos en la escuela las más populares, incluso con su nombre latino: ad populum, ad hominem, etc. En El arte de pensar, Rolf Dobelli presenta una colección de razonamientos ilógicos, marcados por un sesgo (bias) que suenan tan persuasivos que suelen guiar decisiones trascendentes de la vida o la profesión. Pensado para gente de negocios, El arte de pensar es un manual para tomar decisiones personales objetivas y lo más racionales posibles (sobre inversiones, contratos, riesgos, etc.), desprendiéndose del sesgo que rodea prácticamente todos los medios de comunicación, la conversación común y hasta algunos trabajos científicos de difusión general. Uno de los tantos ejemplos elocuentes de Dobelli, quien se apoya mucho en las probabilidades matemáticas, es el de los monos inversionistas: en un universo de monos que invierten irracionalmente, es posible que un porcentaje de ellos, sin más mérito que el azar, obtenga las mayores ganancias. Entonces un investigador podría estudiar a esos monos exitosos y estudiar su “estilo”, su “sistema” o su “personalidad” para descubrir el secreto de su éxito. Quizás descubriría que esos monos comían un plátano antes de invertir o que tenían menos de tres años. Sería fácil entonces escribir un estudio que postulara que estas características de los monos financistas son, precisamente, lo que los hace exitosos. El problema es que el investigador no ha cotejado las características del resto de los monos que, por no haber ganado, no llamaron su atención: probablemente encontraría muchas semejanzas, demasiadas. Dobelli llama a este razonamiento ilógico “el sesgo del resultado”: “Nuestra tendencia a valorar decisiones [las de los monos, en este caso, totalmente erráticas] en virtud del resultado y no en función del proceso de tomar las decisiones”.

De forma que hay que examinar el proceso, el razonamiento o la cadena de causa-consecuencia real y no los eventos que lo rodean, ya que estos pueden presentarse sin motivo alguno. Por ello, Dobelli apunta también al “sesgo del relato”, que es en realidad muy frecuente en la interacción social. Estamos inclinados, por naturaleza, a vincular actos y encontrar una cadena de “sentido”, pese a que no haya evidencia mayor que apoye nuestra idea:

¿Cuál de las siguientes historias recordaría usted mejor? A) “El rey se murió y después la reina se murió”. B) “El rey se murió y después la reina se murió de pena”. Si usted funciona como la mayoría de la gente, retendrá mejor la segunda historia. En ella las dos muertes no se suceden sin más, sino que están enlazadas emocionalmente entre sí. La historia A es un relato de los hechos. La historia B le da “sentido” […] Así, desfiguramos la realidad, y eso merma la calidad de nuestras decisiones. Para contrarrestarlo, desmonte las historias. Pregúntese: ¿qué quiere ocultar el relato? Y para practicar, intente ver su propia biografía por una vez deslavazada. Se sorprenderá.

Dobelli es consciente de que este método rígido es inviable en el día a día, pues incluso admite dejarse llevar por pensamientos sesgados, emociones e impulsos ilógicos a menudo. Su libro aboga por ser lo más racionales que se pueda en los asuntos realmente graves de la vida (como las finanzas o la gestión de empresas). Leer El arte de pensar me suscitó una reflexión en torno a la forma en que se suele interpretar textos. Creo que su lectura puede hacernos más conscientes de los prejuicios que a menudo pululan en nuestra forma de leer. Aquí apunto algunos.

La obsesión autobiográfica es muy frecuente en la crítica literaria. Dobelli la llamaría “el error fundamental de atribución”, el cual “indica la tendencia a sobreestimar sistemáticamente la influencia de personas y subestimar los factores externos y situacionales cuando se trata de explicar algo”. Así, por ejemplo, ¿cuántos estudios tienen como punto de partida un interés de Cervantes (cierto, veraz) en solicitar un puesto en América para postular poco menos que una obsesión por la materia americana hasta el grado de sostener enrevesadas lecturas de casi cualquier texto cervantino para encontrar el eco americanista? Nadie recuerda que Mateo Alemán también tenía interés en venir al Nuevo Mundo, logró hacerlo y hasta escribió obras aquí. ¿Dónde está el magno estudio Mateo Alemán y América? Sesgo autobiográfico y fetichismo autorial en estado puro.

El consenso crítico. “La prueba social (a veces denominada imprecisamente como gregarismo) dice: me comporto correctamente si me comporto como los demás. Dicho de otro modo: cuantas más personas encuentran correcta una idea, más correcta es esa idea, lo que por supuesto es absurdo […] Si cincuenta millones de personas afirman una tontería, no se hará realidad por eso”. Huelgan los ejemplos y no ahondaré en ello. ¿Recordamos aquella época en que Mateo Alemán era “contrarreformista”, “tridentino” y “ortodoxo”, en tanto Cervantes, por contraste, era “erasmista” y “heterodoxo”?

Leer con los datos actuales. “El prejuicio de la retrospectiva es, en realidad, uno de los errores de lógica más persistentes. Se puede denominar acertadamente como el ‘fenómeno del ya lo sabía yo’: en retrospectiva todo parece derivarse de una necesidad razonable”. Abundan los estudios que postulan antecedentes y leen a posteriori. Piénsese en muchos poemas de Antonio Machado (como La tierra de Alvargonzález), compuestos mucho antes de la Guerra Civil, que son interpretados a partir del conflicto y su desdichada muerte en la frontera francesa, que lo ha vuelto mártir republicano, como Federico García Lorca, sin haberlo pretendido.

Por último, retomemos el ejemplo de los monos exitosos: coger como punto de partida para una interpretación un hecho aislado de uno de los monos (el que elegimos por haber alcanzado el resultado) y desatender que podemos encontrar un sinnúmero de contraejemplos es lo que guía, a veces, algunos análisis en los que se habla de “autor converso” o “autor inmigrante” o “autor burgués” y se aprovechaba su condición social o racial para explicar su escritura, sin reparar en la construcción del texto, en sus influencias verificables o material estrictamente pertinente. En otras palabras, como le gustaba decir a Ricardo Piglia: Paul Valéry es burgués, pero no todos los burgueses son Valéry.

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Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega

18065726060En una carpeta de proyectos solo esbozados o iniciados y nunca concluidos, como aquella colección de arranques de relatos que Ribeyro llamaba Pedestal sin estatua, se encuentra un libro que podría llamarse Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega, producto de la lectura, fría y sin apasionamientos, de mucha bibliografía garcilasista que repite ciertas ideas que no encuentran asidero en lo que podríamos llamar la evidencia textual, cultural o histórica alrededor de la figura del ilustre historiador cuzqueño. Podría componerse un volumen en el que, sistemáticamente, se desmontaran muchas construcciones críticas basadas en prejuicios extemporáneos, obsesiones teóricas y nacionalistas. Sin embargo, como decía Borges, es un desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros. Aquí solo comentaré tres ideas cuestionables que se repiten hasta el hartazgo y que han pasado, lamentablemente, a integrar cualquier documental o texto de difusión bien intencionado sobre el Inca Garcilaso de la Vega y su obra.

Uno. La escritura de Garcilaso refleja la marginación racial del mestizo. También admite la siguiente variante: el estilo/objetivo/interés de lo que escribe Garcilaso se explica por su condición del marginado por su raza. En realidad, entre los siglos XVI y XVII la percepción de la fisonomía y, en general, el color de piel, no se parecía mucho al que podemos tener después del siglo XVIII y los afanes racionalistas, de raigambre ilustrada, de segmentar y clasificar rasgos particulares y matices específicos. Costaría creerlo, pero hay testimonios en crónicas y otros documentos en los que se declara no haber grandes diferencias entre españoles e indígenas americanos. Fuera de esos extremos (que son excepcionales), no hay en la época una mirada que auscultara obsesivamente los rasgos físicos raciales que hiciera al mestizo un sujeto discriminado por su aspecto. De hecho, un término como raza en el Siglo de Oro solo se aplicaba a judíos y musulmanes y no se refería tanto a su apariencia física como a su práctica religiosa. Evidentemente, el mestizaje racial era un fenómeno común en los territorios colonizados y hubo una legislación que excluía al fruto de españoles e indígenas en ellos; aunque siempre existieran también excepciones debidas al status social del mestizo en cuestión. Lo interesante de Garcilaso es que, viviendo en España, no tenemos testimonio alguno de su marginación por motivo de ser mestizo. En todo caso, sufrió el trato diferenciado que se tributaba al hijo natural o al segundón, pero eso no pasaba por el rechazo a sus rasgos físicos o su mezcla racial. No obstante, especialmente en Perú, un país obsesionado con las fisonomías (la nariz, en particular), es lugar común achacar a Garcilaso una condición de víctima de la discriminación racial en su época, lo cual no consta en ninguna parte ni se condice con lo que sabemos de su contexto.

Dos. De esta ignorancia se desprende otro razonamiento que ha motivado páginas de resentimiento, frustración y hasta delirio entre autores peruanos contemporáneos. Imaginando que la España del XVI está tan obsesionada con el color de piel como el Perú contemporáneo y sin conocer la realidad de los moriscos de la época, han tendido a pensar que estos eran de piel oscura y que, por ende, Garcilaso debió sentir algún tipo de empatía por ellos. Mucho más si (arrebatos interculturales comprensibles ahora, pero inexistentes hace cuatro siglos) Garcilaso, como hijo de una india conquistada, debía sentirse cercano al drama de los moriscos, otro grupo oprimido supuestamente de piel oscura. Lo cierto es que los moriscos españoles no eran físicamente muy distintos de los españoles de la época (hay testimonios al respecto), aunque sí vistieran y tuvieran prácticas muy diferentes. Garcilaso se identificaba como cristiano y como tal era intolerante en materia religiosa, en la medida en que creía firmemente que la única fe verdadera era la católica. Por eso, rechaza al morisco y en cambio tiene empatía por los gentiles (como sus antepasados incas) que aún no conocen a Dios. Un levantamiento por motivos religiosos, donde se cuestionaba este principio fundamental (el rechazo a la fe verdadera, teniendo acceso a ella), merecía la indignación de toda alma bienpensante de entonces. Así, uno lee las páginas exaltadas de Pablo Macera (quien no dudaba en llamar a Garcilaso con palabras muy ofensivas) o las vueltas y revueltas a la psique de Garcilaso que elaboró Max Hernández en torno a estos asuntos raciales (me refiero al desaforado Memoria del bien perdido) y no dan ganas sino de reír por no llorar.

Tres. Una idea errada más, también motivada por el afán de encontrarle un carácter transgresor o maudit a los textos primorosos de Garcilaso: Los Comentarios reales y/o La Florida del Inca no tuvieron segunda edición porque el texto era peligroso/desafiante/provocador/peligroso. Se trata de un fantástico wishful thinking que sirve para rematar una típica lectura deconstructiva que revela el lado más transgresor del Inca. Lo cierto es que no hay evidencia alguna de su peligrosidad, sino todo lo contrario: las referencias que se tienen, a través de citas y menciones al autor y su obra, indican que Garcilaso se canonizó rápidamente, como la máxima autoridad en torno a la historia peruana, entre tirios y troyanos, o sea entre españoles y americanos, a lo largo del siglo XVII. El hecho de que no haya segundas ediciones inmediatas (aunque por allí se cuenta una segunda edición de La Florida del Inca de 1617) podría obedecer a una causa mucho más razonable para su época: se trataba de libros eruditos, muy especializados. ¿Quiénes leen los textos históricos de Garcilaso? Otros historiadores, funcionarios virreinales y religiosos con curiosidad intelectual. La idea, infundada, de la segunda edición que no se produce porque el texto es “fuerte” o “desafiante” va de la mano de la tan mentada prohibición de su lectura en América tras la rebelión de Túpac Amaru II, en 1781. Pero eso ocurre más de siglo de medio después de la publicación de los Comentarios de Garcilaso, tiempo durante el cual estos gozaron de una reputación muy alta, tanto en territorio hispano como fuera de él. Es más, la tan mentada prohibición de 1781 no tenía alcance en la península, por lo cual el texto siguió circulando, entre expertos, curiosos y eruditos, a lo largo del XIX.

Finalmente, hay quienes asumen que todo espíritu crítico y educado del Siglo de Oro, solo por serlo, debe ser antiinquisitorial, solidario con las minorías y tolerante y si no lo demuestra en público es porque lo oculta, es un hipócrita por necesidad. Crítico ha habido que se esforzó en decir que Garcilaso no dijo lo que dijo sobre la censura de su traducción de León Hebreo y que entre líneas dice todo lo contrario. La militancia ingenua a veces desconoce las convenciones culturales de otras épocas, las cuales pueden resultarnos chocantes. El Inca Garcilaso era amigo de inquisidores y hasta poseía libros prohibidos en su biblioteca. Lope de Vega, de conocidos amores ilícitos, era familiar del Santo Oficio. Fray Melchor de la Serna, uno de los mejores creadores de poesía erótica del Siglo de Oro, fino traductor de Ovidio, era reputado predicador. Fray Luis de León, con todo lo progre que puede parecer en la actualidad, por sus problemas con la Inquisición, su origen converso y su hebraísmo bíblico, no tenía empacho en afirmar en La perfecta casada que las mujeres no eran aptas para el ejercicio intelectual.

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A propósito de “El lugar de la Mancha y la génesis del Quijote”

1437491290En el último volumen de la revista Cervantes (vol. 36, núm. 1), encontré un artículo titulado “El lugar de la Mancha y la génesis del Quijote: ¿choque, o confluencia de letras y ciencias sociales?” (pp. 123-155). Su lectura me ha suscitado varias discrepancias, motivadas por un escepticismo de filólogo que trabaja con textos de los siglos XVI y XVII.

La mayor dificultad que encuentro en el trabajo no es tanto su razonamiento, ya que este resulta difícil de refutar si se acepta su punto de partida. Precisamente, el cuestionamiento que haría a este tipo de trabajo (porque no es singular en su método o propósitos) no es tanto su rigor científico, que lo posee, sino la teoría literaria que lo sustenta y robustece. Para empezar, los autores se empeñan en encontrar la voluntad de Cervantes no solo de ocultar el lugar de la Mancha, sino de proponerlo como enigma. Lo primero bien puede ser, aunque no deja de ser, como los mismos autores lo admiten, parte de un juego irónico: para que los pueblos de la Mancha disputen, se prefiere guardar silencio sobre el lugar de donde era el protagonista. Dudo mucho que los intelectuales o historiadores locales de inicios del siglo XVII de la vida real lo hubieran hecho ni mucho menos creído, por lo que es una buena chanza, tanto como la del manuscrito arábigo en el Alcaná de Toledo y la fama de Dulcinea como saladora de puercos. Esta obsesión provinciana de realmente disputar solo surge cuando el libro se convierte en mito (mucho tiempo después de la época de Cervantes) y el protagonista deja de ser un ente literario para convertirse en símbolo o emblema de algo que poco o nada tiene que ver con el texto original. En esa justa han corrido la mayor fortuna Argamasilla del Alba y El Toboso (donde el turista puede visitar la casa “original” de Dulcinea).

Como lo difícil de demostrar es lo segundo (el enigma propuesto por Cervantes), los autores se basan en algunas recurrencias (como la aparición de ciertos topónimos y otros elementos) para establecer que existe una gran precisión en la geografía aludida, la cual avalaría la idea de que existía un “modelo vivo” (como diría Rodríguez Marín), es decir un personaje que, vuelto leyenda local, habría sido homenajeado secretamente por Cervantes. El dejar el misterio abierto, para que un grupo multidisciplinar de científicos a inicios del siglo XXI lo descubriera, habría sido una de las mayores glorias cervantinas, que salpica de paso al pueblo que el alcalaíno quiso disfrazar para desafiar el intelecto de sus lectores bien educados de inicios del XVII: Villanueva de los Infantes. La idea suena tan atractiva como fantasiosa y evoca las tramas de Dan Brown. Una buena pregunta sería si esta maniobra que llevaría a cabo Cervantes es una práctica común o siquiera verificable en el usus escribendi del Siglo de Oro, de acuerdo con los mecanismos que tan agudamente ha analizado el equipo. La respuesta sería seguramente negativa. Se nos dirá entonces que Cervantes es un genio y un adelantado a su tiempo. Pero esa discusión es propia de la recepción y la crítica del libro antes que de su confección propiamente dicha.

La teoría literaria que subyace a este afán de identificar el lugar de la Mancha es romántica: “Si llegamos a conocer el linaje de don Quijote [es decir, de donde es realmente], podemos evitar no darnos cuenta de ciertos aspectos de su personalidad y forma de vida que nuestras propias circunstancias impiden percibir. El saber por análisis geográfico que Cervantes imaginaba a su protagonista viajando desde y hasta Villanueva de los Infantes nos da la fascinante posibilidad de cotejar la vida allí con lo que tenemos reelaborado en la novela” (p. 133). Esta cita revela que los autores pretenden valorar la literatura en función de su cabal correspondencia con una realidad específica. Aplicando el esencialismo, se consideraría que saber cuál es el pueblo de don Quijote nos permite conocer mejor su personalidad. ¿Valdría la pena hacer lo mismo con el segoviano Pablos del Buscón o el sevillano Guzmán de Alfarache, criaturas literarias contemporáneas del hidalgo Quijano? ¿Qué beneficio conlleva conocer la identidad sevillana de Guzmán (la calle o el barrio en que vivió) para conocer más a profundidad sus rasgos personales?

La única forma de admitir este postulado del estudio es asumir que Cervantes es un escritor realista, un contemporáneo y colega de empeños de Gustave Flaubert o Benito Pérez Galdós, y lo cierto es que no lo es. La representación de la realidad que lleva a cabo Cervantes dista mucho de ser un reflejo de la realidad con el rigor de los maestros referidos. Se sabe que para narrar la escena de una carrera de caballos a la que asiste el protagonista de La educación sentimental, Flaubert investigó en hemerotecas para que hasta los nombres de los caballos que corrieron esa tarde fueran fehacientes; algo similar hizo Vargas Llosa al viajar a Brasil para reconocer los escenarios de La guerra del fin del mundo; Pérez Galdós visitó los bajos fondos de Madrid para componer su Misericordia. Pero Cervantes nunca viajó a Noruega para sentirse autorizado a escribir Los trabajos de Persiles y Sigismunda, no solo porque el viaje hubiera sido complicadísimo, sino más que nada porque la poética de la novela de su época no le exigia ese tipo de mímesis. Este asunto lo expuso con solvencia Felix Martinez Bonati en su El Quijote y la poética de la novela y es lo que explica por qué es posible que se reúnan tantos personajes por mero producto del azar en la venta de Palomeque el Zurdo.

Solo creyendo que Cervantes es un escritor realista decimonónico que aplica la observación científica a la realidad y la plasma siguiendo ese criterio se puede creer que sea válido “determinar con precisión casi matemática a que velocidad media (V) debieron andar las caballerías Rocinante-Rucio…” (p. 137). Los autores se apoyan en este punto en una tesis doctoral de 1976 presentada en una Facultad de Veterinaria. Más allá de la anécdota, no sé cómo contribuye hacer esa medición para el mejor conocimiento de Cervantes y su obra literaria, llena, como admiten los autores del artículo, de descuidos y olvidos. Resulta ingenuo, por eso, razonar que el “pueblo” debió ser Villanueva de los Infantes porque, entre otras razones, en un pueblo grande podía existir un cura que demostrara un conocimiento literario tan profundo como lo ofrece Pero Pérez en el capítulo del escrutinio de los libros. El problema de este razonamiento es que, en capítulos previos, el narrador había declarado que el cura era “hombre docto, graduado en Sigüenza”. La explicación es, sencillamente, que la pulla es convincente para burlarse de su juicio literario en ese capitulo inicial de la novela, pero luego queda de lado cuando se trata de juzgar los libros de la biblioteca de don Quijote: esos comentarios de lector aficionado a las bellas letras reflejan el conocimiento de Cervantes y sus propias opiniones probablemente e incluyen la fina ironía de evaluar su propio trabajo (La Galatea “propone algo y no concluye nada”). La contradicción quebraría el pacto ficcional realista, pero era irrelevante en el Siglo de Oro. Es un hecho tan irrelevante como el siguiente: la segunda parte, publicada en 1615, afirma que don Quijote hizo su segunda salida poco menos de un año después de la primera (digamos cerca del verano de 1606). Sin embargo, las cartas que intercambian Teresa Panza y la duquesa están fechadas en 1614, en días en los que seguramente Cervantes estaba escribiendo aquellos capítulos. Se trataría de una escandalosa incoherencia en un autor moderno, pero un ripio para un narrador aurisecular. Lo mismo puede afirmarse con el criterio del “punto de vista” que Quevedo o Mateo Alemán rompen a veces, por descuido, en los relatos supuestamente autobiográficos de sus pícaros. Lo mismo ocurre cuando Lázaro de Tormes menciona a Tulio y cita adagios latinos en su prólogo, un conocimiento que negaría su condición de huérfano que ha estudiado solo en la “universidad de la vida”. Si todo este panorama de inexactitudes y descuidos es moneda corriente en la época (porque no interesaban mayormente), ¿cómo creer que Cervantes haya reflejado fielmente las distancias recorridas por las monturas de los protagonistas? Absurdo.

El artículo acaba con la referencia al histórico Juan de León, oriundo de Villanueva de los Infantes, supuesto loco, bandolero, que vagabundeaba por el Campo de Montiel y de quien Cervantes pudo escuchar hablar en 1581. El dato es interesante, curioso y útil, pero de ningún modo imprescindible para la valoración de la novela de Cervantes. Incluso admitiendo que haya una influencia de este “modelo vivo”, ¿a qué plantear una estructura tan alambicada en la geografía de la novela solo para ocultar el supuesto enigma para los lectores manchegos de la época, si realmente Juan de León era tan conocido? En otras palabras, digamos que Juan de León es una leyenda en el campo de Montiel, entonces todos los interesados reconocerían el personaje. ¿Por qué ocultarlo dejando todas esas supuestas pistas? No tiene mucho sentido, considerando la difusión del Quijote y su éxito, que nada tiene que ver con la determinación del lugar de la Mancha. El valor literario del libro, en pleno siglo XVI y más adelante obedece a razones mucho más sólidas y trascendentes que la ubicación de un dato suelto como aquel.

La conclusión del artículo manifiesta que este aspira a plantear una nueva lectura de Don Quijote a través de la contribución del auténtico lugar de la Mancha. Los autores afirman que saber que se trata de Villanueva de los Infantes ayudará a “comprender y explicar mejor el comportamiento personal de don Quijote y Sancho” (p. 152), entre otros beneficios (como revelar la estructura geográfica escondida de la novela). El siguiente paso, me imagino, sería hacer un estudio etnográfico (o interdisciplinario, de preferencia) de los hidalgos y los villanos de Villanueva de los Infantes para analizar con mayor profundidad las actitudes de la pareja protagónica, es decir asumir que fueron sujetos de carne y hueso. Discrepo de este sendero crítico. Lo particular de los personajes literarios, precisamente, es que los podemos conocer mejor que a las personas reales. Una nueva lectura de don Quijote consistiría en descubrir un tema nuevo (un tema literario, no una anécdota), una técnica desatendida o una dimensión cultural que estaba sumergida (si lo de dejar enigmas fuera una práctica usual en el Siglo de Oro, vaya y pase, pero no es el caso). Incluso admitiendo que el lugar de la Mancha fuera efectivamente Villanueva de los Infantes, se trata de un hecho ajeno al fenómeno literario que es Don Quijote como novela, aunque sí sea pertinente y primordial para campañas turísticas y orgullo identitario. Visto así, sería en todo caso un episodio de la recepción de Don Quijote alrededor de su cuarto aniversario o una nota a pie de pagina en una próxima edición del texto auspiciada por una diputación u otro gobierno local manchego.

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El secreto silencio y la memoria

9788432217661En 1997, Antonio Muñoz Molina publicó El dueño del secreto, en una tirada no venal de la FNAC. Yo lo leí tres años después, cuando el libro cayó en mis manos por azar; el mismo azar que me hizo perderlo más tarde, en Carolina del Norte. Recientemente, lo he vuelto a leer. Volver a un libro después de muchos años involucra reencontrarnos con una amistad antigua: solo en algunos casos, la relación se mantendrá con igual entusiasmo, en otros (los menos, intuyo) el texto nos interroga y fascina mucho más (pasa con ciertos poemas, cuya perfección no deja de impresionarnos), y también puede ocurrir que el desaliento nos embarga y preferimos alejarnos (incluso antes de leer, casi por el temor atávico de la desilusión frente al viejo mito). Con El dueño del secreto me ha ocurrido lo primero: volver a leerlo ha supuesto reencontrarme con una voz que viene lenta desde el olvido, cuya lección tenía clara, con la diferencia de que ahora su esencia me gusta más y me permite reflexionar como no lo había hecho antes. Será mi propia experiencia de lector, el paso de los años y de las páginas (tanto las leídas como las escritas) y la consolidación de ciertas convicciones que uno abraza mientras acumula viajes, países y rostros.

Mis primeras lecturas de El dueño del secreto identificaban méritos en su estilo, el tratamiento de ciertos temas y hasta el humor basado en la ironía, que me recordaba un poco a la picaresca estudiantil, de lejos la más inofensiva. Esta última vez me ha llamado mucho más la atención, hasta eclipsar los otros méritos, el perfil de su protagonista. Me refiero al joven provinciano, tímido, lleno de complejos, que, ya en su madurez nostálgica, se refugia en el silencio, en guardar un único secreto, el de haber sido un conspirador, casi un héroe o la ilusión de haberlo sido, en su memoria de joven aspirante a revolucionario contra una dictadura cavernaria:

En el trabajo, en mi casa, tratan con indulgencia mis distracciones, se burlan de mi mala memoria, de que nunca me acuerdo de dónde acabo de dejar algo. No pueden saber que es en otra buena memoria disimulada tras la que ellos conocen, como en un doble fondo, donde está guardado mi secreto, las pocas cosas de entonces de las que no quiero ni puedo olvidarme, la alegría de estar recién llegado a Madrid, la euforia de beber vino blanco helado y comer langosta después de un día entero en ayunas, la ingravidez de una bajada en taxi por la calle de Alcalá, muy tarde, a las dos o las tres de la madrugada, cuando casi no había tráfico y aún estaba iluminada la fuente de Cibeles. (El dueño del secreto)

En estos tiempos de contar, ansiosamente, con torpeza y sin mucho arte, tu verdad y luego mi verdad, muy pocos valoran ya el poder del silencio, de guardar un secreto y protegerlo como un tesoro que nadie más puede gozar. La satisfacción de poseer un conocimiento, una experiencia, que nadie más posee y te arranca una sonrisa o hasta una lágrima cuando nadie nos ve. O mejor: hacerlo junto a alguien que, ignorante, te preguntará ¿por qué ríes? ¿por qué lloras? Y esa emoción de ser como un erizo y abrazarte a ti mismo, protector, seguro y único, no tiene precio. El vulgo siempre ha preferido la idea de vivir para contar, la cual tiene algún mérito cuando lo que se cuenta es extraordinario, pero resulta absurda cuando solo se trata de contar solo por dejar constancia. Para los antiguos un testimonio era importante si lo que se contaba era aleccionador: el héroe narraba sus hazañas, aunque las maquillara y guardara silencio sobre algunas. Por eso, el soldado nunca cuenta todo. El silencio del narrador es una cuestión de honor. El Inca Garcilaso, capitán de Felipe II y testigo de algunas atrocidades que eran cotidianas en una guerra, jamás contará a su lector lo que vio en las Alpujarras. El mariscal Cáceres, en un aniversario más de la batalla de Tarapacá, está dispuesto a contar el arrojo del inolvidable Zepita o la valentía de Mariano Santos. Sin embargo, cuando le preguntan por el desastre de San Francisco dice, agitando la cabeza: “No, eso es muy doloroso. Prefiero no contarlo”.

En su magnífica Floresta de lírica española, José Manuel Blecua incluye un hermoso poema de Juan de Jáuregui (el mismo del Antídoto contra Góngora), llamado “Afecto amoroso comunicado al silencio”. Reconozco que el texto, en su conjunto, no deja de ser convencional, ya que tan solo alude a la idea petrarquista de que el amor no debe expresarse, en la senda del fin’amor. Con todo, me gustaría extraer los siguientes versos y emplearlos para ilustrar la idea del poder del secreto, en la senda de lo que he expuesto aquí. El temor le dice al amante:

No has sido poco osado
solo en haberla amado:
no te abalances a mayor empresa;
basta que sepan tu amorosa historia
el secreto silencio y tu memoria.

Quedémonos con el secreto íntimo, seguro, y abriguémoslo con el calor de nuestro corazón para que viva muchos años, seguro y al amparo de la memoria. Sabemos que esta puede ser frágil, por lo que deberemos echar mano de un arte, una técnica que nos permita preservar el recuerdo vivo, con ahínco, para que no nos ocurra lo que le ocurría al Borges de El Aleph: nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz. El silencio es el primer paso para la preservación del secreto más gozoso: el del amor, la juventud y las inmensas ganas de vivir. Si lo cuentas, hazlo solo a quien realmente amas.

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Fortunata y Jacinta, II: Jacinta

9788437627359Llegados al ecuador de Fortunata y Jacinta, descubrimos que Jacinta es un personaje acabado y que pasa, aparentemente, a un segundo plano. Ya sabemos de su vocación de santa y mártir, por tener que cargar la cruz que supone su matrimonio con el sinvergüenza del Delfín y su familia política: “Porque la peor de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer venturosa y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura”. Pues bien, las partes tercera y cuarta de la novela de Pérez Galdós destinan muchas más páginas a Fortunata, pero la esposa de Juanito Santa Cruz (¿habrá un juego irónico de palabras allí?) es personaje omnipresente, en los pensamientos y acciones de la primera. De hecho, admiramos el aprendizaje de Fortunata, el cual constituye su peregrinación personal, accidentada, dubitativa, dolorosa, hacia el status angelical de Jacinta.

En dicho proceso de aprendizaje, Fortunata cuenta con un mentor, aquel hombre práctico que es el viejo Evaristo Feijoo. Se trata de un maestro que es primero amigo, luego amante otoñal y finalmente un padre para ella. Considerado alter ego de Galdós, las opiniones de Feijoo suelen trascender cualquier moralidad, a la vez que toman distancia del statu quo con un escepticismo que bebe de la inagotable fuente de Baltasar Gracián. Así, cuando Feijoo resume su máxima de vida ante Fortunata (“No descomponerse; ese es mi tema”), no hace más que recoger la lección del aragonés en su Oráculo manual:

Nunca descomponerse. Gran asunto de la cordura nunca desbaratarse. Son las pasiones los humores del ánimo, y cualquier exceso en ellas causa indisposición de cordura; y si el mal saliere de la boca, peligrará la reputación. Sea, pues, tan señor [señora, diría Feijoo] de sí, y tan grande, que ni en lo más próspero, ni en lo más adverso pueda alguno censurarle perturbado, sí admirarle superior.

Con esta máxima como ideal de vida, Fortunata toma decisiones, pelea consigo misma, enfrenta a Juanito, mantiene a raya a Maxi y su familia política (encabezada por doña Lupe), aunque también se vea sucumbir por ataques de ira a causa de los celos enfermizos. Ardida de desamor, por el abandono del Delfín, Fortunata quiere ser Jacinta, por envidia, por admiración, porque ella posee lo que la inconstante y poco honrada mujer más desea. Así se gesta “la pícara idea”: la de darle un vástago a Juanito, precisamente aquello que la angelical Jacinta no podía alcanzar.

A continuación, el narrador nos cuenta cómo Jacinta empieza a aproximarse a Fortunata. Por un lado, a la esposa de Juanito le aparece un pretendiente, Manuel Moreno-Isla, el anglófilo, diletante y desgraciado, que nunca logra alcanzarla, pero sueña con tener una aventura con ella y hasta robársela al infame marido: “Vaya que este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que es, esclavitud de esclavitudes y todo esclavitud…”. Por el otro, Juanito ha vuelto a las andadas y se rumorea que ahora anda de amores con una tercera mujer, la aparentemente indemne Aurora. Entonces los sentimientos de Fortunata hacia Jacinta se vuelven conflictivos. A ratos siente que empiezan a parecerse y que ambas quedan hermanadas por las nuevas infidelidades del Delfín, otras veces quisiera simplemente matarla, como intenta proponérselo al delirante Maxi. Al final, la identificación cada vez más intensa con la angelical Jacinta lleva a Fortunata a una muerte en la que intenta hacer las paces con el mundo y ser como su gran modelo y rival. Lo cierto es que Fortunata ha sido, en vida, un ángel exterminador. Las palabras de Ballester, su último admirador, podrían aplicarse a Jacinta (con disparates incluidos), muestra de que sus figuras se yuxtaponen al final, sin rozarse: “Era un ángel… digo, debía serlo, podría serlo; dispense usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta desgracia. No la esperaba… Ha sido un descuido. Ella misma, con los disparates que hacía… porque era de estos ángeles que hacen muchos disparates… ¿me entiende usted?… ¡Pobre mujer… tan hermosa y tan buena!…”. Si Fortunata ha sido, en la realidad, la cara inversa de Jacinta (por sus orígenes, sus malos pasos, sus chascos y afrentas), sin embargo las figuras de ambas convergen al final. Recuérdese que el último acto de Fortunata, además de ser un acto de amor hacia su hijo, fruto de su relación ilícita con Juanito, también es un tributo devoto hacia Jacinta, quien lo admitirá como aquel hijo que tanto deseaba. Los opuestos acaban por juntarse y esto se ve hasta en la estructura de la novela, llena de simetrías a lo largo de sus centenares de páginas.

Una observación más. Fortunata y Jacinta es en esencia aquellas dos historias de casadas, pero alrededor de ellas gravitan muchos personajes igualmente inolvidables que habrían merecido sus propias novelas, debido a las trayectorias y conflictos que encarnan. Se me antojan tres, de momento: Guillermina, la hacendosa rata eclesiástica, con sus proyectos de beneficencia y su energía, que la hacen tan ridícula como conmovedora, por idealista y utópica; Maxi, el desafortunado esposo de Fortunata, quien pasa por ser un enamorado, un loco, un filósofo de la lógica más racional, un aspirante a asesino, un cobarde, hasta acabar por ser un iluminado, casi santo que renuncia al mundo (“No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas”); o Manuel Moreno-Isla, el donjuán añejo que, cuando decide que debe sentar cabeza y arriesgarlo todo por una mujer, muere de forma súbita, absurda como su complejo de desgraciado. La vitalidad de sus personajes, el vigor de su pluma y su humor sutil hacen de Pérez Galdós un aplicado seguidor de ese estilo que solemos identificar como cervantino.

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“Fortunata y Jacinta” de Benito Pérez Galdós, I: Fortunata

9788437627342Hace un tiempo, escuché a Andrés Trapiello decir que “Fortunata y Jacinta no es superior al Quijote, pero tampoco es inferior”. Sin contexto, tal como la rescaté, al vuelo, la afirmación parece una boutade, pero se presta a un comentario que recupere de los fondos de nuestra biblioteca un proyecto novelístico tan ambicioso, quizás el mayor de Pérez Galdós tras los Episodios nacionales. En efecto, Fortuna y Jacinta es una novela total, dentro de su poética realista, en la medida en que recrea un mundo que de tan vivo nos parece, pese a la distancia cronológica, autónomo: la sociedad madrileña con sus diversas clases sociales, de los nuevos ricos que se han ennoblecido a los que malviven de los oficios más bajos; una época, la de la segunda mitad del siglo XIX, con su debate político, en torno a la república o la decadente monarquía; y unos espacios que van desde aquella tienda en la que creció Barbarita hasta los cafés donde divaga Juan Pablo Rubín o esos cuartos donde se criaron Fortunata y los de su ralea. La novela, dividida en cuatro partes, que en ediciones modernas suelen distribuirse en dos tomos, posee decenas de personajes y es el fresco de una época, en la senda de novelas decimonónicas como Los miserables o La educación sentimental.

El universo de Galdós es complejo y su mirada no deja de auscultar cada tipo social con sus manías, sus virtudes (si las tuviere) y su papel en esa comedia humana que es Fortunata y Jacinta. Subtitulada Dos historias de casadas, la novela sigue las vidas cruzadas de dos mujeres que no tendrían mucho en común, salvo el mismo hombre: Juanito Santa Cruz, El Delfín, joven calavera, niño rico consentido de sus padres, un caballerito ocioso, perdonavidas y triunfador. Frente a él, la bondadosa Jacinta, obediente, discreta y dispuesta a comprender y subsanar pecados ajenos, como el que supone la existencia del niño huérfano que rescata creyendo que es el fruto de los amores de Juanito con aquella muchacha descarriada. A veces Jacinta provoca en el lector la mirada conmovida que se le da a los partícipes de la desdicha de otros sin merecerlo: pobre Jacinta, tan noble, tan buena, tan dulce… En otras ocasiones, Jacinta se muestra decidida y hasta fuerte. Se necesita mucho carácter, en realidad, para guardar esas maneras suaves y magistralmente ingenuas cuando se sufre por dentro. Me refiero a aquello que es para Jacinta la tragedia de su vida: el no poder darle un hijo al sinvergüenza del Delfín. Y allí está la pobre y también la indómita Jacinta, con su buen corazón y alma dispuesta a servir a los demás y ser, ante todo, una señora, tal como la educaron.

Ignoro si Galdós tenía noticia del Satiricón de Petronio, pero me resulta tentador que supiera al menos de la existencia de aquella remota Fortunata, la esposa del liberto Trimalción. El significado de “afortunada”, que ya es connotativo, alcanzaría mayores reverberaciones. La Fortunata de la novela de Galdós es iletrada, una completa ignorante, pero de una intuición guiada por impulsos elementales (el amor, el hambre, el dolor, etc.) que le han permitido sobrevivir en un mundo hostil. Y ha aprendido de esas lecciones del mundo áspero: sabe manipular, mentir, traicionar y hasta guardar silencio y disimular según convenga. Vista desde fuera sería una persona vil, pero cuando se ingresa en su mundo de miseria, de explotación económica y donde todos quieren sacar ventaja de tu debilidad (física o emocional), se pueden entender sus inquietudes y sus afanes de animal lastimado tan dispuesto a acercarse por comida como a atacar si uno da un paso en falso. No imagino a nadie diciendo pobre Fortunata, aunque sí exclamando Fortunata, qué mujer, por su atractivo físico, proverbialmente irresistible entre los personajes masculinos, pero también por su aparente irracionalismo, su absurda pasión y sus cálculos para obtener de los hombres aquello que necesita. La fortuna de la afortunada Fortunata es caprichosa y tenaz: la lleva de las manos de Juanito, el amor de su vida, a las de un proxeneta y otros tantos amantes sin alma, hasta arribar a las del apocado Maximiliano Rubín, quien carga con todas las taras que lo hacen un amante desastroso. Este pobre hombre, con espíritu de Jean Valjean, se proponía levantar a la deshonrada Fortunata, su Fantine particular, y darle una nueva vida. Pobre Maxi, diríase, cuando se leen sus esfuerzos, inútiles, para ganarse el amor de Fortunata:

Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a cuantos pobres encontrarse; pues él daría más, mucho más. Ella solía admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

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