Holly Golightly o la melancolía como esa vieja creadora de sueños

18913228.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxAudrey Hepburn es una bella contradicción. Su imagen lleva impregnada una alegre melancolía y una sencilla sofisticación. Dijo una vez que “las mujeres felices son las más bonitas” y nadie podría negar que cultivó su belleza siendo fiel a ese principio. Quizás porque solo quien sabe de dolor persigue la belleza y la felicidad con ilusión inagotable. Holly Golightly es su rol emblemático (aunque me plazca mil veces más recordarla como la coqueta Ariane o la serena monja Lux). Absurdo y entrañable, el personaje despierta sentimientos encontrados. Lo que no se puede negar es que todo intento por olvidarlo se esfuma en cuanto suenan las primeras notas de “Moon River”, y  aparece Audrey cantando más triste y bella que nunca.

Desayuno en Tiffany’s, tanto la novela como la película, tiene como consigna el vivir anhelando y, en ese sentido, posee un alto matiz melancólico, si entendemos la melancolía como un estado metafísico de disconformidad o lo que Leopoldo Chiappo entendió como la tendencia a ir tras “un mundo ideal añorado”. Pienso que este fue el factor decisivo de la asociación inmortal entre la actriz y el clásico personaje. En la novela rige hasta el final el anhelo insatisfecho como forma de vida; la película sacrifica este instinto por mostrar a Audrey entregarse rendida a los brazos de George Peppard bajo la lluvia. El director, Blake Edwards, rebajó la sordidez de la historia de la dama de compañía de clase alta para adaptar la novela de Truman Capote a la esencia fragil de la actriz, quien también parecía necesitar ser rescatada de algo (de la guerra, del abandono de su padre, de sus amantes desleales o de sí misma).

La mudanza de temperamento de Holly, que luego de sumirse en la angustia retoma su personalidad lúdica casi sin intervalo, deja ver que la ensoñación funciona en este personaje como refugio antes que como exaltación de la realidad. Los hombres entran y salen de su vida, la ciudad es un patio de juegos solitario y lleno de gente a la vez, hasta que aparece Paul Varjak, tan prometedor. El escritor de una sola colección de cuentos se perfila como un posible compañero de juegos. Es otro melancólico anhelante, salvo que él posee la dosis de realidad de la que ella carece (aunque ella intente escudarse en un pragmatismo cínico: “Si tuvieras dinero, me casaría contigo al instante”). Ahí radica la tensión entre ambos: él se ha cansado de soñar y ve en ella, más que una compañera de aventuras, la proyección de sus más íntimos deseos como escritor y como hombre que, con todo lo liberal de su estilo de vida en aquel momento, no ha echado por tierra ese íntimo deseo de gobernar a una mujer.

Paul parece ser el primer hombre que intenta amar a Holly; su antiguo esposo amaba a Lula Mae, su versión sureña, y el resto solo la ha visto como fina mercancía. Se esfuerza por conocer y amar los detalles de su alegría y de su tristeza, de su lado sofisticado y de su lado de muchacha de campo. Busca respuestas incluso en las medias palabras del duermevela de Holly y no obtiene más que una reprendida: “Si vamos a ser amigos déjame aclararte una cosa de una vez: odio a la gente entrometida”. Quien haya leído a Sándor Márai habrá hecho suya la lección de que entender el amor, en cualquiera de sus dimensiones, como el conocimiento pleno del otro, conduce inevitablemente a la frustración y, en última instancia, al fracaso. La misma Audrey pareció llegar a rechazar a los entrometidos tras varios fracasos amorosos: “Me pregunto a veces si los hombres y las mujeres realmente se satisfacen. Quizás deban vivir separados y visitarse”. El final de la novela de Capote es fiel a esta lógica y por eso la relación falla. Sin embargo, dentro de la ingenuidad del universo de la comedia romántica, esta forma de amor logra triunfar.

El lado vulnerable de Holly debía pesar más que el ímpetu soñador para lograr el final feliz. Baja la guardia, se enamora. Aparece como una versión que acaba por parecerse al arquetipo femenino de la manic pixie dream girl, denominación de Nathan Rabbin para el devoto personaje capaz de solucionar la vida del protagonista masculino al obsequiarle un universo de fantasías que lo inspiran a crecer a costa incluso de la felicidad de aquel (Claire de Elizabethtown fue la inspiración de Rabbin). En la Holly cinematográfica, la angustia existencial la desarma a tal punto que decide exponerse a compartir sus miedos: “Los días rojos son horribles. De repente, uno tiene miedo y no sabe por qué […]. Cuando me siento así, lo único que me ayuda es subir a un taxi e ir a Tiffany’s. Me calma los nervios enseguida. Es tan silencioso y soberbio. Allí no puede ocurrir nada malo. Si encontrara un lugar que me hiciera sentir como Tiffany’s entonces compraría muebles y le daría un nombre al gato”. Holly mira tímida desde fuera aquello que desea para sí, pero no se atreve a ingresar por no sentirse a la altura de ese universo admirado aún, al menos no estando sola. Al compartir con Varjak su búsqueda, le entrega una llave que él aprovechará. Luego entona esos versos capaces de ablandar cualquier corazón bajo la ventana de su huckleberry friend: “Two drifters, off to see the world./ There’s such a lot of world to see. /We’re after the same rainbow’s end” y no hay más dudas de que es una sentimental de frivolidad impostada.

original.jpgEl juego de vivir desenfrenadamente se percibe entonces solo como un paliativo frente al dolor existencial hasta que asalta la conciencia. El final aniquila la potencia del personaje. El infantil modo de Holly, que antes sirvió como escape, se convierte ahora en el refugio de Varjak, quien cada vez se siente más cerca de alcanzar sus aspiraciones como escritor y la disciplina que le hacía falta ahora que desea dirigir la vida de ambos (dudo de que buscara con ella el final del arcoiris). Que Holly decida ser salvada implica rendirse ante sus propios anhelos y conformarse con la realidad, renunciar a la belleza de una vida mejor. ¿De repente descubre que solo es otra muchacha parada frente a un muchacho, deseando ser amada? Chiappo explica que “cuando la melancolía pierde toda su dulzura de añoranza y anhelo del bien queda solo la amargura en la que la noble melancolía se envilece. La experiencia de la vida se oscurece y la idealidad apaga su luz”. La película nos deja un sinsabor al ver cómo lentamente se va apagando esa luz en Holly; no queda espacio para añorar con tanto por enmendar.

En el libro, Varjak es solo una parada en su largo recorrido, sin importar cuánto se esforzó por contener sus instintos. Ni por asomo logra ser tan fuerte para doblegarla o estar a la altura de sus deseos. Ella logra desprenderse del gato, del escritor y de todo lo que la ata a una realidad temible e igual de transitoria que las que vivió antes y probablemente vivirá hasta encontrar su lugar en el mundo, si tal lugar existe, porque “there’s such a lot of world to see”. Varjak quiso conocerla y por eso falló en su intento de amarla. Holly huyó de la idea del amor como prisión, incompatible con la melancolía de su espíritu.

Aunque es evidente, como suele pasar, que la película en conjunto resta a la historia original (y podríamos mencionar fallas de producción y reparto, como lo incómodo que resulta ver a Mickey Rooney de Mr. Yunioshi), es innegable que el personaje de Audrey ha calado. Quizá porque alberga sus contradicciones primordiales. O porque ella volcó dichas contradicciones en él para dar a conocer los matices que escondía tras su eterna sonrisa. Puede que estemos obsesionados con Holly Golightly porque sentimos deseos de rescatar a Audrey de la melancolía y deseábamos un final feliz de comedia romántica que frenara su infatigable búsqueda de un refugio en el mundo. O simplemente porque nos hipnotiza mientras toca el banyo y entona “Moon River” con la voz más afligida y la expresión más anhelante

Giovanna Arias Carbone

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“Kew Gardens y otros cuentos” de Virginia Woolf

woolfVirginia Woolf (1882-1941) es ampliamente conocida por sus novelas, como La señora Dalloway o Las olas, y por su condición de mito literario. Se trata de una figura destacada dentro del feminismo por su ensayo Una habitación propia, así como por las circunstancias que rodean su muerte: un suicidio, motivado por la enfermedad mental, lanzándose a un río con un abrigo lleno de piedras para facilitar el ahogamiento. En años recientes, una película, The Hours, consolidó esta imagen de la escritora entre el público actual. Un libro como Kew Gardens y otros cuentos recupera la prosa más delicada y fantástica de Woolf, y la pone al alcance del lector curioso con estupendas ilustraciones que lo proveen de una experiencia dinámica de texto e imagen.

El volumen, editado por Nórdica Libros, se compone de tres cuentos. Además del que le da título, se encuentran “Una casa encantada” y “La marca en la pared”. Estos relatos hubieran sido considerados cuentos fantásticos por Jorge Luis Borges. Otros posibles epítetos serían únicos o extraños. Se trata de cuentos que rarifican la realidad, la amplían o cuestionan, desde la perspectiva inconforme de un narrador. “Kew Gardens”, mediante una voz en tercera persona, nos presenta escenas múltiples de personajes congregados alrededor de un paisaje, el cual configura una atmósfera de ensueño. “Una casa encantada” nos invita a auscultar varios planos de la realidad y a confundirnos en ellos de manera inquietante. Finalmente, “La marca en la pared” es un monólogo que nos envuelve en una larga divagación, a propósito de un ínfimo detalle que activa la mente del narrador.

Sería fácil etiquetar estas ficciones como escapistas. Más exacto sería considerarlas historias de soñadores o de paseantes solitarios que observan su entorno como quien lee un libro o admira un cuadro. Estos textos, compuestos hace casi un siglo, todavía nos implican, interrogan y fascinan, con la fineza de la literatura que no envejece. De la fantasía romántica hecha de fragmentos en “Kew Garden” o la historia de fantasmas de “Una casa encantada”, nos quedamos con las intermitencias de “La marca en la pared”, esa extraña mancha que adopta cuantas formas quiere ver en ella el narrador, quien empieza a tomar distancia de sí mismo, como cuando se imagina estar frente a un espejo roto:

Supongamos que el espejo se rompe, la imagen desaparece y la figura romántica rodeada de verdes profundidades boscosas ya no está, sino solo la envoltura de la persona tal como la ven los demás… ¡qué asfixiante, superficial, árido e imponente se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos cara a cara en los autobuses y los vagones del metro, miramos el espejo que refleja la mirada ausente y vidriosa de nuestros ojos. Los novelistas del futuro comprenderán cada vez más la importancia de estos reflejos, porque no hay un único reflejo, por supuesto, sino un número casi infinito; estas son las profundidades que explorarán, los fantasmas que perseguirán.

Escritos con una prosa suave y rica en imágenes, vertida al castellano por Magdalena Palmer, los textos de Kew Gardens y otros cuentos son presentados junto a ilustraciones de Elena Ferrándiz que tanto recuerdan a la paleta y el estilo de William Turner, con sus tonos de madera, sombra y niebla.

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“Trilogía del Baztán” de Dolores Redondo

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El último premio Planeta de novela correspondió a Todo esto te daré de Dolores Redondo. Este reconocimiento supone la consolidación literaria de una autora que empezó a llamar la atención de la crítica y el público con las tres novelas sobre la inspectora Amaia Salazar: El guardián invisible (2012), Legado en los huesos (2013) y Ofrenda a la tormenta (2014). Estas novelas se publican ahora reunidas en una caja bajo el título de Trilogía del Baztán. El nombre hace referencia al valle del Baztán, el corazón de la región vasco-navarra que Redondo ha logrado poner en el mapa de la geografía literaria española. El éxito de la trilogía ha promovido el turismo local, pues ahora se ofrece una ruta de Baztán, además de un proyecto cinematográfico que se acaba de estrenar y promete más entregas.

La Trilogía del Baztán se inscribe en el género de la llamada novela negra. Nos hallamos frente a una ficción en la que se plantea una investigación policial que desvela una serie de crímenes espantosos, los cuales involucran la historia de una comunidad, sus orígenes y sus secretos. A diferencia del relato policial clásico, en el que el detective aplica una rigurosidad científica, en la senda de Sherlock Holmes o Hércules Poirot, para resolver un acertijo como en un ingenioso juego de salón; el investigador de la novela negra se encuentra en una atmósfera nauseabunda, en la que cada nuevo hallazgo lo sumerge en un pozo más y más oscuro, frente al cual no puede quedar indiferente. La inspectora Salazar, la detective estrella de la Policía Foral, aplica todos los métodos aprendidos en los cursos del FBI, pero el camino hacia la verdad es confuso o la hiere en la medida en que la remite a su propio pasado familiar, situado en Elizondo, pueblo navarro cerca de la frontera con Francia, al que cruza el río Bidasoa. Este río, también conocido como Baztán, configuraba una deidad natural para los antiguos pobladores del valle. Precisamente, uno de los méritos del universo de Dolores Redondo es haber recreado este espacio mítico de seres mágicos de la tradición pagana, previa al cristianismo, que pervive.

En la narración de Redondo, esta mitología ofrece la lucha interminable entre el bien y el mal que pugnan por romper el equilibrio. Recuperarlo es la misión de Amaia, quien cuenta con la ayuda de su intelecto, pero también de su tía Engrasi, quien se encuentra vinculada con este mundo sobrenatural a través de los rituales, el respeto a los dioses tutelares de la región y la adivinación con las cartas del tarot. Otro apoyo para Amaia es el detective Dupree, compañero de los cursos del FBI, quien desde Louisiana, otra tierra impregnada por la magia, también opera como un mentor y guía para abrirse paso en medio del misterio.

Dolores Redondo conoce los recursos del género que practica y logra atrapar a su lector con una narración ágil, bien documentada y un manejo correcto del diálogo. Sus personajes están bien delineados y sabe llevar al lector por una selva de conjeturas sin que el tejido de la trama se desluzca. Personalmente, tan solo le observaría que algunas escenas de índole sexual rondan el cliché, hasta recordar a ratos la prosa chirriante propia de Cincuenta sombras de Grey. Por ejemplo, el esposo, James, en algún momento es descrito como un atleta griego y el otro personaje masculino que atrae la atención de Amaia, el juez Markina, es descrito casi como un vampiro: rico, elegante, poderoso, joven y bello, aunque siniestro, como un ángel caído. Felizmente, esos fragmentos son cortos y se reducen a una página o menos, desperdigados a lo largo de un texto bastante voluminoso.

Con todo, es seguro que los lectores objetivos de la Trilogía del Baztán, es decir los consumidores usuales de la novela negra o el best seller que esté de moda en las librerías, no se percaten de estos chirridos o hasta encuentren algún mérito literario en ellos. Por mi parte, los observo y los critico, pero reconozco que, en su conjunto, la Trilogía del Baztán cumple con creces las expectativas del género noir: atrapa al lector, lo insta a seguir leyendo y lo deja con la sensación de haberse sumergido en un mundo violento, como pueden serlo las fuerzas de la naturaleza y los seres humanos guiados por sus creencias e impulsos más primarios.

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“La perfecta casada” de Fray Luis de León

1b_perfecta-casada-siglo-xxUna de las pocas obras que Fray Luis de León publicó en vida fue La perfecta casada, la cual vio la luz en 1584, cuando el agustino contaba con 58 años. El libro está dedicado a su prima, María Varela Osorio, a quien expone, con sencillez el retrato de una esposa “perfecta”, es decir sin tachas. Con un método expositivo de raigambre universitaria, Fray Luis comenta un capítulo de los Proverbios de Salomón para ilustrar la conducta que debe seguir la casada. Esta especie de manual puede leerse por su contenido, que aún posee interés cultural, pero además mantiene una prosa burilada que vuelve su lectura especialmente agradable. Su uso de la comparación es uno de los recursos más destacados, por la vivacidad que logra transmitir en el lector. Las imágenes empleadas, generalmente referidas a la naturaleza, se encuentran también presentes en su poesía moral, impregnada de delicado bucolismo. Así, por ejemplo, realiza este retrato de la perfecta casada diligente empleando la comparación con imágenes nocturnas tan familiares para el lector de sus versos:

Y como la luna llena, en las noches serenas, se goza rodeada y como acompañada de clarísimas lumbres, las cuales todas parece que avivan sus luces en ella, y que la remiran y reverencian, así la buena en su casa reina y resplandece, y convierte así juntamente los ojos y los corazones de todos. El descanso y la seguridad la acompañan a dondequiera que endereza sus pasos, y a cualquiera parte que mira encuentra con el alegría y con el gozo, porque, si pone en el marido los ojos, descansa en su amor; si los vuelve a sus hijos, alégrase con su virtud; halla en los criados bueno y fiel servicio, y en la hacienda provecho y acrecentamiento, y todo le es gustoso y alegre; como al contrario, a la que es mala casera todo se le convierte en amargura, como se puede ver por infinitos ejemplos.

La atracción de la vida campestre es fuerte en el maestro salmantino, por lo que cada vez que puede desarrolla fragmentos muy logrados. Cuando elogia a las casadas que se levantan temprano para aprovechar la mañana, nos ofrece su experiencia de los amaneceres. Nótese que aquella luz que “parece ser otra” se aproxima a la “luz no usada” que provoca la música de Francisco de Salinas:

Porque entonces [de mañana] la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes, y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas la coronan de rosas), y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿quién duda hay sino que suena entonces más dulcemente, y las flores, y las hierbas, y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor? Y como cuando entra el rey de nuevo en una ciudad, se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza y como alarde de sus mejores riquezas, ansí los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y, como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno de sus bienes.

El texto de La perfecta casada es una lectura placentera, cierto, pero también es un tratado prescriptivo sobre la conducta femenina compuesto por un intelectual cristiano de fines del siglo XVI. No debe extrañarnos, por eso, que Fray Luis demuestre una misoginia totalmente convencional en su tiempo: “Así como a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender, y por consiguiente, les tasó las palabras y las razones”. El libro alcanzó varias ediciones en su época (la cuarta apareció en 1595) y siguió publicándose hasta el siglo XX, aún con interés moralizante de su contenido. A inicios del XXI, su lectura se mantiene vigente, tanto por su esmerada prosa como por la información cultural que aporta al lector curioso.

La imagen que ilustra esta entrada proviene del interesante texto de Rebecca Bender sobre la perfecta casada en la cultura española contemporánea.

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“Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices” de Ricardo Piglia

9788433998187Hace unos meses apareció el segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Subtitulado Los años felices, cubre el periodo de 1968 a 1975. Ante todo, aquel subtítulo puede resultar un distractor si se lee literalmente. Son los años felices quizás porque, vistos a la distancia, son aquellos en los que se dedicó exclusivamente a ser un escritor: “Para mí escribir quiere decir ‘estar financiado’”, afirma en 1969. A lo largo del texto, se comprueba que Piglia logró vivir (con aprietos económicos y algunos malabares) de su oficio de escritor y editor. Lo cierto es que no hay momentos de felicidad aparentes, sino el recuento de su vida de escritor a tiempo completo. Inclusive cuando sale a luz su libro de cuentos Nombre falso empieza por encontrarlo deslucido y experimenta todas las inseguridades típicas del escritor. “Solo conozco la felicidad retrospectivamente”, escribe en 1975, en las páginas finales de este volumen. He allí el sentido del subtítulo.

La estructura es similar a la del volumen previo, Años de formación, con la diferencia de que ahora existe una mayor consciencia del escritor. El diario recoge varias líneas narrativas y reflexivas que se identifican con series, lo cual constituye una forma de ordenar materiales que parecerían textos mostrencos en conjunto. Piglia acumula reflexiones en torno a sus amistades, su vida, lecturas y películas. Ante sus vivencias, siempre prima la mirada literaria, diseccionadora, de los hechos, de los perfiles de las personas que lo rodean. La mayoría son escritores o intelectuales: los nombres más constantes son David Viñas y Manuel Puig. El primero constituye un modelo de homme-plume, mientras que Puig queda retratado como el escritor inquieto, viajero y dispuesto a comerse el mundo. Por eso su contacto con ambos se desarrolla con marchas y contramarchas: sabe que no puede ser Puig, a ratos lo admira y en otros se espanta; le sorprende la energía de Viñas, aunque también le enervan a veces sus actitudes.

Todos estos personajes interactúan con Piglia en una Buenos Aires omnipresente en los diarios. Este segundo volumen intensifica una sensación que ya se encontraba en el primero: la del escritor flanêur que camina por la ciudad, visita oficinas, se reúne en cafés, participa en cenas, sale a los garitos nocturnos, va a hacer gestiones, se muda, corrige pruebas, da conferencias, etc. Los acontecimientos se suceden a su alrededor: el inicio de la guerra sucia en Argentina (en vísperas a la dictadura) o hasta un hecho como el suicidio de José María Arguedas, que le genera una reflexión sobre la camarilla que era el Boom (“Su muerte es una metáfora del escritor latinoamericano oculto, no revelado, subterráneo y opuesto a las marquesinas del boom”).

Finalmente, Los diarios de Emilio Renzi nos ofrecen un fantástico de efecto de simultaneidad: la escritura en intervalos provoca que el diario se esté gestando mientras lo leemos. Aquellas páginas escritas hace más de cuarenta años se actualizan y dejan de ser fósiles. Entre comentarios sobre Respiración artificial y sus esfuerzos con Plata quemada, Piglia nos da la clave de su propia obra, en una nota escrita en 1970: “Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado”. Eso fue precisamente lo que hizo él, de allí su originalidad: supo conjugar la mirada intelectual, la metafísica, el vigor ensayístico, con la cultura popular del compadrito, el lumpen y su lenguaje.

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“El arte de pensar” de Rolf Dobelli

81p982nESJL.jpgLas falacias son argumentos aparentemente válidos que no lo son. Todos estudiamos en la escuela las más populares, incluso con su nombre latino: ad populum, ad hominem, etc. En El arte de pensar, Rolf Dobelli presenta una colección de razonamientos ilógicos, marcados por un sesgo (bias) que suenan tan persuasivos que suelen guiar decisiones trascendentes de la vida o la profesión. Pensado para gente de negocios, El arte de pensar es un manual para tomar decisiones personales objetivas y lo más racionales posibles (sobre inversiones, contratos, riesgos, etc.), desprendiéndose del sesgo que rodea prácticamente todos los medios de comunicación, la conversación común y hasta algunos trabajos científicos de difusión general. Uno de los tantos ejemplos elocuentes de Dobelli, quien se apoya mucho en las probabilidades matemáticas, es el de los monos inversionistas: en un universo de monos que invierten irracionalmente, es posible que un porcentaje de ellos, sin más mérito que el azar, obtenga las mayores ganancias. Entonces un investigador podría estudiar a esos monos exitosos y estudiar su “estilo”, su “sistema” o su “personalidad” para descubrir el secreto de su éxito. Quizás descubriría que esos monos comían un plátano antes de invertir o que tenían menos de tres años. Sería fácil entonces escribir un estudio que postulara que estas características de los monos financistas son, precisamente, lo que los hace exitosos. El problema es que el investigador no ha cotejado las características del resto de los monos que, por no haber ganado, no llamaron su atención: probablemente encontraría muchas semejanzas, demasiadas. Dobelli llama a este razonamiento ilógico “el sesgo del resultado”: “Nuestra tendencia a valorar decisiones [las de los monos, en este caso, totalmente erráticas] en virtud del resultado y no en función del proceso de tomar las decisiones”.

De forma que hay que examinar el proceso, el razonamiento o la cadena de causa-consecuencia real y no los eventos que lo rodean, ya que estos pueden presentarse sin motivo alguno. Por ello, Dobelli apunta también al “sesgo del relato”, que es en realidad muy frecuente en la interacción social. Estamos inclinados, por naturaleza, a vincular actos y encontrar una cadena de “sentido”, pese a que no haya evidencia mayor que apoye nuestra idea:

¿Cuál de las siguientes historias recordaría usted mejor? A) “El rey se murió y después la reina se murió”. B) “El rey se murió y después la reina se murió de pena”. Si usted funciona como la mayoría de la gente, retendrá mejor la segunda historia. En ella las dos muertes no se suceden sin más, sino que están enlazadas emocionalmente entre sí. La historia A es un relato de los hechos. La historia B le da “sentido” […] Así, desfiguramos la realidad, y eso merma la calidad de nuestras decisiones. Para contrarrestarlo, desmonte las historias. Pregúntese: ¿qué quiere ocultar el relato? Y para practicar, intente ver su propia biografía por una vez deslavazada. Se sorprenderá.

Dobelli es consciente de que este método rígido es inviable en el día a día, pues incluso admite dejarse llevar por pensamientos sesgados, emociones e impulsos ilógicos a menudo. Su libro aboga por ser lo más racionales que se pueda en los asuntos realmente graves de la vida (como las finanzas o la gestión de empresas). Leer El arte de pensar me suscitó una reflexión en torno a la forma en que se suele interpretar textos. Creo que su lectura puede hacernos más conscientes de los prejuicios que a menudo pululan en nuestra forma de leer. Aquí apunto algunos.

La obsesión autobiográfica es muy frecuente en la crítica literaria. Dobelli la llamaría “el error fundamental de atribución”, el cual “indica la tendencia a sobreestimar sistemáticamente la influencia de personas y subestimar los factores externos y situacionales cuando se trata de explicar algo”. Así, por ejemplo, ¿cuántos estudios tienen como punto de partida un interés de Cervantes (cierto, veraz) en solicitar un puesto en América para postular poco menos que una obsesión por la materia americana hasta el grado de sostener enrevesadas lecturas de casi cualquier texto cervantino para encontrar el eco americanista? Nadie recuerda que Mateo Alemán también tenía interés en venir al Nuevo Mundo, logró hacerlo y hasta escribió obras aquí. ¿Dónde está el magno estudio Mateo Alemán y América? Sesgo autobiográfico y fetichismo autorial en estado puro.

El consenso crítico. “La prueba social (a veces denominada imprecisamente como gregarismo) dice: me comporto correctamente si me comporto como los demás. Dicho de otro modo: cuantas más personas encuentran correcta una idea, más correcta es esa idea, lo que por supuesto es absurdo […] Si cincuenta millones de personas afirman una tontería, no se hará realidad por eso”. Huelgan los ejemplos y no ahondaré en ello. ¿Recordamos aquella época en que Mateo Alemán era “contrarreformista”, “tridentino” y “ortodoxo”, en tanto Cervantes, por contraste, era “erasmista” y “heterodoxo”?

Leer con los datos actuales. “El prejuicio de la retrospectiva es, en realidad, uno de los errores de lógica más persistentes. Se puede denominar acertadamente como el ‘fenómeno del ya lo sabía yo’: en retrospectiva todo parece derivarse de una necesidad razonable”. Abundan los estudios que postulan antecedentes y leen a posteriori. Piénsese en muchos poemas de Antonio Machado (como La tierra de Alvargonzález), compuestos mucho antes de la Guerra Civil, que son interpretados a partir del conflicto y su desdichada muerte en la frontera francesa, que lo ha vuelto mártir republicano, como Federico García Lorca, sin haberlo pretendido.

Por último, retomemos el ejemplo de los monos exitosos: coger como punto de partida para una interpretación un hecho aislado de uno de los monos (el que elegimos por haber alcanzado el resultado) y desatender que podemos encontrar un sinnúmero de contraejemplos es lo que guía, a veces, algunos análisis en los que se habla de “autor converso” o “autor inmigrante” o “autor burgués” y se aprovechaba su condición social o racial para explicar su escritura, sin reparar en la construcción del texto, en sus influencias verificables o material estrictamente pertinente. En otras palabras, como le gustaba decir a Ricardo Piglia: Paul Valéry es burgués, pero no todos los burgueses son Valéry.

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Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega

18065726060En una carpeta de proyectos solo esbozados o iniciados y nunca concluidos, como aquella colección de arranques de relatos que Ribeyro llamaba Pedestal sin estatua, se encuentra un libro que podría llamarse Mitos y lugares comunes sobre el Inca Garcilaso de la Vega, producto de la lectura, fría y sin apasionamientos, de mucha bibliografía garcilasista que repite ciertas ideas que no encuentran asidero en lo que podríamos llamar la evidencia textual, cultural o histórica alrededor de la figura del ilustre historiador cuzqueño. Podría componerse un volumen en el que, sistemáticamente, se desmontaran muchas construcciones críticas basadas en prejuicios extemporáneos, obsesiones teóricas y nacionalistas. Sin embargo, como decía Borges, es un desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros. Aquí solo comentaré tres ideas cuestionables que se repiten hasta el hartazgo y que han pasado, lamentablemente, a integrar cualquier documental o texto de difusión bien intencionado sobre el Inca Garcilaso de la Vega y su obra.

Uno. La escritura de Garcilaso refleja la marginación racial del mestizo. También admite la siguiente variante: el estilo/objetivo/interés de lo que escribe Garcilaso se explica por su condición del marginado por su raza. En realidad, entre los siglos XVI y XVII la percepción de la fisonomía y, en general, el color de piel, no se parecía mucho al que podemos tener después del siglo XVIII y los afanes racionalistas, de raigambre ilustrada, de segmentar y clasificar rasgos particulares y matices específicos. Costaría creerlo, pero hay testimonios en crónicas y otros documentos en los que se declara no haber grandes diferencias entre españoles e indígenas americanos. Fuera de esos extremos (que son excepcionales), no hay en la época una mirada que auscultara obsesivamente los rasgos físicos raciales que hiciera al mestizo un sujeto discriminado por su aspecto. De hecho, un término como raza en el Siglo de Oro solo se aplicaba a judíos y musulmanes y no se refería tanto a su apariencia física como a su práctica religiosa. Evidentemente, el mestizaje racial era un fenómeno común en los territorios colonizados y hubo una legislación que excluía al fruto de españoles e indígenas en ellos; aunque siempre existieran también excepciones debidas al status social del mestizo en cuestión. Lo interesante de Garcilaso es que, viviendo en España, no tenemos testimonio alguno de su marginación por motivo de ser mestizo. En todo caso, sufrió el trato diferenciado que se tributaba al hijo natural o al segundón, pero eso no pasaba por el rechazo a sus rasgos físicos o su mezcla racial. No obstante, especialmente en Perú, un país obsesionado con las fisonomías (la nariz, en particular), es lugar común achacar a Garcilaso una condición de víctima de la discriminación racial en su época, lo cual no consta en ninguna parte ni se condice con lo que sabemos de su contexto.

Dos. De esta ignorancia se desprende otro razonamiento que ha motivado páginas de resentimiento, frustración y hasta delirio entre autores peruanos contemporáneos. Imaginando que la España del XVI está tan obsesionada con el color de piel como el Perú contemporáneo y sin conocer la realidad de los moriscos de la época, han tendido a pensar que estos eran de piel oscura y que, por ende, Garcilaso debió sentir algún tipo de empatía por ellos. Mucho más si (arrebatos interculturales comprensibles ahora, pero inexistentes hace cuatro siglos) Garcilaso, como hijo de una india conquistada, debía sentirse cercano al drama de los moriscos, otro grupo oprimido supuestamente de piel oscura. Lo cierto es que los moriscos españoles no eran físicamente muy distintos de los españoles de la época (hay testimonios al respecto), aunque sí vistieran y tuvieran prácticas muy diferentes. Garcilaso se identificaba como cristiano y como tal era intolerante en materia religiosa, en la medida en que creía firmemente que la única fe verdadera era la católica. Por eso, rechaza al morisco y en cambio tiene empatía por los gentiles (como sus antepasados incas) que aún no conocen a Dios. Un levantamiento por motivos religiosos, donde se cuestionaba este principio fundamental (el rechazo a la fe verdadera, teniendo acceso a ella), merecía la indignación de toda alma bienpensante de entonces. Así, uno lee las páginas exaltadas de Pablo Macera (quien no dudaba en llamar a Garcilaso con palabras muy ofensivas) o las vueltas y revueltas a la psique de Garcilaso que elaboró Max Hernández en torno a estos asuntos raciales (me refiero al desaforado Memoria del bien perdido) y no dan ganas sino de reír por no llorar.

Tres. Una idea errada más, también motivada por el afán de encontrarle un carácter transgresor o maudit a los textos primorosos de Garcilaso: Los Comentarios reales y/o La Florida del Inca no tuvieron segunda edición porque el texto era peligroso/desafiante/provocador/peligroso. Se trata de un fantástico wishful thinking que sirve para rematar una típica lectura deconstructiva que revela el lado más transgresor del Inca. Lo cierto es que no hay evidencia alguna de su peligrosidad, sino todo lo contrario: las referencias que se tienen, a través de citas y menciones al autor y su obra, indican que Garcilaso se canonizó rápidamente, como la máxima autoridad en torno a la historia peruana, entre tirios y troyanos, o sea entre españoles y americanos, a lo largo del siglo XVII. El hecho de que no haya segundas ediciones inmediatas (aunque por allí se cuenta una segunda edición de La Florida del Inca de 1617) podría obedecer a una causa mucho más razonable para su época: se trataba de libros eruditos, muy especializados. ¿Quiénes leen los textos históricos de Garcilaso? Otros historiadores, funcionarios virreinales y religiosos con curiosidad intelectual. La idea, infundada, de la segunda edición que no se produce porque el texto es “fuerte” o “desafiante” va de la mano de la tan mentada prohibición de su lectura en América tras la rebelión de Túpac Amaru II, en 1781. Pero eso ocurre más de siglo de medio después de la publicación de los Comentarios de Garcilaso, tiempo durante el cual estos gozaron de una reputación muy alta, tanto en territorio hispano como fuera de él. Es más, la tan mentada prohibición de 1781 no tenía alcance en la península, por lo cual el texto siguió circulando, entre expertos, curiosos y eruditos, a lo largo del XIX.

Finalmente, hay quienes asumen que todo espíritu crítico y educado del Siglo de Oro, solo por serlo, debe ser antiinquisitorial, solidario con las minorías y tolerante y si no lo demuestra en público es porque lo oculta, es un hipócrita por necesidad. Crítico ha habido que se esforzó en decir que Garcilaso no dijo lo que dijo sobre la censura de su traducción de León Hebreo y que entre líneas dice todo lo contrario. La militancia ingenua a veces desconoce las convenciones culturales de otras épocas, las cuales pueden resultarnos chocantes. El Inca Garcilaso era amigo de inquisidores y hasta poseía libros prohibidos en su biblioteca. Lope de Vega, de conocidos amores ilícitos, era familiar del Santo Oficio. Fray Melchor de la Serna, uno de los mejores creadores de poesía erótica del Siglo de Oro, fino traductor de Ovidio, era reputado predicador. Fray Luis de León, con todo lo progre que puede parecer en la actualidad, por sus problemas con la Inquisición, su origen converso y su hebraísmo bíblico, no tenía empacho en afirmar en La perfecta casada que las mujeres no eran aptas para el ejercicio intelectual.

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