«Soy un gato» de Natsume Soseki

Natsume Soseki (1867-1916) es uno de los primeros narradores modernos del Japón, hasta el punto de que sus textos todavía forman parte del canon literario del país. Su obra es una mezcla de talento, una esmerada educación literaria y la circunstancia de una época denominada Era Meiji (1868-1912), periodo de la historia del Japón caracterizada por una transición a la modernidad, tanto cultural como tecnológica y económica. Recuérdese que en este periodo tuvo lugar la guerra ruso-japonesa, entre 1904 y 1905, la cual supuso la primera victoria de un país por entonces periférico frente a una potencia mundial. Profesor de inglés, Soseki pudo viajar a Inglaterra, donde se empapó de lecturas occidentales y aplicó luego sus logros a la expresión novelesca en su lengua natal. La novela que voy a comentar ahora, Soy un gato, empezó como un relato de humor satírico (lo cual explica su estructura, como se verá más adelante) en una revista literaria japonesa en 1905, que luego fue ampliándose.

La novela Soy un gato, tal cual nos ha llegado, es una narración extensa (supera el medio millar de páginas) con capítulos diseñados alrededor de episodios. El título obedece a un fenómeno del que el felino narrador es plenamente consciente: su lugar insignificante en el mundo de su dueño, un mediocre profesor de inglés en una escuela, hasta el punto de que nunca le han puesto un nombre. Su carácter anónimo es el que también explica su invisibilidad frente a los humanos cuya conducta observa y comenta, con extrañeza y grandilocuencia irónica. A sabiendas de la formación de Soseki en literatura occidental, es probable que adoptara el rol observador para el felino de un libro como El asno de oro de Apuleyo, el cual se proponía igualmente elaborar una crítica de las costumbres de su tiempo aprovechando que el narrador era una especie de infiltrado en un mundo donde nadie se percataba de su presencia. 

Otras dos influencias presumibles de la novela son el Tristram Shandy de Laurence Sterne, en la medida en que Soy un gato incurre en digresiones que promueven el humor, mediante la burla de hábitos y pensamientos humanos que son vistos con la pátina de novedad (la cual los rebaja) que ofrece la mirada del animal. Del libro de Sterne también podría provenir el gran ego del gato, otro ejemplo de la solemnidad ridícula del Tristram Shandy alrededor de los actos humanos más vulgares. Otra referencia de la novela de Soseki serían las Opiniones del gato Murr sobre la vida de E.T.A. Hoffmann. Aunque desprovista del aire fantástico de este último, el protagonista de Soseki también se enfrasca en reflexiones sobre temas de actualidad para la sociedad burguesa del Japón de entonces y acerca de ellos ejerce la sátira: la introducción del deporte como un nuevo hábito, el ingreso de la moda occidental, las ideas sobre el matrimonio y la educación, por mencionar unos cuantos. 

Como el gato Murr, el felino de Soseki está plenamente humanizado. La vida de los otros felinos, casi tanto como la propia, le aburre y descarta indagar en sus congéneres pronto. Tampoco se explota la figura del animal como metáfora. Por otro ello, me inclino a considerar a Apuleyo como la principal influencia del planteamiento narrativo de Soseki, dado su interés principal en diseccionar y reírse de la conducta humana. El puñado de personajes observados cae en lo ridículo por su excentricidad. Buena parte de los capítulos, junto a las reflexiones del felino narrador, está constituida por transcripciones de diálogos humanos, a veces absurdos, en los que los personajes exhiben cierto esnobismo (sobre todo los que van a visitar al dueño del gato) y en otros, vulgaridad e ignorancia. Los personajes divagan, hacen comentarios maliciosos frente a las vidas ajenas, sin ver lo mediocres que son ellos mismos. No soy un especialista en literatura japonesa, por lo que me pregunto hasta qué punto las referencias a la cultura occidental (se menciona a Shakespeare, a Hoffmann y pasajes de mitología griega, entre otras cosas) que se ponen en boca de los personajes sonaban afectadas o pretensiosas adrede para generar ironía frente a un lector japonés curioso o más o menos culto de inicios del siglo XX. 

Un apunte final sobre la estructura de Soy un gato. Debido al registro satírico que se adopta, cada capítulo desarrolla un episodio que podría leerse desgajado sin mayor dificultad (lo cual delata su origen de relatos publicados por entregas en una revista), siempre alrededor de observaciones cotidianas del gato que se extraen de diálogos recogidos por el narrador. De esa forma, sin hilo dramático, conflicto o evolución alguna del protagonista, la novela no prometía límites precisos y podía tener lo mismo once capítulos (los que posee) como solo seis o veinte. Sin revelar detalles (sin spoilers como dicen los chicos de ahora), solo diré que el final de la novela no es del todo sorpresivo, sino que es una solución práctica frente a la estructura episódica que podía extenderse ad infinitum. La despedida del gato apena, pero no llega a ser conmovedora, pues poco nos reveló sobre sí mismo, tan fascinado como estaba en auscultar a los humanos que lo rodeaban. Con todo, Soy un gato se deja leer con curiosidad y posee páginas muy bien escritas. Recomendable para ailurófilos interesados en conocer el canon literario de su afición.

«Suite francesa» de Irene Némirovsky

Esta novela póstuma de Irène Némirovsky (1903-1942) salió a la luz recién en 2004. El manuscrito en letra microscópica se hallaba entre otros papeles dentro de las maletas que las hijas de Némirovsky llevaron consigo escapando de la persecución por su origen judío. Dicha persecución es la que conduce a sus padres (Irene y su esposo Michel Epstein) a la muerte en campos de exterminio. Suite francesa es una novela incompleta, que Némirovsky se planteó como un gran retrato de la Segunda Guerra Mundial y su impacto en los civiles. En principio, y es lo que se ha conservado, las acciones se remiten a la Francia ocupada, pero por lo que se sabe de sus notas, pensaba en algún momento abarcar los hechos de Rusia (que se anunciaría en las últimas páginas que nos han llegado). 

Suite francesa tiene dos partes: “Tempestad en junio” y “Dolce”. La primera se compone de viñetas o estampas sobre el caos que se cierne sobre Francia al inicio de la ocupación alemana. Se presenta un abanico de personajes (ricos, pobres, nobles, en ciudades y en el campo) a través de los cuales observamos el caos, con puntas de apocalipsis, que supone la llegada del invasor. El miedo provoca violencia gratuita, mezquindad y muy poco heroísmo, en una especie de road movie en que consiste la fuga de la capital. La segunda parte, en cambio, “Dolce”, expone una historia localizada en un pueblo que experimenta ya la ocupación. Aquí se nos presentan los conflictos de la convivencia, las mutuas sospechas y la miríada de sentimientos (patriotismo, dolor por la ocupación, simpatías inesperadas) que surgen alrededor de ocupantes y derrotados. Se enfoca en particular en la relación compleja (entre el amor platónico, el deseo y la repulsión) que entabla Lucile, infeliz esposa burguesa cuyo marido cayó prisionero, con un oficial alemán, Bruno. Esta parte acaba con la partida de los alemanes que ocupan el pueblo para irse a Rusia, que es, ahora lo sabemos, el punto de quiebre de toda la guerra.

Los apéndices de la obra incluyen los cuadernos de Némirovsky donde se expone el proyecto de Suite francesa tal como se lo propuso originalmente, sus ideas y algunas notas sueltas. Seguimos parcialmente su escritura. Así nos enteramos de que el proyecto era ambicioso y contemplaba cinco partes (tres más de las que ahora conocemos): Tempestad en junioDolceCautividad y dos libros con títulos tentativos (como que están entre signos de interrogación) Las batallas y La paz. Un proyecto extenso que debía superar las mil páginas y componerse como una sinfonía con diversos tempos (de allí el título de la obra). En las notas se expone sobre todo información sobre cómo hubiera sido Cautividad, en el que se aprecia algo de heroísmo y aventura, como no lo había aún en las dos partes conservadas; lo cual revela que la captura de Némirovsky frustró la escritura de esta parte; en tanto las dos finales solo existían, por entonces, vagamente en su imaginación. Considerando su carácter de incompleta, Suite francesa se deja leer con gusto. Felizmente Némirosvsky tuvo a bien introducir a personajes de la primera parte (los desafortunados Michaud) en la segunda para dar una sensación de continuidad que, según sus planes, debía mantenerse en las siguientes secciones, en las que de manera similar otros personajes irían reapareciendo. Quizás Dolce hubiese configurado una novela amorosa breve. No por nada la película basada en Suite francesa se apoya grandemente en el conflicto que se expone en Dolce

La segunda parte del apéndice resulta más conmovedora que cualquier sentimiento de cautiverio o dolor que arroja Suite francesa: se reúne las cartas de Némirovsky y relativas a ella entre 1936 y 1945. Para empezar, vemos sus dificultades económicas, como escritora que vive de sus textos, y luego cómo la guerra va cercando su mundo. Ya en 1939 empiezan las restricciones por su origen judío y ruso (que entonces equivalía a “soviético”, es decir ‘comunista’, pese a que su familia había escapado precisamente de Rusia a causa de la Revolución de 1917). A pesar de los reclamos de ella y su marido (Epstein), en torno a que son católicos y tienen hijas francesas, las restricciones se les imponen e inclusive ella deja de percibir regalías por sus libros. En el verano de 1942 es detenida y a las pocas semanas llevada a un campo en Polonia. A través de las cartas contemplamos las infatigables gestiones de Epstein, sus ruegos y repetidos alegatos, que solo chocan contra puertas que no quieren abrirse. En octubre él mismo será detenido y acabará igualmente muerto poco tiempo después. Las cartas prosiguen hasta 1945, cuando admiradores y lectores siguen contactando a Némirovsky con las señas de la editorial que publica sus libros, para recibir siempre la misma lacónica respuesta: Desde la fecha de su detención, nadie ha vuelto a tener noticias suyas.

El síndrome Valdelomar

De todos los síndromes, creo que este es el menos conocido. Junto al síndrome Bartleby, que exploró Enrique Vila-Matas, contamos ya con el síndrome Sánchez-Mazas, del que hablé hace un tiempo, así como con la famosa literatosis que diagnosticó Juan Carlos Onetti. A estas tres enfermedades propias de escritores, conviene añadir el síndrome Valdelomar. Definámoslo así: síndrome que aqueja al escritor que, viviendo en el extranjero, se esfuerza consistentemente en hacerse presente mediante intervenciones de toda laya en el medio literario local que dejó a miles de kilómetros hasta erigirse en una especie de voz de la conciencia para sus acólitos que, afincados en la aldea, lo veneran a la distancia y requieren escucharlo como sostén emocional y teórico-práctico, como Tito con el apóstol Pablo. El nombre del síndrome proviene del legendario escritor iqueño (el Óscar Wilde peruano) al que Luis Loayza dedicó su agudo ensayo “El joven Valdelomar”, incluido en El sol de Lima. Hablando de cómo Valdelomar forjaba su obra siempre atento al medio limeño, del que nunca quiso desligarse, Loayza recoge esta anécdota:

Valdelomar viaja a Europa pero regresa muy pronto. Desde Roma se preocupa en presentarse a un concurso de cuentos y envía a un amigo instrucciones detalladas: si no gana el primer premio hay que retirar el texto sin que nadie lo sepa pues una simple mención honrosa sería una deshonra. Lo que escribe en periódicos y libros, lo que hace -las divertidas sesiones del Palais, las conferencias en provincias que son de un entusiasmo, una generosidad y una buena fe indudables- y lo que quiere ser -¿jugaba con la idea de una carrera política?- forma parte de una estrategia. Pero esta estrategia tiene poca relación con la literatura.

Esta actitud o vicio del joven Valdelomar se ve a menudo en estos tiempos. Sufre este síndrome el plumífero que anda refugiado en su buhardilla de Brooklyn, Astoria o Washington Heights, o en su pisito compartido con becarios en La Latina o Tetúan. Es el escritor que se pasa los días posteando en muros, subiendo stories o componiendo tuits que sean como boutades. Con ello, busca agitar las conciencias aletargadas de sus compatriotas que requieren su opinión autorizada sobre cualquier incidente reciente en la aldea (desde la prebenda que recibió Fulano, el nuevo libro de Zutano que él mismo ha prologado, la gestión del ministro Mengano o el último escándalo de Perencejo). Es el escritor que, cual Petronio en la antigua Roma, pretende erigirse como árbitro del buen gusto (literario, moral, ideológico, social, etc.) para sus fieles que lo siguen, lo leen y lo debaten. No hay que juzgarlo (no tiene nada de malo), solo que, como diría Loayza del joven Valdelomar, habría que preguntarse si no se trata de una estrategia (habitus lo llamaría Bourdieu) que poco tiene que ver con ejercicio literario u oficio, como lo llamaban antes. Quizás conviene recordar en este punto a Roberto Bolaño burlándose de los aspirantes a escritores en su legendario discurso «Sevilla me mata«: a diferencia de Huidobro o Baudelaire (burgueses que buscan arruinarse económicamente por aspirar a la literatura), esos escritores que iban a escucharlo como a un profeta no serían más que buenos chicos de clase trabajadora que querrían llegar al supuesto Olimpo literario que supondría más bien subir de status social (decirles Paco o Nacho a tú ya sabes quiénes, viajar en business, aprender a beber vino, porque en tu aldea no pasabas de cerveza fría, y cosas así).

Todos los jóvenes escritores en el extranjero han sido afectados por el síndrome Valdelomar en algún momento. Mi amigo el llorado Luis Alberto de Celis envió durante un par de años textos al concurso de El cuento de las mil palabras cuando ganar la famosa mascarita de la revista Caretas era algo en Lima (sobre todo porque veías al poeta Antonio Cisneros de lo más achispado e ingenioso). ¿Quién no envió un texto por air mail al famoso Premio Copé de cuento o poesía? A veces el síndrome persiste y no sorprende ver en los tiempos que corren a un escritor cuarentón o cincuentón que se enreda en tuitazos contra el nombramiento de X o Y a tal puesto o canonjía , o participa en un Facebook Live para comentar la última crisis política, económica o sanitaria. Todo ello desde el sillón de gamer que se compró ahora que se propone ser youtuber (descubrimiento de la cuarentena de mayo de 2020) y amortizarlo con una cuenta de Patreon a la que contribuirá algún Buen Juan que lo ve y escucha con los datos de su teléfono mientras viaja en uno de los tristes corredores limeños con doble mascarilla y protector facial. El novel youtuber, en cambio, siempre puede ir después de la transmisión a un bar en el Upper West Side o Malasaña, para relajarse, pues allí es donde mejor se respira, pero siempre preocupado, desgarrado e indignado por la patria lejana.

Un rasgo más del síndrome Valdelomar: proviene de una mentalidad provinciana, reflejo inverso del vargasllosismo de escala global. El escritor afectado por este síndrome no aspira al Premio Nobel o que su columna se traduzca en el New York Times o a que la reboten en la versión para Hispanomérica de El País, sino a que sus amigos del bar o café de moda entre intelectuales y/o poetas (en mis tiempos el Queirolo o La Posada del Ángel) hablen de él y sepan que está virtualmente a su lado y rugiendo. En estos tiempos extraños, imagino que el espacio físico del bar o del patio de Letras se ha pasado definitivamente a redes sociales. La idea es que los amiguetes del foro de Facebook o en ese lugar de furias y penas llamado Twitter no dejen de hablar de uno (siempre etiquetándolo, claro está).

Regreso a «Dublineses» de James Joyce

Leí Dublineses hace más de veinte años, en una de esas ediciones conjuntas de Seix Barral y Oveja Negra en tapa dura que circularon mucho entre los ochenta y los noventa (en la serie «Obras Maestras de la Literatura Contemporánea»). Como con tantas cosas, ese ejemplar lo acabé obsequiando o donando en uno de mis intentos de desmontar una biblioteca en el hemisferio sur. Este verano, en mi paseo habitual por la cuesta de Moyano me encontré de nuevo con un ejemplar, pero esta vez mucho más reciente. Esta es una edición de 2002, también de tapa dura, que aseguraba ser una nueva traducción, a cargo del mismo Guillermo Cabrera Infante. Fue motivo suficiente para llevármelo y ponerlo en la pila de lecturas de entretenimiento para este otoño.  

Dublineses es un libro con un estilo que aún tiene rezagos del naturalismo de finales del siglo XIX. Algunas características de sus personajes (sobre todo los burgueses) nos recuerdan a las tramas de Guy de Maupassant. Sin embargo, el mérito de Joyce es naturalizar este estilo a la lengua inglesa y lograr que sintamos que estamos sumergidos en las ansiedades y conflictos propios de sujetos de la sociedad de Dublín. En Dublineses se retrata las diversas capas de su tejido social: los proletarios, los intelectuales, los nuevos burgueses e inclusive las clases acomodadas o clase media alta (pensemos en el cuento “Los muertos”). Los personajes de Dublineses suelen ser tímidos, melancólicos, abrazados a sus sueños, pero sumergidos o amenazados por la mediocridad de una vida de clase media o por las aspiraciones de obtenerla. Frente a ellos se erigen las dificultades de la moral católica a la manera irlandesa, no exenta de algunas hipocresías más bien propias de la vida social de todas partes.

Dos décadas después de haberlo leído por primera vez, el relato “Eveline” me sigue pareciendo el mejor, desde una perspectiva del cuento moderno a lo Cortázar u Onetti: he allí a la muchacha (imagen de lo posible, con sus grandes esperanzas y sus miedos juveniles) que se la pasa en vela, con los escrúpulos de última hora, pensando en su próxima fuga a la Argentina con su novio. Más ribeyriano me resulta el cuento “Una nubecilla”: el aspirante a artista que siente que la vida se le está pasando sin haber alcanzado lo que su talento prometía, enfrascado en su vida doméstica y la inevitable envidia por el colega exitoso, aunque menos virtuoso que él. Algo similar ocurre con “Un triste caso”, donde vemos al hombre que se siente envejecido de golpe, al sentir (tras enterarse de una noticia concerniente a alguien que conoció) que perdió la gran oportunidad del amor. Más desdichada, creo, es la protagonista de “Una madre”, aquella mujer, un tanto ruda, que reclama por el justo pago para su hija, sin que nadie comprenda sus exigencias, pues sus orígenes sociales parecen delatarla y desautorizarla. 

Un espacio aparte merece el cuento más extenso del libro, que se coloca al final y sirve de magnífica conclusión al conjunto: “Los muertos”. No me animo a considerarlo “novela corta” debido a que las acciones se concentran en el lapso de una sola noche. Además, se lee de una sentada, lo cual es característica esencial del cuento, como decía Cortázar. Se trata de un hermoso fresco de la sociabilidad, a través de la cena que ofrecen aquellas buenas ancianas a amigos e invitados selectos, y el desencanto de la persona de la que menos se imaginaría que pudiese sufrirlo: el sensible y discreto Gabriel Conroy. La escena final, desvelado, melancólico, a oscuras, con su esposa al lado y viendo la nieve caer es inolvidable. Con Dublineses, Joyce logró crear la imagen literaria de su ciudad, una proeza narrativa que marcaría las literaturas del siglo XX. Toda ciudad que se precie tiene (o debería tener) su respectivo equivalente de Dublineses.

Memorias de gris: tal como éramos

Producto del azar, hace poco encontré citado un artículo que ya no recordaba: “Los inconvenientes de no ser limeña: la cicatriz de la subalternidad en Reina de Corazones de Jorge Eslava”. La cita provenía de un documento en línea que actualmente no está disponible, pues la página web que lo albergaba ya no existe. Intrigado, busqué el trabajo en mi disco duro y lo encontré entre muchas cosas antiguas que había dado por perdidas. Lo releí en una tarde milagrosamente desocupada y ese reencuentro con un viejo texto me hizo tomar consciencia del paso del tiempo, de una algo remota juventud y de cómo la carrera va tomando senderos sinuosos y no siempre va en línea recta.

La historia del trabajo aquel es sencilla y felizmente puedo reconstruirla gracias a la nota a pie de página que honró la circunstancia que lo generó. Estimo que debo haber preparado ese texto a inicios de 2004. Creo recordar que había ayudado en el verano a Víctor Vich a elegir materiales para su nuevo curso de literatura peruana actual. El me condujo a leer Navajas en el paladar, un libro de 1995 que recogía las historias de niños de la calle (que en el Perú de entonces se llamaban pirañas o, más afectuosamente, pirañitas) plasmadas con gran arte literario por Jorge Eslava, un educador y apasionado de la literatura, que había compuesto un libro urgente, escrito con un lenguaje elaborado (en el que vertía la replana de los muchachos protagonistas) y que constituía una denuncia del abandono y el maltrato que habían sufrido estos adolescentes marginados por la sociedad. De todas las historias que contenía el libro (artefacto raro entre la novela, la colección de relatos y el testimonio), la que más me impresionó fue la de una muchacha que bajo el seudónimo de “La Limeña” contaba su historia en primera persona. 

Por entonces yo andaba sumergido en la preparación de una tesis de licenciatura sobre la novela picaresca. Fue un primer ejercicio crítico muy útil: empecé a manejar un volumen respetable de bibliografía crítica y, sobre todo, adquirí un método de lectura que bebía de un rigor todavía estructuralista para diseccionar el relato, aunado a algunos conceptos más bien post-estructuralistas (discursopoder, escritura, marginalidad, etc.) que se proponían darle al análisis cierto vuelo incisivo y relevancia. Por esa época leía mucho los ensayos de Claudio GuillénVigilar y castigar de Michel Foucault y estaba fascinado con las posibilidades de observar la subversión del discurso legal como lo exponía Roberto González Echevarría en Mito y archivo (libro que hacía pocos años se había traducido al español y circulaba mucho en la facultad). Se trataba de bibliografía que a inicios del 2000 ya era clásica, pero que en la Lima de entonces (antes de Amazon y repositorios digitales) te permitían sentirte más o menos actualizado. 

Con esas herramientas interpretativas básicas encontré en “Reina de Corazones” un campo propicio para el análisis y la discusión de ciertos recursos tanto narrativos como retóricos que, semejantes a los de la picaresca, se encontraban allí a flor de piel. Parecía que el discurso del antihéroe de quinientos años atrás se mantenía vigente en esas páginas provenientes de un sujeto femenino que increpaba su derrota a la sociedad entre la ira, el dolor y la violencia. Para explicar algunas ideas del discurso del personaje empleé bibliografía de ciencias sociales que se encontraba también circulando por entonces. Dicha bibliografía refleja lecturas sociológicas que recogen todo un estado de cosas: finales de la década de los noventa, desvelamiento de la corrupción del periodo fujimorista, llegada de los estudios culturales al Perú (aparece un libro que fue fundamental en ese sentido). En los albores del 2000, finalmente la academia local se embarcaba en una tendencia crítica que llevaba al menos una década en boga en el hemisferio norte anglosajón.

Como dije, debo haber escrito el texto a inicios de 2004 y a mediados de año apareció la oportunidad de compartirlo. El IEP cumplía 40 años y se organizó un coloquio en el marco de aquel aniversario. En la mesa de literatura peruana creo recordar que presentamos trabajos Mark Cox, Richard Parra y yo (gracias a la generosidad de Víctor Vich). Mark Cox debió presentar su último esbozo por entonces de la narrativa del conflicto armado interno (ámbito de estudio del cual fue pionero, aunque luego muchos se subieron a la ola que él había hecho crecer). Creo que Richard Parra presentó un trabajo sobre Conversación en La Catedral o algo vargasllosiano afín. Yo fui con el trabajito sobre el texto de Jorge Eslava. No recuerdo más detalles, tan solo que al final Mark Cox nos dijo que podíamos enviarle los trabajos para colaborar en la sección Perú de LASA, cuya página de internet él administraba en esa época. Debo haberlo hecho ese año o el siguiente, cuando ya me encontraba en España, instalado en la mesa 2128 de la biblioteca de investigadores de la Universidad de Navarra. Y entonces me olvidé del trabajito. En los años siguientes tuve ocasión de comunicarme con Jorge Eslava, a propósito de su notable libro sobre adolescentes en la narrativa peruana, pero no recuerdo si le mencioné aquella contribución. 

Y pasó el tiempo y mis intereses se diversificaron. Entre mudanzas y etapas distintas de la carrera, mi agenda fue tomando otra forma (de la comedia hagiográfica a la narrativa rioplatense contemporánea o los estudios de animales). Reencontrarme con el trabajito en cuestión fue como un viaje a la oscura región de vuestro olvido. Lo releo y los planteamientos generales me resultan convincentes y relevantes, pero no coincido con el estilo, que me parece algo ampuloso e innecesariamente recargado de palabras sonajero. Probablemente es un análisis un tanto rígido, producto de convicciones interpretativas firmes (y hasta inflexibles, tal vez). Ocurre que el tiempo (que también escribe) te permite percibir matices en los que no reparabas y hasta rescatarlos. Pero hay que ser fiel a uno mismo y se me ocurrió que el trabajito podía ser útil (para usarlo como punto de partida, para matizarlo o superarlo) a alguien que se proponga analizar, como lo merece, un libro necesario como Navajas en el paladar:

https://www.academia.edu/51880542/Los_inconvenientes_de_no_ser_limeña_la_cicatriz_de_la_subalternidad_en_Reina_de_Corazones_de_Jorge_Eslava

Don Juan Enríquez de Zúñiga y su perrita

El libro que paso a comentar aquí pertenece a la novísima Biblioteca Biográfica del Renacimiento Español de la Universidad de Huelva. Se trata de una epístola o carta en prosa, en la tradición que en España tiene a Fray Antonio de Guevara entre sus iniciadores (Epístolas familiares). Su autor es el relativamente poco conocido: don Juan Enríquez de Zúñiga (circa 1590-año de fallecimiento desconocido, aunque posterior a 1671), letrado, doctor en ambos derechos, natural de Guadalajara, pero con una carrera de funcionario (alcalde mayor, corregidor, regidor, juez, etc.) que incluye puestos en Ávila, Córdoba y León, donde debió morir. De él nos quedan algunas muestras de oficio literario (publicó novelas al uso barroco en las primeras décadas del XVII), para luego inclinarse por la escritura más bien erudita, con libros de historia y manuales políticos. Esta vida de funcionario con puntas de intelectual se ilumina por la curiosa obrita con la que contamos ahora en edición anotada gracias a la diligente labor de Luis Gómez Canseco: su carta a un amigo (Lelio, figura que evoca el tratado ciceroniano sobre la amistad), “satisfaciendo el haberle condenado el sentimiento que ha hecho por la muerte de una perrica”. En su brevedad, el texto de Enríquez de Zúñiga constituye una defensa del amor a los animales y una evocación de su mascota favorita, que acaba de perder. Como tal, esta carta (que se publicó en un pliego de seis hojas) resulta uno de los más señalados ejemplos de canifilia del Siglo de Oro.

El cuidado en la portada y el diseño interior del volumen, así como la dedicatoria, revelan la canifilia del editor.

La estructura del libro mismo que ha diseñado Gómez Canseco es una invitación a adentrarse en este rasguño, por así llamarlo, de lo que suponía la vida de un letrado del Siglo de Oro y su relación con un animal, pero también revela sus sentimientos y su propia visión del mundo. Para empezar, el volumen se abre con un sintético y didáctico prólogo a cargo de Antonio Sánchez Jiménez. Titulado “La importancia de la minucia”, este paratexto plantea acertadamente el desafío del género biográfico en el Siglo de Oro, el cual consistía en hallar el equilibrio adecuado entre la ejemplaridad (que exigía elaborar modelos de conducta) y el detalle particular o la “minucia” (que exaltaba rasgos individuales). La paradoja ronda el género y quizás en ello radica la modernidad, precisamente, de una viñeta biográfica como la que tenemos en la carta de Enríquez de Zúñiga: empapado de referencias bíblicas y literarias, que aspiran a lo paradigmático, el texto se impregna de lo más cotidiano o doméstico a través de la figura de la minúscula perrilla que le alegraba los días. Para entender más acerca de los perros y su carácter de animal de compañía en la época, Gómez Canseco dispone su estudio preliminar en cuatro partes: en la primera se esboza la trayectoria intelectual de Enríquez de Zúñiga; luego se desarrolla la vasta tradición literaria (que se remonta a los griegos) de celebrar la relación entre los hombres y sus animales (con ilustraciones de la temprana modernidad que dan testimonio del fenómeno); el tercer apartado es un análisis del tema de la carta y sus argumentos; la última sección se dedica a identificar y comentar algunas de las fuentes del texto. A continuación, Gómez Canseco nos ofrece una edición pulcra de la carta, cuidadosamente anotada. 

La carta de Enríquez de Zúñiga rezuma un amor que no dejaba de ser culposo, ya que el afecto por un animal debía pasar por el filtro de la razón humana y también por los escrúpulos cristianos (que lo consideran inferior al que se debe sentir por el prójimo). Además de ello, conviene recordar que los perrillos de falda era un tema frecuente de la sátira, sobre todo enfocada hacia las damas frívolas que se apasionaban por ellos y los trataban como niños caprichosos; Salas Barbadillo les tenía particular inquina y su dardo satírico no deja de mencionarlos. Por todas esas cosas, no es de extrañar que la carta, con todo su tierno amor, incluya una retractación final en la que el sujeto se reconcilia con la moderación que recomiendan tanto la religión como la filosofía (tal cual don Quijote debía recuperar la cordura al acabar el libro, diríase). Quedan, sin embargo, páginas emotivas en torno a un tema tan minúsculo (ya que en ello residía parte de la belleza de su mascota, según confiesa) que el amor de aquel anciano (pues tenía más de ochenta años al firmar la carta) se siente tan vivo como si la carta hubiese sido escrita ayer en un muro de Facebook y no hace cuatrocientos años. 

«Recuerdos de infancia y juventud» del Inca Garcilaso

Luego de varios años, logré adquirir un ejemplar de Recuerdos de infancia y juventud, antología de textos del Inca Garcilaso de la Vega que preparó y prologó Raúl Porras Barrenechea. Publicado en 1957 por el Patronato del Libro Peruano, bajo el auspicio de la Casa Grace y la hacienda “Huando”, el librito es una rareza bibliográfica, aunque todavía pueden hallarse algunos ejemplares en el centro de Lima por un precio ridículo. El garcilasismo de Porras que propició esta antología prosigue el planteamiento de José de la Riva-Agüero y la denominada escuela hispanista que, en las primeras décadas del siglo XX, en polémica con el auroral indigenismo, veía en el Inca Garcilaso al primer peruano. Desde la perspectiva hispanista, Garcilaso, como mestizo cultural y racial, habría superado los conflictos de encontrarse entre dos mundos a través de su nueva identidad, la cual habría quedado grabada en su magna obra y esta a su vez habría dado forma, precisamente, a la peruanidad.

Parte de ese discurso lo consolidó Porras con varios trabajos (exhumó documentos, editó la Descendencia de Garci Pérez de Vargas y hasta rescató la casa de Garcilaso en Montilla) y lo plasmó literariamente con esta antología. Recuerdos de infancia y juventud difunde la lectura de la obra de Garcilaso como producto del primer peruano mediante una cuidadosa selección de fragmentos en los que el historiador cuzqueño apela a evocaciones de su vida en el Perú (partió a España poco después de cumplir los veinte años y allí vivió medio centenar más). Los fragmentos seleccionados entrelazan memoria personal y discurso historiográfico: el testimonio de los antiguos (la parentela indígena, aquellos que lloran a sus antiguos reyes) es refrendado por la voz del testigo que, muchísimo tiempo después y lejos de la patria, puede hablar en primera persona de esos mismos lugares o de lo que alcanzó a ver de ellos. Los capítulos que dispone Porras giran en torno a descripciones de ciudades y monumentos, organización social y económica y algunas costumbres; todo acaba siendo registrado alrededor de experiencias propias: a tal conquistador Garcilaso lo conoció, o esa momia alcanzó a tocarla, las ruinas de ese templo fueron visitadas por él, etc. Si a todo ello se suma una prosa burilada, de lo mejor de la lengua del Siglo de Oro, estos Recuerdos de infancia y juventud constituyen un artefacto literario deleitoso.

El hispanismo de Porras no está exento de problemas. Aunque aspiraba a ser constructiva, su visión de un Perú mestizo consiste en asumir una basa indígena sobre la cual se erige una sociedad con primacía de lo hispánico, con religión católica y una organización política y social de tradición europea. En el contexto de multiculturalidad actual y la valoración de la diferencia, dicha visión puede resultar limitante o de plano cuestionable. En sus textos prima la visión estereotipada que encuentra en Garcilaso una actitud de timidez o silencio que tiende a identificar con lo indígena, tal es la presunta “tristeza india” que observa Porras en su prólogo (p. 11). Se trata de un rezago modernista que se encuentra en un poema de Chocano, por ejemplo, el famoso Quién sabe, señor, en el cual se plasma la imagen del indígena como taciturno y hermético frente al criollo. Sin embargo, al mismo tiempo Porras ofrece una interpretación romántica (que cree a pie juntillas que la voz del historiador corresponde a la persona de carne y hueso) de Garcilaso como exponente del tópico desengaño barroco frente al fracaso de sus pretensiones cortesanas de antaño, las cuales intentaría paliar con la memoria de sus antepasados indígenas y la gesta heroica de su padre y sus compañeros conquistadores. Esto último (el homenaje a ambos lados de su parentela) es indiscutible, romanticismos aparte, por lo que la conclusión de Porras no ha perdido vigencia: “Inútil, por esto, querer explotar a Garcilaso, en pro de una u otra tendencia exclusiva. Es indio, para los que quieren hacerle únicamente español, y se descubre hispánico, cuando intentan dejarlo únicamente como indio” (p. 15). La afirmación siguiente sí me parece algo más discutible: “En realidad, él representa la eclosión del alma peruana y encarna la fusión o el abrazo de las dos razas formadoras del espíritu nuevo del Perú”, pero ese ya es un debate aparte: pertenece a la polémica de la peruanidad y no a la obra de Garcilaso propiamente dicha a inicios del siglo XVII.

Las librerías de otra vida

Cuando yo era más joven, antes de Amazon, Iberlibro y páginas semejantes, la adquisición de libros era algo muy diferente. Había que caminar, pasearse por estantes, ver las portadas, abrir algunas páginas, ir recogiendo, seleccionando, tocando y abriendo los libros como quien escogía fruta o vegetales. Había librerías de libros nuevos y librerías de libros viejos. Estas últimas eran mis favoritas, porque siempre podías encontrar una perla entre rumas de títulos inútiles. Además, en ellas no había empleado alguno que te importunase queriendo echarte una mano con un título: disculpe, ¿le puedo ayudar en algo? ¿busca algún título en especial? Eso te decían todos los empleados de las librerías de libros nuevos, acostumbrados a clientes que nunca habían entrado a una librería o que ignoraban el canon. Y se volvía entonces una muletilla nuestra responder: nada, estoy mirando, pues, aunque al final uno comprase algo, no tenía noción al entrar de lo que iba a adquirir. En cambio, los empleados de librerías de viejo eran casi inexistentes, descuidaban su trabajo, se quedaban sentados en un rincón, apáticos y nunca te preguntaban nada sobre tu interés por haber entrado a su negocio. Yo creo que nos comprendían mejor. La verdad es que ambos tipos de librería están desapareciendo y esta entrada aspira a ser un sencillo homenaje a algunas que ya no existen y las pocas que aún subsisten.

Las visitas a librerías de viejo, las más interesantes, tenían algo de arqueología y aventura, si, como era mi caso a fines de la década de 1990, había que desplazarse hasta rincones sucios y pocos recomendables del centro de Lima. Creo que de hecho usé el plural nosotros en el párrafo anterior porque esas visitas fueron, la mayoría de veces, al menos en mi recuerdo, experiencias en compañía. Amigos de esa época, bibliómanos empedernidos, como Eduardo Tarazona o Tito del Piélago, el gran Tito, me acompañaban y no era raro acabar almorzando juntos luego de una mañana en el pasaje Malambo o Malambito, como decían entonces, o, más arriba, por el entonces jirón Quilca (nadie lo llamaba bulevar Quilca entonces, ese nombre es posterior y más bien de neófitos). Eduardo Tarazona iba a una mesa donde se apilaban caóticamente ejemplares pasados de Hueso húmero, escogía unos cuantos (porque uno contenía un cuento raro o poemas inéditos de algún poeta que le interesase) y decía graciosamente al vendedor: maestro, ¿a cuánto me deja estos huesos para hacer sopa?

Estos recuerdos surgieron a propósito de una visita reciente a esos rincones de soledad y pobreza del centro de Lima, el cual encontré más ruinoso que nunca. Las librerías de viejo, en puestos sencillos dentro de locales sucios y descuidados, gozan de buena salud (felizmente), mientras que las librerías de libros nuevos que yo conocía murieron todas. La Plaza Francia está en refacciones y, cual Quevedo en Roma, busqué en esas calles alrededor lo que ya no había. En esa plaza había una librería Studium, una de las librerías más prestigiosas de la Lima del siglo XX, a la que ibas a comprar los libros que te pedían en el colegio y otros materiales didácticos (el nombre en latín le daba esa autoridad entre los padres, creo). Era elegante, como todo el edificio que la albergaba, e inclusive tenía una fuente. Callejeando, ya en la otra plaza cercana, la Plaza San Martín (donde tantos políticos dieron discursos eminentes décadas atrás y las masas se agitaban), en la calle Belén, a algunos metros del Club Nacional, se encontraba una de las sucursales de la librería Época. Aquella sucursal, para cuando yo la conocí se encontraba camino de la extinción, ya que le mandaban las sobras de los locales más visitados, que eran, de lejos, el de la avenida Pardo (donde adquirí, entre otras cosas de Alfaguara, los Cuentos completos de Onetti) y el de Comandante Espinar, junto al óvalo Gutiérrez, donde ibas a comprar los libros de francés para estudiar en la Alianza Francesa (tenía un ascensor para acceder a esa sección, la de libros en otras lenguas). Por lo que sé, este último local aún subsiste (y debe ser el último en pie), mientras al de Pardo lo vencieron los años y la competencia, imagino, de librerías más populares (como Crisol, que siempre me pareció una cosa de nuevos letrados, entregada a los libros de autoyuda y otras cosas fáciles). Otro local inexistente más para llorar, como imaginando la estatua de Mario que dice Quevedo: el que tenía la librería La Familia en la avenida Tacna; allí adquirí Duque de José Diez Canseco (en la colección de Biblioteca Peruana de Peisa, auspiciada por la dictadura de los setenta) y, de una pila tristísima de ejemplares que nadie había comprado diez años atrás, Los vestidos de una dama de Alonso Cueto (autor cuyas obras nadie había llevado al cine por entonces). Recuerdo que, hasta 2019, había una sucursal de La Familia en Cuzco. ¿Qué habrá ocurrido con ella?

Fuera del Perú, he aquí una lista de librerías de otra vida que también siguieron nutriendo mi vocación de lector y aspirante a plumífero. Pienso en la FNAC de Sevilla, adonde me escapaba algunas tardes durante el semestre que viví allí (volví hace dos años y descubrí que ya no existía). La otra notable y más romántica, porque era un negocio local, era la inolvidable Parnasillo de Pamplona, la cual cerró hace unos años. Allí adquirí varias ediciones filológicas que aún empleo y pasé varias tardes solitarias cuando era como un explorador en mi nueva ciudad. Más tarde, en Chapel Hill, encontré otra librería entrañable, The Bookshop, que en realidad estaba camino de Carrboro. En ella encontré otras perlas, como las antologías de prólogos de los siglos XVI y XVII de Alberto Porqueras Mayo. Volví a Carolina del Norte en 2018 y descubrí que tampoco existía ya. Finalmente, una librería en Ítaca que todavía sigue en pie, Dios sabe hasta cuando, y que me brinda ese disfrute, de otro siglo, basado en husmear, pasar los dedos por páginas amarillentas y esperar, de vez en cuando, una sorpresa: Autumn Leaves (pues The Bookery, ay, cerró en 2019). Las librerías de viejo nos brindaban ese placer del hallazgo que los catálogos en línea difícilmente transmiten. No, no es igual, nunca es igual.

“Utilidad de las desgracias y otros textos” de Fernando Aramburu

Este verano adquirí en una estación de tren Utilidad de las desgracias y otros textos, compilación de artículos breves de Fernando Aramburu publicados en los últimos años en el diario El Mundo. De Aramburu solo he leído Patria, vasta novela que catapultó a un novelista más bien discreto (premiado y reconocido, cierto, mas no famoso) a la categoría de ­best seller, con serie de HBO incluida. Aramburu lleva muy bien la popularidad y eso es de felicitar. No dejo de pensar que la condición de expatriado (reside en Alemania hace décadas) le ayude a mantener la serenidad de escritor a tiempo completo sin meterse en berenjenales agotadores.

Utilidad de las desgracias y otros textos reúne básicamente reflexiones, alrededor de temas muy diversos, que nutrieron artículos dominicales de la extensión de una página de diario. Algunos son eminentemente circunstanciales y otros son más bien inactuales, pero no por ello menos relevantes. En el cintillo con el que vino mi ejemplar se lee que son “textos literarios” y, considerando su buena factura estilística, así como su gusto atinado para la selección del material y el análisis, estoy de acuerdo con el rótulo. Los textos se distribuyen en seis secciones. La primera, Recordar una vida, está dedicada a memorias de infancia y juventud. A propósito de esa mirada a años mozos, el autor reflexiona sobre el cambio de paradigmas, tanto en la pedagogía (“Bofetadas en el colegio”, sobre la violencia como método en las antiguas escuelas), como en la sensibilidad actual (“Nosotros y los animales”, acerca de la humanización animal, que Aramburu atribuye a las películas infantiles). Destaco igualmente la nostalgia del texto “Zaragoza hacia 1980”, evocación de sus años universitarios, que queda bellamente impregnada de educación sentimental, la de dos muchachos que venían, como dice Aramburu, de Ñoñostia, cual señoritos decimonónicos. 

La segunda sección, No olvidar el dolor de los demás, recoge artículos que se ocupan del espinoso tema de la violencia terrorista, la memoria y el perdón. Aramburu recupera figuras que supieron defender el sentido de la vida en medio del conflicto vasco en sus años más duros, como María Teresa Castells (librera) o Raúl Guerra Garrido, novelista y farmacéutico que, amenazado por la banda terrorista (la cual destruyó su farmacia), supo resistir en un clima de miedo. Otra nota sobresaliente (la que abre la sección) es la destinada a José Antonio Pardines Arcay, el guardia civil gallego que es considerado la primera víctima mortal de ETA, así como de la sucia propaganda de la banda terrorista (que lo hizo “peón simbólico del franquismo”, como dice Aramburu). La sección se cierra con “El perdón como terapia”, que puede ser una buena síntesis de la visión de Aramburu en torno al manejo de la memoria del conflicto vasco.

La siguiente sección es Disfrutar del presente, en la cual se reúnen artículos sobre la vida cotidiana actual del escritor: conocemos más de cerca algunas de sus aficiones, como el aprecio por la soledad (cosa que comparto), el disfrute de los paseos por Madrid (ídem), así como algunas estampas de viaje (como una visita a Palermo, Italia o su paso por el fascinante cementerio de Recoleta, en Buenos Aires). La cuarta sección, Entregarse a un oficio, encierra reflexiones alrededor de la vida de escritor a tiempo completo. Encontramos artículos tan personales como sus experiencias en presentaciones públicas (como sesiones de firmas de libros o conferencias), con qué instrumentos se escribe (pluma, máquina de escribir, ordenador), las casas de los escritores o las celebraciones de premios literarios (como el evento del Biblioteca Breve).

 Si las dos secciones antes referidas parecen demasiado circunstanciales o de tipo anecdótico, las dos siguientes revelan la sólida formación literaria y la experiencia docente de Aramburu, ambas producto de las décadas y el esfuerzo personal. Apasionarte con la lectura incluye notas literarias (con intuiciones e ideas interesantes) sobre bibliotecas (“Una vida en libros”) y títulos como Nada de Laforet, San Manuel Bueno de Unamuno o Lolita. También destaco una aguda nota sobre la cita como recurso de autoridad y el elogio de poetas contemporáneos como Rosa Berbel (joven poeta) y Eloy Sánchez Rosillo. Al hilo de estos elogios, rescato también el postulado de Aramburu, según el cual la poesía no se encuentra necesariamente sujeta tan solo al poema como forma textual (en “Necesidad de poesía”). Luego, en la sección Creer en la educación, Aramburu recoge reflexiones fundadas en su experiencia como profesor de español de niños y adolescentes en Alemania (ejerció el oficio veinticuatro años) y en sus propios recuerdos de cómo fueron sus años escolares entre los sesenta y setenta del siglo pasado (como en “Un maestro crucial”). Sobresale “Elogio del aburrimiento”, una defensa de la ausencia de estímulos (tan abundante en los tiempos que corren) como germen para desarrollar la creatividad. 

Finalmente, la sección Extraer algunas certezas recoge textos que pueden ofrecernos más de cerca algunas convicciones y postulados de vida de Aramburu, como el reconocimiento del tiempo de las mujeres (en el divertido, por lo irónico, “Lamento del varón”), una semblanza de la prédica de Martin Luther King Jr., su forma de participar en redes sociales, o un texto como “Lecturas omnívoras y lecturas veganas”. En este último Aramburu diferencia entre los que leen de todo (los omnívoros) y los que se restringen (como veganos) por razones éticas alrededor de la vida del autor (lo que ahora conduce a la cancelación cultural). También me llamó la atención un hermoso texto sobre los perros (“Ventajas de un alma con pelo”). Por último, el texto que da título al libro y lo concluye (“Utilidad de las desgracias») apunta a lo más cercano a una filosofía de vida, que abraza un saludable estoicismo. Con este texto, junto a tantos otros de esta agradable antología, nos queda la imagen de Fernando Aramburu como un hombre de una vida serena, dedicada al cultivo de las letras y hecha de satisfacciones sencillas. Su voz rehúye de la afectación, si bien sus planteamientos siempre son firmes. Sin aspavientos, se presenta más como un observador que como un escritor engagé de los de antes, lo cual es un alivio y reconforta al lector igualmente discreto.

“Los nombres propios” de Hugo Fontana

La última novela de Hugo Fontana, Los nombres propios. Emir Rodríguez Monegal, confirma la vitalidad y la innovación en el extenso legado de la novela policial en el Río de la Plata. Dicha tradición de experimentación con la novela negra (que se remonta a Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y Juan Carlos Onetti) alimenta varios libros de la extensa producción de Fontana. Como el autor de La vida breve, Fontana ha consolidado un espacio imaginario autónomo (Lavanda, préstamo igualmente onettiano) con personajes que van y vienen entre una historia y otra, estableciendo un marco temporal extenso, con el periodista Lamas como eje, cual cronista o testigo de la comedia humana rioplatense, acompañado de la figura del investigador que se aburre, quien en Los nombres propios es Núñez. Estas son algunas impresiones iniciales e ideas al calor de una lectura reciente.

Así como ocurría en Para una tumba sin nombre La muerte y la niña, el misterio del crimen se convierte en Los nombres propios, a la larga, en una excusa para desatar una trama de infidencias, embustes y, sobre todo, la imaginación de una pareja de personajes ficcionales (Lamas y Nuñez) que son autoconscientes y hacen guiños al lector (como solían hacerlo Díaz Grey y el comisario Medina). Las dos historias que se yuxtaponen en Los nombres propios son, respectivamente, el asesinato con un martillo de un profesor universitario de provincias (Esteban Austin, enfermo de literatosis, tanto como su supuesto asesino) y la posterior investigación (ociosa y sin ganas) que no concluye gran cosa, la cual es observada y desmenuzada por Lamas y Núñez; y la reconstrucción (a partir de los materiales recopilados por Austin) de la vida y obra de Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), crítico literario y cultural de la renombrada Generación del 45 (a la que él mismo bautizó), el cual habría sido víctima de una especie de cancelación cultural secreta en el entorno intelectual uruguayo, a causa de las viejas rencillas que se remontan a los tiempos de la Revolución Cubana y los mandarines del Boom latinoamericano (siendo él mismo uno de los tales).

Así, la novela nos ubica en un momento clave de la historia de la literatura latinoamericana: la de su plena madurez y su descubrimiento como fenómeno global (con Emir como embajador suyo en Francia y luego en Estados Unidos), de la mano de la promesa de cambio social que trajo la gesta de Castro y el Che Guevara para la intelectualidad de su época. Los nombres propios no se conforma con ser un canto de cisne, naturalmente, y si guarda algo de nostalgia (¿quién no la tendría frente a esos autores y libros que son nuestros primeros clásicos latinoamericanos?), esta no se encuentra exenta de crítica: la agitación de la Revolución Cubana y sus ideales inspiraron un control ideológico que puso a prueba a varios de sus seguidores en la trinchera cultural. Bajo el terrible lema de “Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”, se observa cómo, en la urgencia de la crítica engagée, las personas más admirables pueden tener detalles mezquinos, al calor de los sueños y, por qué no, el prestigio de los premios y las capillitas intelectuales de ayer y aún hoy. Es el apasionamiento que lleva a Ángel Rama a llamar “gusano” a Monegal, por no plegarse a revolución sin cuestionamientos; a Cortázar a pedirle permiso a Fernández Retamar para publicar en una revista no alineada (Mundo Nuevo, la revista de Emir); a un puñado de soñadores ideologizados a censurar públicamente a Neruda por recibir un homenaje en el Perú gobernado por un presidente de centroderecha; o a que varios soslayen la infame carta de Padilla. 

Estos episodios, vistos a la distancia, son testimonio de otra vida, de otro tiempo, el de ese Mundo Nuevo que Monegal y sus coetáneos pensaban estar forjando con su trabajo. De la mano de evocaciones, fragmentos, imágenes y reflexiones, la figura de Emir sobresale como la de un sujeto no menos apasionado que sus compañeros, pero que compartía algo del dandismo escéptico que lo emparentaba con los antihéroes onettianos (a los que estudió con tanto ahínco) y hasta lo hacía empatizar con el lado bohemio de Neruda (que era un honorable comunista de salón, como lo llamaba Sábato). Con sus tres esposas y amoríos de toda laya, Monegal se hizo fama de libertino (para horror de los que soñaban con el hombre nuevo), aunque, pensándolo bien, todo lo que sabemos de él provoca muchas más preguntas que certezas. 

Digo esto último porque Los nombres propios remite, en última instancia, a la pregunta por la identidad individual, la cual pasa por la búsqueda de la figura del padre (en Monegal, en Borges, pero también en la figura detrás de la trama, en la mano que mueve la pieza en el juego del ajedrez, la pregunta por Dios, al fin y al cabo) y aquel intersticio entre la realidad y la ficción o lo que vivimos y soñamos, lo imaginario, por último. En esa medida, la crítica literaria resulta una rama de la literatura o un subgénero de ella misma: decía Emir que escribiendo sobre libros y autores estaba escribiendo su propia biografía, trazando su propia línea vital, alrededor de sus intereses, obsesiones y miedos. No deja de ser cierto aún ahora para cualquier aspirante a crítico literario (y ni qué decir para los mandarines). Emir analizaba a Borges, Neruda, Onetti, Rodó o Bello a la caza de las certezas sobre sí mismo que de otra forma no hubiera podido indagar. No por nada la novela acaba con tres evocaciones de Joaquín Rodríguez Nebot (hijo de Emir), la última de las cuales recuerda la fascinación de su padre por Blade Runner, una de las últimas películas que quizás alcanzó a ver en su vida: precisamente una historia de vidas soñadas (otra vez Borges), que plantea la misma pregunta obsesiva por el padre y por lo que nos hace humanos y reales (nuestro origen, nuestro miedo a la muerte). La muerte de Emir, con su matrimonio in extremis, rodeado de ejemplares de Marcha (parte de su legado para el archivo) y su vasta biblioteca (como Borges soñaba vivir), recuerda igualmente la imagen de las lágrimas en la lluvia de aquella película: todos los debates, todos los viajes, todos los amores se difuminan, se mezclan con los hechos de otros, sus rivales, sus aliados y hasta sus contemporáneos indiferentes.

Junto a la pregunta sobre la identidad de Emir (la del crítico literario como figura o personaje, en todo caso), Los nombres propios también explora, con los empeños del finado Esteban Austin, aquel ya vetusto archivo (González Echevarría dixit) del Boom, que ahora es un cementerio de elefantes. He allí el sentido, creo, del apellido del investigador: Austin, en Tejas, es una ciudad íntimamente relacionada con la historia de la literatura latinoamericana (particularmente con Borges, otro de los autores fetiche de Emir), a través de su señera universidad (he allí la biblioteca, el archivo, la pregunta cuya respuesta podría estar en algún anaquel perdido). Identidad colectiva entonces (tal era la pregunta de obsesionaba a Rama, rival de Emir, recordémoslo) e identidad individual se discuten en ambas líneas narrativas, sabiamente conducidas por un narrador omnisciente e irónico que mantiene una estructura asimismo bimembre en cada capítulo. Por esta esmerada composición, por su buena prosa y sus personajes inolvidables, Los nombres propios es una novela sobresaliente, a la altura de las que nos tiene acostumbrados Hugo Fontana: un texto sobre las preguntas clave de la literatura y su relación con la vida, el homenaje a un crítico eminente y a través de él a todo el panorama cultural rioplatense que forjó la literatura latinoamericana contemporánea.