“El húsar” de Arturo Pérez-Reverte

obra breve.jpgEn una entrevista para RNE, Manuel Ventero se dirigía en los términos más elogiosos a Arturo Pérez Reverte, en tanto escritor canónico, miembro de la RAE y con todas las medallas colgadas. Al referirse a sus orígenes literarios, el periodista se refiere a su primera obra, El húsar, compuesta en 1983, como una novela muy buena, pese a que no tuvo la menor repercusión en su momento. Pérez-Reverte, lúcido y cazurro, tras decir que, en efecto, “nadie le hizo ningún caso ni a esa[El húsar] ni a la segunda [El maestro de esgrima]”, le comenta: “Me lo han dicho ahora [que es muy buena novela], pero ahora ya me da igual. Pudieron decírmelo entonces, que me hubiera hecho un poco más de falta”. La mayoría de lectores de Pérez-Reverte conoció El húsar en el texto que aparece en el volumen de textos reunidos bajo el título de Obra breve/ 1 (1995), la cual perdió el dígito en ediciones más recientes y circula como Obra breve a secas. También corren actualmente ediciones sueltas de El húsar, aunque con la indicación de que se trata de una “nueva edición revisada por el autor”.

Volví a leer la Obra breve/1 en un viaje en avión, como quería Donoso que lo leyeran en sus últimos años. Revisé el prólogo apasionado de Rafael Conte, quien reconocía los valores de El húsar, pese a que, como ya sabemos, es un texto discreto, destino común a las primeras obras de un autor, por más consagrado que sea después: ocurre con Los jefes de Mario Vargas Llosa, La hojarasca de Gabriel García Márquez o el primer cuento de Onetti (“Avenida de Mayo- Diagonal Norte- Avenida de Mayo”). Sin embargo, el primer texto cobra sentido en la extensión de una obra, es decir un conjunto de textos que presentan un universo particular, un estilo consolidado y un progreso. De El húsar se puede decir que anuncia, en embrión, todo lo que Pérez-Reverte escribiría años después.

Rafael Conte considera El húsar un ejercicio de estilo, una demostración de recursos e intereses narrativos de un escritor que empieza. Yo agregaría que es una síntesis de propósitos, tanto temáticos como diegéticos. Lo primero que llama la atención es su sólida estructura, con un buen manejo del tempo narrativo y la elipsis: todas las acciones se desarrollan en el lapso de un día. Esta brevedad del tiempo interno es el que permite definir El húsar como relato extenso en lugar de novela corta. Quizás lo único que se extraña, porque escasea, es el matiz irónico que suele poseer el narrador de Pérez-Reverte cuando aborda temas heroicos, cuyo ejemplo mayor es La sombra del águila. El narrador de El húsar tiene un estilo sobrio y nunca pierde el estribo, lo cual delataría el carácter primerizo de su autor, quien contaba al momento de su publicación con 32 años.

El tema de El húsar es la decepción frente al romanticismo bélico. Para que quede claro, el narrador repite, quizás excesivamente, aquello de “la gloria” como la gran meta del protagonista, el joven estrasburgués Frederic Glüntz, quien se encuentra en una convulsa España como parte del ejército invasor francés. Desde la noche previa al combate, Frederic acumula ansiedad y deseo de entrar en batalla para demostrarse a sí mismo que es un valiente y volver a su ciudad natal vuelto un héroe: para lograrlo, debe ser fiero e inmisericorde, como buen húsar, en la primera carga, tan soñada por él. Conforme transcurre el día, la guerra muestra a Frederic su lado más cansino, vulgar y sucio: los húsares se aburren esperando, se cuentan las crueldades de las guerrillas españolas, que no respetan ningún principio de honor, y la batalla, en la práctica, es caótica, ruidosa, sin arte ni distinción para nadie. Toda la arrogancia de Frederic, quien triunfa en su primera carga, se viene abajo cuando enfrenta a los lanceros españoles que arrasan con él y sus compañeros. Su desengaño queda manifiesto en su transformación física: el joven rubio y guapo se convierte en un monigote, con el rostro hinchado y débil por la fiebre, monstruoso y con el uniforme embarrado. La derrota del joven es contrastada con la del viejo húsar moribundo al que se encuentra en su huida: este último, veterano escéptico, sabe que así es el final de todo soldado, mientras que Frederic experimenta la decepción de sus ensueños juveniles. Entonces recuperamos el iluminador epígrafe de Louis Ferdinand Céline (testigo desengañado de la Primera Guerra Mundial) para comprender a cabalidad el escepticismo de la escena, que se transmite entonces al texto todo.

¿Qué significa ser un héroe, entonces? ¿Cuál es la verdadera gloria? Quizás sea mirar a la muerte directamente a la cara, sin miedo, cuando viene a buscarte. Para tener esa seguridad hay que haber vivido mucho o al menos lo suficiente para sentir esa “cansada indiferencia” que atribuye el narrador a Frederic al ver llegar a los campesinos con sed de sangre francesa. Así debe morir un guerrero; tal como fantaseaba el melancólico Juan Dahlmann del cuento El sur. Este tipo de final, en que el protagonista enfrenta la muerte inminente, lo recrea Pérez-Reverte en la última página de Un asunto de honor, aunque aquí el tratamiento es distinto: el héroe, aquel camionero ex convicto, Manolo Jarales, pelea por el amor de una joven a la que piensa proteger con su propia vida y no lo mueven ni la vanidad ni nada parecido a la gloria. Solo por ello, su muerte se salva de ser absurda como la del joven Glüntz.

Finalmente, El húsar, Un asunto de honor o La sombra del águila son textos que examinan el significado del heroísmo. El primero lo hace con una sobriedad de aroma realista decimonónico; el segundo con un naturalismo casi de comic; el tercero echando mano de la caricatura y el esperpento. Los tres se encuentran en ese volumen de Obra breve que se complementa con un cuento como “La pasajera del San Carlos”, un ameno entremés, y un puñado de artículos (bajo el título Sobre cuadros, libros y héroes) imprescindibles para comprender el arte poética de Pérez Reverte: “La fiel infantería” nos remite a lo que, muchos años después, será El sol de Breda, “Cuatro héroes cansados” nos lleva a El club Dumas, “Ladrones de guante blanco” explica El tango de la guardia vieja, etc.

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“Banco” de Henri Charrière (la continuación de “Papillon”)

13849212Papillon (1969) fue un best-seller que se difundió ampliamente en Hispanoamérica en la colección de la colombiana Oveja Negra, junto a otros títulos como Raíces o Los doce del patíbulo. Lectura muy popular entre las décadas de 1970 y 1980, mereció una adaptación cinematográfica en 1973, dirigida por Franklin Schaffner (el mismo director de El planeta de los simios) y protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman. Quienes hayan leído el libro y visto la película reconocerán diferencias notables, mayormente producto de la necesidad de comprimir un texto de más de medio millar de páginas en dos horas. Papillon es un libro de aventuras sumamente efectivo, que se lee de un tirón y cuyo héroe se nos vuelve inolvidable a costa de arriesgarlo todo por escapar del severísimo presidio de la Guyana Francesa: episodios como el de la isla de las Palomas, los siete intentos de fuga de la prisión de Barranquilla, la estancia en Georgetown, el cerdo del indochino Cuic Cuic que guiaba a los hombres en las arenas movedizas o las tres islas de la Salvación (Royale, San José, La Isla del Diablo) quedan por siempre en la imaginación del lector como imágenes nítidas de la aventura. El aliciente del libro, y que formaba parte de su esencia, era que se trataba de una historia real o al menos eso alegó su autor hasta su muerte. Por ello, Papillon supuso la fama inmediata de Charrière y con ella vino también la polémica: dos libros que él mismo identificaba como los Antipapillon, textos que cuestionaban la veracidad de sus hazañas.

Dicho esto, contaré que cayó en mis manos hace un tiempo Banco, que se subtitula La continuación de Papillon, es decir la segunda parte de la historia del prófugo Charrière, publicada en 1973. Si Papillon acababa con la escueta y triunfante frase del guardia que le quita las esposas (aquel inolvidable “¡Sois libre, francés!”), Banco se ocupa de narrar cómo un expresidiario sale adelante en un país extraño que lo acoge y al cual se ha prometido respetar. Este libro cuenta menos aventuras convencionales, por lo que el hombre de acción de Papillon da paso a un individuo que, intentando ser honesto, debe llevar a cabo toda suerte de chapuzas y empresas para poder sobrevivir; solo relata un amago de robo (aunque él dice que es fuera de Venezuela) que no conduce a nada.

Sin un oficio, un español incipiente y con mucho que aprender sobre la sociedad venezolana, Papillon busca oportunidades de ganar dinero pronto y en grandes cantidades, ya que desde el inicio nos confiesa su meta: volver a Francia y vengarse de quienes lo acusaron injustamente y provocaron su condena de trabajos forzados a perpetuidad. Hasta imagina los pasos a ejecutar: pondría bombas en los vehículos de los implicados que siguieran con vida, entre ellos el fiscal y el delincuente que mintió en su testimonio. Sin embargo, la venganza se va postergando con la llegada del amor a su vida: Rita, la venezolana de origen francófono, le devuelve la esperanza y lo insta a olvidar su resentimiento para construirse una vida juntos. Junto a esta compañera, Papillon monta negocios que tienen relativo éxito y luego se desmoronan, por un giro en los acontecimientos o una estafa, por lo que su trayectoria en libertad asemeja a la de un Sísifo. He allí el sentido del título de la obra. Banco es un término de las apuestas, en el cual Papillon cifra su afán de arriesgar y luchar por el premio mayor. Cada nuevo plan para un negocio puede ser banco: este sí, el que le permitirá la buena vida que desea, la recompensa final tras haber sufrido tanto.

Con aventuras que no comprometen la vida o la libertad, la narración que nos cautivaba en Papillon se trueca en digresiones y memorias de un hombre que escribe desde la vejez y evalúa su entorno. Nacido en 1906, Charrière fue testigo de un intenso siglo XX, con dos guerras mundiales y la posterior Guerra Fría, así como el surgimiento del Tercer Mundo. En Banco, el francés presenta una crónica personal de los años 60 de Venezuela e Israel. Venezuela, a la que siempre ve exótica, le asombra por su bonanza económica, ya que es testigo de su nacimiento como potencia petrolera mundial, y le pronostica un futuro prometedor. Israel, por otro lado, le fascina por lo que significa crear un país totalmente nuevo con gentes venidas de muchas partes.

Banco también ofrece algunas reflexiones del autor sobre la recepción y el significado de Papillon, libro aparecido en mayo de 1969, cuando todavía se respiraban los aires frescos de rebelión de Mayo del 68, según el mismo Charrière: en ese clima de cuestionamiento de las normas sociales, que se consideraban caducas, Papillon es recibido como la denuncia de un sistema penal que destruye todo lo bueno que puede haber en el hombre y un grito de libertad. Charrière emprendió una campaña intensa de publicidad de su obra, con entrevistas y presentaciones públicas que lo hicieron sentirse reconocido en su país, integrado y aceptado por los intelectuales y escritores. De esa forma, redimido, en última instancia, por la sociedad que lo excluyó. De la mano de este logro que dignificaba a su autor, Papillon, siempre según el propio Charrière, también tenía un objetivo inicial, básico, que también alcanzó con creces: vender tantos libros que le permitieran jubilarse. Al fin y al cabo, escribir un libro sobre el presidio era una aventura más, la definitiva, para salir adelante: una empresa como las anteriores de las que nos habla en extenso en el libro (trabajar en minas, en la exploración petrolera, en la hostelería, etc.). Henri Charrière murió cuatro años después del éxito de Papillon, en España, adonde se mudó para gozar de la fama de hombre hazañoso y jubilado a la orilla del mar.

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El conde de Montecristo: confiar y esperar

51yZDFSBNJL._SX327_BO1,204,203,200_¿Cuántas veces se ha contado esta historia? ¿Cuántas veces hemos escuchado de casos reales que se parecen a ella? Entre 1976 y 1977, un joven militar peruano fue encarcelado por haber pretendido vender información de seguridad nacional a una potencia extranjera. En sus días de encierro, las pocas personas que lo visitaban y escuchaban sus planes de lo que haría cuando lograse salir de allí le otorgaron el mote de El conde de Montesinos. Veinte años después, ese hombre, Vladimiro Montesinos Torres, era poderosísimo y pudo cobrar venganza, a su retorcida manera, de las antiguas afrentas a las que supuestamente lo sometió el ejército.

La historia de El conde de Montecristo es simple y quizás por ello eterna, efectiva y susceptible de simplificaciones como la de aquel infame militar peruano: un individuo virtuoso (joven, talentoso, con un futuro prometedor) cae en desgracia, sufre largos años, logra encumbrarse y, bajo una nueva identidad, se venga minuciosamente de cada una de las personas que lo perjudicaron. Este es el esquema básico y lo vemos en infinidad de relatos antiguos y recientes.  La trama del vengador que vuelve del más allá (porque todos lo dan por muerto) siempre es efectiva. ¿Quién no ha sido víctima de una injusticia? ¿Quién no teme ser descubierto tarde o temprano y tener que pagar por su maldad?

Los detalles que singularizan a la trama original de El conde de Montecristo y que suelen mitigarse en aquellas recreaciones, conscientes o inconscientes, de su historia son dos. El primero es la drástica y múltiple transformación del personaje, dado que Edmond Dantés ya no existe, pues murió (metafóricamente hablando) en el Castillo de If. Quien actúa ahora es el Conde de Montecristo, un sujeto misterioso, hombre cosmopolita, con una riqueza espléndida y un ingenio que no admiten la amistad o cualquier sinceramiento, ya que también es, según convenga, Lord Gilmore (un inglés) y el abate Bussoni (un italiano). El Conde de Montecristo es un millonario solitario, dos características que alimentan el misterio sobre su persona, a la que agrega un cierto orientalismo, como diría Edward Said: sus hábitos y acciones suelen identificarse, por lo sorprendentes y fastuosas, con el mundo exótico de Las mil y unas noches (no por nada su primer personaje fue Simbad El Marino). A su lado, los otros no dejan de sentir que viven constantemente extrañas coincidencias, de allí que el joven Alberto de Morcef le diga, rendido: “Con vos, señor conde, no se vive, se sueña”. En suma, un hombre extraño, fascinante por lo misterioso y por su inmensa fortuna con la que puede comprarlo todo. Para no hacer su riqueza algo violento o grosero, el conde ejerce la sprezzatura, la naturalidad premeditada, artificiosa, para someter suavemente la voluntad de los otros, provocarles miedo o admiración.

El segundo detalle que suele soslayarse en recreaciones es la dimensión religiosa de la obra. El conde de Montecristo va involucrándose en las vidas de los demás, haciendo justicia, siendo generoso con los que le parecen buenos y acorralando a quienes hicieron mal. Mediante sus acciones, se cree un instrumento de Dios, pues la Providencia parece favorecerlo. Montecristo, como hombre, realiza una venganza y hasta alcanza cierta satisfacción, pero su labor se concibe como una misión, la de un “enviado de Dios”: el ejecutante de la voluntad divina de levantar a los humildes y humillar a los encumbrados. Su escudo de armas refleja el sentido de su nombre: el monte de Cristo es el monte Calvario, un lugar de sufrimiento, pero también de redención. El conde identifica su humillación con la de Jesús durante la pasión y su posterior resurrección, que es el camino de la gloria eterna y el descanso junto al Padre. La religiosidad se hace más patente cuando, en la última parte de la novela, Montecristo reconoce que tiene dos padres: el biológico (muerto en la mayor pobreza) y el intelectual (el abate Faria, muerto en la cárcel), a los que identifica, respectivamente, con Dios, quien le dio la vida, y el Diablo, poseedor de la ciencia del bien y del mal.

Al final de novela, Montecristo debe desaparecer y morir para quienes lo conocieron, pues, como escribía Borges en El fin, “cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie”: el arrogante Morcef se suicida, el cruel Villefort enloquece y el avaro Danglars queda en la miseria. Maximiliano Morrell, el hijo de su viejo patrón (quien amparó a su padre en la miseria), recibe toda su fortuna para poder casarse con su amada Valentina, la cual, aunque hija de Villefort, rezuma inocencia. Este desenlace dichoso de Maximiliano es la nota de esperanza para que el lector acabe la novela sin amargura y que el conde de Montecristo se nos vuelva más humano. Aquella inmensa fortuna le permitió jugar a ser Dios en la viciosa París y, como Jesús, venció la muerte, pues le devolvió la vida a Valentina. Precisamente a ella y a Maximiliano les deja un mensaje, que es una interpretación de su vida como el desdichado Dantés y luego el afortunado Montecristo: No hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo. Solo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida. Esto también queda plasmado efectivamente en la marinería que había ejercido Dantés vuelta metáfora de la vida: la nave del mercader, a merced de los elementos, requiere la fuerza, la prudencia y la habilidad para navegar. De allí que, para el conde de Montecristo, la sabiduría humana se cifra en dos palabras: ¡Confiar y esperar! Como él, con inmensa fortuna o sin ella, tengamos fe.

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Holly Golightly o la melancolía como esa vieja creadora de sueños

18913228.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxAudrey Hepburn es una bella contradicción. Su imagen lleva impregnada una alegre melancolía y una sencilla sofisticación. Dijo una vez que “las mujeres felices son las más bonitas” y nadie podría negar que cultivó su belleza siendo fiel a ese principio. Quizás porque solo quien sabe de dolor persigue la belleza y la felicidad con ilusión inagotable. Holly Golightly es su rol emblemático (aunque me plazca mil veces más recordarla como la coqueta Ariane o la serena monja Lux). Absurdo y entrañable, el personaje despierta sentimientos encontrados. Lo que no se puede negar es que todo intento por olvidarlo se esfuma en cuanto suenan las primeras notas de “Moon River”, y  aparece Audrey cantando más triste y bella que nunca.

Desayuno en Tiffany’s, tanto la novela como la película, tiene como consigna el vivir anhelando y, en ese sentido, posee un alto matiz melancólico, si entendemos la melancolía como un estado metafísico de disconformidad o lo que Leopoldo Chiappo entendió como la tendencia a ir tras “un mundo ideal añorado”. Pienso que este fue el factor decisivo de la asociación inmortal entre la actriz y el clásico personaje. En la novela rige hasta el final el anhelo insatisfecho como forma de vida; la película sacrifica este instinto por mostrar a Audrey entregarse rendida a los brazos de George Peppard bajo la lluvia. El director, Blake Edwards, rebajó la sordidez de la historia de la dama de compañía de clase alta para adaptar la novela de Truman Capote a la esencia fragil de la actriz, quien también parecía necesitar ser rescatada de algo (de la guerra, del abandono de su padre, de sus amantes desleales o de sí misma).

La mudanza de temperamento de Holly, que luego de sumirse en la angustia retoma su personalidad lúdica casi sin intervalo, deja ver que la ensoñación funciona en este personaje como refugio antes que como exaltación de la realidad. Los hombres entran y salen de su vida, la ciudad es un patio de juegos solitario y lleno de gente a la vez, hasta que aparece Paul Varjak, tan prometedor. El escritor de una sola colección de cuentos se perfila como un posible compañero de juegos. Es otro melancólico anhelante, salvo que él posee la dosis de realidad de la que ella carece (aunque ella intente escudarse en un pragmatismo cínico: “Si tuvieras dinero, me casaría contigo al instante”). Ahí radica la tensión entre ambos: él se ha cansado de soñar y ve en ella, más que una compañera de aventuras, la proyección de sus más íntimos deseos como escritor y como hombre que, con todo lo liberal de su estilo de vida en aquel momento, no ha echado por tierra ese íntimo deseo de gobernar a una mujer.

Paul parece ser el primer hombre que intenta amar a Holly; su antiguo esposo amaba a Lula Mae, su versión sureña, y el resto solo la ha visto como fina mercancía. Se esfuerza por conocer y amar los detalles de su alegría y de su tristeza, de su lado sofisticado y de su lado de muchacha de campo. Busca respuestas incluso en las medias palabras del duermevela de Holly y no obtiene más que una reprendida: “Si vamos a ser amigos déjame aclararte una cosa de una vez: odio a la gente entrometida”. Quien haya leído a Sándor Márai habrá hecho suya la lección de que entender el amor, en cualquiera de sus dimensiones, como el conocimiento pleno del otro, conduce inevitablemente a la frustración y, en última instancia, al fracaso. La misma Audrey pareció llegar a rechazar a los entrometidos tras varios fracasos amorosos: “Me pregunto a veces si los hombres y las mujeres realmente se satisfacen. Quizás deban vivir separados y visitarse”. El final de la novela de Capote es fiel a esta lógica y por eso la relación falla. Sin embargo, dentro de la ingenuidad del universo de la comedia romántica, esta forma de amor logra triunfar.

El lado vulnerable de Holly debía pesar más que el ímpetu soñador para lograr el final feliz. Baja la guardia, se enamora. Aparece como una versión que acaba por parecerse al arquetipo femenino de la manic pixie dream girl, denominación de Nathan Rabbin para el devoto personaje capaz de solucionar la vida del protagonista masculino al obsequiarle un universo de fantasías que lo inspiran a crecer a costa incluso de la felicidad de aquel (Claire de Elizabethtown fue la inspiración de Rabbin). En la Holly cinematográfica, la angustia existencial la desarma a tal punto que decide exponerse a compartir sus miedos: “Los días rojos son horribles. De repente, uno tiene miedo y no sabe por qué […]. Cuando me siento así, lo único que me ayuda es subir a un taxi e ir a Tiffany’s. Me calma los nervios enseguida. Es tan silencioso y soberbio. Allí no puede ocurrir nada malo. Si encontrara un lugar que me hiciera sentir como Tiffany’s entonces compraría muebles y le daría un nombre al gato”. Holly mira tímida desde fuera aquello que desea para sí, pero no se atreve a ingresar por no sentirse a la altura de ese universo admirado aún, al menos no estando sola. Al compartir con Varjak su búsqueda, le entrega una llave que él aprovechará. Luego entona esos versos capaces de ablandar cualquier corazón bajo la ventana de su huckleberry friend: “Two drifters, off to see the world./ There’s such a lot of world to see. /We’re after the same rainbow’s end” y no hay más dudas de que es una sentimental de frivolidad impostada.

original.jpgEl juego de vivir desenfrenadamente se percibe entonces solo como un paliativo frente al dolor existencial hasta que asalta la conciencia. El final aniquila la potencia del personaje. El infantil modo de Holly, que antes sirvió como escape, se convierte ahora en el refugio de Varjak, quien cada vez se siente más cerca de alcanzar sus aspiraciones como escritor y la disciplina que le hacía falta ahora que desea dirigir la vida de ambos (dudo de que buscara con ella el final del arcoiris). Que Holly decida ser salvada implica rendirse ante sus propios anhelos y conformarse con la realidad, renunciar a la belleza de una vida mejor. ¿De repente descubre que solo es otra muchacha parada frente a un muchacho, deseando ser amada? Chiappo explica que “cuando la melancolía pierde toda su dulzura de añoranza y anhelo del bien queda solo la amargura en la que la noble melancolía se envilece. La experiencia de la vida se oscurece y la idealidad apaga su luz”. La película nos deja un sinsabor al ver cómo lentamente se va apagando esa luz en Holly; no queda espacio para añorar con tanto por enmendar.

En el libro, Varjak es solo una parada en su largo recorrido, sin importar cuánto se esforzó por contener sus instintos. Ni por asomo logra ser tan fuerte para doblegarla o estar a la altura de sus deseos. Ella logra desprenderse del gato, del escritor y de todo lo que la ata a una realidad temible e igual de transitoria que las que vivió antes y probablemente vivirá hasta encontrar su lugar en el mundo, si tal lugar existe, porque “there’s such a lot of world to see”. Varjak quiso conocerla y por eso falló en su intento de amarla. Holly huyó de la idea del amor como prisión, incompatible con la melancolía de su espíritu.

Aunque es evidente, como suele pasar, que la película en conjunto resta a la historia original (y podríamos mencionar fallas de producción y reparto, como lo incómodo que resulta ver a Mickey Rooney de Mr. Yunioshi), es innegable que el personaje de Audrey ha calado. Quizá porque alberga sus contradicciones primordiales. O porque ella volcó dichas contradicciones en él para dar a conocer los matices que escondía tras su eterna sonrisa. Puede que estemos obsesionados con Holly Golightly porque sentimos deseos de rescatar a Audrey de la melancolía y deseábamos un final feliz de comedia romántica que frenara su infatigable búsqueda de un refugio en el mundo. O simplemente porque nos hipnotiza mientras toca el banyo y entona “Moon River” con la voz más afligida y la expresión más anhelante

Giovanna Arias Carbone

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“Kew Gardens y otros cuentos” de Virginia Woolf

woolfVirginia Woolf (1882-1941) es ampliamente conocida por sus novelas, como La señora Dalloway o Las olas, y por su condición de mito literario. Se trata de una figura destacada dentro del feminismo por su ensayo Una habitación propia, así como por las circunstancias que rodean su muerte: un suicidio, motivado por la enfermedad mental, lanzándose a un río con un abrigo lleno de piedras para facilitar el ahogamiento. En años recientes, una película, The Hours, consolidó esta imagen de la escritora entre el público actual. Un libro como Kew Gardens y otros cuentos recupera la prosa más delicada y fantástica de Woolf, y la pone al alcance del lector curioso con estupendas ilustraciones que lo proveen de una experiencia dinámica de texto e imagen.

El volumen, editado por Nórdica Libros, se compone de tres cuentos. Además del que le da título, se encuentran “Una casa encantada” y “La marca en la pared”. Estos relatos hubieran sido considerados cuentos fantásticos por Jorge Luis Borges. Otros posibles epítetos serían únicos o extraños. Se trata de cuentos que rarifican la realidad, la amplían o cuestionan, desde la perspectiva inconforme de un narrador. “Kew Gardens”, mediante una voz en tercera persona, nos presenta escenas múltiples de personajes congregados alrededor de un paisaje, el cual configura una atmósfera de ensueño. “Una casa encantada” nos invita a auscultar varios planos de la realidad y a confundirnos en ellos de manera inquietante. Finalmente, “La marca en la pared” es un monólogo que nos envuelve en una larga divagación, a propósito de un ínfimo detalle que activa la mente del narrador.

Sería fácil etiquetar estas ficciones como escapistas. Más exacto sería considerarlas historias de soñadores o de paseantes solitarios que observan su entorno como quien lee un libro o admira un cuadro. Estos textos, compuestos hace casi un siglo, todavía nos implican, interrogan y fascinan, con la fineza de la literatura que no envejece. De la fantasía romántica hecha de fragmentos en “Kew Garden” o la historia de fantasmas de “Una casa encantada”, nos quedamos con las intermitencias de “La marca en la pared”, esa extraña mancha que adopta cuantas formas quiere ver en ella el narrador, quien empieza a tomar distancia de sí mismo, como cuando se imagina estar frente a un espejo roto:

Supongamos que el espejo se rompe, la imagen desaparece y la figura romántica rodeada de verdes profundidades boscosas ya no está, sino solo la envoltura de la persona tal como la ven los demás… ¡qué asfixiante, superficial, árido e imponente se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos cara a cara en los autobuses y los vagones del metro, miramos el espejo que refleja la mirada ausente y vidriosa de nuestros ojos. Los novelistas del futuro comprenderán cada vez más la importancia de estos reflejos, porque no hay un único reflejo, por supuesto, sino un número casi infinito; estas son las profundidades que explorarán, los fantasmas que perseguirán.

Escritos con una prosa suave y rica en imágenes, vertida al castellano por Magdalena Palmer, los textos de Kew Gardens y otros cuentos son presentados junto a ilustraciones de Elena Ferrándiz que tanto recuerdan a la paleta y el estilo de William Turner, con sus tonos de madera, sombra y niebla.

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“Trilogía del Baztán” de Dolores Redondo

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El último premio Planeta de novela correspondió a Todo esto te daré de Dolores Redondo. Este reconocimiento supone la consolidación literaria de una autora que empezó a llamar la atención de la crítica y el público con las tres novelas sobre la inspectora Amaia Salazar: El guardián invisible (2012), Legado en los huesos (2013) y Ofrenda a la tormenta (2014). Estas novelas se publican ahora reunidas en una caja bajo el título de Trilogía del Baztán. El nombre hace referencia al valle del Baztán, el corazón de la región vasco-navarra que Redondo ha logrado poner en el mapa de la geografía literaria española. El éxito de la trilogía ha promovido el turismo local, pues ahora se ofrece una ruta de Baztán, además de un proyecto cinematográfico que se acaba de estrenar y promete más entregas.

La Trilogía del Baztán se inscribe en el género de la llamada novela negra. Nos hallamos frente a una ficción en la que se plantea una investigación policial que desvela una serie de crímenes espantosos, los cuales involucran la historia de una comunidad, sus orígenes y sus secretos. A diferencia del relato policial clásico, en el que el detective aplica una rigurosidad científica, en la senda de Sherlock Holmes o Hércules Poirot, para resolver un acertijo como en un ingenioso juego de salón; el investigador de la novela negra se encuentra en una atmósfera nauseabunda, en la que cada nuevo hallazgo lo sumerge en un pozo más y más oscuro, frente al cual no puede quedar indiferente. La inspectora Salazar, la detective estrella de la Policía Foral, aplica todos los métodos aprendidos en los cursos del FBI, pero el camino hacia la verdad es confuso o la hiere en la medida en que la remite a su propio pasado familiar, situado en Elizondo, pueblo navarro cerca de la frontera con Francia, al que cruza el río Bidasoa. Este río, también conocido como Baztán, configuraba una deidad natural para los antiguos pobladores del valle. Precisamente, uno de los méritos del universo de Dolores Redondo es haber recreado este espacio mítico de seres mágicos de la tradición pagana, previa al cristianismo, que pervive.

En la narración de Redondo, esta mitología ofrece la lucha interminable entre el bien y el mal que pugnan por romper el equilibrio. Recuperarlo es la misión de Amaia, quien cuenta con la ayuda de su intelecto, pero también de su tía Engrasi, quien se encuentra vinculada con este mundo sobrenatural a través de los rituales, el respeto a los dioses tutelares de la región y la adivinación con las cartas del tarot. Otro apoyo para Amaia es el detective Dupree, compañero de los cursos del FBI, quien desde Louisiana, otra tierra impregnada por la magia, también opera como un mentor y guía para abrirse paso en medio del misterio.

Dolores Redondo conoce los recursos del género que practica y logra atrapar a su lector con una narración ágil, bien documentada y un manejo correcto del diálogo. Sus personajes están bien delineados y sabe llevar al lector por una selva de conjeturas sin que el tejido de la trama se desluzca. Personalmente, tan solo le observaría que algunas escenas de índole sexual rondan el cliché, hasta recordar a ratos la prosa chirriante propia de Cincuenta sombras de Grey. Por ejemplo, el esposo, James, en algún momento es descrito como un atleta griego y el otro personaje masculino que atrae la atención de Amaia, el juez Markina, es descrito casi como un vampiro: rico, elegante, poderoso, joven y bello, aunque siniestro, como un ángel caído. Felizmente, esos fragmentos son cortos y se reducen a una página o menos, desperdigados a lo largo de un texto bastante voluminoso.

Con todo, es seguro que los lectores objetivos de la Trilogía del Baztán, es decir los consumidores usuales de la novela negra o el best seller que esté de moda en las librerías, no se percaten de estos chirridos o hasta encuentren algún mérito literario en ellos. Por mi parte, los observo y los critico, pero reconozco que, en su conjunto, la Trilogía del Baztán cumple con creces las expectativas del género noir: atrapa al lector, lo insta a seguir leyendo y lo deja con la sensación de haberse sumergido en un mundo violento, como pueden serlo las fuerzas de la naturaleza y los seres humanos guiados por sus creencias e impulsos más primarios.

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“La perfecta casada” de Fray Luis de León

1b_perfecta-casada-siglo-xxUna de las pocas obras que Fray Luis de León publicó en vida fue La perfecta casada, la cual vio la luz en 1584, cuando el agustino contaba con 58 años. El libro está dedicado a su prima, María Varela Osorio, a quien expone, con sencillez el retrato de una esposa “perfecta”, es decir sin tachas. Con un método expositivo de raigambre universitaria, Fray Luis comenta un capítulo de los Proverbios de Salomón para ilustrar la conducta que debe seguir la casada. Esta especie de manual puede leerse por su contenido, que aún posee interés cultural, pero además mantiene una prosa burilada que vuelve su lectura especialmente agradable. Su uso de la comparación es uno de los recursos más destacados, por la vivacidad que logra transmitir en el lector. Las imágenes empleadas, generalmente referidas a la naturaleza, se encuentran también presentes en su poesía moral, impregnada de delicado bucolismo. Así, por ejemplo, realiza este retrato de la perfecta casada diligente empleando la comparación con imágenes nocturnas tan familiares para el lector de sus versos:

Y como la luna llena, en las noches serenas, se goza rodeada y como acompañada de clarísimas lumbres, las cuales todas parece que avivan sus luces en ella, y que la remiran y reverencian, así la buena en su casa reina y resplandece, y convierte así juntamente los ojos y los corazones de todos. El descanso y la seguridad la acompañan a dondequiera que endereza sus pasos, y a cualquiera parte que mira encuentra con el alegría y con el gozo, porque, si pone en el marido los ojos, descansa en su amor; si los vuelve a sus hijos, alégrase con su virtud; halla en los criados bueno y fiel servicio, y en la hacienda provecho y acrecentamiento, y todo le es gustoso y alegre; como al contrario, a la que es mala casera todo se le convierte en amargura, como se puede ver por infinitos ejemplos.

La atracción de la vida campestre es fuerte en el maestro salmantino, por lo que cada vez que puede desarrolla fragmentos muy logrados. Cuando elogia a las casadas que se levantan temprano para aprovechar la mañana, nos ofrece su experiencia de los amaneceres. Nótese que aquella luz que “parece ser otra” se aproxima a la “luz no usada” que provoca la música de Francisco de Salinas:

Porque entonces [de mañana] la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes, y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas la coronan de rosas), y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿quién duda hay sino que suena entonces más dulcemente, y las flores, y las hierbas, y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor? Y como cuando entra el rey de nuevo en una ciudad, se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza y como alarde de sus mejores riquezas, ansí los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y, como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno de sus bienes.

El texto de La perfecta casada es una lectura placentera, cierto, pero también es un tratado prescriptivo sobre la conducta femenina compuesto por un intelectual cristiano de fines del siglo XVI. No debe extrañarnos, por eso, que Fray Luis demuestre una misoginia totalmente convencional en su tiempo: “Así como a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender, y por consiguiente, les tasó las palabras y las razones”. El libro alcanzó varias ediciones en su época (la cuarta apareció en 1595) y siguió publicándose hasta el siglo XX, aún con interés moralizante de su contenido. A inicios del XXI, su lectura se mantiene vigente, tanto por su esmerada prosa como por la información cultural que aporta al lector curioso.

La imagen que ilustra esta entrada proviene del interesante texto de Rebecca Bender sobre la perfecta casada en la cultura española contemporánea.

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