“Nadie encendía las lámparas” de Felisberto Hernández

1741051Felisberto Hernández (1902-1964) sobresale por la singularidad de su obra narrativa, impregnada de nostalgia, extrañeza y subjetivismo. El narrador de sus cuentos resulta familiar a fuerza de repetirse: un individuo mediocre, músico para más señas, que anda de gira en provincias, pensando en otra cosa, siempre distraído. A menudo, carga con el complejo de ser un “fracasado”, de ser alguien que no consigue ganar suficiente dinero. ¿Por qué? Porque no es un burgués con sentido práctico. Por el contrario, es un sujeto soñador, fantasioso, que se aburre frente a una realidad plana y llena de metas por cumplir. El mismo desánimo ante la vida diaria es compartida por aquel Eladio Linacero de El pozo (1939) de Juan Carlos Onetti. La diferencia es la naturaleza de los sueños: mientras los soñadores onettianos sueñan con aventuras folletinescas o se sienten en una trama de detectives (he allí a Díaz Grey jugando a desvelar el misterio en La muerte y la niña), los protagonistas de los cuentos de Felisberto Hernández están jugando a deformar la realidad. No buscan reemplazarla por una ficción heroica, sino observarla con unas gafas especiales, que provocan la cosificación de los seres humanos e, inversamente, la humanización de los objetos. Hasta ese extremo llega la rebeldía frente a la abrasiva realidad cotidiana.

Así le ocurre al narrador protagonista de “Nadie encendía las lámparas”: está haciendo una lectura pública de uno de sus cuentos y mientras lo hace se desentiende de su propia obra, se distrae, empieza a pensar en otra cosa y, como resultado, la realidad se vuelve extraña, ajena y el lector se queda perturbado ante personajes que, a la luz de la mirada narrativa, son figuras de guiñol a la merced del narrador. La misma extrañeza nos transmite el pianista de “El balcón”, que no deja de sentir fastidio cuando participa en aquella cena en la que los objetos “pierden dignidad” (según él) cuando son manipulados por personas que son descritas, nuevamente, como guiñoles. Más extraño resulta “Menos Julia”, con su ritual del túnel y los objetos que hay que acariciar hasta descubrir lo que son.

¿En qué reside lo neofantástico en relatos como estos? Identificamos este género literario con lo inquietante, lo que hace que cuestionemos nuestro concepto de realidad. Felisberto Hernández produce inquietud, pero porque ese mundo aparentemente cotidiano en el que se desplazan sus narradores resulta mostrándose distinto, deformado hasta borrar todo su convencionalismo. Hay en estas piezas narrativas una atmósfera casi kafkiana, común a la de textos de Onetti también: los hechos ocurren en “una ciudad grande” o “un pueblo”, sin mayores referentes realistas en la narración. El personaje es rioplatense, o se identifica como tal, pero eso también ya es una marca registrada que Felisberto ayudó a consolidar. Gracias a él, a Macedonio y al propio Jorge Luis Borges, nuestro concepto de las dos orillas del Río de la Plata incluye una dimensión fantástica. Sí, en un sótano de la calle Garay hay un aleph. Sí, es posible, literariamente hablando, que un pianista llore sin razón, se vuelva espectáculo y le conozcan como “El cocodrilo”. O que una chica delirante escriba poemas a su balcón que acaba de suicidarse por sentir celos del pianista con el que ella se encerró el otro día.

Y en estas atmósferas extrañas de Felisberto también es posible también el amor, un amor tan sencillo en apariencia como intenso en la forma en que es asimilado por un narrador que se refugia en la experiencia más íntima que solo se revela frente a la epifanía de un objeto amoroso que le impacta, sacándolo de aquella eterna distracción que embarga una mente tan ingeniosa y elusiva como la suya:

Cuando se hizo muy tarde, llegó a mi casa, junto a mis hermanas, una muchacha rubia que tenía una cara grande, alegre y clara. Esa misma noche le confesé que mirándola descansaba de unos pensamientos que me torturaban, y que no me di cuenta cuándo fue que estos pensamientos se me fueron. Ella me preguntó cómo eran esos pensamientos, y yo le dije que eran pensamientos inútiles, que mi cabeza era como un salón donde los pensamientos hacían gimnasia, y que cuando ella vino todos los pensamientos saltaron por las ventanas. (Felisberto Hernández, Las dos historias)

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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