“Los siete locos” y “Los lanzallamas” de Roberto Arlt

getBookImg– […] Los hombres están tan tristes que tienen la necesidad de ser humillados por alguien.
– Yo no veo tal cosa.
– Claro, usted con su sueldo… ¿Qué sueldo gana usted? ¿Quinientos?…
– Más o menos.
– Claro, con ese sueldo es lógico.
– ¿Qué es lógico?
– Que no sienta su servidumbre
.

Este diálogo, producto de la más absoluta desolación, se encuentra en el capítulo llamado “El humillado”, perteneciente a Los siete locos (1929) de Roberto Arlt. El diálogo se produce entre un pragmático militar, amante de la esposa abnegada, y Remo Augusto Erdosain, el torturado protagonista y marido que será abandonado por haber, sencillamente, fracasado en su proyecto –impuesto por la sociedad, no decidido por él- de ser un pequeño burgués. La escena completa, impregnada de patetismo, se volvió una pieza teatral en los años siguientes. Se trata de una invitación al díptico de Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), la más lograda pieza narrativa de Roberto Arlt. Tras su iniciación con El juguete rabioso (1927), que bebe del género picaresco aurisecular, diríase que el protagonista de Los siete locos, Erdosain, sufre las tribulaciones que se pueden pronosticar en aquel adolescente Silvio Astier de El juguete rabioso, novela cuyo primer título, por cierto, era La vida puerca.

Con padre despótico y madre ausente, Augusto Remo Erdosain es uno de esos humillados y ofendidos, víctima de la modernidad de una megalópolis como lo es Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX. En realidad, es un sujeto incomunicado, aislado en una ciudad enorme, como un náufrago, sin raíces ni motivación para ser feliz. A su alrededor, solo encuentra capitalismo feroz, aquella explotación del hombre por el hombre que lo impulsa a elucubrar inventos inverosímiles, maneras de hacerse rico deprisa y alcanzar esa comodidad burguesa que se le niega por su falta de sentido práctico de la vida. Producto de una infancia sufriendo lo que ahora llamaríamos bullying (tanto en casa como en la escuela), Erdosain busca constantemente la humillación, como quien reabre una herida cuya cicatriz arranca cada vez que puede, solo para sentir el placer de su sangre al rojo vivo. Cuando no se encuentra humillado, se angustia, a la búsqueda de la próxima humillación.

Los siete locos, en particular, es un retrato del fracasado que padece las miserias de la pequeña burguesía: la búsqueda de dinero, la dignidad ansiada, el deseo de confort que nunca se alcanza, la miseria de la convivencia matrimonial, una vida sexual opaca… Frente a esa vida de insatisfacciones, Erdosain se deja llevar por el proyecto autoritario y genocida del Astrólogo, de quien se resalta siempre su parecido a Lenin. El Astrólogo, de que nunca sabemos exactamente si es un sabio o un estafador, está acompañado de una caterva de sujetos tan o más delirantes que él: el Rufián Melancólico, un cafishio reflexivo con sueños de grandeza; el Buscador de Oro, otro presunto estafador que ofrece hacer fortuna en la frontera con Chile; el farmacéutico Bergueta, que alucina ser un profeta y salir a predicar el fin de los tiempos; Barsut, primo de la esposa de Erdosain, quizás el único que parece entender a cabalidad al Astrólogo; e Hipólita o La Coja, la ex sirvienta, ex prostituta, ex esposa y ahora amante del Astrólogo.

El de Roberto Arlt es un mundo de ladrones de poca monta, de estafadores fracasados (otro de los tipos sociales que abunda en la narrativa de Juan Carlos Onetti) y prostitutas tiernas con las que el humillado intenta redimirse: la prostituta representa, en su podredumbre, a la madre y a la virgen, como figuras enajenadas y nunca poseídas. Los personajes de Arlt se sienten vacíos. A causa de este sentimiento, Erdosain, sobre todo en Los lanzallamas, no hace más que imprecar a Dios porque no lo encuentra: en eso no deja de recordarnos ciertos versos de César Vallejo, cuyo yo poético también acusa la falta de un Dios que dé orden y sentido a los hechos de la vida. Los personajes de Los siete locos y Los Lanzallamas son conscientes de esa falta de “sentido religioso de la vida” y por ello se atreven a asumir empresas temerarias, como el “Superhombre” con el que sueña el Astrólogo. Aunque al final, todo no sea más que una estafa más, o un sueño fracasado, si no es lo mismo, impregnado de aquel conocido sentimiento de decepción y placer culposo que llevaba a cantar a Carlos Gardel en Por una cabeza: “Basta de carreras/ se acabó la timba/ un final reñido yo no vuelvo a ver,/ pero si algún pingo llega a ser fija el domingo/ yo me juego entero/ qué le voy a hacer”.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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