“La novela luminosa” de Mario Levrero

img-Z14153844-0001Hace año y medio gocé de un semestre sabático por primera vez en mi vida. Una sensación extraña cuando uno no está acostumbrado a parar. Desde pequeño, acabé una tarea para abordar otra, tal como con los libros y la escritura: siempre hay una lista de pendientes, de cosas que no hemos hecho aún y debemos completar. Fue difícil afrontar las primeras semanas, pero luego la vida se estabilizó: aparecieron rutinas, labores que se acumulaban y que luego, acabado el sabático, se extinguieron. Recordarlas ahora me produce hasta una nostalgia leve. En ese contexto, alguien me recomendó, a manera de terapia para lidiar con la transición, La novela luminosa (2005), la obra póstuma de Mario Levrero. Este otoño pasado, un año exacto después de la sugerencia, me sumergí en su lectura. La experiencia resultó un viaje iluminador, como la novela lo propone, el contacto con otra dimensión de la realidad y de la literatura también.

La novela luminosa se compone de dos partes: la primera, que cubre algo más del 80% del texto final, es el “Diario de la beca”, compuesto por las entradas, no siempre diarias, sobre un año en la vida del escritor, quien goza de una beca de escritura de la fundación Guggenheim para retomar un viejo proyecto que se identifica con lo que Levrero pretendía que fuera La novela luminosa; la segunda es “La novela luminosa”, propiamente dicha, el ansiado producto del año pagado por la institución mecenas. Una lectura ingenua llevaría a pensar que el “Diario de la beca” es una forma de justificar la procrastinación que llevó a cabo el autor y dar la falsa apariencia de profundidad a la obra a cambio de un engrosamiento apabullante de páginas. En otras palabras, como si se tratara de explicar el fracaso con algún tipo de “magma” o “hervor” (uso términos de Mario Vargas Llosa y José María Arguedas respectivamente) que atestiguara el intento de darle forma a algo que no llegó a cuajar.

No es el caso. El “Diario de la beca” es el testimonio más auténtico de la ansiedad que produce la escritura, contado con crudeza, ironía e inteligencia. El narrador, que se identifica con Mario Levrero, sufre las asperezas de la vida cotidiana, su vulgaridad, que le instilan una vocación por el aburrimiento y el divague, elementos que son, por cierto, marca registrada de la literatura uruguaya desde antiguo: cual otro Eladio Linacero en El pozo, el yo del “Diario de la beca”, también se tiende en la cama, o en el sillón, e imagina la aprehensión de compartir sus sueños con otros, medita su encierro y su desinterés por la comunicación con los demás. Similar aislamiento es el que sufren algunos personajes de Felisberto Hernández, otros sujetos extravagantes o ensimismados que rarifican la realidad porque, de tan corriente, ciertos fenómenos resultan extraordinarios. Otro ejemplo de esta actitud vital, vuelta casi un lugar común, es la de Obdulio Ariel, en El príncipe del azafrán, con sus diálogos soñados y las cartas que nunca envía a su vecino, cuyo perro no deja de ladrar. Personajes todos ellos (los de Onetti, Felisberto y Hugo Fontana) con problemas para dormir, como el Levrero del “Diario de la beca”, sujetos que la opinión común juzgaría como “locos” o, usando un eufemismo, distraídos.

La obra de Levrero es el resultado de querer compartir experiencias “luminosas”, en el sentido de que aspiran a ser trascendentales, casi místicas; de allí que una de sus lecturas favoritas sea la de Santa Teresa de Jesús. El problema es que este iluminado vive en tiempos postmodernos, sin fe. En una época de escepticismo, como la nuestra, solo queda la mirada extrañada, insólita, de la realidad más anodina que genera el absurdo kafkiano. El núcleo del libro, “La novela luminosa”, es todo eso: envolvente, irónica y tan trascendental como lo puede ser la revelación de El aleph para Carlos Argentino Daneri, otro rioplatense alunado u honestamente loco. En su centenar de páginas, el testimonio que encierra “La novela luminosa” podría constituir el diario de un loco. Ser loco no es más (tampoco menos) que ver más allá de las explicaciones racionales y planas, sin matices, auscultar la trama secreta (que diría Borges) y aspirar a la armonía perdida en un mundo, lleno de misterio, de preguntas sin respuestas sólidas, sin dioses ni certezas. La experiencia luminosa no acaba con el misterio, sino que lo incluye, se regocija en él, intenta comprenderlo en contacto con otros misterios, en una tarea inútil cuya escritura parecerá un ejercicio doblemente inútil. Ello permite entender la obsesión de Levrero por las novelas policiales: en esas tramas el misterio parece susceptible de ser aprehendido, se trata de un mundo cerrado donde puede haber algún tipo de certeza, por más dolorosa que sea. En el mundo de La novela luminosa no hay nada de eso, solo una realidad caótica, donde es improbable la comunicación cabal:

Por momentos, mi vida actual se me aparece como viajando en un enorme autobús a toda velocidad; está lleno de gente amontonada, no se detiene nunca, no puedo ver al conductor ni tengo la menor idea de adónde nos conduce; siento pánico, me quiero bajar, pero cuando me acerco a la puerta veo, a través de los vidrios sucios, que debajo del ómnibus no hay ninguna carretera, y a los costados ningún paisaje; nada. Quisiera poder meditar sobre este problema, tratar de recordar cómo llegué allí, imaginar algún destino para el viaje o buscar alguna argucia para bajarme en un lugar seguro y sin hacerme daño; pero los demás pasajeros, que parecen por su parte no advertir o no preocuparse por la situación, me molestan, me requieren para distintas cosas, hacen ruido, me distraen llamándome la atención con cuestiones que, al primer golpe de vista, me parecen sumamente interesantes pero que, luego descubro, no tienen ningún valor. Y si intento comunicarle a alguien lo que percibo y siento, me mira con espanto y cambia de conversación o se traslada lo más lejos posible dentro del ómnibus. (“Capítulo tercero-cuarto”)

Leyendo la segunda parte del libro, “La novela luminosa”, todos los acontecimientos, de los más graves a los más nimios, narrados en el “Diario de la beca” adquieren su sentido, a partir de imágenes como la del autobús que acabo de citar. Y así se entiende el esfuerzo (y la tortura, no lo dudo) que supuso forjar el centenar de páginas que escribió Levrero, con párrafos realmente luminosos. Necesitamos ver la vida del escritor plasmada en el “Diario de la beca” para comprender la entraña y las pulsiones profundas de “La novela luminosa”. Ambas secciones están plenamente integradas y hacen de La novela luminosa, en sus 567 páginas, una novela idónea para novelistas, creadores, filósofos y otros locos sueltos.

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Disce, puer, uirtutem ex me uerumque laborem, fortuna ex aliis
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